jueves, 20 de septiembre de 2012

La crisis


Hola, soy Raúl y estoy deprimido. Obviamente, ningún post que empiece así va a ser alegre (y les cuento el final desde ahora diciéndoles que tampoco es clásicamente feliz), así que todos aquellos que creen en que hay que pensar en lo bueno para que se te dé lo bueno, en la bondad de los seres humanos a pesar de todo y en que hay que dar amor para recibir amor, pueden coger ahora mismo sus cosas e irse a otro blog mucho más alegre porque hoy estoy particularmente deprimido y muchísimo más ácido que de costumbre.

Jamás he sido de mostrar mi cara triste en público. Aprendí desde pequeño, (Chaplin lo dijo, pero si no lo hubiera hecho yo lo hubiera inferido igual) que cuando ríes y ganas premios todo el mundo está ahí sonriendo y aplaudiendo, pero cuando estás triste y deprimido, solo verás espaldas volteadas. Como mi objetivo en los primeros 30 años de mi vida ha sido no regalarle la oportunidad a nadie de que me vea sufriendo y sentirse mejor de esta forma consigo mismo y con su miserable vida, hasta en los días más cabrones he hecho algún chiste y he fingido alguna que otra sonrisita.

Pues me harté. En los próximos 30 años de mi vida (que comienzan el mes que viene) el nuevo lema incluye cosas como “los demás me importan tan pero tan poco que si estoy triste no regalaré ni esta broma y deprimiré a todo el que se me ponga delante sin importarme si mi estado de ánimo encaja con sus tontas vidas”. Ya dije que estoy ácido: están a tiempo todavía de irse.

Mi crisis (para aquellos a los que lo único que le interesa es el chisme) tiene su epicentro en Toronto. Todo el mundo leyó el post y todo el mundo movió la cabeza a ambos lados como diciendo “Ay, pero Raúl no cambia”. Las críticas en torno a la calidad del post como tal se dividieron en “si no das más detalles esto es un típico librito de viajes” y “a mí la originalidad me encanta así que estoy contigo hasta el final” (buen momento para decir que a mí EN SERIO no me molesta que critiquen lo que escribo). Pero ni uno solo (¡Ni uno solo!), ni en el blog, ni en Facebook, ni en mi correo, me mandó algo como “Raulo, ¿tú te sientes bien?”

Aparentemente ahora soy un personaje de ficción. Mis sentimientos han de cambiar de una semana a otra según el espíritu del post que decida recrear y todas las semanas deben ocurrirme cosas, no solo trepidantes e interesantísimas, sino además novedosas todo el tiempo (porque si no aparecen los “ya esto lo hemos visto”). Yo pudiera molestarme, pero no lo hago, ya que sé que eso quiere decir que soy un buen escritor y el Raúl literario es ya el que cuenta. Además, esos son precios que paga uno por poner su vida en las manos de los demás, cual reality show. Yo lo sé y lo asumo con decencia. Ahora bien, algunos de ustedes (especialmente mis “amigos”) podrían abstraerse y preocuparse por el cretino de Raúl Reyes Mancebo de la vida real. (Les juro que si alguno pone algún comentario debajo de este post diciendo “Rauli, ¿cómo te sientes? Me tienes preocupada” le voy a dejar de hablar/escribir por el resto de mi existencia. No lo hicieron cuando Toronto, ahora ahórrenselo). Pero esto no es sobre mí contra ustedes a pesar de que me hayan dejado solo y me haya dolido (sí: me dolió). Esto es sobre mi crisis.

Como si lo de Toronto no hubiese sido suficiente para deprimir a un toro, de manera completamente inesperada, dos semanas después (¡solo dos semanas!) me pasó una cosa horrorosa (de la que me prometí solemnemente jamás contarle una sola palabra absolutamente a nadie, no como castigo ni por temor al “ya esto lo hemos visto”, sino porque me dolió demasiado y no lo voy a volver a recrear en mi mente) que vino a agudizar aún más la crisis. 

