viernes, 18 de marzo de 2016

Los maestros


“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento,
el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” – Gabriel García Márquez


Uno cree que nació sabiendo. Que la habilidad de escribir la tiene porque la tiene, porque estaba destinado para ello, porque siempre había estado redactado en algunas estrellas sin nombre. Que todo fluyó con naturalidad desde la primera vez que escribió un cuento porque era su secreta misión en la vida. Que es autodidacta porque los verbos y los complementos circunstanciales le vienen con soltura a la cabeza para luego combinarlos estratégicamente en poderosos predicados sin que nunca nadie le dijera: "mira, muchacho: esto se hace así".

Pero entonces un día, buscando algo irrelevante, imperecedero, se encuentra con el libro de Gabriel, el cual siempre está cerca pero no siempre se nota porque uno está ocupado pensando en sus supuestas virtudes innatas. El libro que mientras Gabriel escribía lo hacía tan feliz que soñaba estar inventando la literatura. El libro que llegó a tu vida una tarde remota y que te hizo tan feliz que soñaste que estabas descubriendo la literatura. Sin verborrea, sin tanto aparente respeto a la forma, sin párrafos interminables para describir la muerte de sus entrañables protagonistas. Una mala palabra en el momento preciso, otra frase dicha como al descuido pero que encerraba la indefinible esencia de la vida, una huérfana que se comía la tierra y la cal de las paredes, y ya estaba: habías llegado a Macondo y forzosamente nunca serías el mismo.

Entonces uno constata, con aleccionadora humildad, que no nació sabiendo. Hojeando el libro se llega incluso a preguntar si en realidad sabe algo o no es más que otro imitador de las grandezas de los grandes. ¿Quién te enseñó, si no fue él, que no hay reglas en el escribir? ¿Que no hay reglas en la vida? ¿Que lo real se define mucho mejor si se acude a lo mágico para ello? ¿Que estamos destinados a existencias de infinitas – o al menos centenarias – soledades pero que eso no quiere decir que no podamos pasárnoslas templando como conejos, llamando a las cosas por su nombre y haciendo lo que nos pida el cuerpo, aún cuando esto sea comer tierra y cal de las paredes? Puedes fingir que ese onirismo te es nato, que las estrellas anónimas lo quisieron así, pero sabes perfectamente que lo sacaste del libro de Gabriel.

De ese y de otros de sus libros, en donde también aprendiste - o quizás ya lo sabías pero no sabías definirlo, no sabías que otros también lo sentían, y este descubrimiento, este saber que no se está tan solo y que hay otros más brillantes que pueden ponerlo en palabras es aún más importante que aprender - que la muerte llega en un segundo, sin avisar, dejando apenas un rastro de sangre en la nieve, que la apatía colectiva solo necesita de la belleza de un ahogado para desaparecer, que hay quien tiene ángeles con alas enormes viviendo en cochinos gallineros, que con cólera o sin cólera el amor (y el desamor) florece en cualquier tiempo, que hay comarcas en las que el hijo de puta se da silvestre y que las putas – con hijos y sin ellos – son vitales para el mundo y, sobre todo, para la literatura.

Entonces, con este espíritu nostálgico de alumno eterno, como si también te los hubieses encontrado a ellos mientras buscabas cosas secundarias, te sientas en los escalones del pedestal que tú mismo te habías construido y recuerdas a otros, cuyas carátulas no están tan cerca pero cuyos contenidos nunca están muy lejos de tu intelecto o de tus sentimientos – los mejores estantes –, que también te ilustraron cómo se ha de escribir, cómo se ha de pensar, cómo se ha de vivir.

