lunes, 20 de junio de 2011

La maldición


A todos los que han estado malditos

Prólogo

Yo siempre he sido un hombre de mundo. En mi cabeza he estado muchas veces en París, algunas en Londres, y no todas las que hubiese querido en Nueva York, pero las suficientes como para sentirme un local. He conocido las pirámides, las cataratas del Niágara, el Amazonas y la Ciudad Prohibida. He visto tanto tribus salvajes como civilizaciones avanzadas y he disfrutado de ambas por igual. He vivido inviernos enteros en el Ártico y calores espantosos en el Sahara. He subido a las montañas más altas y he descendido a las cuevas más profundas…No sé si alguien notó que puse “en mi cabeza” al inicio. En la vida real, lo más cercano que he estado de París fue cuando tenía 13 años y fui a Manzanillo. Nunca he ido a ninguna parte. No he pisado nunca un continente o visto la nieve. No he navegado por los canales de Venecia o visto la Muralla China. Ni siquiera he estado en algún modesto pueblo de algún país sin muchas riquezas naturales o arquitectónicas que ofrecer. Pero sé perfectamente de quién es la culpa: de la maldición.

Quiero aclarar que en este post se tratará solamente sobre el deseo altruista, honesto y sincero de este bloguero de conocer mundo. El mundo que ha estudiado desde pequeño, el mundo que le ha contado su hermano, el mundo que ha visto en miles de películas y leído en numerosos libros. En ningún caso se trata de un deseo de demeritar a su isla, de rechazar sus tierras o de hablar mal de su gente. Eso sería desconocer al bloguero. Una vez aclarado este pequeño, pero vital asunto, demos paso a la descripción de la maldición y de sus poderosos efectos sobre este redactor.

Capítulo 1
La maldición se instala en la familia de los Mancebo

La primera evidencia clara de la maldición en mi familia materna (la paterna es otra historia) data del lejano año 1994 cuando a mi tía (todos los que me conocen saben de la importancia vital, intrínseca, única, de mi tía en mi vida) se le concedió una visa para viajar a los Estados Unidos a ver a su familia, la cual había hecho las maletas muy calmadamente en 1959 para no regresar jamás. Mi tía, una mujer de gustos simples y concretos, dejándose llevar por la pasión furiosa de la novela brasileña de la época, decidió esperar que esta terminara para efectuar el viaje de reencuentro. Imagino que haya pensado que si la familia había esperado 35 años para verla, podían esperar dos meses más. Así se venció su pasaporte, y al ir a renovarlo y poner la visa en este, el mismo americano que le dio la visa la primera vez la consideró no apta para ir a ninguna parte. Ella intentó explicar que no estaba ahí para solicitar una visa sino para que le pusieran en el nuevo pasaporte la que ya le habían concedido meses antes, pero el americano cabrón hizo oídos sordos. Todos pensamos que era un error que se arreglaría fácilmente. Ya hace 17 años y mi tía nunca se encontró con su familia.

Quizás un poco traumatizado por este hecho, y sin dudas influenciado por los miles de libros y películas que veía, un tenebroso sueño se apoderó de mí por alrededor de 5 o 6 años: un avión que nunca despegaba. Era horrible, a veces me despertaba en el momento en que me pedían el pasaje; otras lograba sentarme en el avión, pero me despertaba enseguida, y otras solo me quedaba ahí sentado y el avión no arrancaba nunca. Un día arrancó, y justo en el momento en que las ruedas se separaban de la tierra, me desperté, para sentirme más frustrado que nunca. Créanme cuando les digo que no le deseo ese sueño a nadie: es la impotencia en su estado más primario, más brutal.

Pero después se me fue quitando. Cuando entré a la universidad a los 19 años ya no tenía esas pesadillas, y si bien quería seguir conquistando el mundo, sabía que tenía que esperar unos añitos porque mis estudios reclamaban mi atención. Además, era como una preparación: estudiar para poder viajar luego de una forma decente y primermundista. Y así la maldición cayó en un letargo que me hizo llegar a pensar incluso que su existencia había sido un producto de mi imaginación. Hasta que regresó por sus fueros.

