jueves, 10 de mayo de 2012

Maritza y el hombre de su vida


Maritza Mancebo Llano, mi mamá, quedó prendida con los valores de la naciente revolución del 59. Con tan solo 15 años se vio alfabetizando y militando en sus diferentes filas, como casi todo el mundo por aquellas fechas. Imbuida en este espíritu de rechazo a lo anterior, en una misa dominical en la iglesia municipal de Güines, se levantó mientras todos rezaban y le gritó al cura de toda la vida: “¡Esbirro con sotana!”. Nadie interrumpió el rezo, pero a la salida de la iglesia, mi abuela la cogió por una mano y le dijo: “Yo sé que fuiste tú”. La cara de mi mamá se lo confirmó. Esa tarde fueron las dos a pedirle disculpas al cura.

Así era mi mamá. Irreverente, apasionada, cuestionadora, de palabra y pensamiento rápidos, inteligente, carismática. Sensible, espontánea, firme e independiente. Frágil, en ocasiones. Con defectos, por supuesto, pero no los suficientes como para empañar su carácter, que siempre le atrajo la amistad incondicional y la admiración de casi todos los que la conocieron.

Así creció mi mamá y siguió involucrada con las tareas de la revolución. No sé en qué momento llegaron los hombres a su vida pero como toda gran mujer no encontró nunca a uno que le llegara al tacón. Se mudó para la Habana y se puso a vivir en una beca para muchachas, se casó con un cretino que la engañaba con todo el mundo y se divorció. Esa manía que tenemos los grandes de enamorarnos de hombrecitos que no valen nada. La residencia fue transformada en casas individuales y así pasó a tener su casa propia en Marianao. Se hizo dirigente y como toda hermosa “divorcée” atrajo a más de uno con su encanto de mujer atractiva, independiente y liberada.

Ahí llegó mi papá a su vida. Mi papá, un hombre casado y con dos hijos, que siempre intentó aplacar el espíritu rebelde de mi mamá, pero que al final imagino que era lo que más le gustara. Su romance de varios años se vio coronado con un embarazo, que nadie quiso que fuera mucho más lejos. Mi papá y la familia de mi mamá estaban en contra de mi nacimiento, pero mi mamá se trancó, les dijo que ella tenía ya 36 años y que esa era su única oportunidad de tener un hijo y se acabó: nací yo. Quizás es por eso que tengo este odio manifiesto por el género humano, ya que nadie, salvo ella, quiso que yo naciera, pero ¿qué sería de los artistas sin los traumas del pasado?

Anécdotas de mi mamá y mías tengo miles. Una madre soltera y su hijo, viviendo solos, crean una relación extremadamente íntima de mutua protección. Mi mamá volcó absolutamente todo su carácter en mi crianza. Por eso soy como soy. Pero su trabajo también era importante. Así, regresó a trabajar cuando yo tenía tan solo 45 días de nacido, pero no me dejó muy lejos, ya que mi círculo infantil estaba en la azotea de su Ministerio y me iba a ver todo el tiempo. Quizás fuera por este espíritu laboral que la primera palabra que dije en mi vida, no fuera “mamá” como muchos otros, sino “guagua” (la cual, vista desde un punto de vista más objetivo, es una palabra bastante fácil también).

Me enseñó muchas cosas, gran parte de lo que sé, no porque se dedicara a enseñármelo, sino porque yo lo aprendí al verla. Me compró cientos de libros y nunca me leyó ninguno porque casi no tenía tiempo, lo que provocó que en cuanto pude empecé a leer yo solo y para cuando estaba a inicios de segundo grado ya leía los subtítulos de las películas sin que se me fuera ninguno. Bien hecho, mami, terminé siendo escritor. Tuvo más hombres, pero ninguno relevante, ya que ahora tenía que pensar no solo en que el hombre le llegara al tacón, sino además en que fuera buen padre. Tarea demasiado difícil para los hombres.

Sin embargo, la anécdota que quiero contar hoy, trata de cómo mi madre cambió sus valores para formar, indirectamente, en su hijo, una de sus mayores virtudes actuales: el espíritu de supervivencia.

Pues resulta que llegaron los años 90 y todo el mundo se quedó sin nada que comer. Algunos no, pero esos no son cubanos reales y a nadie les importan sus historias. Y mi mamá era cuadro y profesora, lo cual no servía para nada en aquella época en la que ser plomero y carpintero era lo que daba. Además, ya estaba retirada por problemas de salud. Así, mi mamá y yo, como muchos, nos vimos sumergidos en una terrible pobreza. Los únicos zapatos que llevaba a la escuela eran una horrible cosa negra, de la cual todo el mundo se burlaba, llamándolos “Los rompecuna”. A mí nunca me molestó que los llamaran así, pero el día en que mi mamá se enteró se echó a llorar de la humillación. De la comida y otras necesidades básicas, mejor ni hablar.

