miércoles, 31 de agosto de 2011

En sus marcas, listos...


El inicio no fue precisamente bueno. Cuando mi familia decidió involucrarme en el mundo deportivo para mejorar mi cuestionable virilidad, escogieron el peor de los deportes para ello: el taekwondo. Yo odiaba aquello. Ir los martes y jueves a las 7 de la noche hasta aquel centro deportivo en medio de la calle 70 en Playa, a kilómetros de mi casa, a fajarme con negros, me parecía una locura. Me ponía a llorar y me fingía enfermo para no ir. Yo era el mediocre clásico: le ganaba a los más chiquitos y perdía con los más grandes. Pero gracias a mi gran padecimiento infantil de nariz sangrante, ya nadie quería pelear conmigo porque a la primera patada empezaba yo a sangrar y manchaba todo y a todos. De hecho, mi kimono era medio rojo y no blanco. Así que hubo que cambiarme de deporte. Nunca un niño con la cara llena de sangre fue tan feliz.

Y caí en el atletismo. En uno de los polígonos de mi propia escuela Ciudad Libertad, también los martes y los jueves, pero después de clases. Y a ese sí que le cogí el gusto. Después de someterme al tradicional heptalón juvenil que le aplican a los nuevos, me asignaron la especialidad que más le convenía a un niño rápido (pero no el más rápido) y con dos dedos de frente para contar sus pasos: los 60 con vallas. En pleno Período Especial, entrenar vallas era muy simpático, porque nunca las veías hasta el día de la competencia. Pero bueno, en casi todos los deportes era lo mismo. Gracias a las vallas desarrollé la capacidad, que aún mantengo, de saber con qué pie voy a pisar algo. Así, si voy a cruzar una calle, desde que pongo un pie en esta, ya sé con cuál de los dos voy a subir a la acera siguiente, así esté a 20 metros. Esto es muy útil para evitar charcos.

Ahí estuve dos años. En todo centro deportivo municipal siempre hay un niño mimado. Ese que todos saben que algún día será alguien en el mundo del deporte. En el mío era Yunior. Corredor desde 60 hasta 1500 metros, Yunior era el niño a derrotar en todas las competencias. Nunca tuve que perder con él porque no corría vallas, pero era difícil no conocer de la pasión que sentían por él todos los profesores. Curiosamente (con todo lo que lo mimaban), no era un mal niño. De hecho, era muy educadito y decente. Sin contar que tenía una técnica envidiable y era extremadamente rápido. Nunca nos hablamos en esos dos años a pesar de estar en la misma categoría de edad: yo no era muy popular y él siempre estaba para competencias.

Y así fue como en aquel año 93, en el campeonato provincial de atletismo, categoría 11-12 años, logré llegar en un meritorio (por lo menos para mí) 5to lugar en 60 con vallas y ser el primero de todos los de Marianao (curioso, nunca ganaba en los campeonatos de Marianao, pero en el provincial fui el mejor de todos), lo cual me calificó automáticamente para el relevo del municipio, en el que estaba, por supuesto, Yunior, quien había ganado los 60, 100 y 200 metros. Esa fue la primera vez que hablamos, y he de confesar que me emocionó estar tan cerca de él. Les digo sinceramente que era una estrella. Y ahí, Yunior, Andrés y Yan, junto a un servidor, cogimos el segundo lugar de la provincia. Eso nos dio el derecho a participar en los Juegos Escolares tres semanas después bajo el simpático nombre de “equipo Ciudad Habana 2”.

Y así, con el curso ya finalizado, nos llevaron en guagua (cosa rara para la época) un día de inicios de julio al Estadio Panamericano a competir en los Juegos Escolares. Mi participación en los 60 con vallas fue desastrosa porque en las semifinales el que corría a mi lado se cayó, y se las agenció para tumbarnos a mí y al del otro lado. Cosas que pasan. De todas formas, no creo que hubiese llegado a la final.