Capítulo 2
La maldición ataca

Durante mis años de universidad (y antes también) vi coger el avión a casi todo el mundo. De hecho, hubo una época en que pensé que todo el mundo se estaba yendo. Desde los más cultos hasta los más vulgares, desde los que querían ir a París para ver la Mona Lisa hasta los que querían ir para meterse en la discoteca gay más cercana. De todo. Amigos íntimos, enemigos horrorosos, compañeros de aula, vecinos. Pero a mí no me afectaba mucho. Es decir, a veces sí me decía: “¿Qué hace Fulano en tal parte? Con lo bruto que es”. No soy una persona perfecta, a veces soy despreciativo y discriminatorio y no pido disculpas. Pero tampoco era nada del otro mundo, yo me divertía hasta que algún día llegara “mi momento”.
Y me gradué. Al principio no me di cuenta cuál era la intranquilidad que me afectaba, el por qué me sentía un tanto descontrolado. Había olvidado mi deseo de conquistar el mundo y ahora tenía la necesidad de retomarlo. A inicios del 2010, al redescubrir mi pasión de antaño, me propuse, en esos planes que uno se hace el 1ro de enero, el salir al mundo exterior en ese año.

Y, persona afortunada que soy, 20 días después me encontré un plegable abandonado en mi facultad hablando de un curso en la lejana, hermosa y rica Suiza. Después de algunos correos hacia allá y algunas palabras por acá, logré que las prestigiosas universidades de Lausana y la Habana hicieran un acuerdo para enviar a un suizo hacia acá y un cubano (¿quién mejor que yo?) hacia allá. Todo el mundo feliz. Y el proyecto iba viento en popa: permisos de salida, extensión del período de estancia, aumento del nivel del curso, felicidad en general. Todo el mundo me felicitaba, me decían: “Tu momento, chamaco” y yo me deleitaba pensando en cómo Suiza era el país perfecto para iniciar mi periplo por el mundo…Pero la maldición estaba detrás de mí, acechando.

Mi primera visita a la embajada no fue muy exitosa. Me faltaba un papel que podía demorar un poco y quizás no llegara a tiempo para empezar el curso. Entré en pánico. El negro de la embajada suiza (lo siento muchísimo, cada vez que hago este cuento oralmente digo “el negro”, sería muy hipócrita de mi parte llamarlo ahora “el muchacho”, “el señor” o “el empleado”; espero que no lo vean como lo que no es: si fuese rubio, dijera “el rubio” con exactamente el mismo desprecio) no paraba de maltratarme y de ser irónico conmigo (a mí me encanta cuando alguien es irónico conmigo), pero no me lo tomé a título personal: seguro era así con todo el mundo. En realidad no era así con todo el mundo porque trataba de lo más bien a los suizos y a los negros que ya habían viajado, tuve la oportunidad de verlo sonreír con ellos. Todos conocemos a los cubanos que trabajan en las embajadas (aunque hay algunos que no son así, que conste).

Pero conseguí mi papel. Llegó a tiempo y en forma, y el negro aceptó mis planillas, puso cuños, cobró los 75 dólares (no tenía cambio, pero el bloguero corrió hacia la tienda más cercana) y me dijo que fuera al día siguiente a conocer el resultado. Y yo me relajé. Me vi en Suiza. Me dije: “vaya, qué susto con ese papel, pero al final, como dice mi vecina de abajo, yo soy un tipo con suerte”.

Día del resultado. Yo estaba sentado frente a la ventanilla de admisiones junto a tres jineteras (ellas mismas me dijeron que eran jineteras, yo incapaz de juzgar a nadie) a las que llamaremos Yumicusisleidys, Analeidys y Misisleidys porque son más fáciles que sus nombres reales, los cuales no puedo recordar. Las Leidys estaban histéricas: no era la primera vez que estaban ahí, sus “novios” las habían invitado una y otra vez, pero nada. Yo estaba calmado, por bien que me cayeran las Leidys sabía que pertenecíamos a clases diferentes y los siempre inteligentes suizos lo notarían. No es lo mismo un muchacho decente de su casa que va a estudiar a la Universidad de Lausana que estas simpáticas, pero no educadas, muchachitas.

