sábado, 23 de julio de 2011

Los imbéciles


Está científicamente demostrado que, de cada tres seres humanos, uno es un imbécil. Y otro tiene gran potencial para serlo. Y en la vida real constatamos diariamente esta estadística. Están en todas partes: a veces son nuestros amigos, muchas nuestros enemigos, rara vez lo dejan de ser nuestros jefes y a veces los encontramos hasta en nuestras propias familias. Son nuestros camareros, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos de Facebook, los amigos de nuestros amigos de Facebook, nuestros profesores, nuestros esposos, nuestros ex. Su presencia nos es común, intrínseca; desde pequeños aprendemos a lidiar con ellos, a aguantarles sus cosas, a tolerarlos, a pesar de que nunca nos lo enseñaran en aquellas aburridas clases de Educación Cívica.

Se manifiestan de todas las maneras posibles. Ya sea hablando de más, ya sea no diciendo lo que tienen que decir, ya sea apoyando causas tan imbéciles como ellos mismos, ya sea molestando a las causas para nada imbéciles. Se meten en nuestras vidas, en nuestros caminos, en nuestros futuros. Hacen comentarios banales o, por el contrario, “demasiado” profundos. Nos niegan becas solo porque pueden, nos envían comentarios acerca de “lo feliz que eres ahora en Montreal”, nos torturan con ironías solo porque tuvimos el buen gusto de no acostarnos con ellos. Son los esposos de nuestras amigas que no las dejan salir solas, son los críticos de cine que redactan cosas con el único e incoherente objetivo de llevar la contraria, son los dirigentes de casi todas las latitudes.

Y en medio de tanto imbécil: nosotros. Y eso es lo que más me interesa en esta noche montrealense. Nosotros. Nosotros, que de tanto lidiar con imbéciles, terminamos haciendo cosas y diciendo barbaridades parecidas a las que hacen y dicen ellos, como mecanismo de defensa primero, como práctica habitual después. Pero ¿es que nos acostumbramos tanto a su manera de ser que actuamos de forma imbécil o, peor aún, somos nosotros también, unos imbéciles?

Nunca nos hemos ganado la lotería, no hemos competido en los Juegos Olímpicos, no hemos escrito un libro que se venda en todas partes. Somos seres humanos comunes y corrientes, ¿qué nos garantiza no ser uno de los dos imbéciles que existen de cada tres personas en el mundo? (porque el que tiene potencial para ser imbécil es tan imbécil como el otro). Estoy convencido de que los imbéciles no se consideran a sí mismos como tal, así que una preocupación me viene a la cabeza: ¿soy un imbécil yo también? Quizás alguien esté diciendo que sí con la cabeza al leer mi pregunta. Y quizás tenga razón y yo también sea un imbécil.

Mucha gente me detesta, eso es seguro. Pero siempre lo he considerado como una consecuencia lógica de tener una personalidad bien definida. Me asusto aún más: “personalidad bien definida” está en el primer renglón de las autodescripciones de los imbéciles. Oh, no, esto no pinta bien. Nunca oigo a los demás, me cansé de hacerlo y de intentar tener una vida “normal”, “adecuada”, “común”, “feliz”. Me gusta mi vida como es, llena de excesos por un lado y de calma por el otro. ¿Me ha hecho eso un imbécil radical? Oh, Dios, soy un imbécil, cada vez me convenzo más. Tengo un blog en el que hablo de mí mismo y digo sin reservas lo que pienso. Lo considero como algo bueno y liberador. Pero ¿no será acaso parte de mi imbecilidad el intentar compartir mis estúpidos pensamientos con los demás? Me aterro. Y así podría seguir, cuestionándome todo en lo que creo y mirándolo por el lado negativo (o imbécil).

Pero hoy conocí a un verdadero imbécil. No hablaré de él, quizás en otro post, pero no ahora; solo quiero hablar de la influencia que tuvo el conocerlo sobre mí. Yo sé lo que quiero; a veces me equivoco y a veces no hago nada por obtenerlo, pero sé lo que quiero. No me meto en la vida de los demás, y si lo hago por lo menos no lo tengo planificado. Así y todo no creo que lo haga. Los problemas de los demás me afectan y me laceran y si algo está en mis manos para poder cambiarlo, lo hago. Nunca me interpondría en el futuro de nadie y aunque le dejo de hablar a la gente (frecuentemente) no deseo que les vaya mal. Tampoco es que deseo que les vaya bien y que sean muy felices. No; no soy perfecto. Pero no un imbécil. Y más que nada, conozco la diferencia entre el bien y el mal, y si algunas veces he escogido el segundo, no ha sido por ignorancia ni he fingido conmigo mismo que “creía que hacía lo correcto”. Sabía que estaba mal. Imperfecto, sí; pero imbécil no.