Yunior, por su parte, se las arregló para ser segundo en los 100 y tercero en los 200, y ser así uno de los mejores de Ciudad Habana, y el único de Marianao en obtener medallas individuales. Y a las cinco de la tarde, nos unimos por segunda vez en nuestras vidas, Yunior, Andrés, Yan y un servidor, para correr el relevo. Y ahí, gracias a una serie de sucesos fortuitos que incluyeron desde la descalificación del Ciudad Habana 1 por problemas con la tarjeta de menor hasta la misteriosa desaparición del poderosísimo elenco de Santiago de Cuba, además de, hay que decirlo, una extraordinaria carrera por nuestra parte, llegamos de nuevo en el segundo lugar y cogimos la medalla de plata, esta vez a nivel nacional. Ese fue el día en que fuimos campeones olímpicos. Por lo menos Andrés, Yan y yo, porque Yunior ganó muchas más cosas en su vida. Pero nosotros no; nosotros fuimos campeones olímpicos esa tarde.

Como era una época difícil para todo, no hubo medallas. Pero nos dieron un diploma colectivo: “Categoría 11-12 años: Ciudad Habana 2 – Medalla de Plata” y nuestro profesor Lázaro Murillo (a quien le mando un saludo, en el improbable caso de que lea esto, porque siempre me trató muy bien y nunca me hizo sentir mal por no ser tan “viril”), quien fungía como uno de los jueces, emocionado con la plata del equipo de su natal  Marianao (alias “el Ciudad Habana 2”) se las agenció para robarse galleticas de chocolate y refresco de piñita (¿se acuerdan de eso, Dios mío?) que nosotros consideramos como medallas olímpicas y que compartimos con las hembras del Ciudad Habana 3 (también marianenses) mientras esperábamos la guagua de retorno. En la guagua, Yunior y yo vinimos sentados al lado y hablamos de su escuela y de la mía, de sus marcas en el atletismo y de sus dolores en el pie. Al bajarnos en el Obelisco, antes de despedirnos, gritamos todos que al año siguiente ganaríamos el oro. Eso: los campeones olímpicos del Ciudad Habana 2.

Pero al año siguiente no regresé al atletismo. En un año extremadamente duro para mí por razones familiares que prefiero no revelar en este post para no deprimir a nadie, apenas si tuve tiempo de ir a la escuela. Recuerdo un día que pasé por el área de entrenamiento y el profesor Murillo casi se echa a llorar. Saludé a Andrés y a Yan, pero Yunior estaba en una competencia y no lo vi. Quizás pude haber regresado al final del curso, pero ya no valía la pena, porque al año siguiente comenzaba la secundaria y en el mundo deportivo esa es una etapa determinante ya que tienes que decidir si consagrarte al deporte o no.

En esta ínsula intolerante y racista, el deporte no es ni para niños blancos ni “pajaritos”. Ojalá algún día lo sea, pero en mi época, al menos, no era así. Quizás este sea un buen momento para decir que yo era el único blanquito del Ciudad Habana 2. Así que cuando empiezas la secundaria, te mandan o para una escuela de deporte o para una escuela “normal”. Y yo me fui para una “normal”. Era la decisión correcta. Yo nunca hubiese sido un buen deportista, y además el camino de la intelectualidad siempre fue lo mío. Mi profesora de matemáticas se hubiese ahorcado si yo me hubiese ido a una escuela de deportes.

El resto del Ciudad Habana 2 sí se fue a la Echevarría (la escuela de deportes de Ciudad Libertad) aunque Yunior fue el único que siguió en atletismo. Andrés se cambió para voleibol y Yan para baloncesto, poco antes de que su papá lo reclamara y se lo llevara para los Estados Unidos. Yo me fui a ser quien soy hoy.

