viernes, 14 de octubre de 2011

"The Andamio Kids"


En Montreal, a unas tres cuadras del majestuoso Estadio Olímpico, hay un terreno de edificios enormes bien separados unos de los otros. Uno de ellos está en reparaciones. En realidad es extremadamente común encontrar en esta ciudad esta clase de obras casi por todas partes. Y como todo buen edificio que está siendo reparado, está revestido de una serie de andamios con un elevador exterior que sube y baja para permitir a los constructores moverse hasta las alturas para cumplir con su trabajo. Ese elevador es una de las grandes pasiones de quien escribe estas letras.

Una tarde en que fui a esperar a uno de los constructores, un joven llamado Raphael, para irnos a cenar a algún restaurante no tan caro, mientras esperaba la salida de los obreros me puse a contemplar el vaivén del elevador con añoranza. Al salir Raphael le pregunté sonriente: “¿Qué tengo que hacer para subir en ese elevador?”. Él lo miró, luego a mí, y me dijo, aún más sonriente: “Supuestamente no puedes hacer nada porque está prohibido, pero si vienes mañana a esta hora te subo. El guardia es mi amigo”. Lo miré interesadamente. Lo había preguntado casi bromeando, pero ahora que me respondía eso no sabía muy bien qué decir o pensar. Antes de irnos, ya en la distancia, le dediqué una mirada al elevador sostenido en las alturas.

Mi pasión por los elevadores de las construcciones se remonta a casi 20 años atrás y a muchísimas millas de Montreal, en mi natal Marianao. No sé si este tipo de elevador tenga un nombre particular, pero escribiendo esto descubro que, por un error, durante toda mi vida, los he llamado “andamios”. Pero bueno, como hay que aprender de los errores, llamémosle en este post “elevadores de andamio”. Sé que en mi vida personal seguiré nombrándolos “andamios” que ha sido mi manera de llamarlos desde aquel día en que Sandra y yo, buscando un lugar para besarnos, nos encontramos accidentalmente con uno.

Estaba exactamente frente a mi casa, pero no se veía desde esta por tener una pequeña casita no habitada delante. Desde hace muchos años hay una tienda ahí, y antes hubo una estación de policía, pero en esas fechas no había nada: solo la casita no habitada, y detrás, rodeado de muros y ventanas cerradas de otras casas, casi escondido, un elevador de andamio. Ni siquiera había tubos, solo aquel pequeño elevador amarillo oxidado que subía dos pisos, en el medio de pequeñas concreteras y algunos ladrillos. Aquella tarde de domingo, Sandra y yo, quienes ya habíamos explorado el barrio entero en vano para cometer nuestras inocentes fechorías, cruzamos la calle y caímos en la construcción casi sin darnos cuenta. El lugar detrás de la casita no habitada era bastante pequeño y estrecho; el elevador ocupaba casi toda el área. Era como una construcción en miniatura. Así que tuvimos que proceder a darnos nuestros ilícitos besos justo dentro del elevador.

Al terminar (¿en qué momento se dejan dos niños de besar?) noté que en el piso del elevador, en una esquina, había una especie de control remoto bastante grande unido por un cable gordo al propio elevador. Tenía solo tres botones inmensos. “Uno para subir, otro para bajar, y el tercero debe ser para parar” me dijo Sandra, leyendo mi mente. “¿Lo probamos?”, le dije. Sandra me miró con cara de: “¿Por qué no? De todas formas seguro no tiene electricidad”. Y así, casi sin proponérnoslo, tuve mi primer viaje en elevador de andamio. Sí tenía electricidad. Se tomó un segundo en arrancar, y casi sin hacer ruido, aunque no silente del todo, aquel elevador comenzó a subir.

Hay pocas sensaciones en la vida como esa. Uno se siente adulto y libre a la vez. Ni siquiera cuando ya somos adultos, nos sentimos tan libres realmente, pero cuando subes en un elevador de andamio con 9 años sientes que esa sensación de libertad que experimentas es ser adulto. Y no puedes evitar poner una sonrisa en tu rostro. Una grande.

El corazón se te para por un segundo antes de comenzar a subir hacia las alturas. Luego sientes el aire bajo tus pies y entre tu pelo. Si a eso se le suma que nuestro elevador amarillo no era para nada nuevo y lo único que tenía era una baranda para aguantarse que lo rodeaba, nada de cercas ni paredes, es fácil imaginar que el aire entraba por todas partes. Subimos y bajamos un par de veces probando los botones.  Nadie nos vio; cuando llegábamos arriba se podía ver parte del barrio, pero solo las azoteas y quizás algún lejano edificio de más de tres pisos. Pero nada de qué preocuparse.