Yumicusisleidys fue llamada de primera a la ventanilla. Se paró, nerviosa, se arregló la blusa y todos pudimos contemplar su espalda al conocer el resultado. ¡Yumicusisleidys se va a Suiza! Bravo por Yumi. Y bravo por su yuma. Me cayó bien. Analeidys fue de segunda. No son buenas noticias para Anita, la pobre. Baja la cabeza, se pasa una mano por la frente y se puede notar que la mano le tiembla un poco. Firma algo y se va a otro asiento a leer un papel que le dieron. Me inspiró mucha lástima. Me dije: “coño, ¿por qué la gente no estudia para poder ser algo en la vida y no pasar por estos momentos? Menos mal que yo voy a una universidad y no a ver a un novio.”

Y de pronto: Sr. Reyes Mancebo. Yo levanté la mano como si fuese el pase de lista. “¡Yo!” Me paré y corrí hacia la ventanilla. Me di cuenta en ese momento que sí estaba nervioso, pero bueno, es como cuando van a dar el Oscar, todos están nerviosos, los que ganan y los que no. El suizo saca unos papeles, veo mi foto por algún lado, sostengo la respiración y oigo su voz con mal acento español: “Su visado ha sido denegado”.

Nadie te prepara para esto. No te lo enseñan cuando eres niño ni te dicen que tengas cuidado con eso. Lo primero que pensé fue que después de un segundo me diría: “¡Inocente!” y nos echaríamos a reír los dos. No lo hizo. Entonces pensé que no era una broma, pero que sí era un error: seguro estaba viendo el pasaporte de otra persona. Pero no, era mi pasaporte. Entonces oí un ruido enorme detrás de mí. Pensé en virarme, pero sabía lo que era: el ruido que hacen tus planes, tus proyectos y tus sueños cuando se estrellan contra el piso. Firmé el papel donde demostraba mi “acuerdo” con la decisión y me dieron otro donde supuestamente estaba establecida la causa de mi rechazo.

Me senté con algo de curiosidad por ver qué podía decir, y justo allí, el acápite 9 (el único que estaba señalado) decía algo como que “no se puede demostrar que vaya a regresar una vez concluido su visado”. He de confesar que la primera vez que lo leí no lo entendí. Quizás era el momento y la confusión. Entonces decidí recurrir al negro, quien estaba en la otra ventanilla, contemplando muy tranquilo mi caída y la de Analeidys. 

Ese horrible hombrecito ni siquiera se inmutó cuando le hablé. Se quedó mirándome fríamente cuando le pedí que me explicara qué significaba el acápite 9. Después de un silencio claramente antinatural en el que aprovechó para mirarme con desprecio, me dijo dos palabras que me empezarían a perseguir a partir de ese momento: “posible emigrante”.

Y lo entendí inmediatamente. No puedo culparlos: 28 años, soltero, con educación; es lógico que me voy a comer al primer mundo cuando llegue. Quise decirle que yo lo que quería era ver el mundo que había estudiado desde chiquito, que el quedarme, la pacotilla, esas cosas, no eran el propósito de mi vida, pero de nada hubiese servido. Entonces, al haberlo perdido todo, recuperé mi personalidad, la cual nunca debí haber abandonado en mis trámites en esa oficina. Miré al negro a los ojos con exactamente el mismo desprecio con que él me miraba a mí. Yo soy una de las 50 personas más expresivas que hay en el mundo, así que el negro se dio cuenta perfectamente que lo estaba retando a que me siguiera mirando así. Y bajó la mirada. Púdrete, negro.