Pero ahí, justo en esa etapa, comencé a interesarme por el deporte desde el plano de espectador. Impulsado por las Olimpiadas de Atlanta, me decidí a conocer más sobre el apasionante mundo del deporte. Así fue como me fui a la biblioteca de 100 y 51, yo solito, a hurgar en amarillentos periódicos Granma de años anteriores. Cuando un niño quiere ir a una biblioteca a hacer algo que no es de la escuela o que no incluya libros de niños, encuentra miles de dificultades (no sé si alguno de ustedes lo intentó alguna vez; yo sí). Me pidieron explicaciones de por qué quería ver periódicos viejos, de parte de quién venía y cuál era mi objetivo con esa búsqueda. Eso es una estupidez. Lo digo ahora aquí, por primera vez: si un niño quiere leer, pues déjenlo, pinga, no le pongan tantas trabas.

Pero yo siempre he sido muy inteligente. Así que al día siguiente fui para allá con el papel de un “mayor” (que no era otro que yo mismo, por supuesto) lleno de palabras profundas que aquellas estúpidas bibliotecarias no entendían, así que no tuvieron más opción que dejarme revisar los periódicos. Y así fui, con mi libretica de Elpidio Valdés, a copiar los medallistas de Olimpiadas y Mundiales anteriores.

Estuve cuatro años en eso. Con otra mentira logré incluso ir a la Biblioteca Nacional (si ustedes piensan que ir a sacar un libro de adultos con menos de 16 años es algo fácil, es que nunca lo intentaron) donde aprendí aún más. Mi padre se desesperaba porque yo no salía de la biblioteca y él quería que me acabara de echar una novia. Si yo hubiese sido el hombre que soy hoy, lo hubiese sentado y le habría dicho que me dejara tranquilo, que yo hacía con mi vida lo que me daba la gana y copiaba en mis libretas de Elpidio Valdés lo que yo quería. Pero por supuesto que no lo hice.

Pero así, casi clandestinamente, aprendí miles de cosas que solo se pueden aprender gracias a la maravillosa historia del deporte. Me sumergí en un mundo de hombres y mujeres que han llevado su cuerpo hasta niveles extraordinarios, dejando en el camino pasados duros y pagando en ocasiones el precio por hacerlo. En libros viejos leí cientos de anécdotas que se esconden tras una fría marca o algún resultado. Descubrí cosas que no cuento porque me parece que si las dejo tranquilitas en mi memoria, siempre seré ese niño que se maravillaba al leerlas. También comencé a ver todo evento deportivo que pusieran en la televisión y mis primeras sesiones de búsqueda en Internet, a finales de los 90, las dediqué a buscar datos y estadísticas que no aparecían en los libros de nuestras limitadas bibliotecas.

Inspirado por este espíritu heroico, y siempre sabiendo que estaba determinado a ser alguien en la vida, regresé al deporte en 1999, cuando una semana después de cumplir 17 años corrí el Marabana. Allá fui, yo solito, sin nadie que me fuera a ver ni a recoger, me puse mi número en mi camiseta y corrí 35 de los 42 kilómetros de la maratón. Toda el agua que me tiré arriba y que entró a mis zapatos me provocó unas ampollas que no me dejaron seguir corriendo. Cuando llegué a mi casa ya casi no podía dar un paso. Pero me sentí orgulloso de mí mismo.

Y al año siguiente regresé. Después de algún entrenamiento en el Manolito marianense y en el Martí vedadense (ya en esa época comenzaba a vivir en ambos lados) me inscribí en la media maratón del año 2000. Y esa vez, una semana después de cumplir los 18, mantuve mi paso agresivo, alejé el agua de los zapatos que me había comprado mi tía solo para correr y llegué a la meta.

No fue un buen tiempo, pero tampoco fue malo. Nadie me fue a ver, pero una muchacha que trabajaba conmigo en ese momento cuando yo hacía las prácticas de Contabilidad en el ITM me vio casualmente cuando yo corría por Carlos Tercero, ya no tan lejos del final, y empezó a gritarme: “¡Dale, Rauli, campeón!”. Me dieron una medalla y un pullover por haber llegado a la meta y me senté en las escaleras del Capitolio sintiéndome Abebe Bikila.

