viernes, 23 de marzo de 2012

Aquellos días en que éramos idiotas


Corría el año 94 y había balsas por todas partes. O al menos intentos de balsas. Y no solo, como todo el mundo podría pensar, en el mar, sino además en plena tierra, en el interior de los barrios, en nuestras mismas cuadras. Todo el mundo parecía estar inventando botes para salir del país por las recientemente abiertas costas de la isla. Nada parecía descorazonarlos: la muerte de muchos, el fracasado regreso de otros, los terribles días de mar. Nada.

En el barrio abundaban las historias. Algunas de ellas podían ser hasta simpáticas, como cuando Kiko, el delincuente habitual, se fue junto a otros tres zánganos y luego de tan solo un día de travesía arribaron a las costas de los Estados Unidos. Pero su “Estados Unidos” resultó ser no otro que nuestro propio Pinar del Río, del cual se demoraron después más de tres días en regresar por tierra. O Elsa, quien salió un día al campo a ver si conseguía algunos huevos, y  llamó tres días después, desde los Estados Unidos, ya que la lanchita de Regla en la que se había montado había sido secuestrada.

Mientras tanto, en la radio se hablaba sobre la lactancia materna y otros temas mucho más serios. Pero la gente no necesitaba de ninguna radio para expandir por todo el país las historias. Todo el mundo tenía alguna que contar. Que si en no sé dónde viraron una guagua y se la llevaron llena de cámaras por debajo, que si en otro lado alguien había salido por el sur y había llegado a Jamaica, que si conocías a las personas correctas podías conseguir una plaza en un yate en tan solo tres días. Historias, reales o ficticias, que venían de todas partes y que las personas acumulaban para poder tener algo de qué hablar durante los aburridos e insoportables apagones.

Y así eran aquellos días del año 94, en los que todo el planeta nos miraba con atención y nos llamaba “balseros”, sin saber que en la mayoría de los casos la gente se iba en cosas para nada parecidas a balsas.

La familia de Damián tenía un sino. La hermana de su madre se había ido dos meses atrás junto a su esposo y los hermanos de este, llevándose a Alexis, su hijo, para protagonizar una de las historias más traumáticas del municipio. A mitad de trayecto, luego de varios días sin alimentos ni agua (¿cómo habrían de llevarse algo de alimento cuando ni en tierra había nada para nadie?), creyendo ver en el medio del océano las calles de Marianao, se lanzaron unos tras otros al agua para no salir jamás. Todos menos Alexis, quien se quedó solo en el bote hasta que los guardacostas lo encontraron unos días después. Su abuela paterna, luego de la muerte de tres de sus hijos al mismo tiempo, lo acogería en los Estados Unidos.

Damián vivía en la calle 106, a tres cuadras de mi casa, en un barrio para nada parecido al mío. Si en el mío Kiko era el delincuente común, en el barrio de Damián, Kiko no habría durado ni un minuto. Damián había ido a jugar con los de mi cuadra algunas veces, pero después que se había hecho “famoso”, no lo habíamos visto más. Pero por aquellos días fuimos relacionados nuevamente por un mundano y común problema de motores, así como por la espectacular intervención de Eddy, el cojo.

En mi casa había problemas con el motor de agua. Por supuesto: éramos cubanos. Ya no sabíamos qué hacer con aquella cosa que se rompía cada vez que ponían la luz y que nos tenía cogiendo agua directo de la cisterna. Por eso no es de sorprender que aquel día en el que regresaba de la escuela y Eddy, el cojo, biznero (escrito se ve peor aún que como suena) común de Marianao, se acercó a mí en su bicicleta y me propuso un motor de agua “nuevecito” por un precio ridículamente barato, yo haya demorado tan poco en aceptar.

Primero le dije que hablaría con mi mamá, pero Eddy me dijo que si lo pagaba yo mismo en ese mismo momento, todo sería mucho mejor. Que el motor era tan bueno y tan barato que tenía a varias familias interesadas. Después de una reflexión aguda, en la que se incluyó la posibilidad de que me estuvieran estafando, me dije que quizás aquello podía ser la solución. Después de todo, aunque tuviera 11 años, era el hombre de la casa. Y en mi casa el motor de agua amenazaba con volvernos locos. Así que acepté. Eddy me dijo que fuera a mi casa a buscar – hurtar es un mejor término - el dinero y lo esperara luego en el parque de 106. Así lo hice, hasta que un rato después lo vi llegar acompañado de Damián.

Eddy, el cojo, tendría unos 17 o 18 años. Alto, blanco, zonzo, perteneciente a esa ilustre lista de muchachos desgarbados cuya única función en la vida es negociar de día para salir en la noche. Reconocido a nivel municipal (y quizás provincial) por su práctica común de colgarse de las guaguas en su bicicleta, un día, sin mucha suerte, cayó debajo de una que le arrancó la pierna completa. Pero eso no detuvo nunca a Eddy, el cojo, de volver a montar en bicicleta ni a seguir colgándose de las guaguas con su única pierna. Era como si quisiera demostrarle a la vida que nada lo detendría.