Como el libro de Alejo - cuya primera página tuviste que leer decenas de veces antes de entenderla visceralmente pero que desde la segunda hasta la última fue sin interrupciones – sobre aquel hombre sin nombre que se aburría sin saberlo hasta que reencontró y volvió a recorrer los pasos que hacía mucho había perdido. Y lo bien que te sentiste años después cuando lo releíste y descubriste no solo que te sabías la primera página de memoria sino que desde hacía algunos años intentabas que tus propios pasos fueran más grandes y visibles para el día en que tuvieras que salir a reencontrarlos, y luchar así contra el inconsciente aburrimiento que puede ser el cursar por este mundo, todo fuera mucho más fácil.

O el libro monumental, leído primero en español y revisitado luego en francés, de Víctor, que te enseñó magistralmente, con multitud de verbos y de párrafos que describían batallas, cloacas y barricadas, que la miseria del bolsillo engendra la miseria del alma, que unos candelabros pueden ser el punto de giro en la existencia de un hombre y que pocos son más devotos a su profesión como los policías nacidos en cárceles.

El libro – que nunca fue uno solo sino cuatro revistas, una novela, algunos cuentos, decenas de ensayos, cientos de cartas y 42 años de inagotable iluminación – de José Julián, que te mostró que había otros niños tristes llamados Raúl, que regresar a casa descalzo no es malo si eso alivia en algo a los que lloran en cuartos oscuros, y que la libertad – la real: esa que te lleva a lugares a donde ningún captor podrá ir a atraparte jamás – solo puede venir con la cultura y el conocimiento.

O el de Rogelio, que tan inesperadamente llegó a tu vida sin poesía - conservado a la cabecera de la cama desde el día en que un amigo que se apiadó de tus recientes heridas te lo ofreció - donde se explicaba claramente que al cisne salvaje has de amarlo salvaje o no amarlo, que la felicidad de un segundo puede quedar inmortalizada para siempre en una foto eterna – en un texto eterno - y que en la vida hay muchos, muchísimos, modos de jugar.

El libro de Sir Walter, que tantas y tantas veces leíste acostado en el piso de granito de tu sala acomodado a la luz del sol que entraba por los cristales, sintiéndote mucho más cerca de la Inglaterra del medioevo que de tu propia realidad, donde ya te ibas dando cuenta que el amor clásico de Ivanhoe y Rowena nunca podría marcarte tanto como la ilícita y condenada pasión de la judía Rebeca y el caballero templario.

El de Mark, gracias al cual bajaste el Mississippi en balsa junto a Huck y el negro Jim siendo testigo sin saberlo de una identidad racial llena de conflictos de otras épocas y de otros países pero que curiosamente no estaban tan lejos de los tuyos como podría pensarse. O el de Margaret, en el que Scarlett - oh, Scarlett - te enseñó mientras comías tierra a prometerte que nunca más pasarías hambre y que no importa cuánto te hayas equivocado o cuánto hayan salido mal las cosas, mañana será otro día en el que siempre se puede volver a empezar de nuevo.

Los de J.R.R, en los que el ser más pequeño hizo toda la diferencia, o los de J.K, que llegaron cuando ya yo era adulto pero que me hicieron sentir feliz de que los niños huérfanos también podemos ser los héroes de todo un universo mágico en el que a su manera todos cuidan de él. Donde también aprendiste que todo Gollum fue Sméagol alguna vez - incluso todavía lo es - pero eso no quiere decir que podamos salvarlo ya, y que gracias a la sed de conocimientos la hija de dentistas muggles puede llegar a ser la más talentosa de los magos.

El de Fiodor, por enseñarte que ningún crimen tiene peor castigo que el de la propia conciencia, los de Charles por presentarte a Oliver, David y Philip, el de William, que te mostró que los niños más buenos se convierten en las fieras más desalmadas si no hay hombres sin moscas que los controlen o las obras de teatro del otro William donde se te exponía ya el gran dilema de si debemos ser o no ser.