Junto a los besos, la sensación de montarse en algo tan prohibido, tan adulto, tan liberador, hizo de nuestro domingo algo mágico. Y así se convirtió en uno de mis pasatiempos favoritos. Todos los fines de semana, que era cuando nadie trabajaba en la construcción, había algún momento en que me escapaba de casa y cruzaba para montarme en el elevador y subir y bajar por algún tiempo. Los sábados los barrios son un poco más agitados, pero los domingos, a eso de las dos de la tarde, no hay nadie en las calles cubanas, así que ese era el mejor de los momentos para ir allí, a veces con Sandra y  otras yo solo.

Un domingo Sandra trajo a su amiguita de la escuela, Aida, a nuestro elevador. No sé qué le pasa a las niñas que les cuenta tanto ser discretas. “Aida quiere montar” fue lo único que me dijo. Yo, cual chofer, me monté en “mi elevador”, y subí y bajé a las hembras por dos horas. El domingo siguiente, Aida trajo a su hermana Alina. Yo intenté protestar, pero como Alina es ciega me arrepentí a última hora y solo miré a Sandra con cara de “¿Hasta cuándo es esto?”. Ella me miró con cara de “Ellas son mis amiguitas”. Menos mal que Sandra y yo nunca nos casamos. Así me pasé todo el día subiendo y bajando hembras.

La semana siguiente fui yo quien trajo un invitado: Juan Carlos, uno de mis mejores amigos de la escuela. Harto de tanta hembra, decidí compartir mi maestría en elevadores andamiales con un público viril y especializado. Juan Carlos, como se esperaba, se emocionó como niño pequeño (tampoco éramos tan pequeños, 9 o 10 años) y me pidió que lo dejara accionar los botones a él. Cuando llegó la retahíla de hembras, fue Juanca quien las condujo mientras yo organizaba al pelotón y les pedía a aquel reguero de niñas que no gritara tanto para que no nos descubrieran.

A la semana siguiente Juanca trajo a su vecino de al lado, Miguel. Yo me alegré: ya éramos la misma cantidad de varones que de hembras y no estábamos en minoría. Nos dijimos que ni un invitado más: no era un elevador grande y corríamos el riesgo de que nos descubrieran si seguíamos trayendo niños de todo Marianao (Juanca y Miguel vivían lejos de mi casa y Aida y Alina aún más). Además, había un cartel borroso pero legible en el elevador que decía “200 kilogramos”. Pero la semana siguiente, justo antes de que llegaran los demás, el primero en llegar después de mí fue Robertón. Yo lo miré con cara de “¿Disculpa?” y él me dijo muy resuelto: “Quiero montar en el elevador con ustedes”. Ya yo conocía a Robertón (estaba en mi escuela), pero nunca supe, aunque siempre sospeché que fue Miguel, quién le dijo lo del elevador. Había un problema con Robertón que no se podía ignorar: era gordo. Muy gordo.

Cuando llegaron los demás, convoqué a una Asamblea de Emergencia. No podíamos subir todos, nos íbamos a caer. Subí a Robertón un par de veces, pero todo el mundo tenía que esperar abajo, lo cual ya no era tan entretenido. Mientras estábamos arriba, los demás nos gritaban que bajáramos rápido. Decidí que lo mejor era irse a pesar todo el mundo al policlínico. Y para allá fuimos. Yo tomaba nota del peso de todo el mundo. Recuerdo que yo pesaba menos de 60 libras (¡Dios mío!). Le dijimos a la enfermera que era para un trabajo de la escuela. Así que me puse a sumar y a dividir por 2.2 mientras el resto esperaba ansioso el cómputo final. Finalmente la inefabilidad de las matemáticas nos condujo a la desesperanzadora cifra de 206 kilogramos.

“Nos vamos a matar” gritó alguien. “Se tiene que ir, él fue el último que llegó”, gritó otra. Todos estuvimos de acuerdo en que Robertón tenía que irse, al menos hasta que bajara 6 kilogramos. Acordamos concederle un último viaje antes de darle la despedida. Subimos él y yo solos y nos quedamos un tiempo viendo las azoteas vecinas, mientras el resto esperaba abajo. Pero allá arriba, al ver la cara llorosa del pobre Robertón en lo que sería su última incursión en elevador de andamio, tomé una decisión, que después de adulto he vuelto a repetir alguna que otra vez con algún estudiante suspenso.