Pero como a veces lo que mejor te puede pasar para superar un trauma es otro trauma (ya que aprovechas y los coges a los dos y los mandas para el carajo a todos juntos), decidí, al entrar a aquel Tim Hortons a las 4:30 de la mañana, con el pelo completamente revuelto y temblando de pies a cabeza, no solo por los 2 grados que había en las desiertas calles montrealenses, sino – y sobre todo - por el peso de sentirme herido como un animal que acaba de recibir un tiro completamente inesperado, decidí que algo tenía que hacer con mi decadencia espiritual.

Sí, amigos que nunca leyeron el otro post y que milagrosamente todavía siguen leyendo este: sufro por hombres. ¡Qué mezquindad de los hombres grandes el sufrir por lo que sufre el vulgo! Pero no hay nada que podamos hacer al respecto, salvo admitirlo para que así puedan ustedes juzgarme desde su altura y criticarme con la cabeza como les gusta. Así que, sabiéndome solo en esto de aconsejarme, en aquel mismo Tim Hortons sin un alma, sentado en una esquina que no daba a ningún cristal para que  absolutamente nadie de la calle pudiera verme mientras reflexionaba, me llamé seriamente a capítulo. “Amigo mío – me dije – asume que a ti lo que te gustan son los hombres decadentes, y esas historias siempre acaban mal. Así que a) o cuando los huelas sales corriendo para el otro lado y te proteges así el ya bastante maltratado corazón o b) vives intensamente el momentico en que te sientes realmente vivo a sus lados, pero sabiendo desde el mismo inicio que TODO VA A ACABAR MAL! Lo que no puede pasar es que te sigan cogiendo estas cosas “de sorpresa”, que te sigas decepcionando cada dos días como si fueras una quinceañera y soltando lagrimitas patéticas en estaciones de autobuses para luego escribir literatura rosa en la que mitificas a estos patéticos seres de los que te enamoras una y otra vez”. Si pensaban que soy duro con ustedes, tienen que ver cómo me llevo a mí mismo.

Y lo cierto es que, con esta seria determinación, me he mantenido fiel a esta nueva doctrina. Y funciona. Mi dolor actual excluye completamente el regresar a estos hombres, el incluirlos en mi vida, el preguntarme si pensarán en mí o no. Por supuesto, no es siempre tan fácil ni tan infalible, pero ellos, a pesar de que son el origen visible de la crisis, no son la esencia de la misma. 

Esta no es mi primera crisis (ni la peor), aunque tampoco han sido tantas como podrían pensar. Esta es la mayor en un buen tiempo, si ignoramos, por supuesto - por considerarla como “demasiado tercermundista” - la que comenzó cuando regresé a Cuba y en la que me pasé cuatro meses con una cerveza en la mano sin darle un sentido a nada. Por eso mismo, al haber estado en otras, sé que todo pasa, así que no se tomen el trabajo de recordármelo. Yo sé que se sale. Más viejo, más ácido, con más resentimiento, pero también con algo más de sensibilidad y quizás con algo más de experiencia a la hora de volver a sufrir ante un evento similar en el futuro. Saldré distinto - quizás para bien como en la mayoría de mis otras crisis anteriores - pero sea de la forma que sea, el momento actual pasará.

Ahora bien, “pasará” no es “pasó”. “Pasará” es “pasará”. La crisis está ahí y, en muchos sentidos, es bastante triste. Al considerar a los hombres decadentes como su origen, pero no como su esencia, tampoco puedo decir exactamente dónde radica el problema mayor que es el que me tiene tan decaído. Quizás tenga algo que ver con la soledad. No esa en la que la gente quiere a alguien a su lado para que le haga compañía, sino la verdadera soledad, en la que sabes que lamentablemente no hay nadie como tú y nunca nadie podrá satisfacerte espiritualmente como tú necesitas. Quizás tenga algo que ver con autoestima (baja), la cual aparece absolutamente en todas las crisis, o quizás tenga algo que ver con la nostalgia de lo que pudo haber sido (en un universo paralelo) y no fue, debido a las drogas y a la decadencia. No lo sé (lo encontraré y lo solucionaré) pero al menos en este párrafo no lo puedo definir exactamente.   