Misisleidys corrió la misma suerte que Analeidys y yo. Al despedirme de ella, quien comenzaba a leer su papel donde probablemente estuviera marcado el acápite 9, tomé consciencia, por primera vez, que no iría a Suiza. Y sentí que se me agolpaba la emoción en la garganta. Me paré frente a la puerta a esperar que el negro, desde su ventanilla, acabara de apretar el botón que la abría. No lo hizo. Yo sentía que estaba a punto de echarme a llorar y no quería hacerlo en la embajada: quería llorar en territorio nacional. Seguía sin abrir, hasta que, bastante descompuesto, grité: “¡Abran la puerta, por favor!” No hubo una persona que no me mirara. Bajé la cabeza, algo arrepentido y triste. Un segundo después se abrió la puerta, corrí hacia la cerca, el guardia me abrió rápidamente y salí. 

No lloré, pero me dio muchas ganas. Me sentía humillado, no me sentía con la capacidad de decirles a mis estudiantes que estudiaran, que eso los iba a llevar lejos en la vida. En mi caso se demostraba que eso no le importaba a nadie. Y entonces entendí más a aquellos que se quedan, a aquellos que hacían lo que fuera por irse, a los descontrolados. Pero yo no soy la persona que soy por gusto: al llegar a la esquina ya me había dicho a mí mismo que volvería por mis fueros y que recobraría la senda victoriosa que siempre me había caracterizado.

Seis meses después regresaba a otra embajada: Canadá. Mi proyecto era ahora mucho más modesto y mis posibilidades no eran tan buenas. Pero lo intenté, y me siento orgulloso de mí mismo por haberlo hecho. Nadie me trató mal ahí; al contrario, todo el mundo era muy amable. Pero el resultado fue el mismo. Y la explicación la misma. Cuando salí de la embajada me sentía mal, pero no era igual: me había acostumbrado. Estaba derrotado y ya lo sabía desde antes. Al llegar a la esquina me dije que volvería. Ya no sería ese año, el año que me había prometido a mí mismo viajar, pero volvería. Yo soy Raúl Reyes Mancebo y no me rindo nunca, porque si no, ¿qué sentido tiene seguir jugando?

Pero me traumaticé. Soy muy sincero en estos momentos, si alguien ha llegado a leer hasta aquí se merece mi sinceridad absoluta: me traumaticé y traumaticé a todos los que me quieren, porque se dieron cuenta al igual que yo de lo difícil que sería a partir de ahora cargar con todas esas visas negadas y todos los sueños de aviones que no despegaban. Mi pobre hermana me ayudó mucho pero hubo un día en que me miró y me dijo que por qué no me concentraba en la vida que tenía aquí. Mi hermana sabía que estaba maldito y que era mejor claudicar.

Yo le dije que no, que intentaría con países más modestos: Guatemala, Curaçao, Benin. Algo que no representara un reto. Pensé en irme a Ecuador, que no necesita visa. Y después me llamé a capítulo: “¿Qué vas a hacer tú en Ecuador?”. Para colmo, el mundo no ayudaba: Facebook llena de amigos que se iban todos los días, mi propio padre se fue para Suiza el mismo día que me negaron la visa y visitó siete países, otros que odio y desprecio cogían aviones mientras yo cogía guaguas. Y entonces el deseo de conocer mundo se hizo, por primera vez para mí, cuestionable. La maldición había hecho bien su trabajo.

Capítulo 3
Los últimos días de la maldición

Y llegó el 2011. Este año me propuse pasármelo bien, pasara lo que pasara. Yo no tengo una mala vida (para nada) así que me puse varios planes en la mente. Volver al teatro (no lo he hecho), mejorar la calidad de mis clases (para nada malas), entretenerme y tirarme fotos con las Kakis en todas partes. Y hacer un blog. En realidad, eso no me lo propuse, solo empecé a hacerlo y resulta que es una de las mejores cosas que me han pasado en mi vida.

Y justo el día en que estrené mi blog, cuando recibía un torrente de felicitaciones que me hicieron una persona plena y feliz, recibí un correo que me sorprendió. El bloguero, junto a otra muchacha, era escogido para representar a Cuba en un importante evento de la francofonía, para el cual solo habían escogido a 48 jóvenes de toda América y en el cual (eso es lo mejor de todo) me había anotado por un error un mes atrás. Me emocioné. Y mi tía se emocionó. Pero ambos nos miramos enseguida y nos acordamos de la maldición de la familia, así que fuimos muy prudentes en nuestros festejos. Tengo que ser honesto: si bien estaba inmensamente halagado por haber sido seleccionado, lo veía como otra oportunidad de perder 75 CUC y de ser humillado nuevamente. Pero tenía que intentarlo, si no no hubiese sido yo. Así que pagué mi dinero, llené mis planillas y solicité mi visa.