Y ahí me encontré a Yunior. Había ido a ver a sus compañeros del equipo Cuba que ganaron el Marabana, como siempre. Enseguida lo reconocí, a pesar de que había cambiado muchísimo por las pesas y por los 7 años que hacía que no lo veía. No lo saludé, consciente de que no me iba a reconocer (Yunior era el mimado del centro de deportes¬; a mí nadie me conocía), pero cuando me pasó por el lado y me vio sentado en las escaleras, me dijo: “Ciudad Habana 2, hace años que no te veía”.

Yo me emocioné como si el propio Michael Johnson me hubiese saludado. Hablamos de muchas cosas: de mí y mis estudios, de él y sus lesiones y dolores en el pie y de cómo tenía esperanzas de que el área de velocidad en este país finalmente avanzara. Nos despedimos y nos deseamos suerte en nuestros respectivos futuros. Ese fue un hermoso día. Volví, de cierta manera, a sentirme campeón olímpico.

Ese fue el final de mi “carrera” deportiva. Guardé mi medalla después de que mi padre se la enseñara a todo el mundo y que mi tía llorara de emoción, entré a la universidad y me volví oficialmente homosexual. De eso hablaremos en otra ocasión.

Pero al deporte nunca lo olvidé ni lo abandoné. Al grande, al de verdad. He visto íntegramente todos los eventos que ponen por la televisión (menos la pelota, por supuesto, de la cual solo veo los play-offs) y aunque no he hurgado tanto en el pasado como antes, me dedico ahora a las glorias de los atletas modernos. A los que hacen historia justo cuando yo los estoy mirando frente a mi televisor.

Pero ser gay y que te guste el deporte es algo incomprensible para la mayoría de los cubanos. Por un lado, los heterosexuales te miran con cara de “¿Tú no eras pájaro?” cuando tú osas decir que esperas la semifinal de la Champions y tus opiniones nunca son tomadas en cuenta. Por el otro, si dejas la discoteca gay para irte a ver deporte a las 3 de la mañana eres tomado por subnormal por los otros homosexuales.

He logrado que mis novios se interesen por el deporte y hasta se sienten a veces a verlo conmigo. Por supuesto, cuando nos dejamos y tenemos que odiarnos por plantilla, inevitablemente me lanzan siempre un “tú y tu deporte” como si yo fuese un pederasta o un borracho. Pero hay una realidad tan grande como un templo: los hombres van y vienen y el deporte sigue ahí, entreteniendo mi vida.

Un caso perdido es Ray. Mira que intento hacerle saber cosas de deporte, pero él como si con él no fuera. Pero él si no me critica y sabe que yo dejo la fiesta por ir a ver el atletismo y ya no se queja. Le dice al resto de los pájaros que “Raúl tiene sus gustos” y así vamos. Yo lo llamo y le digo quién ganó y quién perdió y de cómo me alegro que descalifiquen al mono excéntrico y él ni caso me hace, pero por lo menos me escucha y no dice cosas como “tú y tu deporte”.

Y es que el deporte me lleva a lugares que solo él puede. En mis momentos más aburridos, más tristes, más estresantes, siempre ha habido un Mundial de Atletismo, uno de Fútbol, una Olimpiada (oh, las Olimpiadas) para hacerme olvidar todo mientras estoy frente al televisor. No he dudado en cambiar mis horarios radicalmente para despertarme a las 8 de la noche y ver deporte hasta las 9 de la mañana porque hay algún evento al otro lado del mundo. Me he quedado en vela durante 15 días seguidos, durmiendo muy poco, y decepcionado por ver a los cubanos perder todo lo que podían ganar, y no me arrepiento. He faltado a la escuela porque un set se pasó de tiempo y lo volvería a hacer todas las veces que haga falta.

