viernes, 21 de marzo de 2014

La correcta utilización del chaleco antibalas



Este, compañeros y compañeras que me leen, es un mundo cruel. Pudiéramos ser hippies al respecto y fingir que no: que todo es maravilloso y que tan solo necesitamos amor para darnos cuenta, pero ya estamos muy viejos para eso. Admitámoslo para poder progresar: vivimos en una jungla.

Basta con mirar hacia cualquier lado. Cualquier cosa, desde la más grave hasta la más simple y carente de mal intención, puede lograr derrotarnos. Los amigos que hablan mal de nosotros, los otros que mueren, las imágenes de pobreza en la televisión, las canas que descubrimos en el espejo del baño, la matanza de animales, los chantajes emocionales de la familia, la cuenta del celular, el cretino que se burlaba del hombre en silla de ruedas en el metro, los comentarios de odio en YouTube, los inciertos caminos del futuro... La lista es infinita: a veces increíblemente originales y en otras tristemente comunes, las oportunidades para sentirnos mal nos llegan cada once o doce segundos.

Y eso - puedo decírselos desde ya - no va a cambiar nunca. Los problemas nunca se irán, el futuro siempre será incierto, la gente no dejará de atacarnos, nuestros amigos, amantes y enemigos no dejarán de hacernos cosas que nos laceren, y el odio, la crueldad y la estupidez no se irán a ningún lado. No importa cuánto avance y se modernice, la jungla seguirá siendo la jungla.

De ahí que un sistema de protección se imponga. El hombre no puede estar desprovisto de recursos ante los golpes que la vida le da casi sucesivamente. Estar llorando cada trece segundos no es una opción. Así que luego de algunos años - que mientras más rápido pasen pues mejor - de inocencia (el término es “ignorancia”), en los que veremos nuestros sueños, creencias y corazones romperse frente a nosotros salvajemente uno tras otro, quedará todo listo para el trascendental momento de ponerse el chaleco antibalas.

Como los más sagaces de entre ustedes habrán podido inferir por su nombre, el chaleco antibalas es la coraza en la que nos introducimos para que el mundo exterior (y muchas veces incluso el interior) nos afecte menos. Un pararrayos ante tanto ataque. Algo que amortigüe los golpes. Una protección para poder salir a la jungla no solo a sobrevivir o a cazar, sino también a ser felices. Porque les recuerdo que si esperamos a que las condiciones sean óptimas para alcanzar la felicidad, el máximo de tiempo que esta puede durar es once segundos (doce si se utilizan drogas o alcohol).

El chaleco está compuesto por nuestras experiencias de vida acumuladas unas encimas de las otras (no importa cuántas películas hayas visto y creas que estás preparado para el mundo: no lo estás. Necesitas darte golpes reales para la confección de un buen chaleco). Pero más que nada, en la estructura intrínseca de este debe haber también una alta cantidad de anti-susceptibilidad autoimpuesta. Hay que tener una disposición resoluta de no dejarnos atacar. No me voy a sentir mal pase lo que pase. Y por “pase lo que pase” quiero decir “pase lo que pase”.

Podría pensarse que todos hacemos esto naturalmente, pero no es así. Los suicidios, los antidepresivos o las depresiones crónicas tienen una causa. Y aún sin llegar a estos extremos, muchas veces nos sorprendemos arruinando una bonita tarde de primavera al torturarnos por un comentario desagradable que hizo en Facebook alguien al que jamás hemos respetado y que si hubiese dicho algo positivo probablemente ni le hubiéramos hecho caso.

El chaleco antibalas no es una armadura: es un chaleco. De ahí que podamos salir heridos aún usándolo. La bala que nos va a matar, nos va a matar, y no podemos hacer nada por impedirlo (aunque podemos intentarlo). Pero lo que sí no puede ser es que sucumbamos ante cualquier bala de salva que nos tiren. ¿Hablan mal de nosotros? Que hablen. ¿El futuro es incierto? Pues el futuro no está aquí ahora. ¿La cuenta del teléfono es alta y no tienes dinero? Cuando eras niño vivías en un país donde no había qué comer y así y todo sigues vivo; el pago de un teléfono es bobería. ¿Tu novio no te quiere más y te dejó por otra mujer? Nada es más secundario y fácil de reemplazar que un hombre así que levántate, date una ducha y búscate otro.

Ya sé que suena duro sugerir que no nos afecten las imágenes de guerras y de niños muriendo, pero no seamos hipócritas: perdemos más tiempo molestándonos porque nos dijeron gordos o feos que por masacres lejanas. Así que si podemos ser tan banales como para distribuir tan mal nuestras energías y nuestras lágrimas, seámoslo igual para sacar por completo estas imágenes de nuestras cabezas y no dejar que nos arruinen la tarde.

Mi chaleco antibalas personal es de una marca buena. Obvio: con todo lo que yo he pasado en mi vida o me lo ponía desde temprano o era evidente que no iba a llegar vivo a los 16. Y esto fue antes de decidir jugar a tener sexo con otros varoncitos (homosexual que salga a la calle sin su chaleco antibalas será considerado como intento de suicidio). A veces los chalecos se ponen solos, pero muchas otras tenemos que usarlos de manera consciente. En mi caso, combiné ambas cosas. Resultado: por muy agitada que haya sido mi vida jamás me he tomado una pastilla para los nervios, he necesitado correr de urgencia al psiquiatra o he decidido cortarme una de mis lindas venas. Expreso mi hastío de este mundo de la manera más sana posible: escribiendo, gritando cuando algo no me gusta, acostándome con todos y mirando mala televisión.