Damián se iba del país. Su madre, su padrastro y la familia de este estaban armando una balsa. A pesar de la tragedia familiar, estaban decididos a lograr lo que los otros no habían podido, e incluso pensaban, una vez en Miami, recoger a Alexis para que viviera con ellos. La abuela de Damián estaba destrozada. Tras la pérdida de su hija, se aprestaba ahora a vivir los mismos días de angustia con la otra. Era por esto que Damián, sin consultarlo con nadie, había decidido que para que esta “balsa” fuera mejor y llegaran más rápido necesitaban…un motor. A lo cual, Eddy, el cojo, respondió prontamente.

Y así nos montamos Damián y yo en la bicicleta de Eddy, el cojo, para ir a buscar nuestros motores. A mitad de camino se colgó de una guagua. Damián en el caballo y yo en la parrilla, gritábamos como desaforados mientras Eddy se reía a más no poder y gritaba “¡No lloren, niñitas!”. No creo que se pudiera hacer otra cosa cuando se estaba colgado de una guagua en una bicicleta sobrecargada y conducida por un chofer con una sola pierna.

Así nos llevó Eddy a lo más apartado de Ciudad Libertad, donde había una guagua sin ruedas y oxidada, tirada en el medio del césped. Subimos dentro. Había tres motores cubiertos por una colcha gris. Todos parecían increíblemente viejos, pero Eddy insistía en que parecían nuevos. El mío era eléctrico, pero el de Damián era una cosa rara que funcionaba solo (lo probaron) y que hacía un ruido insoportable. De lo sospechoso de la procedencia de ambos es mejor ni hablar. Eddy dijo que teníamos que figurar una manera de llevarlos hasta nuestras casas, pero que ya eran nuestros, así que podíamos pagarle.

Tanto Damián como yo protestamos al mismo tiempo. No solo no había ninguna manera de transportar aquello, sino que además, en mi caso, no había probado ni siquiera el mío. Ante la negativa a pagar, Eddy concedió a llevarnos los motores hasta la casa después, pero para eso tendríamos que darle la mitad del dinero antes y garantizar así que no se lo vendiera a las numerosísimas familias interesadas. Nos negamos en un principio también, pero después de una hora de estarnos mirando todos las caras, finalmente accedí – ya casi por cansancio - a darle una parte del dinero (no la mitad) para garantizar así la “exclusividad” de la entrega. Damián terminó haciendo lo mismo, luego de más tiempo de indecisión, dándole una parte de su probablemente también hurtado dinero. Hay que aclarar que en aquella época tener dinero no era tan raro como encontrar algo que comprar.

Tres semanas después los motores no habían sido entregados aun en nuestros hogares. O por lo menos no en el mío. Y Eddy, el cojo, no aparecía por ningún lado. Quizás, en efecto, nos había estafado. Quizás se conformó con una parte del dinero y luego les vendió aquellas cosas viejas a otras personas. Pero nunca lo pudimos probar porque nunca más veríamos a Eddy, el cojo.

Fue aquella mañana de sábado en la que todos gritaban y señalaban hacia el Obelisco con horror en sus miradas cuando ocurrió. Las personas, acostumbradas a las tragedias en el mar pero no a tenerlas tan cerca, se agrupaban alrededor de un chofer de guagua que se llevaba las manos a la cabeza y daba golpes contra un poste. Un poco más allá, bajo la guagua, yacía el cuerpo sin vida de Eddy. La vida finalmente había logrado detenerlo.

Fue Damián quien fue a mi casa a contármelo. Luego me preguntó si me había llevado el motor, a lo que respondí que no. Mi mamá, al ver a Damián, quiso que pasara dentro de la casa (recuerden de la fama de Damián y su familia) pero yo me negué.  Solo había una cosa que hacer antes de admitir finalmente que habíamos perdido nuestro dinero, así que fuimos a aquella guagua oxidada en Ciudad Libertad.

Allá solo estaba la colcha gris. Nada más. Damián y yo nos miramos con esa cara de quien ya sabía desde antes lo que iba a pasar. No nos quedó más remedio que sentarnos en dos asientos destartalados y cruzarnos de brazos.

“De todas formas no creo que ese motor sirviera para una balsa” dije. “Sí, pero le di mi dinero”. “No creo que te sirva ese dinero ni en el mar, ni en los Estados Unidos.” “A mi abuela sí”, respondió. “Peor estoy yo, que seguiré sin motor de agua”. “Peor está Eddy, que está muerto”, dijo uno de los dos y el otro asintió.