Ahora, por suerte, tengo más acceso a Internet y busco todo lo que se ha hecho en materia de deporte. Ya no tengo que dar explicaciones a bibliotecarias incultas ni copiar con un lápiz sin punta en mis libretas de Elpidio Valdés las cifras del periódico Granma. Pero no reniego de esa etapa, porque de tanto copiarlos y recopiarlos, me los aprendí de memoria y los viví más intensamente.

Y es que el deporte es único. He conocido la historia de un hombre que no quiso correr en una Olimpiada a pesar de ser el favorito por ser domingo y él ser judío; de otro que se dio un golpe en la cabeza con un trampolín en plena competencia y así y todo la ganó; de otra que se quemó todo el cuerpo y a los dos años era campeona del mundo; de otro que le cortaron las piernas cuando era niño y ahora corre entre los hombres más rápidos; de otro que se desplomó a mitad de carrera por una enfermedad de la niñez y su padre, burlando la vigilancia del estadio, se abalanzó al medio de la pista para ayudarlo a pararse y llegar al final de la meta; de otro que no dudó en hacerse expulsar el último día de una carrera sin paralelo (y nada más y nada menos que en una final Mundial) por darle un cabezazo a un italiano cretino para demostrarle que con su madre no se juega. Eso, señores, solo se ve en el deporte.

He gritado gol a toda voz en horas en que todos duermen. Les he gritado a atletas rusas que solo yo y sus padres conocen. Me he molestado con los comentaristas y he visto la televisión sin audio porque siempre hablan mal de los americanos y bien de los brasileños. Me he entusiasmado cuando una de mis alumnas (y amigas) me contó que había sido del equipo Cuba de tiro con arco y me contaba sus peripecias deportivas. Me doy cuenta inmediatamente sin necesidad de ver la cámara lenta cuando alguien le da un golpe al del carril de al lado y grito que hay que descalificarlo porque las reglas se hacen para cumplirlas y que las medallas con trampas, intencionales o no, yo no las quiero. He criticado el nacionalismo barato y me he empingado cada vez que alguien que no sabe nada de deporte, ni le ha dedicado un pedazo de su vida, hace algún comentario estúpido porque se lo oyó decir a otro aún más estúpido que él. He llorado cuando los deportistas han llorado. Me he emocionado cuando se han retirado. He gritado “¡Mira a Fulano!” cada vez que ponen a algún deportista famoso de épocas pasadas que está de espectador en el público. He ido vestido de naranja a un cine a gritar con cuatro gatos (cuatro gatos más decentes que los 5000 vestidos de rojo) y no me quité la bandera de la cara cuando perdieron. He soñado en secreto con ir a alguna Olimpiada y siempre me digo: “En la próxima, en la próxima, ya verás”.

Me molesta cuando alguien se dopa, hace trampas o tumba al de al lado, porque no solo acaban con sus propios sueños, sino con los de los demás. Respeto inmensamente a los deportistas porque son personas que se levantan a las cinco de la mañana, se acuestan a las nueve de la noche, no ven nunca a sus familias, casi no tienen sexo y una vez que concluye su vida activa en el deporte se dan cuenta de que no sirven para nada más. Y así y todo lo hacen.

Mi amigo Yunior (casi no nos conocimos, pero me permito llamarlo así) tuvo que abandonar su carrera deportiva por un problema genético en el talón de Aquiles. Nunca fue famoso y apenas viajó. Me lo encontré en la calle un día que fui a Marianao y conversamos sobre él y sobre mí. Me dijo que hubiera preferido no haber cogido una escuela de deporte y haber intentado ser otra cosa; así quizás ahora  fuera algo más que profesor de Educación Física en una primaria. Probablemente tenga razón. Pero mi frase final para él, casi al montarme en la guagua, fue diferente: “Si sirve de algo, yo y todos los demás niños siempre te admiramos mucho”. Y él sonrió agradecido. Espero que alguno de sus alumnos llegue a ser campeón olímpico algún día.