Lo que sí puedo definir tangiblemente es la tristeza. Sí, amigos (sin comillas esta vez porque ya los perdoné ahora que nos adentramos en un momento más oscuro de este post): tristeza. De la mala. No de la mala mala mala que te roe el corazón y te seca poco a poco, pero sí de la malita en la que tienes un vacío en el corazón y no le encuentras un sentido real a tu vida. ¿Ven?: ya los deprimí. Váyanse los que aún estén a tiempo y sálvense ustedes. 

Volviendo a la práctica, uno se inventa maneras tangibles de combatir la crisis. Así, lo primero que hice, tanto acabado de llegar de Toronto como después del segundo incidente, fue intentar a toda costa organizar el resto de las cosas de mi vida, que no son pocas (ni necesariamente fáciles). Así, a pesar de que me sentía como mierda, me levanté de la cama y me fui a resolver asuntos, a buscar trabajos, a comprarme Macs y muebles de oficina. Organicé mi cuarto de punta a cabo, desde el closet que nunca había tocado y en el que hay ahora tanto espacio que uno puede sentarse dentro hasta armar muebles de Ikea a altas horas de la noche yo solo. Esto me pasa mucho en las crisis, intento aprovecharla para solucionar otras cosas que tenía dejadas de la mano, y así, cuando se salga de esta, ya tengo más de una cosa resuelta. En serio: hay que sacar cosas de las crisis, si no no son mucho más que una mera pérdida de tiempo quejándote.

Pero por muy didáctica que sea la crisis (y lo es) no deja de ser menos triste. Así, cuando decide cogerte e instalársete en el alma, hay poco que se pueda hacer. Un día fui al cine yo solo como parte de mi nuevo programa de “hacer cosas diferentes y sanas”. Intenté ver algo que no tuviera que ver con nada. Me vestí, me fui al cine, llegué temprano, hice la cola, pagué los 15 dólares, subí a la sala…y no entré. Ante la idea de pasarme dos horas en una sala oscura con mis propios pensamientos dándome vueltas en la cabeza, me dio demasiado miedo (miedo real) y pensé que perder 15 dólares era mucho mejor que perder la sanidad mental. Terminé comiendo mis rositas de maíz en un parque.

Mi literatura se resiente. Todo es triste. Así que les doy permiso para irse a un blog más simpático que el mío (buena suerte con eso) ya que no preveo un post alegre en varias semanas. Eso sí, a las dos novelas que estoy escribiendo, le sumé una nueva, extremadamente sórdida, compleja y dolorosa que, o será un bestseller o una reverenda porquería. Ojalá cuando la termine me dé por quemarla, para así poderme liberar de todo lo que suelto en ella, pero lo cierto es que a mí me gusta lo que escribo así que lo más probable es que la mande a cuanto concurso haya, y por supuesto que no ganaré por la cantidad de hombres sin ropa y sentimientos que nadie comprende, pero de que se vende, se vende.

El otro día estaba sentado en el metro cuando entró una pareja de enamorados que no podrían tener más de 20 años. Él era lindo y ella era tierna. Siempre que uno ve esas cosas, se dice: “Ay, qué envidia, mira qué lindos son, ¿por qué yo no puedo tener eso?”. Como estoy en crisis y me permito algunas cosas, me descarné de estereotipos y fui implacablemente honesto conmigo mismo: “Esos hombres lindos e inocentes que te invitan al cine y dicen las cosas de las películas no son para ti. No te engañes ni un segundo más. Los has tenido y te has aburrido de ellos, no te han entendido nunca, y si un día te desplomas empiezan a gritarte por qué estás tirado en el piso en vez de levantarte sin preguntar nada y decirte al oído “yo estoy aquí”. Con esa clase de pensamientos, a uno se le va cerrando más el corazón y va dejando de lado cosas con las que uno mismo se engañaba pensando que eran lo correcto para nosotros. Parece triste, pero al menos es honesto, y cuando salgamos de la crisis perderemos menos tiempo y envidiaremos menos a pobres muchachitas que, si tienen algo en la cabeza, jamás serán verdaderamente satisfechas y se convertirán en nuestras tristes versiones femeninas.