“¿No le tienes miedo a los tiburones?”, pregunté. En el mar hay cosas peores que los tiburones – el sol, el agua, la deriva, la desesperación – pero a un niño lo que más miedo le da son los tiburones. “Un poco”, dijo, “pero esta balsa está bien hecha”. No supe cuán bien hecha podría estar una balsa fabricada los fines de semana por personas que no tenían no solo ningún material sino además ninguna experiencia marinera, pero me dije que estaba bien que Damián tuviera confianza en que todo saldría bien. Eso siempre ayudaría. Así que no hablé más del tema. “Esos motores eran una mierda”, agregué. “Creo que el ruido nos hubiese vuelto locos al final”, dijo. Y sonreímos.

Unos días después, un policía llegó a casa de Damián. Nunca se supo por qué fue – el irse del país por las costas era perfectamente legal en esa época – pero allí estaba. Entró y le dijo a la familia que “él sabía que ellos intentaban irse” – todo el mundo lo sabía – así que venía a advertirles que lo pensaran mejor. La familia de Damián: su madre, abuela, padrastro, primos, lo sacaron de la casa, llamando la atención de casi todo el barrio que los rodeaba. Molesto, el policía gritó en un momento algo como “¡Váyanse si les da la gana. Si se mueren como el resto de la familia, pues allá ustedes!”

El policía nunca supo quién lo golpeó primero. Solo sintió como de pronto todo un barrio le fue arriba con la clara intención de asesinarlo. Recibió tantos y tantos golpes que incluso se desmayó, lo cual no impidió que la gente siguiera golpeándolo. Sorpresivamente, para ser un barrio tan marginal, no le robaron la pistola. La gente solo quería golpearlo.

Esa escena no la vi, pero la gente la contó tantas y tantas veces que no hubo necesidad de verificarla. Como tampoco las otras historias de apagones en las que la balsa ya casi estaba lista o esa otra de que un domingo en la madrugada, finalmente se lanzaron al mar y se fueron.

Tampoco fui testigo de ella, pero todo el mundo se enteró enseguida de esa otra historia en la que la abuela de Damián salió de su casa dando tumbos y llorando, y en pleno parque de 106 empezó a dar gritos y a decir unas palabras que nadie entendía. Todo el mundo corrió hacia ella, y después de algún tiempo de llanto y desesperación, alguien le gritó a los demás que las inaudibles palabras que balbuceaba la señora no eran otras que: “Llegaron, llegaron”.

Algún tiempo después, llegué un día a mi casa y mi mamá no me dejó sentarme. “¡Sorpresa!” gritó, mientras me arrastraba hacia el baño. Abrió una llave…y salió agua. “Agua”, dije mientras mi mirada se perdía absorta en el chorro. “Quería darte la sorpresa, tuve que comprarle el motor a un delincuente. No quise decirte nada antes porque tenía miedo que me estafaran.”

Entonces, condicionado por la franqueza de mi mamá y el chorro de agua “fascinante”, le conté todo lo que había pasado. El hurto del dinero, la guagua oxidada, Damián y Eddy, el cojo. Al final de la historia, saqué yo mi propia conclusión: “Creo que fui un poco idiota”. Pero mi mamá, de quien aprendí a decir las palabras correctas en los momentos correctos, me dijo: “Cuando uno está desesperado, es normal volverse idiota.” Y es cierto: la cordura y la sanidad mental solo están reservadas a aquellos que tienen qué comer, que tienen agua en el baño, que tienen un nivel de vida equilibrado. Para el resto, la idiotez está justificada.

Las costas cerraron unos meses después, pero la gente, ya acostumbrada a irse, siguió haciéndolo por el espacio de casi un año más. Pero, al ser interceptados por los guardacostas, eran enviados a la base naval de Guantánamo. Entonces comenzaron otras historias en las que la gente ya no solo pasaba las de Caín en las balsas, sino que después tenían que huir de la base a través de un campo minado y arriesgar su vida de nuevo para terminar en el mismo lugar de donde habían salido.

Historias falsas o verdaderas - nunca pudimos comprobarlas porque las radios hablaban de otras cosas - pero que hicieron nuestras noches de apagones en aquellos lejanos, agridulces, justificadores e identitarios días en que éramos idiotas.


PD: Dedico este post a todos los cubanos que vivieron en el año 94. A los vivos y a los muertos. A los que llegaron, a los que murieron en el mar, a los que esperaban del otro lado. A los que nunca se intentaron ir y a los que murieron en esos días por causas completamente ajenas. A los que se reunían a contar historias durante los apagones. A Damián, Alexis y Eddy, el cojo. A mi barrio. A todos.

6 comentarios:

Sergio dijo...

Descojonante!

Anónimo dijo...

gracias

Irene Cano Páez dijo...

Me has hecho llorar

Anabel González Alvarez dijo...

Como siempre eres el mejor

Anónimo dijo...

Me encantó...

Elizabeth Diaz dijo...

Muy bueno, vivimos un tiempo enajenante.


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