En cuanto a mí, grito, salto, me molesto y dedico horas de conversación al deporte. Si bien nunca fui un buen deportista me gusta pensar que en la categoría “fanático del deporte” llego a la final en cualquier competencia, y cuidado si no gano alguna medalla y hasta quizás, el oro. Y es que el deporte ha sido, es, y será siempre, uno de los mejores amigos de este servidor.


PD: Dedico este atlético post al Licenciado en Cultura Física Yunior Caballero, al Técnico Medio en Contabilidad Andrés Valdés y al 6to grado Yan Bermoy, quienes junto al Licenciado en Lengua Francesa Raúl Reyes, muchos años antes de ser licenciados y técnicos, muchos años antes de ser homosexuales o irse del país para siempre, en una alegre tarde de Período Especial, conformaron el mítico equipo Ciudad Habana 2 que obtuvo una honrosa medalla de plata en el Estadio Panamericano y por la cual fueron recompensados con un diploma colectivo, galleticas de chocolate, refresco de piñita y el recuerdo por el resto de sus vidas.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Sin palabras!!! yo soy lo que se dice una deportista frustrada, mi historia se parece en algo a la tuya y te juro me has conmovido el alma. Gracias Raul

Liana dijo...

La verdad que tu eres unico, ya eres mi escritor numero uno porque me das unas enganchadas jaja. Nunca se me paso por la mente que fuistes atleta, por otra parte si pense que desde chico fuistes especial, un nino muy inteligente de esos que en la escuela siempre veiamos usando espejuelos y jugando ajedres. Mi esposo se parece un poco a ti, era tambien el mejor de la escuela, super buenas notas(mil veces mejores que yo), primer escalafon y competia con el ajedres. Sin nombrar el tema del deporte ufff es como tu hasta llora cuando pierde su equipo. El fue el que me enseno un poco de deporte y digo un poco porque ha tratado de ensenarme mas pero la verdad muchos me dan dolor de cabeza jaja como por ejemplo el futbol americano. Sabes mi esposo tambien estudio en Ciudad Libertad (en Republica de Chile) hasta sexto grado.
Muero por leer el post de lo que paso con tu papa y tu decision de ser gay, porque el hombre cubano de por si es muy machista.

Anónimo dijo...

¿Se puede ser heterosexual y machista y aún así estar fascinado por tus posts al punto de llorar con muchos de ellos, incluso cuando emulan las más controvertidas bacanales griegas? Es increíble la habilidad que tienes para emocionar...

io dijo...

yo no soy ni un 10% amante del deporte como tú. pero como profesional q soy (de algo q lleva tanto sacrificio como el deporte) me da mucha tristeza lo q le acaba de pasar a Usain Bolt. tu has visto cómo se ha destruido su propia carrera ese hombre?
me da pena, mucha pena...

el comentario q está encima del mío me parece super bonito. ole, ole y ole!!! ;-)

Anónimo dijo...

Yo con siete años le comente a mis padres que queria estudiar Balett, solo recuerdo dos cosas de aquello porque me dolió mucho.Una que mi padre mi dijo: así que más, tambien quieres posarte en el poste como un pajaro. Dos, que me metieron a dar Karate con un chino o Japones que vivia frente al Gran Cine de marianao. allí estuve casi tres años,un día por hacer un OI TSUKI mal el chino/japones con su barilla de bambues me castigo dandome en los nudillos de la mano .se lo comenté a mis padres que me quitaran, que allí daban muchos palos y la respuesta fue ,te quedas allí hasta que aprendas a ser un hombre.............................Hoy no soy ni karateca ni Bailarin.........eso sí soy un hombre fustrado que nunca pudo ser bailarin y todo por lo que diran una sociedad...

Alex dijo...

Esta entrada es sobre el amor no correspondido de Raul por el deporte o por Yunior?

Anónimo dijo...