Mas, como todo buen ser humano, en muchas ocasiones se me olvida ponerme el chaleco y me dejó afectar por sencilleces. Pero entonces, cuando me descubro recondenándome porque una pajarita de Villa Clara que no conozco le sugirió a alguien que yo era jinetero, o porque alguien que quise mucho decidió no hablarme más sabe Dios por cuál causa, o porque no se me paró en una orgía y tuve que ponerme a mirar en vez de ser el protagonista, o porque mi tía me escribe por enésima vez para pedirme más dinero y agrega que “100 dólares al mes no son nada”, me llamo a capítulo, corro al closet, me envuelvo en mi mejor amigo y me doy psicoterapia de urgencia. Cuando salgo del closet soy un maestro Zen. Y esto es con las sencilleces: con las cosas graves mi chaleco es aún más eficiente. Ni siquiera tengo que entrar al closet: él solo sale, se me enrolla y estoy listo para el Diluvio Universal. Así, mientras el mundo se desmorona allá afuera, yo estoy en mi cuarto, con mi chalequito puesto, comiendo helado y viendo American Idol.

De ahí que me cueste tanto pero tanto entender a las personas que no tienen chaleco. Que se molestan con cualquier cosa, que se laceran con cualquier cosa, que lloran por cualquier cosa, que están tristes o quejándose todo el maldito día. Uno no puede permitirse, bajo ninguna circunstancia, ser susceptible. Y no es que a mí no me pasen esas cosas (yo soy esencialmente susceptible y temperamental), pero por eso mismo tengo el chaleco: para protegerme. ¿Cómo es posible que personas adultas a las que la vida les da golpes y golpes y golpes sigan sin darse cuenta que tienen que tener uno? ¡No podemos estar a merced de la jungla! Estos “Hunger Games” los tenemos que ganar NOSOTROS, aunque para eso tengamos que matar a todos los demás niños, incluyendo a los de nuestro mismo distrito.

Sin embargo, por muy necesario que sea, el uso del chaleco trae también efectos colaterales. Si bien nos protegerá del daño externo, también nos impedirá el acceso a muchas cosas positivas. Es lógico. ¿Cómo podemos enamorarnos locamente si tenemos un sistema de protección activado específicamente para mantener a las personas fuera de nuestros corazones? ¿Cómo podemos disfrutar de lo bueno que muchos seres humanos tienen que ofrecer si solo estamos interesados en comunicarnos con ellos superficialmente? ¿Cómo vamos a contribuir al necesario desarrollo de este mundo si para protegernos elegimos mirar al otro lado cuando hay personas muriendo indiscriminadamente, derechos humanos básicos violados a toda hora, animales masacrados y constantes abusos al medio ambiente y a los recursos naturales?

No tengo una respuesta. Deshacerse del chaleco sí sé que NO ES UNA OPCIÓN. Hay quien se arma de un chaleco solo cuando se siente mal y se lo quita fácilmente cual bikini en pool party californiana una vez que “encuentra el amor” o “se va finalmente del país” o cualquier otra tontería irrelevante de esas, solo para ser bombardeado brutalmente poco después al no tener protección. No: el chaleco ha de andar con nosotros todo el tiempo.

Quizás lo más sabio sea abrírselo un poco, e incluso en ocasiones quitárselo casi por completo. Pero ¿cómo aprender a quitarse el chaleco cuando aún ni sabemos ponérnoslo bien? No será fácil, eso es seguro. Hay que intentar dejar entrar algo de lo bueno, pero siempre sabiendo que por ahí mismo puede entrar una bala en cualquier momento. Y aprender a ver este riesgo como algo no necesariamente negativo (a veces la felicidad no está en las cosas constantes sino en las riesgosas que salen bien. Como la ruleta rusa).

Pero en caso de que algo pase hay que tener el chaleco a mano. Así podremos enamorarnos, confiar y obtener cosas buenas de algunas personas, pero al mismo tiempo no nos moriremos ni nos desangraremos si algún día demuestran ser igual a la mayoría. Podremos ayudar a causas humanitarias, revoluciones y al mejoramiento de este mundo, sin que las imágenes que tendremos que ver en el proceso nos destruyan o nos traumaticen.

Quizás ese sea el gran juego de la vida: aprender a utilizar correctamente el chaleco antibalas. Saber cuándo ponérnoslo y cuándo quitárnoslo. Cuándo es legítimo usarlo como defensa y cuándo como ataque. A qué lugares entrar con él sin desatarse un botón en ningún momento y en qué otros se puede dejar a un lado por un rato para poder correr completamente desnudos. Esta pericia determinará si somos vencedores o perdedores.

Pero siempre con el chaleco. Nadie que no tuviera uno llegó nunca a nada. Es la única manera de ser feliz por mucho más de once segundos y de contemplar con otros ojos ese maravilloso espacio que puede llegar a ser la jungla.


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