Algo que todos agradecerán es que reduje drásticamente la cantidad de hombres en mi vida. Cero Grindr (no tengo ganas de explicar lo que es ahora, búsquenlo por ahí), cero sitios online, cero responder a los sms de hombrecitos sin sentido con los que uno no sufre en tiempo de paz, pero que en tiempo de crisis te ayudan a constatar con su mera presencia que tu vida es una porquería. Considero que tengo demasiado sexo. Demasiado. Por un mes fue simpático, después agotador, luego aburrido. Con la crisis, es simplemente doloroso. Así y todo tengo más sexo del que ustedes puedan considerar como “normal”, pero me quité bastante. Y se esperan aún más recortes en los días por venir. Por supuesto, ya regresarán algunos y vendrán otros nuevos, pero en serio espero que esta disminución significativa de hombrecillos que uno usa para subirse la autoestima se mantenga aún cuando haya finalizado la crisis. 

Uno no debe, contrario a lo que se cree, ponerse a esperar que la crisis pase sin reflexionar al respecto. No: uno tiene que darle un sentido a la crisis. Por supuesto, tampoco es deleitarse en ella (eso está prohibido) pero hay que recordar que como mejor se aprende algo es gracias a las lágrimas.

Y ahí viene justo uno de mis problemas. Si bien yo sí le doy un carácter educativo a la crisis, hay algo que es esencial para su superación, pero que a mí me cuesta un trabajo enorme: llorar. Si yo he llorado 10 veces en los últimos 18 años han sido muchas (y tan marcadas que algunas de ellas están en este blog contadas como algo en extremo relevante). Muy pocas (por no decir que ninguna) ha sido enfrente de los demás. Esto es algo que francamente no creo que cambie en los próximos 30 años tampoco. No tanto porque no quiera hacerlo, sino porque no creo que pueda. Mi indicador social no me deja. Me es imposible llorar frente a otro ser humano (como también me cuesta trabajo decirles que los quiero). Eso no quiere decir que sea insensible. Pero llorar como tal, orgánicamente, no puedo.

Y llorar ayuda. Uno se siente inmediatamente mejor y aunque las cosas no se arreglen por soltar unas lágrimas que vienen directo del pecho, uno empieza a verlo todo, desde el mismo momento en que está sentado con los ojos rojos acabado de terminar, con un prisma diferente en el que hay más paz. Y ahí fallo yo.

Por años me enorgullecí de no llorar, pero hace mucho que superé esa inmadura etapa. No: ahora lo busco. Y en esta crisis, no ha sido la excepción. Pero, al igual que muchas otras veces, no lo logro. Me voy a la ducha y bajo el chorro de agua caliente comienzo a pensar en frases hirientes, pensamientos vivificadores que me fueron dichos al oído, momentos felices de gente que ahora tengo que ver como enemigos, pero nada. En el cuarto pongo la música más emotiva que tengo (esa que siempre me produce una emoción determinada de tan solo oír sus acordes iniciales) y lo más que logro es un poquito de emoción pero nada de llanto. A veces he intentado, mientras voy caminando por la calle, forzar un llanto de la nada y sin ninguna planificación ni aparente sentido, para ver si así viene el llanto verdadero, pero nada. Solo me salen unos gritos sin sentido que me hacen sentir aún más derrotado e impotente al final. Esto se hace, por supuesto, en calles oscuras y solitarias, y con el iPod puesto. Y es que el llanto, lamentablemente, - al menos para mí que he tenido una vida dura en la que tuve que cerrarme tanto a los sentimientos para sobrevivir - no se puede forzar. Solo hay que esperar que un día venga y te sorprenda.

A veces uno se siente mejor durante un rato como consecuencia de un buen e inesperado momento, pero en cuanto la psiquis (la muy cabrona) detecta que la estás pasando bien, ella misma se deprime al ponerse a pensar en cómo dentro de un rato te vas a volver a sentir mal. Y así ya no tienes que esperar hasta dentro de un rato porque ya te sientes mal de nuevo. Peor que sentirse mal: te sientes vacío. Eso: lo más malo es sentirse vacío. Defino mejor la esencia de mi crisis mientras escribo. Peor aún que sentirse vacío: sentirse vacío y no tener absolutamente ningunas ganas de llenarlo con nada. Ese mirar con resignación y desinterés nuestro propio vacío es definitivamente lo peor. Esto que “descubro” es la causa fundamental de la mayoría de las crisis psicológicas de los habitantes del primer mundo, que uno siempre piensa que son mejores que las de los habitantes del tercero porque tienen comida, ignorando así lo extremadamente siniestro que resulta una persona sentada en su impecable apartamento oscuro sin esperar desde hace mucho tiempo absolutamente nada de la vida.