Pero una madre no es madre por gusto. El tener a un hijo en su vientre, el criarlo, el preocuparse por él como nunca supo que sabía ocuparse ni siquiera de ella misma, la vuelve una fiera que hace lo que haya que hacer para proteger a su cría.

Todo comenzó cuando alguien intentó vender algo y mi mamá le dijo que ella lo vendía por un precio algo mayor. No supo de dónde sacó la idea, pero lo hizo. Sin siquiera salir de la casa. Unas llamadas telefónicas y funcionó. Esto le dio el impulso para seguir haciéndolo. Así, algunas amigas trajeron más cosas y ella les puso un precio ligeramente superior. Las puso encima de la cama, cual vitrina, llamó a algunas jineteras del barrio, familiares de otros que estaban fuera, y alguna que otra esposa de dirigente escondida de su esposo, y así nos cayeron algunos necesarios y recientemente despenalizados dólares en el bolsillo.

Al ver que aquello funcionaba, mi mamá intentó legalizar el asunto. Pero, por supuesto, no se podía, a pesar de que los trabajos por cuenta propia acababan de hacer su entrada en el país. “Ese tipo de licencia no existe”, le dijeron. “Entonces, ¿qué puedo hacer?”, les preguntó. Obviamente, el parar de hacerlo, no era una opción. “Pues saque la licencia de vendedor de libros que es lo que más se parece”, le dijeron allí mismo. Así mi mamá sacó la licencia de vendedora de libros sin la intención de vender ninguno.

Pusimos algunos libros en la sala para camuflar y la vendedera de ropa siguió en el cuarto encima de las camas. Pero todo negocio que se respete va creciendo inmediatamente. Para cuando nos dimos cuenta toda la cuadra venía y dejaba cosas para vender. Además, ellos mismos se quedaban y compraban algo de lo que otros habían dejado. Y así fue extendiéndose a todo Marianao.

Si al principio era ropa, por lo general traída del exterior por familiares de los clientes, luego era de todo. Desde llaveros hasta Tocopanes inflables. Carteras, lámparas recargables, zapatos. Todo lo que la gente considerara que pudiera tener algún valor. Los precios iban de un dólar hasta 150. Y se vendía bastante. Tuvimos que ampliarnos y coger la sala para aquello.

Había cosas por todas partes. Y personas todo el tiempo. La gente tocaba y preguntaba “si la casa comisionista era allí”. Mi mamá llevaba una libreta con las cosas que se vendían y vigilaba que no se robaran nada. Como el negocio creció, mi tía, quien siempre protestaba pero terminaba apoyando todas las ideas de mi mamá (la mejor prueba es que me iba a buscar todos los días a la escuela y se quedó conmigo después a pesar de oponerse inicialmente a mi nacimiento) dejaba su casa en el Vedado en ocasiones e iba a ayudarla. Estamos hablando de mujeres de 48 y 56 años, respectivamente. Sandra, mi “novia” de la infancia, fue contratada como vigilante y se le pagaba la suma de un dólar al día, lo cual eran 100 pesos cubanos en esa época. Tuvimos que poner horarios que había que violar después porque la gente se acumulaba en el jardín y no podíamos llamar tanto la atención.

Yo no hacía mucho, pero como era el hombre de la casa estaba destinado a los casos de emergencia. Debía avisar si veía algún policía por la cuadra, vigilar que nadie se robara nada y estaba a cargo del ron y los jabones robados que uno de los ladrones del barrio nos suministraba. Sí: teníamos ron y todo. En el baño, en una nevera de metal (que también estaba en venta). Pues yo estaba instruido para si un día llegaba la policía, mientras mi mamá los entretenía en la sala, yo fuera al baño y abriera la pila de la nevera sobre el tragante y lo botara todito para que no nos cogieran con él encima.

Por supuesto, mi papá fue y aprovechó para meterse en su vida diciéndole que cerrara aquello, que se arriesgaban a que la cogiera. He de aclarar que yo quiero mucho a mi papá y algún día tendrá un post para él solo, pero en la historia de mi mamá no creo que sea precisamente el héroe, a no ser si tenemos en cuenta que, mal que bien, fue el hombre que más ella quiso. Mi mamá le dijo que no se metiera en su vida y él usó, por supuesto, la carta del hijo que era de los dos. Mi hermana (hija de mi papá) le dio la razón a mi mamá y compró algunas chucherías ella también, lo cual imagino haya enfurecido aún más a mi papá.

Pero lo cierto es que no pasamos más hambre. Íbamos todos los domingos, día de receso de la tienda, cual religión, a 3ra y 70 y al Comodoro y me compraban todo lo que yo quería. Absolutamente todo. En acto de repudio público, botamos simbólicamente los “rompecuna” y mi madre se sintió satisfecha de su papel como madre. Y yo también.

