martes, 30 de abril de 2013

S&M



Aventurero nato que soy acepté de buen grado cuando aquel hombre de pelo largo al que no conocía me propuso por Internet sexo sadomasoquista. Por supuesto que estaba nervioso, pero estar nervioso es el quid de la cosa. Sadomasoquismo sin estar nervioso no tiene sentido. De hecho, tener sexo de cualquier tipo sin estar nervioso no tiene sentido. ¿No es por eso que el sexo en el matrimonio está destinado al fracaso? Pero bueno, no nos desviemos ahora hablando de otros sexos menos importantes.

Yo sería el masoquista. No pude evitar pensar en la ironía de que todos mis ex siempre me han llamado sádico. Pero con el hombre de pelo largo de Toronto sería el masoquista. El amante del dolor.

Amante del dolor: ¡qué apasionante concepto! ¿No nos pasamos la vida supuestamente huyendo de este? Pues ahora yo tomaba un autobús, luego un metro y luego otro autobús solo para ir a un hotel a encontrarme a un desconocido que me lo proporcionaría. Apasionante.

Era un hombre hermoso. Mucho más hermoso de lo que uno espera de un hombre que se autodefine como “sádico irremediable”. Incluso tuve pensamientos de matrimonio al verlo, pero – profesional que soy – recordé que mi visita ahí era estrictamente con el objetivo de ser maltratado. Era un hombre amable y muy cuidadoso en sus detalles. Tenía sentido. Esos son los que luego se vuelven extremadamente locos cuando están en una cama y que lo llevan a uno a preguntarse asustado: “Dios, ¿este es el hombre extremadamente atento que conocí hace dos horas?”

Me preguntó si estaba acostumbrado al sexo sadomaso, lo cual me hizo recordar las miles y miles de barbaridades, rayando casi en lo insano, que he hecho yo en el sexo pero a las que sin embargo nunca nadie nombró “sadomasoquismo”. Dije que no y enseguida me sentí como una monja. Pero como he vivido 30 años en este mundo cruel me sentí con la entereza necesaria para poner una de mis manos sobre una de las suyas y decirle un “Pero lo haré” con la seguridad de una monja que decide embarcarse en una misión que la asusta pero en la que ha decidido irrevocablemente participar.

La S y la M del sadomasoquismo son ya casi tan conocidas como la S y la P de la sal y la pimienta, pero a diferencia de estas no las consumimos tan abiertamente. Así y todo hay una cierta fascinación – macabra quizás, pero fascinación al fin y al cabo – que experimentamos (o al menos yo) al oír esas siglas. Pero ¿por qué sentirse emocionados por algo a lo cual – queramos o no – estamos atados todo el tiempo? ¿Es que no tenemos ya suficientes experiencias sadomasoquistas en nuestra vida diaria como para además llevarlas a nuestras recámaras? Aparentemente no: nos hace falta más. Queremos golpes. Literalmente.

El inicio fue como todos los inicios. Pero muy pronto se notó quien era el jefe. Un par de posturas a las que no estoy acostumbrado después y para cuando me di cuenta solo veía su cara encima de mí mientras su imagen se iba nublando cada vez más debido a su mano estratégicamente posicionada en mi garganta.

Ahí supe que me iba a morir. En ese momento y en ese lugar. Moriría teniendo sexo como mis amigos siempre me amenazan que va a pasar. Cuando vi mi vida pasar por mi costado, él – viejo sabio en anatomía humana: no tengan sexo sadomasoquista con niños – retiró su mano. Nunca puso cara de loco como yo esperaba. Estaba tranquilo. Lo cual quizás daba aún más miedo. Al liberarme de su mano emití un sonido similar al del hombre que logra salir del agua en la que se estaba ahogando. Él aprovechó para besarme. Lo miré, jadeante y asustado, pero no dije ni una palabra. Como un hombrecito.

Luego fue más de lo mismo. Pero aguanté. Nunca mencioné la palabra mágica. Ni siquiera me pasó por la mente hacerlo. Creo que ni siquiera grité. Pero me dolieron muchas cosas. Un dolor real del que uno pide en secreto que se acabe ya. Sin embargo, me sentía extrañamente protegido. Gracias a mis artes de siempre logré que no demorara mucho en terminar. Me iba la vida en ello en esta oportunidad. Cuando constaté que había terminado me quedé sentado en la cama cuestionándome lo que había pasado. Entonces, en vez de correr a vestirme como casi siempre hago, me abalancé sobre él y le pedí sin hablar que me abrazara, lo cual hizo inmediatamente.

Entonces descubrí dónde radica la fascinación (o al menos la mía) del sadomasoquismo. Es un precio a pagar por el afecto. Aunque parezca precisamente lo contrario. Quizás eso sea el masoquismo: una búsqueda de afecto en la que asumes el dolor como precio físico por algo mucho más valioso y raro de encontrar. ¿No son mucho más crueles (y dolorosas) muchísimas otras relaciones (sexuales o no) en las que no hay ningún golpe pero tampoco ningún interés por involucrarse? “El mejor dolor es el que viene de la persona que se interesa por uno” dijo él luego, cuando yo preguntaba y preguntaba sobre el sadomasoquismo, corroborando así mi incipiente teoría de aficionado al S&M.

Al irme seguía siendo un hombre caballeroso y educado. Y hermoso. Pensé de nuevo en matrimonio. Un matrimonio algo raro, pero quizás más real. Y sin duda alguna  un matrimonio en el que siempre estaría nervioso antes de tener sexo, lo cual aseguraría su duración. Pero no, el S&M, como muchas otras cosas, está bien para un día. No hay nada malo en ir hasta los límites pero sí está mal en no saber cómo regresar. O al menos para mí.

Así y todo estuvo bien. Quizás la próxima vez que el hombre de pelo largo de Toronto esté de visita en la ciudad lo repita. Una vez al año no me va a matar…o al menos eso espero.

3 comentarios:

Santiago Torres Destéffanis dijo...

Interesantísima experiencia. Eso sí: nunca la llevé a cabo y (creo) nunca lo haré. Un par de veces me pidieron que les pegara y lo hice sin la más mínima convicción. Una vez me pegaron y le dije que si lo volvía a hacer, le bajaba los dientes. Tuviste mucha suerte porque no diste con un psicópata sino con alguien de --digamos-- gustos extravagantes. Y sí, existe la búsqueda del amor a través del dolor, aunque éste sea emocional (que puede ser mucho peor que el otro).

Felis Ludus dijo...

Excelente relato. Como la S de la M puedo decirte que el SM no se trata sólo de golpes.
Sacándole la connotación negativa de perversión o parafilia, se trata de un juego, en donde en realidad M tiene el poder de terminarlo todo con sólo una palabra. El juego, es justamente, esa cesión de poder.
Pero, a su vez, la entrega que hace M del control sobre sus propios límites de dolor, es, si se quiere, una muestra muy profunda de confianza, y amor, ya que tiene más que ver con el goce que con el placer. La conexión es mucho más profunda.
Coincido en la no regularidad de la experiencia, es lo que la hace especial.

HELEN FRAGUA dijo...

Uf,no se si es una mezcla de valentia ó de morbo...Ó ambos a la vez,tampoco sé si yo hubiese sido capaz de algo así por mucha curiosidad que pudiera tener....Una experiencia mas que contar,¿no?.
Saludos.Helen.
http://lafragu.blogspot.com/


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