Pero esa no es mi crisis, así que no le tengan miedo a que me suicide, mate a alguien o me vuelva adicto a lo que sea. Mi crisis sí puede ser de resignación ante el vacío, pero como sigo siendo pobre y teniendo problemas de tercer mundo aquí en el primero, me fuerzo a que mi crisis no “suba” de categoría. De esta forma, nada de droga ni alcohol durante esta crisis. Pueden felicitarme. Hay que enfrentarla de la manera más tradicional posible: doblado en la cama con un dolor inmenso en el vientre mientras por la ventana sale el sol, sube, se pone y cae la noche sin que uno distinga muy bien los cambios. Tampoco estoy tan así, pero ustedes captan la idea.

Descubro que ahora tengo un poderoso aliado que en otras crisis no he tenido: la literatura. Por supuesto, cuando la crisis está en sus mejores días, hasta eso te parece nimio y piensas que nada - mucho menos tu tonta literatura - te harán llenar tu estúpido vacío que ni siquiera quieres llenar. Pero eso se te pasa. Esa ausencia de interés va y viene con los días de crisis. La literatura, no la que leen ustedes en este blog, sino otra privada en la que los personajes, a mi imagen y semejanza, aman y desaman en mundos sórdidos pero en los que encuentran siempre, de alguna forma, una causa para sus vacíos. Y al leer el mundo que yo mismo invento, me creo que algún día podría ser así también en mi vida real.

 Pero en toda crisis hay un momento determinado y preciso en el que de una forma muy clara (y a veces inesperada) se dibujan cosas que tú ya sabías pero que nunca las habías visto de esa manera, para darle así un nuevo enfoque a esta. No es el fin de la crisis ni mucho menos pero en muchos casos será el punto de giro que nos pondrá directamente en el túnel desde el cual ya se ve, a lo lejos, la luz.

Fue así como, no hace tantas horas, llegó la noche de jazz en aquel bar. Uno de los peores momentos de la crisis es cuando la gente no te deja quedarte en tu casa practicando por enésima vez el llanto y tus amigos heteros te invitan a lugares heteros a oír música muy hetero que no se puede bailar (no es que uno tenga ganas de bailar tampoco, pero al menos…) Que los lugares homosexuales estén prohibidos durante la crisis, no quiere decir que los lugares heteros sean mucho mejores. Son el aburrimiento personificado. No hay nada más aburrido que un heterosexual. Por supuesto, no hay nada más superficial y vacuo (y aburrido) que un homosexual. ¿Ven?: pensamientos como estos son comunes en tiempos de crisis.

Pues cuando me di cuenta estaba con mi camisa sentado con cinco gatos heterosexuales en un bar donde la gente aplaudía por cosas que yo nunca entenderé (también forma parte de los próximos treinta años admitir que a ti no te gusta ni el ballet ni el jazz y si quieren pensar que eres ignorante, pues que lo crean), aburriéndome de lo lindo. De los gatos, cuatro eran dos parejas (lo que nos faltaba: ver el “amor” de los demás justo a tu lado) y una muchacha pequeña y regordeta, a la que nadie me presentó, con un vestido amarillo oro.

Entonces, como mis oídos se taparon voluntariamente al oír el primer saxofón, tuve todo el tiempo libre del mundo para torturarme pensando en mi tema favorito de las últimas semanas. Después de un tiempo enorme en el que todo me pasó por la mente, y justo cuando me recondenaba dentro de mi camisa, la cual me puse solo porque me tenía que poner algo y no por el antiguo sentimiento de gustarle a alguien, el grupo de jazz se detuvo, fue aplaudido por los “conocedores”, y pasaron a poner la infaltable en todas partes del mundo música grabada. Entonces, las parejas de todo el lugar, cual resorte, se pararon y se fueron todas a la pista a bailar jazz. ¿El jazz se baila? Nunca me lo hubiera imaginado.