El día que la maldición empieza a desmoronarse comienza como un día normal. Te levantas, algo más temprano que de costumbre, te vas a por un jugo de tres pesos, te pones a hablar con Olivia por teléfono de becas y cosas, y de pronto recibes una llamada precipitada de la embajada pidiéndote que vayas y sales corriendo. En el taxi te dices que te tienes que controlar, que pase lo que pase seguirás siendo tú y que nada podrá humillarte, y que si es un no lo volverás a intentar de nuevo, hasta que mueras en el intento o triunfas. Pero había algo en el aire que era diferente. Lo juro: el aire era diferente. Entro a la embajada, paso el detector de metales, corro dentro, me llaman y me dan un sobre.

El hombre que sale de esa embajada es un hombre diferente. Sale con la sensación del deber cumplido, con la sensación de que finalmente puede sentirse satisfecho. Me doy golpes en el pecho y me digo a mí mismo bajito: “tú eres lo más grande, pinga”. Los demás ríen cuando paso. Me dicen: “vaya, caballo, disfruta”. Y yo les doy las gracias, aunque no los conozca. Espero que ellos también salgan bien. Y espero que las Leidys que no viajaron lo hagan algún día. Luego, en el taxi de retorno, le mando mensajes a mis amigos queridos, a los pocos que lo saben, porque hasta hoy he intentado no contárselo a nadie. Con la maldición hay que tener mucho cuidado.

Ya hace algunas semanas de eso y aunque otros papeles me hicieron sufrir un poco, los tengo hoy todos en la mano. Hay una visa con mi nombre y un permiso de salida también. Tengo un pasaje en la mano y estoy esperando que mis amigos me vengan a recoger para ir todos al aeropuerto. Todavía no he hecho la maleta pero quiero escribir esto antes de irme; la emoción no sería la misma después. Sé que el buen karma de mi blog es uno de los causantes de que la maldición de mi familia materna esté a solo horas de desmoronarse y quiero compartirlo con ustedes. No voy a revisarlo, solo me he puesto a escribir y lo voy a dejar así. Los que quieran criticar mi redacción que se den gusto. Para eso hice este blog, después de todo.

Escribo esto, además de para explicar mi temporal cambio de dirección a aquellos a quien pueda sorprender la noticia, para demostrarles a todos los que hemos sufrido una maldición, ya sea igual a la mía o de lo que sea, que si bien es cierto que las maldiciones sí existen, también lo es que un día se acaban. Logramos hacer bien lo que antes nos salía mal, logramos cambiar lo que siempre pensábamos que no podríamos, logramos finalmente salir a conocer el mundo. Lamento no habérselo dicho a casi nadie, incluso el resto de mi familia se enteró hace solo cuatro días, pero sé que sabrán perdonarme. Las maldiciones son fuertes, y hay veces que hay que actuar ocultos para derrotarlas.

Epílogo

Estoy escribiendo desde hace dos horas y ya son las cinco de la mañana. Tengo que hacer la maleta. Dentro de cuatro horas vendrán mis amigos y el taxi a recogerme. No escribiré una letra de este post en territorio extranjero. Pero como la maldición es complicada, hasta que mi amigo Ray no reciba un SMS diciéndole que ya puse un pie en alguna parte, él no lo publicará. Así que si usted está leyendo esto, eso quiere decir que los aviones despegaron, que la maldición se rompió finalmente, y que el bloguero es ahora, oficialmente, un hombre de mundo.

Fin

16 comentarios:

alain dijo...

Bueno Raul hasta me emocioné con ese eplílogo. No quiero pensar que estoy maldito...

Marisa dijo...