Un día se cuestionó sus valores. No lo hizo triste, solo lo hizo. Se dijo que ella siempre había sido revolucionaria y ahora, al igual que todo el mundo, había cambiado para “el otro lado”. Y se sintió mal por haberle dicho eso al cura treinta años atrás. Pero es que no hay un “otro lado”. El hacer algo ilegal para darle de comer a un hijo no es ningún otro lado. Es “el único lado”. Fue tan loable tener aquella tienda ilegal como irse a alfabetizar cuando tenía 15 años. En cada época hizo lo que había que hacer. Sin embargo, su cuestionamiento – y su “cambio” - de valores tuvo un sentido inmenso: mi aprendizaje de que en la vida hay que hacer lo que sea para sobrevivir.

La delegada de Marianao llegó un día y en un perfil bastante bajo le dijo que quitara la tienda. No nos decomisaron nada, que era lo que más nos temíamos, ni fue la policía. Todo terminó bastante bien, dentro de lo que cabe. Seis meses duró, lo cual si se analiza desde el punto de vista que siempre temíamos que algo pudiera pasar, es mucho tiempo. En esa tarde, al irse la mujer, mi mamá se sentó en el piso, recostada al closet, y se desesperó. ¿Qué haríamos ahora? Pero yo me crecí – recuerden que yo era el encargado en caso de emergencia - me senté a su lado y dije lo que había que decir: “No te preocupes, mami, algo inventaremos”. Y nos fuimos a 3ra y 70 y nos compramos la mitad de la tienda para celebrar lo bien que nos había ido en nuestro negocio improvisado.

Mi mamá murió menos de un año después, cuando yo tenía 12 años y ella 50, de una enfermedad que pensábamos que se había ido pero que regresó. Nunca imaginé que muriera – porque eso nunca está en la cabeza de los niños – así que al único que tomó por sorpresa aquel día extremadamente negro, fue a mí. Supongo que no soy tan inteligente, después de todo. Después de grande, he pensado en más de una ocasión que en sus últimos días probablemente se haya preocupado mucho por el futuro de su hijo, a quien dejaba solo.

Pero no quiero que nadie llore; esto no es una historia infeliz. Es la historia de una madre que cambió sus valores para alimentar a su hijo y le enseñó así a este a salir adelante en la vida. Así, aún cuando me quedé sin la única persona que quería que yo naciera, nunca me desesperé. Me quedé viviendo con mi tía, quien quedó inválida tres años después, y ni siquiera lloré.  Me asumí el dueño de mi casa y de mi vida y ha sido así desde entonces. Nunca le he pedido un kilo a nadie y he hecho de todo para sobrevivir y mantener a mi tía. He alquilado lo que ha habido que alquilar, he usado mis talentos para proporcionarme dinero y si he pasado hambre de nuevo ha sido por vagancia y no por problemas económicos. Y todo eso sin dejar de estudiar nunca. Me fui a Montreal, el cambio de mundo me dejó sin un centavo, y allí también salí adelante en brevísimo tiempo.  

Y todo esto gracias a mi mamá. Gracias a su cambio de valores que sirvió no solo para alimentarme en la época de la tienda, sino por el resto de mis días. ¿Ven?: es una historia feliz.

Nunca hablo de mi mamá porque me sale algo en la voz y no me permito esa clase de vulnerabilidades en frente de los demás. Los días de las madres miro hacia otro lado y finjo que no oigo a todo el mundo felicitando a todo el mundo. Pero escribir es diferente, ya que, como compruebo justo ahora, en este post que escribo en mi casa de Marianao, sentado en el piso, recostado en el closet y rodeado de fotos de mi mamá, uno puede seguir escribiendo aún en medio de las lágrimas.

Y es que mi mamá fue una gran mujer y llevo 17 años sin compartirlo con los demás. Uno se crea barreras para lidiar con los traumas, pero al final, analizado más fríamente, no hay nada humillante en la muerte. Mi mamá fue alguien muy especial e hizo de todo por mí, tuvo una vida plena, de la cual me enorgullezco en imitar y es un honor para mí ser su hijo único, por el cual luchó para tener primero y por mantener después.

Algunos son lo suficientemente dichosos como para tener a sus madres a su lado muchos años. Otros no. Pero si las madres hicieron bien su trabajo (y casi siempre lo hacen), la muerte no es más que una ilusión, y sus hijos, a dondequiera que vamos, llevamos a  nuestro lado sus espíritus rebeldes, irreverentes, sensibles y frágiles en ocasiones, como la mejor guía posible.