Como nos quedamos solos en la mesa, la chica del vestido amarillo oro me miró desde su esquina y me sonrió. “Ana”, dijo, para erradicar el error de los demás. “Raúl”. “¿Y dónde está tu novia?, preguntó con un tono irónico que quería decir “Qué horrible ser los únicos solteros en la mesa”. “Bueno, la última que tuve tiene un niño de diez años…que no es mío”. Ella sonrió. “¿Estudias para cura?”, preguntó. “No: lo otro”, contesté cómplice. Y ella río de lo lindo. “Entonces, ¿dónde está el novio?”, dijo, adecuándose a la nueva conversación. “Tengo varias opciones: o drogándose en alguna parte o acostándose con muchos hombres o probablemente ambas”. Ahí estaba: mi dolor transformado en humor, como siempre. Ella, evidentemente una mujer sabia, no sonrió esta vez. “Bueno, nadie es perfecto”, dijo. Yo sonreí. Después de un silencio incómodo producido por mi – un tanto agresivo - comentario, me dijo: “¿Quieres bailar?” “No sé cómo hacerlo”, dije, “y no estoy muy seguro de que el jazz se baile, en realidad”. “Aparentemente no es tan difícil”, dijo ella señalando a la pista, donde las personas bailaban apretadas y sin mucho movimiento. La miré, miré a los demás e hice lo impensable: irme a la pista con una mujer a bailar jazz.

Veinte segundos de una canción que nunca supe cuál era por el cierto nerviosismo que siempre produce entrar a la pista, algunas vueltas no muy duchas por ambas partes, y Norah Jones se dejó oír en las bocinas. “Bueno, por lo menos un tema en el cual sabemos quién canta”, dije. “¿No muy amante del jazz?”, preguntó sonriendo. Contesté negativamente mientras le hacía un guiño con el ojo. 

“¿Y siempre eres tan simpático?”, dijo. La pregunta del día. “Sí, siempre”. “Eso es maravilloso.” “No lo es”. “¿Cómo que no lo es?” “Hay veces que lo que quiero es gritar y sentirme mal y me sale un chiste.” En tiempos de crisis, uno habla sobre temas que nunca habría tratado en otro momento. Ella me miró silenciosa y yo me puse serio, cara que ni siquiera me he tomado nunca el trabajo de ver en un espejo si me queda bien. “¿Mal de amores?”, preguntó. “Ojalá hubiese llegado a la parte del amor”, dije, retomando mi sonrisa y mi burla de mi propio dolor.

“¿El antes mencionado de las drogas y muchos amantes?”. “Ese, y otro, y quizás algunos más en el pasado”. “¿Y todos son iguales?”. “Quitando una cosa por aquí y otra por allá, muy parecidos”. “Tienes mala suerte con los hombres”, dijo. Ahí me puse serio, aunque no mucho, y le dije en tono de confesión: “En realidad es mi culpa: escojo a los más malos”. 

“¿Por qué dices eso?, dijo ella, interesada. “Todos son drogadictos, promiscuos, decadentes, y ni siquiera estoy muy seguro de que se acuerden de mí dos minutos después que me dejan de ver”. Ahí: la verdad, sin esta gota de sonrisa ni juego de palabras. “¿Y por qué los escoges a ellos?” “No lo sé” dije. “Quizás otro no sepa, pero tú sabes”. La miré completamente serio al reconocer a una de las mías que me daba la oportunidad de decir en alta voz dónde radicaba mi gran error y quizás así poder comenzar a repararlo. Hacía rato que ninguno fingía que bailaba. “Por doce segundos es como un rayo. Uno que no se encuentra en ninguna otra parte porque para encontrarlo tienes que haber llegado al límite. Y esos doce segundos valen más que otras cosas para mí”. Ella me miró seria y no dijo nada. Retomamos nuestras torpes vueltas con una suave melodía en la que nadie cantaba.