Bajamos y volví a hacer la cuenta. Frente a todos, pero sin que nadie se diera cuenta, le quité un par de libras a Alina y a Miguel, dividí por 2.1 y aproximé por defecto, en vez de por exceso, y obtuvimos la salvadora cifra de 198 kilogramos. Todos gritaron de alegría. “Pobrecito, si estaba hasta llorando” grito una. “Menos mal que Raúl se había equivocado”, gritó otro.

Supongo que pudimos habernos caído, pero nunca pasó nada. Subimos los siete, Robertón incluido, y nos quedamos un buen tiempo allá arriba. Y subimos y bajamos toda la tarde. Y así seguimos todos los domingos (yo iba además los sábados yo solo). Gracias a una película de Matinée Infantil con un título parecido (que ahora no puedo recordar) y a nuestros incipientes conocimientos de inglés, nos bautizamos un día como “The Andamio Kids”.

Nunca ninguno se lo dijo a más nadie, o por lo menos nadie más se apareció por allí. Las reglas se relajaron y le perdimos el miedo, en caso de que lo hayamos tenido alguna vez, al elevador. Si al principio íbamos siempre paraditos y aguantados de la baranda que bordeaba el elevador, después ya íbamos sentados con los pies por fuera, acostados, o parados sin sostenernos. Robertón cada día estaba más gordo. Hasta lloviendo seguíamos fiel a nuestra causa, mezclando lluvia con electricidad. A pesar de que en mi casa de Marianao nunca se iba la luz por estar en el mismo circuito que algún hospital o algo así, algunas veces sí había interrupciones y nos quedábamos allá arriba o a mitad de camino, y había que esperar hasta que la luz decidía regresar. Un día estuvimos trabados allá arriba por más de tres horas.

Nadie nos vio nunca (lo dicho: si se quiere hacer algo a escondidas de todos, hay que hacerlo un domingo en la tarde) ni tuvimos ningún problema. Lo hacíamos todas las semanas, y cada vez que nos subíamos y accionábamos el botón de subir, cuando el corazón se nos paraba por un segundo antes de comenzar a subir hacia las alturas y sentíamos el aire bajo nuestros pies y en nuestro pelo, no podíamos evitar sentir una mezcla de libertad con adultez que hacía que en todas nuestras caras hubiera una gran sonrisa.

Y un sábado llegué y ya no había elevador. Así de sencillo. Ya no estaba. Nuestro elevador amarillo, que nos conocíamos de memoria y cuya presencia nos era ya tan necesaria, había sido trasladado. Mi elevador amarillo. Me recosté a un muro cabizbajo. Al día siguiente, cuando el resto de los niños fue llegando y se fueron dando cuenta, cruzaron hacia mi casa, uno por uno. Juanca y Miguel, Robertón llorando, Aida y Alina, Sandra. Nadie sabía qué decir. Yo estaba devastado. Cruzamos y nos sentamos en el lugar en el que hasta hace muy poco estaba nuestro elevador amarillo. Ahí encontramos algo que decir y decidimos que no cejaríamos en nuestro intento de encontrar elevadores de andamio por todas partes. Nos impusimos la misión de observar por las casas de cada cual o por donde fuera buscando alguna construcción en la que pudiéramos colarnos y los domingos iríamos allí a montarnos en sus elevadores. Por supuesto, nunca lo hicimos, pero aquella tarde de domingo teníamos que decírnoslo a nosotros mismos para no echarnos a llorar.

En los meses siguientes al “robo” de nuestro elevador, no nos vimos mucho. Algunos estábamos en la misma escuela pero eso era todo. En mi caso particular estaba bastante triste. Me di a la tarea individual de buscar en todas partes, llegando a ir incluso a otros municipios, pero nunca encontraba ninguna construcción, y si la había no tenía elevador o estaba muy complejo su acceso. Un día, en un paseo en carro por Alamar (¡!) vi uno y casi me bajo del automóvil y me subo, pero había un guardia. Además, no creo que mi papá me hubiese dejado. Esa maldita costumbre que tienen los mayores de meterse en los asuntos importantes de los niños.

