miércoles, 1 de junio de 2011

La buena compañía de la soledad


Soledad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre. Los vemos todos los días: mi amiga C. aguanta que el novio se acueste con todo lo que tiene una saya, mi amigo D. tiene un novio que no entiende la mitad de sus chistes, mi amigo T. tiene una esposa a la que detesta con todas las fuerzas de su corazón y mi amiga R. no tiene un orgasmo desde que se casó y su esposo se niega a hablar del asunto. Problemas sin solución, en la mayoría de los casos. Ya se ha intentado cambiar las cosas, e incluso ignorarlas, pero nada parece funcionar. Entonces, ¿por qué no dejar esas relaciones, obviamente fallidas? Podríamos decir algo como que sus conyugues tienen otras virtudes que los compensan, o quizás que el amor tiene que saber afrontar los obstáculos que la vida diaria le pone. Pero lo cierto es que en el caso particular de C, D, T y R, así como en el de muchas otras letras del alfabeto, el culpable es el mayor miedo que padece el mundo moderno: el miedo a estar solos.

La sociedad nos enseña desde pequeños, directa o indirectamente, que algún día encontraremos a alguien para compartir nuestras existencias. Desde pequeños fantaseamos de con quién nos casaremos y la cantidad de hijos que tendremos. Después vamos modulando un poco estos sueños, y quizás ya no queremos 6 hijos, tres hembras y tres varones, o las buenas mujeres son sustituidas por los buenos hombres; pero lo que sí no cambiamos es nuestro ideal de conocer a alguien que nos acompañe en este complicado camino llamado vida. Quedarnos solos es visto, inevitablemente, como una derrota. Queremos mucho a nuestros amigos y al resto de nuestros familiares, pero sabemos que hay necesidad de “algo más” que solo una pareja te puede proporcionar. No hablamos de sexo en esta oportunidad; el sexo no es tan difícil de encontrar, después de todo. Hablamos de ese “algo más”.

Pero los años van pasando y las opciones se van agotando. Las innumerables oportunidades de encontrar a la persona ideal se van reduciendo y los relojes biológicos (y sociales) siguen apurándonos, así que nos desesperamos y cogemos lo primero que nos pasa por el lado. Por supuesto, fingimos con nosotros mismos y con los demás que es “el de verdad”, que “tiene defectos, pero yo lo quiero”. En muchas ocasiones esto no es más que una gran mentira. Pero el estar solos nos parece tan horrible que admitimos, no solo infidelidades o carencia de orgasmos, sino además una ausencia total por nuestra parte de afecto hacia esas personas.

¿En qué momento estar mal acompañado le ganó la competencia a estar solos? ¿No era al revés? ¿Por qué aguantamos todo tipo de cosas por no saber apreciar nuestra soledad? A veces (muchas veces, de hecho) esperamos a encontrar a otras personas, aparentemente mejores, para entonces cambiarlas por las que tenemos. Pero estar solos no. Eso nunca.

Yo fui un niño, luego un adolescente, que nunca se preocupó mucho por los amores. Me interesaban muchísimas otras cosas y reía en silencio cada vez que veía una película en la que el protagonista sufría por algo tan tonto como el amor o la soledad. Me parecían temas intrascendentes. Pero después crecí y, buscando sexo, caí de golpe en las relaciones. Y entonces, cual adolescente de novela mexicana, me vi arrastrado en una sucesión de amoríos, infidelidades, escapadas nocturnas, gritos y pasiones incontrolables. No me fue mal; se puede decir que hasta me divertí.

Pero en algún punto olvidé lo bien que me la pasaba conmigo mismo cuando no tenía a nadie más que a mí. Cuando la promesa de encontrar a alguien era tan lejana que me hacía disfrutar el momento y disfrutarme a mí mismo. Pero hace un par de años, recobré esa senda victoriosa. No me lo propuse ni nada, pero fui descubriendo que ya no me emocionaba mucho esperar las llamadas telefónicas de las personas que conocía o que mi memoria prodigiosa olvidaba una y otra vez sus nombres, edades y profesiones. Así que me dije que era hora de estar solo por un tiempo. Y le he cogido el gusto.

Tengo muchas más cosas en mi vida: mis trabajos, mis aspiraciones, mis amigos, mi blog, mi sexo ocasional, mi vida. Me gusta quedarme en casa por las noches, ver una buena serie de televisión, con un Tukola en la mano derecha, el control remoto en la izquierda y la gata acostada en mi pecho como si viviese ahí. Disfruto el caminar por las calles oyendo mi música country favorita y pensando en todas las ciudades que visitaré algún día. Me gusta tirar fotos de edificios y redactar en mi mente el discurso que daré cuando me gane un Oscar. Quizás me estoy volviendo viejo. O quizás he crecido finalmente. No sé, ni me interesa conocer la respuesta. Lo que sí sé es que ya no aguanto nada por temor a estar solo.

Por supuesto, hay momentos de flaqueza. Los 14 de febrero, en los que intentas dormir todo el día. O en esas fiestas de amigos en las que todo el mundo va con su pareja y en un momento determinado, como reloj, todos empiezan a besarse. Ahí uno no puede evitar sentirse como si estuviera en el Arca de Noé y uno es un animal del cual, por problemas de extinción, solo queda uno. Entonces llamo a Ray y le digo que me siento solo, y él me recuerda que es la maldición de ser demasiado inteligente. Pero no es nada que no se pueda superar, y a los 15 minutos ya hablamos de American Idol y de cómo Gaga se ha insertado en nuestras vidas a tal punto de que ya no sabemos a quién adorábamos antes que a ella.

Todos queremos un príncipe azul. Pero estos están escasos. Quizás fue el período especial o el bloqueo, pero no hay muchos. Así que estar solos, después de todo, no es tan malo. Nos permite apreciar mejor a esos otros príncipes azules que no siempre valoramos en su justa medida: nosotros mismos. Nos hace prepararnos, de una forma más honesta, para nuestras próximas relaciones. Nos hace valorar mejor cuáles son los verdaderos propósitos de nuestras vidas.

Mi amiga C. revisa las camisas del novio, mi amigo D. le hace sus chistes a todo el que lo quiera escuchar, mi amigo T. ya ni habla y mi amiga R. tiene un amante que le hace recordar los orgasmos pero que la hace sentirse culpable. Quisiera decirles que estar solos no es tan malo, pero eso no es así. No todos vivimos en las mismas etapas de nuestras vidas y no todos estamos listos para asumir la soledad con el mismo espíritu. Yo, por mi parte, estoy bien así. No solo he elegido el estar solo por encima del estar mal acompañado, sino que aprecio cosas que solo la soledad puede regalarme. Ya soy grandecito, parece. Algún día encontraré a mi príncipe azul, pero hasta que ese momento no llegue, no habrá príncipes de ningún otro color en mi sofá a la hora de ver mis series de televisión o a mi lado cuando camine por las calles oyendo mi música country favorita. Estoy bien así: solo. Y es como tener 15 años de nuevo.