“Entonces no creo que los escojas mal”, dijo, después de tres vueltas sin sentido. “¿A qué te refieres? ¿No oíste que siempre están drogados?” “Pero esos son los que te hacen sentir doce segundos de algo. Imagino que te pueda hacer mucho daño estar cerca de ellos, pero son los correctos para ti”. “Bueno, lo que quieres decir es que, como yo soy decadente y loco también, entonces hago la decisión correcta al escoger a los que son como yo. Creo que esa teoría es aún peor que la de que los escojo mal”. “¿Pero tú los escoges porque son decadentes y drogadictos o por los doce segundos?” Reflexioné, con un interés real en aquella conversación que finalmente estaba teniendo con alguien sobre mi crisis aunque se fuera por lugares que no preví. “Pues no sé, nunca lo había pensado así, pero estoy casi convencido de que por los doce segundos, claro. Así y todo, no veo la diferencia: son los mismos hombres.” “Pero la diferencia es muy sencilla: ellos son los mismos hombres, pero no es tu culpa”.

“¿Disculpa? No creo que entienda a donde te diriges”, dije, más interesado que nunca en mi vida adulta por lo que tenía que decirme aquella Ana de vestido amarillo oro. “Pues eso mismo: nada es tu culpa. Tú los escoges bien al escogerlos por los doce segundos que nadie más te da. Que ellos sean decadentes y drogadictos no es tu culpa.” “Pero, ¿y qué diferencia tiene que sea mi culpa o la de alguien más si al final me quedo solo y herido, de todas formas?” dije. “Que al no ser tu culpa, estás plenamente justificado en sentirte mal. No tienes que esconderte detrás de chistes para esconder tu supuesta falta. No es tu culpa, y no tienes nada de qué avergonzarte. Así que grita si quieres gritar.”

La miré desde mi altura con la boca abierta. “Pero entonces, ¿eso quiere decir que siempre encontraré a los más malos y que debo asumir eso como algo bueno, en vez de intentar buscar a otros?” “No necesariamente, si algo cambia con el tiempo son los gustos. A ti no te gustan los mismos hombres que antes, estoy convencida. O puede que, en efecto, nunca cambies y sigas escogiéndolos a ellos. Pero todo eso está en el futuro. En el presente lo que cuenta es que no es tu culpa. Tú escoges a los hombres que te hacen sentir algo, lo cual es para ti lo más importante. Estás haciendo lo correcto para ti, y si sale mal es porque los que te hacen sentir algo vienen con otros defectos, pero eso no es culpa tuya, y quizás de nadie. Puedes culpar a la vida, al destino y a todo el mundo. Pero no a ti.” “¿Y qué gano al verme a mí como la víctima?”, pregunté. “Que puedes estar triste legalmente y no necesitas esconderte detrás del humor para justificar tu tristeza. Estás en todo tu derecho de estar triste”.

Ahí me sublevé. “No, eso es ser condescendiente con uno mismo y eso no lleva a nada”. “Pues sí es ser condescendiente”, se sublevó ella, quien obviamente es una profesional en lo que llegar a un punto se refiere. “Este es un mundo horroroso en el que para conseguir doce segundos de rayo tienes que pasar por hombres drogadictos y decadentes que te dejan destrozado después. Tú eres lo suficientemente sabio como para alejarte de ellos, pero ¿qué vas a hacer? ¿Correr todo el tiempo hacia el otro lado? ¿No tener acceso a los doce segundos nunca? Si el mundo es una mierda y ellos son decadentes, probablemente porque también necesiten sus doce segundos de rayo de alguna forma, pues no es culpa tuya. Tú no has hecho nada malo ni eres un masoquista. Tú eres el bueno al que le pasan cosas malas cuando intenta encontrar algo que lo llene realmente y por lo cual no tienes que pedirle disculpas a nadie”.

“¡No”, dije con un fervor que no me conocía, “¡hacerse la víctima no ayuda para nada!” Y ahí mismo, con esa frase, llegó el puchero. Explotó justo en su cara, justo antes de terminar la frase. Los dos ojos se me llenaron de lágrimas inmediatamente y algo, como un vapor, salió desde mi pecho como un aliento liberador. Justo en el momento en que todo lo que me dijo lo vi justo de la forma en que ella me lo dijo y en el que me vi a mí mismo con mis propios ojos, pero desde fuera, sin la necesidad de llevarme recio para progresar. Ella, quien - insisto - tiene mucha práctica en esto, cogió mi cabeza con las dos manos y la puso en su hombro. Si a uno se le llenan los ojos de lágrimas, y alguien te pone la cabeza en el hombro, solo hay una cosa que uno, aunque se haya cerrado mucho en la vida para sobrevivir, puede hacer: llorar. No fue mucho, pero fue. Nadie lo notó, pero ella y yo, los que teníamos que notarlo, sí.