Hasta un día en que Robertón metió la cabeza por la ventana del aula y todo el mundo lo vio. Nos hizo una señal a Juanca y a mí, indicadora de que necesitaba hablar con nosotros lo antes posible. “Pusieron uno en la entrada de Playa de Ciudad Libertad” nos dijo todo entusiasmado y agitado, cuando salimos en el cambio de turno. No tenía necesidad de aclarar de qué hablaba. “Lo acabo de ver, no puede llevar mucho ahí ni sé cuánto tiempo estará. Cuando pasé no había nadie.” Nos miramos los tres. No teníamos elección. Los adictos son adictos. Así que nos fugamos de la escuela.

Fuimos a buscar a Miguel a la suya y logramos que se nos uniera. Con Sandra y Aida fue un poco más complejo porque tenían un trabajo práctico ese día, pero al final esperamos y ambas se fugaron justo después que la maestra las felicitara por su exposición. Luego fuimos a la escuela de ciegos de Ciudad Libertad en la que Aida, quien no solo era buena en trabajos prácticos, sino además mintiendo, dijo algo sobre un turno médico de la hermana que la mamá había olvidado mencionar en la mañana, y logramos sacar a Alina. Y para la entrada de Playa de Ciudad Libertad nos fuimos todos.

Y allí estaba, a unos doscientos metros de la entrada, pegado a un pequeño edificio de tres pisos. Era igualito al “nuestro”. Y en efecto, no había nadie. Este subía nada más y nada menos que cuatro pisos, uno más que la altura total del edificio por lo que lo más alto estaba prácticamente “en pleno cielo”. Lo que este sí estaba a la vista de todos. Pero de todas formas muy poca gente pasaba por ahí. Nos subimos todos dentro como si nos fuera la vida en ello y buscamos el mando de tres botones. Lo cogí, todo el mundo se aguantó de la baranda y rezamos en silencio para que aquello estuviese conectado y funcionara.

Después de un momento en el que no se movió y nuestros corazones se pararon, el elevador hizo un sonido extrañamente familiar y comenzó a subir. Todos gritamos al mismo tiempo. Una euforia se apoderó de todos cuando vimos que subíamos y el viento se colaba en nuestros pelos y por debajo de nuestros pies. Subimos los cuatro pisos, rompiendo todos nuestros récords (recuerden que el otro solo subía dos) y  llegamos allá arriba sintiéndonos adultos y libres. Como en los buenos tiempos.

Hasta que llegó un tipo y nos mandó a bajar. Nunca supimos si era alguien involucrado en la construcción o simplemente algún mayor que sin nada que hacer, decidía meterse en las cosas de los niños. “Prepárense” nos gritó desde abajo amenazadoramente. “Voy a llamar a la policía y se los van a llevar a todos presos”, siguió. Nosotros nos miramos unos a los otros. Pero nada de miedo, nosotros éramos libres y adultos. Ya que obviamente nos iban a coger, pues solo había una sola cosa que hacer: subir y bajar hasta que ese momento llegara. Y así lo hicimos, cuidando de no bajar hasta el final, para que el hombre no pudiera atraparnos. Este último, al ver que hacíamos aquello prácticamente en su cara, daba cada vez más gritos y convocaba a más gente para que lo apoyaran en su criminal causa. Por último, nos quedamos en lo último del cuarto piso, acostados mirando al cielo, como si abajo nada pasara. No hay nada como ser libres.

Cuando llegaron los policías sí tuvimos que bajar. Pero se demoraron como una hora, así que para ese entonces ya éramos invencibles. Y todos sonreíamos, sintiéndonos adultos, libres y valientes. Luego, en la guarnición de Ciudad Libertad, a la cual nos condujeron, se formó todo un reguero de padres, profesores, guardias y aquel tipo insoportable, y todo el mundo gritaba y protestaba, menos nosotros. De pronto Aida se levantó y dijo que habíamos hecho todo aquello por su hermanita, la cual se paró un segundo después y dijo con voz llorosa que nosotros solo habíamos intentado complacerla. Aquello había sido estratégicamente pensado en lo alto del elevador por todos nosotros: nadie podía decir nada en contra del deseo de una niñita ciega.

Así que todo el mundo se tranquilizó un poco y nos dejaron ir a todos. Nosotros nos miramos de manera cómplice antes de irnos con nuestros padres. Nos veríamos muchas más veces después, en otros intentos fallidos por subirnos en elevadores de andamios por todo el municipio. Así y todo, esa noche, siete niños de Marianao fueron castigados severamente. Corrección: esa noche, los siete niños más felices de todo Marianao fueron castigados severamente.