Y así nada más, después de este ejercicio de autoanálisis que me ha llevado toda una tarde, descubro no solo que no soy un imbécil, sino además la utilidad de los imbéciles. Sirven para que uno se compare con ellos, evalúe sus acciones a través de las acciones de ellos y mejore, corrija y reafirme sus valores, decisiones y formas de ser. Ya sabía yo que el mundo no podía estar tan mal hecho.

Así y todo el haberme cuestionado mi imbecilidad me ha hecho bien. Creo que debo escribir algunos correos pidiendo disculpas a algunas personas con las que no siempre he sido tan bécil (acabo de inventar el opuesto de imbécil). Pero, fortalecido con el cuestionamiento, radicalizo una vez más mi carácter y arremeto de nuevo contra los protagonistas de este post.

Así que púdranse, imbéciles. Púdranse todos juntos o por separado. Púdranse ricos o púdranse pobres. Púdranse en sus gabinetes o en sus cuevas. Púdranse solos carcomiendo su odio o felices con sus nuevos novios. Púdranse maltratados por la sociedad o venerados por esta. Pero púdranse. Nosotros, los no imbéciles, seremos menos, pero somos mejores, y eso es lo que cuenta. Somos aquellos que vale la pena conocer, aquellos que da satisfacción saber que existen, aquellos que cambiamos el mundo para bien. Así que sigan poniendo trabas, hablando tonterías, criticando a los buenos. No nos interesa: con estar en una lista diferente a la de ustedes, ya ganamos nosotros.

8 comentarios:

mylène dijo...

Eres un bello bécil, lo sabías? me encantó, ah, y si me lo permites voy a compartir este post con unos cuantos no-amigos imbéciles.

Raúl dijo...

Gracias!!!! Be my guest, compártelo con quien quieras, jeje. ¿Crees que lo entenderán?

Liana dijo...

La verdad que tienes toda la razon, hay cada imbéciles en la calle...

Alex Jorge dijo...

Debo confesar que la palabra "imbécil" es una de las 3 que más me ofenden y que más detesto. Yo creo que todos tenemos nuestra dosis de imbecilidad. Lo que pasa es que en 2/3 de las personas, como dice Raúl, esta dosis es más elevada. Pero que nadie me diga que no se comportó o se sintió alguna vez como un imbécil. Anyway: ¡¡¡Abajo los imbéciles natos!!! Buen post, Raúl.

io dijo...

pos yo creo q tú también eres un imbécil... para aquellos q no te soportan y no te entienden, claro q lo eres. así como nos has dejado bien clarito q ellos lo son para ti. tu eres un imbécil, y yo otra, y así todos, evidentemente. la cuestión no está en serlo, porq eso es inevitable. la cuestión está en qué tipo de imbécil escogemos ser. como has dicho bien, están los q su imbecilidad les supera. luego están los pocos, como tú, q aunq no te conozco directamente, me atrevo a decir q tienes un excelente grado de sabiduría e imbecilidad.
excelente post, q espero me dejes compartir.


pd: como Alex jorge, creo q la palabra imbécil conlleva un grado superlativo de ofensa. cuando se la suelto a alguien me encanta la liberación q me queda, y despues me siento muy muy a gusto!!! jaja.

un saludo, de otra imbécil...

Raúl dijo...

Jaja, pues claro io, es una cuestión de puntos de vistas. Por supuesto, compártelo con quien quieras. Saludos imbéciles :-)

Mylène dijo...

Rauli lo compartí con una imbécil ya, ninguna reacción, también me pregunto si lo habrá entendido o si aún está procesando la información...

Santiago Torres Destéffanis dijo...

Siempre he pensado que soy, a un tiempo, imbécil y "bécil". Ello me ha conducido a razonar un corolario obvio: todas las personas somos un mix de ambas cosas. La cuestión estriba en el quantum (el latinazgo gratuito es producto de mi parte imbécil pero no me arrepiente porque suena mejor). Como fuere --ya producto de mi imbecilidad, ya de mi "becilidad"-- hago mío tu autoanálisis: "Me gusta mi vida como es, llena de excesos por un lado y de calma por el otro". A esta altura, por cierto, con más cuota de calma pero siempre sin abandonar mi tributo al exceso, porque de lo contrario no sería yo, imbécil o bécil.


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