miércoles, 10 de octubre de 2012

The one


Hay 7000 millones de personas en el mundo. En caso de que usted no sepa de estadísticas, se lo resumo en pocas palabras: somos muchos. Y, según una leyenda universal fuertemente aferrada a nuestros principios, solo tenemos que encontrar a uno - ¡uno! - para ser felices. Estadísticamente es algo así como la tarea más fácil de la historia. Pero…

Y todos sabemos cómo termina el párrafo anterior. Con un “no es así” que nos hace bajar lacónicamente la cabeza mientras nos preguntamos inevitablemente dónde estará el nuestro. Resulta que es todo lo contrario. Mientras más personas haya, más difícil resulta encontrar a ese que nos completará. A ese uno. Ahora tenemos que encontrarlo entre 7000 millones. Y lo que parecía una empresa fácil al ver el vaso medio lleno, se convierte en todo un imposible.

Yo, que nunca he sido de vasos medio vacíos, siempre supe que mi “one” llegaría algún día. Nunca me detuve a preguntarme si en verdad existiría o me cuestioné jamás las razones por las cuales no acababa de aparecer, sino que pensaba todo el tiempo en lo bien que la pasaríamos cuando finalmente estuviéramos juntos, a la vez que me inventaba anécdotas románticas con las cuales me entretenía mientras lo esperaba. Siempre pensé en él como “the one” ya que es un concepto que desarrollé viendo películas y series norteamericanas, y de esta forma, inconscientemente, al tenerlo en mi cabeza en inglés lo alejaba de mi realidad concreta, en la cual obviamente ningún hombre se parecía a él. Y en ese idioma se quedará, venga o no venga ya.

Mi “one” supuestamente era lindo, de familia rica, con poca experiencia de la vida como yo pero con una amplia capacidad intelectual y emocional para afrontarla. Solo me vería a mí y me idolatraría a pesar de mis defectos, al mismo tiempo que sus acciones y su manera de ser me harían idolatrarlo a él y no ver tampoco a nadie más. Tendríamos mucho sexo, y lo único que haríamos más que eso sería hacer el amor. Siempre diría las cosas correctas, y eso incluiría decir algunas incorrectas de vez en cuando para poder pedir disculpas después mientras se le aguaban los ojos y le temblaba la voz. No tendría ni un centímetro más ni menos que yo, para que, cuando yo fuera un poco menos flaco como él, todos pensaran en cómo nos parecíamos y notaran cuán lindo es que dos hombres que parecen hermanos se den besos en la boca. Algunas de estas características admitían pequeños cambios; otras no. Supongo que todos teníamos un “one” más o menos similar. No sé, porque nunca he hablado del mío con nadie. Era mío.

Ahora, sin embargo, me pregunto qué habrá sido de él. Si se habrá casado con una mujer y tendrá dos hijos varones a los que lleva los sábados en la tarde a jugar baloncesto o – ojalá que no – es  gay y tiene una relación abierta con un cantinero que lo ama más que a nada en este mundo pero que no puede serle fiel porque él mismo fue traicionado en el pasado. No lo sé. Me lo quité de la cabeza hace mucho. Le cambié la figura, creí verlo en otras caras, lo adapté a mi realidad concreta, me desilusioné con las cosas de sus grises sustitutos y terminé, casi sin darme cuenta, por renunciar a su búsqueda e, incluso, por cuestionarme su existencia.

Pero el otoño ha llegado. El otoño canadiense. Y quizás sea la cosa más linda que haya en el mundo. Los cubanos deberíamos tener una estación así como compensación a todo lo que tenemos que pasar. Debería haber un otoño en el Vedado, en Ciudad Libertad, en el camino a la universidad, en la pista donde mi hermana corre mientras voy detrás de ella en bicicleta para medirle el tiempo y obligarla a apurarse. Quizás algún día. Quizás algún día todo sea amarillo, rojo y pacíficamente otoñal. Aunque sea por unas semanas al año. Por el momento, el otoño llega a su visita anual a Canadá y yo me lo tomo como si desde siempre hubiera sido creado para mí solo.