Ahora, casi 20 años después y a muchas millas de allí, llego al edificio en reparaciones cercano al Estadio Olímpico de Montreal para recordarle a Raphael su promesa del día anterior. Dos horas después, cuando ya no queda nadie en la construcción, pongo mis pies en un elevador de andamio por primera vez en mucho tiempo. Raphael me pone un casco. Este es un elevador “de verdad”. Es rojo y debajo de la baranda intermedia tiene una dura rejilla que impide que uno pueda poner los pies por fuera. Este es un elevador para alturas grandes. Pero es extrañamente familiar.

Justo cuando Raphael acciona el botón, mi corazón se detiene por un segundo, hasta que el elevador  comienza a subir y empiezo a sentir que el aire se me mete en el casco y por debajo de los pies. Y comienzo, como reflejo incondicionado, a sentirme libre. Quizás sí se pueda ser adulto y libre, después de todo. Pero no lo sabré nunca, porque para cuando paso del cuarto piso y rompo mi propio récord de altura ya no soy más un adulto: tengo 9 años de nuevo. Quizás los elevadores de andamio sean en realidad máquinas del tiempo.

Para cuando paramos, justo en el piso 12, al ver tanta altura me emociono y creo que algo sale de mi ojo. Raphael me pregunta la causa de mi estado. Entonces, allá arriba, le cuento la historia de “The Andamio Kids” y de cómo me gustaría que todos ellos estuvieran ahí ahora conmigo. Raphael me pasa la mano por el hombro, y me dice, mitad broma, mitad consuelo tonto, que quizás en ese momento todos mis antiguos compañeros están subidos en elevadores de andamio igual que yo.

Y me gusta la idea. La vida es, después de todo, algo bien raro. Así que le sonrío a Raphael, antes de voltearme y contemplar hacia el frente. Y finjo ver, más allá del Estadio Olímpico y de la ciudad de Montreal, en diferentes partes del mundo, pero todos al mismo tiempo y a la misma altura, a otros seis adultos subidos en un elevador de andamio sintiéndose niños en tarde de domingo. Y aunque en mi ojo hay algo que brilla, en las caras de todos nosotros hay una sonrisa. Una grande.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues si recuerdas bien, casi muero en un elevador delante de tus ojos!

Raúl dijo...

Claro que me acuerdo! Hasta me sentí culpable ;-)

Iris dijo...

My favorite so far!!!! Congrats!

Anónimo dijo...

Hola Raul
MI nombre es grisel, una amiga me dijo que estaba escribiendo un blog y me pasó por correo algunos para que los leyera, te conocemos de cuando fuimo a ver la IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO y siempre te recordamos por ...." ME VOY DE NUEVO".... por una frase que dices en la obra que nos encantó. Sólo te quiero felicitar, porque me he vuelto adicta a tus escritos solo te quiero decir (después de esta carta enorme jajaja)es que simplemente eres GENIAL.....

Raúl dijo...

Gracias, Grisel! Y me encanta que me recuerdes uno de los mejores momentos de mi vida. Así que, solo para ti: "ME VOY DE NUEVO", jeje. Muchos besos.

Anónimo dijo...

Esto me acuerda de mi niñez no tan lejana..pero.. le di candela a un placer, y estuve castigado un mes! tenia vicio con el fuego....! jajajaja

Andru Lezore dijo...

Que manera tan inocente tienes de enfatizar los momentos de infancia, es como si nos transportaras a tu mundo que te hace creer emocionantemente perfecto! y eso es porque tienes el virtuoso poder para escribir!

Santiago Torres Destéffanis dijo...

Toda vez que vea un elevador de andamio, te recordaré. A partir de ahora me será imposible no hacerlo. En buena hora.

maymontreal dijo...

Me encantooooo....es genial... También quiero un andamio;-)

maymontreal dijo...

Me encanto Rauly....yo también quiero montarme en el andamio elevator del estadio olímpico avec toi et Raphael....

Cecilia Yadira Benitez Carracedo dijo...

Que decir cuando te hacen sentir esa sensación de ser niño, feliz y libre a la vez, aue decir cuando te sale "algo de los ojos" y sonries como boba...pues ¡¡Gracias!!


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