PD: Dedico este post a todas las madres que han hecho lo que sea por sus hijos. También a los hijos que conocieron poco tiempo a sus madres, pero que así y todo se han visto influenciadas por ellas. A mi tía, quien de muchas maneras es también mi mamá. Y sobre todo, a Maritza Mancebo Llano, mi mamá, a quien no solo le dedico este post, sino también mi vida entera. Mami, sé que por decir o escribir las cosas, estas no llegan siempre a sus destinatarios, pero te escribo esto de todas formas con la esperanza de que alguna forma, estas sí lo hagan: Estoy bien, siempre lo he estado y siempre lo estaré. Nunca me pasará nada porque aprendí de la mejor madre del universo a salir adelante aunque haya que cambiar los valores en el proceso. He sido yo mismo y lo seguiré siendo, porque sé que eso te haría sentirte orgullosa. Te quiero mucho y sé que como al final el hombre de tu vida fui yo, me he esforzado cada día por ser un hombre mejor para poder llegar así un poco más arriba de tus tacones. 

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20 comentarios:

Anónimo dijo...

Nunca mas vuelvo a leer uno de tus post en el tren!

Rodney dijo...

Felicitaciones, tu mama debe sentirse tranquila y orgullosa de haber conseguido exitosamente su proposito, educar un buen hijo.

izmatopia dijo...

Si me hiciste llorar, maldito!!!!

Besos!

Iris dijo...

Bravo Raul! Te amo mucho mami. Gracias x ser tu

Rafael Rivas dijo...

Magnifico Raúl!
un brindis por tu madre, una verdadera luchadora!

Luis Gomez dijo...

Excelente post, Maritza, donde quiera que este, debe sentirse muy bien porque eres el resultado de sus esfuerzos. Lo que nos toca vivir nos toca y lo importante es aprender de esas vivencias y que al final salgamos siendo mejores seres humanos. Gracias a Maritza hoy podemos leerte aun desde la distancia, un abrazo.

Reinier Barrios Mesa dijo...

Bestia de texto ... Hermoso.

Lorelis dijo...

Vaya, Rauli, ¡qué historia!

Anónimo dijo...

me sacaste las lagrimas con este texto!

MIREYA dijo...

Como puedes pedirnos que no lloremos!!!!! Hermosa tu mami, ahora veo porq eres tan bien parecido.....

Santiago Torres Destéffanis dijo...

Historia de amor, supervivencia y "emprendedurismo" en ambiente objetivamente inamistoso para las tres cosas pero que, por reacción, las alimenta.

De paso: claramente te pareces a tu mamá y no sólo en lo físico (que también).

Igor Pérez Fraga dijo...

Te pareces mucho a tu mamá, quien fue una mujer muy hermosa según se ve en las fotos. Y por supuesto, he llorado. Hermoso texto.

alien dijo...

Recién hoy día de las madres leo este Raul. Realmente hermoso lo que escribiste. Felicidades y sigue adelante escribiendo todo lo que se te cante escribir. Abrazos desde Argentina

Jorge Gutierrez dijo...

mi nino que hermosura de post,tu mami estoy convencida siempre estuvo y estara donde quiera que este su espiritu orgullosa de ti.eres una gran persona y aunque no te conozco las cosas que te salen del corazon te hacen grande..besitos��

Yanelys March Salas dijo...

Linda tu mami! Y tu te pareces mucho a ella!! Besos, una vez mas muerta con tus posts!

Anónimo dijo...

He leido casi todas tus cosas, pero admito que esta me ha estremecido como ninguna. Quizas un paralelismo increible con mi historia con mi papá, un hombre irrepetible que se me fue demasiado pronto pero que dejó en mi no solo un vacìo inmenso sino también -y esto es más grande- una especie de "tablas de la ley" que hicieron de mi una buena persona. Mi madre, junto a él, tambien hizo el mejor de los papeles, sobre todo porque le tocó el dificilisimo camino de seguir adelante sin él -no se como pudo- o mejor, si se:por lo mismo que acabo de leer de la tuya. Genial Raúl, un excelente regalo de sábado para entrarle con todas las ganas al fin de semana.Eddy

Daimylah Chaviano dijo...

Ay Rauli querido, sigo teniendo a mi mami y a mi papá y a mis abuelos, yo no he tenido aún una pérdida tan significante, pero ahora soy madre y me has hecho reflexionar (entre lágrimas ) sobre lo que sería capaz de hacer por mi bebé y me estremece. Gracias amigo por esto tan bello q le has dedicado a tu madre. Ella está muy orgullosa del hijo que decidió tener.

Anónimo dijo...

Bello, inevitable el llorar. Pero si, es una historia feliz.

Milay dijo...

Definitivamente eres mi alumno favorito (así te llama mi esposo todavía).
Es hermosa la historia de tu mamá. Mil gracias por compartirla y contada de esa forma tan emotiva.

Ana Maria Lepis dijo...

Sin palabras y con lágrimas... puedes estar seguro que tu madre está muy orgullosa de ti.


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