Pues como ya se podrán haber dado cuenta el conocer el otoño me ha puesto reflexivo. Nostálgico, más bien. Nostálgico de una vida que no he tenido. De una vida que abandoné en mi cabeza hace mucho por derroteros más concretos, los cuales al final - como era lógico - terminaron por decepcionarme. De una vida que abandoné por ciudades sin otoño y hombres sin encanto.

Hélène y Anthony, dos de mis compañeros de piso, me invitaron a pasar el Día de Acción de Gracias en casa de los padres de Hélène en Gatineau. Gatineau es una ciudad muy cercana a Ottawa, a unas dos horas al sur de Montréal. El barrio al que fui, Aylmer, está compuesto casi exclusivamente de casas grandes y lindas en calles tranquilas en las que todo el mundo tiene un auto y un perro. Si conocen a Wisteria Lane, pues no tengo que describir más el lugar porque es idéntico.

Así, al llegar a esta casa de ensueño en medio del otoño, bajarme del auto y ver salir a los padres de Hélène a darnos la bienvenida, me di cuenta inmediatamente del lugar en donde había caído. Allí estaba, después de tantos años y tantas vueltas: la casa de mi “one”. La casa en la que se crió, en la que fue niño y de la cual partió hace mucho hacia alguna ciudad más convulsa pero a la que regresa unas dos veces por año a visitar a sus padres. Sí: pensamientos como este son los que produce el otoño en Gatineau.

Todo era como siempre supe que sería. El perro, las fotos de Hélène cuando era niña, el poema que escribió cuando tenía 10 años laminado en la pared, los padres inteligentes y conversadores, los hermanos y los sobrinos rubios. Definitivamente su casa. Ese sería su perro querido con el que se pasaría  el fin de semana entero jugando en el piso y contándome todas sus anécdotas con él, esas serían las fotos de cuando le dieron el título de la primaria y le faltaba un diente, ese sería el poema que escribió sobre la soledad cuando era un niño, esos serían los padres con tantas aristas culturales que lo llevaron a ser la persona sensible y cultivada que es hoy. Todo estaba ahí. Menos él.

Me dieron un cuarto bello. El típico cuarto de adolescente. Su cuarto. Yo estaba solo, pero sabía que antes había estado él ahí durante muchos años. Y en la noche me puse a recordar las veces en que yo pensaba en él cuando era más joven. Ahí, justo en el lugar en donde él pensaba en mí cuando era más joven. Nada podía hacerme acercar a él más que eso. Magias otoñales.

El domingo de Acción de Gracias fue fabuloso. Fui a la Marina con los niños en la mañana y alimentamos a los patos y a las gaviotas, luego con Hélène y la hermana al inmenso parque para perros que incluye un bosque de pinos, en la noche comimos pavo y tuvimos toda una cena digna de mi primera Acción de Gracias, y ya bien tarde Hélène, Anthony y yo nos robamos unas bicicletas de la caseta del patio para ir a comprar cervezas como si fuéramos adolescentes y estoy convencido de que mientras montaba sentí el mayor frío que he conocido hasta ahora en mi vida. El día perfecto.

Pero faltaba él. Todo el tiempo no pude dejar de pensar en cómo sería si él estuviera allí. Iríamos a la Marina con sus sobrinos y nos batiríamos los dos con espadas de ramitas contra aquella multitud de alegres niños rubios. En el bosque del parque para perros nos tiraríamos en el piso y nos besaríamos en aquella multitud de hojas hasta que el propio “Tout-Fou” nos miraría como diciendo “¿Ustedes me trajeron aquí para pasearme o para qué?”. En la cena él haría chistes todo el tiempo con su familia mientras me tocaría una mano por debajo, emocionado de lo bien que me llevo con su familia. Al bajarme de la bicicleta, casi congelado, él me diría que pusiera las manos debajo de su abrigo y yo le diría que no por temor a quemarlo, pero él las cogería y las pondría él mismo diciendo “yo estoy acostumbrado, bobito”.

En la noche, solo en el cuarto, me puse a pensar en cuánto he extrañado todo este tiempo a mi “one”. Y ni siquiera a él como tal, sino a la idea que he tenido de él. Cuánto he extrañado el inventarme historias en mi cabeza en las que siempre hay palabras correctas y finales bonitos. Dios, cómo he podido vivir tanto tiempo solo con la realidad concreta. Menos mal que el otoño existe y me recuerda que las cosas que uno siempre ha esperado siempre llegan al final. Primero el otoño, luego él.