El de Oscar, en el que fuiste testigo que aún cuando los demás no la vean y solo se refleje en una pintura escondida en el sótano, el alma siempre cambia con todo lo bueno o lo malo que le pasa. O las crónicas del barrio donde vives ahora, de Michel, que te hicieron desear escribir las crónicas del barrio donde vivías antes y del cual te refugiabas en el medioevo sajón. El libro de Edgar, que te dio la terrible opción de elegir entre un pozo y un péndulo o el de Ernest que te enseñó que las campanas siempre doblan por ti, que es lo mismo que doblar por todos los hombres.

Y los de Ágata, Jorge Luis, Anónimo, Virginia, Esopo, Marcel, Albert, Arthur, Hans Christian, Jacob y Wilhem, Emily y Charlotte, Homero, Antón, Senel, José, Rudyard, Dora, Mirta, Honoré, Edmundo, Leo, Gustave, Franz, Tennessee, los que escribieron el Tesoro de la Juventud, los traductores de todos esos libros, otros cuyos nombres no me acuerdo pero cuyas enseñanzas sí...

Tantos. Tantos maestros que vinieron, dieron su lección magistral, te dijeron "mira, muchacho: esto se hace así" y luego se fueron a seguir con sus vidas, o a acabarlas, o a lo que sea que quisieron hacer esos hombres y mujeres inmortales. Esos maestros cuyos apellidos no tienes que mencionar porque sabes muy bien quiénes son y sabes que el resto de sus alumnos también.

Y así, completamente desmoronado ya el supuesto pedestal en el que creíste estar alguna vez, solo queda el piso de granito donde eres una vez más el discípulo más feliz del mundo y con la luz del sol que entra por la ventana te vas de nuevo al medioevo inglés, a París, a New York, al Amazonas, al siglo XVIII, al país de las sombras largas, al asteroide B612, a Mordor, a Nunca Jamás o a algún lugar de la Mancha cuyo nombre el Autor eligió no acordarse para hacerlo así eterno.

Te vas de nuevo a ser un mafioso que le lleva el cuerpo de su hijo lleno de balas a su amigo funerario para que se lo arregle y que su madre no lo vea así, te vas a ser una negra sentada en su portal que ve en la distancia a su hermana después de 30 años y grita un "¡Nettie!" eterno, te vas a tener las quince mil vidas de todo caminante que ha leído.

Te vas a ser ese hombre que el día que le llegue su turno frente al pelotón de fusilamiento, entre su último pensamiento dedicado a su madre - quien le enseñó a leer - y su grito de "Disparen, cojones" para ponerle un final literario a su insignificante vida, dedicará un segundo a recordar - con una sonrisa en su cara - aquella tarde remota en la que el padre del coronel Aureliano Buendía lo llevó junto a su hijo a conocer el hielo.

¿Autodidacta? Para nada: he tenido los mejores maestros.

7 comentarios:

Indiana Marzan Romero dijo...

Pa la pinga!

Omar G dijo...

Papa, esto saca lágrimas. Qué belleza!

Felix Orestes Suarez dijo...

Muy bueno colega.Realmente todo escritor es alumno de otro que empezo a escribir mucho antes.Siempre estamos aprendiendo aunque por orgullo nos creemos saberlo todo.Te felicito. Una reflexion a conciderar por cualquiera que se aventure ante la pagina en blanco. Solo un consejo a ese aventurero.Para escribir solo hay que apartar el miedo a esa pagina que espera alguna letra significativa para darse un significado literario.Gracias.

Vivian Vidaud dijo...

Como diria Jorge Luis, "uno no es lo que es por lo que ha escrito, sino por lo que ha leido". Excelente!

Irene Cano Páez dijo...

Raul, me has sacado las lágrimas. Gracias por el paseo. Me llevaste en un torbellino de recuerdos hacia mi niñez y adolescencia en las que siempre preferí el refugio de un libro.

Mylène E. Batista dijo...

Tan bello!!!

Yamisely Fonseca dijo...

Magnífico Raul, una y mil veces "Palmas para ti".


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