Como no tengo internet para ponerte comentarios, te tienes que conformar con una felicitación por esta vía por tu post olímpico. Loved it. Es mi favorito. Tengo una pila de paralelismos contigo en mi relación con el deporte.
Yo también me fugaba de la primaria y de la secundaria para irme a buscar cosas en las bibliotecas. Recuerdo que una vez me hizo falta un Juventud Rebelde viejo con datos de los Mundiales de Fútbol y, como no lo encontraba por ningún lado, razoné: “Me hace falta un periódico viejo. En donde se hacen los periódicos deben tenerlos todos. ¿Dónde se hacen los periódicos? En un poligráfico. ¿Dónde está el poligráfico de JR? ¡A dos cuadras de mi escuela!” Y pa’llá fui. Cuando la tipa de la recepción vio la mitad de mi frente que sobresalía por el borde de su escritorio y le decía que yo quería subir a la hemeroteca del poligráfico por mi cara linda para hojear un periódico más viejo (y más grande) que yo, me miró con cara de que se le había reventado un aneurisma. Parece que, en todo el repertorio de “No, no se puede porque…” que se aprenden todas las recepcionistas de este país, no había ninguno para el caso de un mocoso con ínfulas de investigador histórico. Medio minuto después, cuando se acordó de parpadear, dijo: “Cuarto piso.” Y subí con tremendo entusiasmo (por las escaleras, porque se quedó tan turulata que no me dijo por dónde se llegaba a los elevadores.)
Mis primeras incursiones en internet… las mismas.
Mi admiración por deportistas y anécdotas… las mismas.
El desprecio por los comentaristas… check.
Sentirme campeón del mundo cuando gané una medalla en un eventillo estudiantil… you betcha.
Y lo de ver deportes y desvelarme con ellos, ni te cuento. También me discriminan, en mi caso las mujeres, en el tuyo los pájaros. Al final, ninguna de ellas entiende. “¿Irte a jugar fútbol? ¿Con este sol?” Qué poco saben de la vida.
Permíteme que añada a lo de “nacionalismo barato“, el “tercermundismo barato” y el “latinismo barato”. Le voy a Holanda en el fútbol en gran medida porque me revolvieron el estómago los socios y los comentaristas con esos dos fenómenos. Al final, ¿por qué tengo que irle a Brasil o a Argentina? ¿Porque somos igual de miserables? ¿Porque están más cerca? Ni pinga. Le voy a Holanda porque me da la gana. Al final yo tengo tanto de brasileño como de holandés, o de polinesio. Además, búsquense un mapa. Rio de Janeiro está como a 1,000 kilómetros más de remo de mi casa que Amsterdam… y Buenos Aires más todavía.
Estoy hasta pensando en escribir un libro sobre los mundiales de fútbol… porque puedo. Si lo hago, ya sé a quién pedirle que me haga el prólogo ;-)
El mío, me extendí. El post estuvo de pinga. Gracias. Nos vemos en el Marabana.

PD: Asere, pobrecito Bolt. Si él se burlara de los contrarios como Mike Tyson, o se fajara con el público como Maradona o se creyera mejor de lo que es como Cristiano Ronaldo, ahí sí puedes decirle simio y mandarlo a que se pudra. Pero el monito es un salvaje. Es como Meryl en lo suyo. ¿Y no podría Meryl monear si le diera la gana? ¿No lo hacemos nosotros mismos? ¿Y hay dudas de que somos brillantes en lo nuestro?

PD2: Y el medallista olímpico más viejo de la historia (seguramente lo sabes) fue el sueco Oscar Swahn que ganó plata en el tiro deportivo de Amberes 1920 a los 72 años de edad… así que te queda bastante tiempo todavía.

(Mi amigo Emilio escribió esto y me lo envió por correo. No podía dejar de publicarlo.

Anónimo dijo...

Yo tambien pedi ser bailarin y me convirtieron en deportista toda mi vida. Fui bueno y medallista en reiteradas ocaciones. Ojala hubiera sentido como tu este amor por el deporte, seguro lo hubiera disfrutado. Finalmente tuve el valor de irme a cumplir mi sueño, espero que el tuyo se cumpla. Un beso y gracias por deleitarme como siempre con tus letras. (El cazador de burbujas)

Ebony Moon dijo...

