martes, 6 de marzo de 2012

Promiscuas conclusiones


Todo comenzó cuando Jorge decidió hacer un croquis. Uno en el que estuvieran los nombres de las personas con las que habíamos tenido sexo. Empezó muy modesto, con la intención de ver solamente aquellos nombres que pudieran relacionarnos y que pudieran estar relacionados entre ellos. Pero dos horas después había nombres por todas partes. Aberrante.

Lo que comenzó en una pequeña hoja de papel, se convirtió en una unión de hojas y un futuro traspaso a Microsoft Access para ayudar con aquel enredo. Con aquella lista impublicable, llena de secretos guardados íntimamente por nosotros y por los demás, que ni siquiera los más cercanos a nosotros podían saber.

Todo nuestro intelecto puesto al servicio de la promiscuidad. Aberrante. Aberrante y lúcido. Descubrimos tantas cosas, que supuestamente ya sabíamos, pero que al verlas por escrito, con líneas que llevaban de un lugar a otro, pudimos, más que saber, vivir.

Vimos cómo no nos sabíamos los nombres de muchos, y hubo que rebautizarlos como “el modelo”, “el ruso”, “el subnormal”, “el muchacho de nombre alemán”. Vimos cómo aquellos que son los más tranquilos en realidad son de los que más acaban. De cómo hay personas en este mundo cuya única función parece ser el estar con todo el mundo. De los que ahora son amigos y que antes fueron otras cosas. De cómo los malos amantes son por lo general los que más sexo tienen. Y fue bueno verlo, porque, como dijo Jorge, “la memoria borra”.

Yo me aterré en un momento. Me parecía que todo estaba mal, que el hacer eso era, no solo aberrante y fútil, sino horroroso. Pero entonces, todo cobró vida. Jorge, inspirado por su propia creación, se puso a escribir, y al leerme lo que había escrito, me inspiró a mí. Aberración se mezclaba con creación. Como Frankestein.

Y gracias a nuestros escritos y a nuestro croquis vimos la vida de frente. Vimos a los jovencitos que “nos amaban” devenir unas verdaderas arpías y cómo otros supuestamente “horribles” terminaron siendo buenos amigos o buenos amantes. Vimos nuestros inicios y los comparamos, no con nuestro presente, pero sí con nuestro decursar.

Las conclusiones en forma de preguntas llovieron. “¿Existe alguien nuevo?” “¿Somos superiores solo porque sabemos que el sexo está sobrevalorado?” “¿Es el saber mejor que el ignorar?” “Contrario a lo que podría pensarse, ¿hemos estado realmente dentro de alguien alguna vez?” Y al final de todo, la gran pregunta que lo resume todo: ¿A dónde vamos? ¿Qué hacemos con toda esta información? Con todo este saber que el mundo cambia de relaciones en un segundo y uno no sabe a ciencia cierta si se queda con algo o no.

Y es que somos promiscuos intelectuales, con un propósito diferente al del promiscuo común.  La reflexión se impone. Quizás algún día botemos la lista, y los pensamientos que con ella vienen. Pero para eso hay que asumirla y verla de frente, con todas esas flechas en todas las direcciones. De eso se trata el crecimiento.

Y nuestro objetivo inicial, el ver quiénes nos relacionaban, fue también una de nuestras mejores moralejas. Jorge y yo nos demoramos en ser amigos, a pesar de que nos conocíamos, por haber tenido un pasado común. Y comprobamos cómo las relaciones de amistad son superiores a las demás. A los “te amo” por gusto, a los celos momentáneos y pasajeros, a los sexos por venganza. Y concluimos como, entre tanto lodo, hay después de todo, cosas buenas. Así que no nos quedó más remedio que reírnos.

Uff, las cosas que pasan cuando alguien se pone a dibujar.

1 comentario:

Marco Antonio Hernández Vallejo dijo...

"Y es que somos promiscuos intelectuales, con un propósito diferente al del promiscuo común. La reflexión se impone."

Porque ser intelectual, justifica y engrandece cualquier cosa


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