Un día estaré intentando sacar una botella de refresco de una máquina en la estación y esta me robará el dinero como siempre hace y yo empezaré a darle patadas como siempre hago y entonces sentiré una mano en el hombro que me dirá “Espera, yo te ayudo”. Y será él. Yo lo miraré pensando “¿Y este tipo tan lindo de dónde salió?” mientras él se agachará, le hará cosas a la máquina, y sacará una botella de Coca Cola que me dará sonriente mientras me dice “Siempre me pasa pero ya le cogí la vuelta”. Yo, como bobo, cogeré la botella en mis manos sin dejar de mirarlo a los ojos como si fuera un zombie y diré algo como un automático “Glacia”. Y él sonreirá y me dirá “De nada”. Habrá un silencio y entonces me mirará con cara de “Bueno, si nadie más dice nada me voy a sentar aunque en realidad no quiero irme a sentar pero bueno…” y me hará un gesto con la mano como de despedida y se irá. Yo saldré de mi tontería justo a tiempo para gritar: “¡Espera!” Él regresará en una fracción de segundo y me mirará emocionado. Yo, sin saber mucho que decir, pero con la seguridad de que hay que decir algo, lanzaré: “Eh…creo que quiero otra Coca Cola”. Y él sonreirá espontáneamente. Y yo también.

Otra noche, cuando ya estemos empezando nuestra relación, le diré en medio de nuestra comida en un restaurante: “Sabes que he estado con mucho hombres, ¿verdad?”. Él, ante esa noticia que ya él sabía pero que no le gusta a nadie, actuará como los grandes, se tragará lo malo y me dirá, como orgulloso: “Pero nunca has estado con uno como yo”. Y yo sonreiré, lo besaré por encima de la mesa y le diré: “En eso tienes tanta razón”. “Dentro de un tiempo, cuando te coja y acabe contigo, solo pensarás que has estado conmigo”, agregará. “¿Tan bueno eres?”, preguntaré. “El mejor”, dirá como un niño. Yo reiré. “Además, yo tampoco soy virgen”, añadirá. “Cierra la boca”, diré, “no tienes permitido hablar de esos cretinos en mi presencia”. Y él reirá. Y yo lo miraré con cara de bravo, pero le haré un guiño con el ojo.

En los amaneceres en que despertaremos juntos, con la luz implacable de las mañanas que entra por cualquier parte, lo miraré dormido y desnudo. Y me daré cuenta de cuánto me gusta su cuerpo. Los lunares, el cuello, las nalgas, los brazos, las pecas en la espalda, el pelo enmarañado. Él se despertará y me verá mirándolo y me dirá, como si fuera un niño dormido: “¿Por qué me miras?” Y yo le responderé: “No te estoy mirando”. Y él sonreirá con un ojo abierto y otro cerrado, mientras se acomodará en mi pecho y me dirá como niñito: “Tú estás muerto conmigo”. Yo sonreiré sin que él me vea y le diré: “Para nada”. Él ignorará mi respuesta y repetirá “Muerto”. Y yo seguiré sonriendo mientras tomo su cabeza con las dos manos y pongo un pie sobre una de sus nalgas. Y así vigilaré su sueño toda la mañana.

Un día se irá a no sé dónde y yo me pasaré el tiempo lanzando ironías para todas partes mientras finjo que lo ayudo a empacar. De pronto, él dejará de hacer la maleta, me mirará fijo y me dirá “¿Y a ti que te pasa?”. Y yo confesaré como quien solo estaba esperando que le preguntaran: “Tengo miedo que te vayas porque alguien se fue una vez y nunca regresó”. Y él se parará, caminará hacia mí, pegará su frente a mi frente y me dirá serio, déspota, molesto: “¿Y tú crees que yo soy tan imbécil?” Y yo sonreiré y gritaré feliz: “¡Tráeme un regalito!” Y él gritará: “¡Ni este Chupa-Chupa te voy a traer!” Y seguiremos empacando mientras hacemos bromas y nos besuqueamos.