Aplausos para ti amigo muy bueno y me identifico mucho pq tambien fui de esas deportitas de Ciudad Libertad, fui a competencias y carreras, asi q se muy de cerca de lo q hablas, ademas de ser tambien fan del deporte.
Te puedes consagrar con ser un Saltador de charcos profesional no creo q te falten en esta ciudad.

Mylène dijo...

UUUUUUUUUUUUUFFFFF, demasiado ajetreada y no te he leído, ya copié en word, imprimo y me llevo a casa( se me acabo la cuota de internet del mes, jaja).

izmatopia dijo...

yo practiqué el más amateur atletismo cuando tenía como 7 años y era buena jugando ajedrez también por esa época. Mi papá es un licenciado en cultura física frustrado (es decir, que era su sueño pero no pasó de zapatero en Cuba y de camionero en Miami) y como su primogénito vino a este país con 3 años, solo le quedó inculcarle el amor por los deportes a la nena (yo).

Desde chiquita era una loca fildeando, bateando, dribleando, sacando, rematando, hasta bailando el trompo al cortelazo, jajajaja! nunca fui la mejor en nada pero era ágil y tenía buenos reflejos... amaba el deporte porque amaba a mi papá y los sigo amando a ambos, aunque con menos pasión.

Aunque no soy de estudiarlo mucho ni de buscar información, unas olimpiadas pueden paralizarme y hechizarme delante del televisor. te puedo decir que a mis 3 novios les daba zurras en conocimiento y entendimiento, así como en la práctica (ellos eran antideportivos, no es que yo tenga muchos méritos, jajaja!).

El mundial de fútbol es mi debilidad y ese si paraliza mi mes cada 4 años... tuve la dicha de ganar el mundial pasado pues desde que sigo el fútbol (Francia ´98) me enamoré de España y ese es el amor que más ha durado en mi vida y aún sigo enamorada como el primer día. Lloré como una niña con ese gol de Iniesta y aunque vivía en un cucurucho, pasaba hambre, no tenía ni para pagar el teléfono, había dejado atrás a la madre que ma parió y a la (otra y verdadera)madre que me crió (mi abuelita querida)... estaba al lado del hombre que amo (que no sabe nada de fútbol) y fui feliz. España ganó y yo fui feliz.

Por eso te entiendo, yo soy mujer y la gente no entiende tampoco mi pasión por los deportes y hasta me llamaron marimacha, pero soy así y soy feliz.

Grisel dijo...

Excelente Rauli!!!!!! Aunque te tengo en Facebook te he extrañado por aquí!!!!!!

Un besoooo

Eu

Anabel González Alvarez dijo...

Raul de verdad que me encanta leerte. Tienes una forma de escribir unicaaaaa!!! Como dicen acá en Chile "te pasaste" (eres el mejor).Me sacaste lágrimas con "Ciudad de la Habana 2".

Anabel González Alvarez dijo...

RAUL tienes una forma de escribir única. Leerte me regresa a Cuba una y otra vez. Gracias!! Eres el mejor!! (Aduladora noooo, fanática jijiji)

Anabel González Alvarez dijo...

RAUL tienes una forma de escribir única. Leerte me regresa a Cuba una y otra vez. Gracias!! Eres el mejor!! (Aduladora noooo, fanática jijiji)

Anónimo dijo...

También practiqué deporte en Área Especial que era como le llamaban en mi época. Hice el equipo Ciudad Habana de Gimnasia Rítmica siendo la mejor entre las peores y la peor entre las mejores. No tienes idea de cuánto me identifico con tu escrito porque sigo el deporte, aún hoy! Es un buen texto y lo disfruté mucho, pena tus comentarios de tono racista porque estoy segura eres un buen tipo.


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