Muchas felicidades!!! Ya era hora, te lo mereces,,, estoy muy feliz por ti

Adiley dijo...

SIIII WAhOOOOo!!!!!!!!! RAulii!!! en serio, cada vez me conmueves más!!! Quiero ser como tú cuando sea grande!!!! que el unicornio con cabellos color de arcoiris siempre te acompañe!!!! te QUIERO UN MONTON!!!

Betty dijo...

Felicidades!!!!!!!!!!!!!Me encanto y me alegro muchisimo que hayas podido cumplir tu sueno. No eres al unico Cubano que le ha pasado esto...Muchos besos y exitos en tu recorrido por el mundo!!!!!

Liana dijo...

Wowww buenisimo, espero que nos escribas desde donde estes. Aunque te conosco hace muy poquito de corazon estoy muy contenta por ti, porque tu mas que nadie te lo mereces. Disfrutalo como solo tu puedes hacerlo ;-)

Lino dijo...

MUCHAS FELICIDADES !!!!!, estoy muy feliz por ti !!!!!

Anónimo dijo...

no habian pasado ni 30 minutos luego de que recibi el link y ya me habia leido todos tus post...simplemente Me Encanta, y me sorprendes, la vena de escritos me era desconocida. Sobre todo me gusta el toque personal e informal, es como si estuviera hablando contigo en el portal de la Flex. Ya estoy esperando noticias primermundistas...y felicidades Gaga!!! al fin!! disfrutalo y tomate una cervecita por nos, los de 27 y N. besotes, Yadira

Anónimo dijo...

Me encantó, y me emocioné muchisimo. Buena suerte caballero andante. Se que lo sabrás aprovechar, y la maldición pa la p.... pa allá. Que ya tenemos bastante con nuestro fantasmas diarios.
Big kiss and good luck!!!!

Mylène dijo...

Speechless

Rigo dijo...

Oye, no he tenido tiempo de leerlo, pero lo copie para leerlo mas tarde. Como ya te he oido hablar de la maldicion, se que debe estar super volao, jajajaja. Felicidades por la rotura (de la maldicion)

Osvaldo dijo...

Querido Rey:
Enhorabuena!

Ahora que la maldición te dió una tregua, espero que la oportunidad te sirva para abrir bien los ojos y calibrar la brújula.

De tí sólo espero una mirada inteligente y equilibrada del "más allá" para seguirte viendo aquí.

Mucha suerte!
Un beso,
O.

Anónimo dijo...

Jajajajjajaja! Me he reído mucho con esto y no te imaginas cúan familiar me suena!!! Si yo te contara de mis entuertos en esta materia... Es más, mi maldición aún no termina y, lamentablemente, soy mayor que tú. Pero en fin, me digo lo que tu hermana en algún momento te dijo: Tengo que concentrarme en mi vida aquí... Quizás un día,un hecho azaroso me sorprenda. Besos. Yari

izmatopia dijo...

me encantó! viví cada pedacito de tu angustia en letras contigo!

qué felicidad que hayas visto el mundo! ahora solo falta que lo compartas con nosotros...

y a dónde fuiste? digo, si se puede saber...

izmatopia dijo...

ah! 3 instantes inolvidables...

"Yo levanté la mano como si fuese el pase de lista. ¡Yo!"

"Seguía sin abrir, hasta que, bastante descompuesto, grité: “¡Abran la puerta!” "

"Me emocioné. Y mi tía se emocionó. Pero ambos nos miramos enseguida y nos acordamos de la maldición de la familia, así que fuimos muy prudentes en nuestros festejos"

hilarante! más cubanía no podía haber, jejejeje!

Santiago Torres Destéffanis dijo...

¡Qué tema éste, Raulito, qué tema! Lograste trasmitirme tu ansiedad aun sabiendo anticipadamente el final (feliz).

novoluar dijo...

No me mencionas a mí, que tan útiles consejos te di, en la esquina de 23 y H ¿o se te olvidé que te di la fórmula? ¡Tienes que pasarte dos pollos! jajajaja

No sé si te los pasaste, pero bueno, el consejo era cardinal en esta era brujerística...


Instagram