Cuando pasó, aproveché el momento de paz que produce el llanto y me quedé en su hombro como si siempre hubiese vivido ahí. Entonces, pregunté lo que yo siempre he sabido, pero que uno necesita oír de gente desconocida en la calle. “¿Esto pasará?” “Sabes que sí”, dijo ella. Y en su hombro, sonreí como un niñito que estaba llorando por algo y al que, todavía con los ojos aguados, alguien le promete que lo va a llevar al Parque Lenin si se ríe.

Me incorporé y me puse frente a ella. Me enjugué mis ojos y miré al piso, justo antes de volverla a mirar. “¿Y tú quién eres?”, dije. “Ana”, dijo ella con una sonrisa, minimizándolo todo como las verdaderas expertas. Yo sonreí, por primera vez en un buen tiempo con una sonrisa verdadera. “Gracias, Ana”. Ella, a modo de “de nada”, hizo un gesto con la cabeza. 

Y fue así como, con alguna balada de saxofón detrás, una muchacha de vestido amarillo oro y un muchacho de camisa al que alguien que lo vio desde fuera le recordó que no todo lo que pasa en este mundo es culpa de él, bailaron torpe, pero sentidamente, no hace muchas horas, en aquella noche de jazz en aquel bar.

Al llegar a casa, sentado en mi closet, lloré por doce minutos. Todos y cada uno de ellos, por mí mismo.

11 comentarios:

Osvaldo dijo...

Raúl:
Hemingway o Wilde?

Quédate siempre detrás del hombre que dispara y delante del hombre que está cagando. Así estás a salvo de las balas y de la mierda (Hemingway).

Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo (Wilde).

Abrazo!

Sunay Hernández dijo...

el que más me ha gustado de todos, genial, como escritor y como persona.

Llaima dijo...

Me he visto a mi misma en lo que escribiste...pero hay que confiar y tener fe en que lo que viene sera mejor!!! Besos. Llaima.

Alex dijo...

Y por qué no te preguntas si la calidad de tu post sobre Toronto no fue lo suficientemente buena como para que tus amigos se dieran cuenta de que no estabas bien?

El cazador de burbujas dijo...

Si todos ellos te hicieron sentirte vivo, entonces vale la pena... con lagrimas o sin ellas!

Evelio dijo...

Quizas lo que sucede es que necesitas estar cerca de gente que necesita ayuda y eso te reafirma y luego te hace daño, digo yo...

Grisel dijo...

No te voy a escribir lo obvio, te quiero mucho para eso y lo sabes. Lo que más me sorprende de este post es saber que cada día tenemos más cosas en común: No me gusta el ballet, ni el Jazz y tampoco sé llorar tan fácil. Si te sirve de consuelo, de ayuda o de lo que sea. Te quiero mucho Rauli. Besoooooossssss me voy de nuevo

Anónimo dijo...

fue un final feliz, after all. La mayoria de las locas comunes, irredentas, megalomanas y mitomaniacas como tu, pasamos las crisis sin amigas de vestidos color oro y soft blue jazz... Con tanto sexo, tantos hombres, tanta buena suerte para encontrar a la gente correcta en los momentos en que las necesitas, sometimes I wonder, de que coño te quejas?

Anónimo dijo...

Me encantó el comentário anterior... =)

Andru Lezore dijo...

"la verdadera soledad, en la que sabes que lamentablemente no hay nadie como tú y nunca nadie podrá satisfacerte espiritualmente como tú necesitas"
De lo que yo pienso hoy en dia y lo pensé antes también... en definitiva mi querido Raul, nosotros venimos de planetas diferentes.

Milene Echevarria dijo...

Volvi... de cuanto me he perdido!!!
Yo aprendo mucho de mis momentos malos y mis crisis tambien, a veces es necesario un poqui to de dolor para saber que se esta vivo. Al mal toempo... cojones y cabeza.
PS: no encuentro mis tildes jeje. Perdon.


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