En otra ocasión intentaré estar con otro, solo para demostrarme a mí mismo que sigo siendo el mismo de siempre y que nunca dependeré de una sola persona porque eso está mal. Pero antes de llegar a la otra casa, me invadirá una sensación de desamparo y asco tan grandes que saldré corriendo del lugar sin dar explicaciones. Correré hasta donde quiera que esté él, aunque sea del otro lado de la ciudad, y cuando lo vea, sin decir una palabra, me refugiaré en su pecho como si fuera un niño chiquito y ahí me quedaré. Él, sabio, me abrazará fuerte, me mirará preocupado y me dirá serio: “No me rompas el corazón, ¿ok?” y yo asentiré con la cabeza mientras le aprieto una mano. Y seguiré en su pecho hasta que quiera. Quizás para siempre.

Un día, bajándonos de una bicicleta que compartíamos, me dirá que lo espere que va a comprar cervezas y yo, nervioso, le diré que no puede irse en ese momento porque en la bicicleta me di cuenta que tengo que decirle una cosa. Algo que nunca he dicho espontáneamente en mi vida. Que quizás he sentido y quizás he dicho otras veces porque me han obligado, pero que nunca me ha salido espontáneamente el decirlo así, justo en un día de paseo, al bajarme de una bicicleta. Él me mirará, me llevará aparte porque a nuestro lado habrá una familia de judíos, y me mirará sin decirme nada. Y yo diré, después de un tiempo en que miraré al piso, al techo y a todas partes, las dos palabras que ustedes saben que diré pero que no repetiré aquí porque quiero que la primera vez que me salgan espontáneamente sea él quien las escuche. Y él, serio, me abrazará emocionado mientras yo le digo: “Te prohíbo que me digas que tú también. Ya sabes lo que pienso de decir eso justo cuando el otro te lo dice primero”. Él asentirá, me besará y entrará a comprar las cervezas, mientras yo, en la soledad de la tienda, frente a los judíos, saltaré de alegría. Él saldrá y, desde la distancia y con las cervezas en la mano, me dirá: “¿Ya puedo decirlo?” Y yo reiré y diré que sí con la cabeza. Y él lo gritará. Y la familia de judíos sonreirá.

Hoy tengo la imaginación desbocada. Es el otoño. Nadie debería escribir bajo hojas amarillas y rojas. Espero que lo prohíban.

En la tarde de Acción de Gracias, después del parque para perros y antes del pavo, me fui a dar un paseo yo solo en bicicleta. Un paseo en bicicleta por el otoño. Mi iPod, como si alguien le pagara, no ayuda en nada. Y así sale Willie Nelson, sin que nadie lo mandara, con su versión de “Georgia on my mind”, que es algo así como la canción perfecta. Sobre todo si la canta Willie. Y oír esa música en un domingo otoñal caminando con la bicicleta en la mano por el barrio de mi “one” demuestra ser demasiado.

Así, cuando el minuto 2:14 de la canción llega y comienza la impactante filarmónica de Willie, se hace la magia. La emoción en su estado más intenso. La filarmónica irreverente, las hojas amarillas y rojas, las calles lindas y la seguridad - que nunca debería hacer perdido - de que algún día encontraré a mi “one”, me hacen detenerme y sonreír como yo solo sé. Y estoy convencido de que en ese mismo momento, a las 5:35 de la tarde de este domingo de Acción de Gracias, mi “one”, donde quiera que estuviera, sintió un cosquilleo en la nuca que lo hizo voltearse y mirar hacia el infinito preguntándose qué fue lo que sintió. Y así estuvimos juntos por unos segundos mi “one” y yo, gracias a la magia del otoño y a la filarmónica de Willie.

Algún día estaremos juntos. Algún día habrá un otoño en la pista donde mi hermana corre y él y yo iremos en la bicicleta detrás de ella midiéndole el tiempo. Y así mis historias de palabras correctas y finales felices serán también mi realidad concreta. El otoño ya llegó; ya vendrá él también y estaremos juntos. Después de todo, en el mundo hay 7000 millones de personas y yo - que nunca he sido de vasos medio vacíos - solo tengo que encontrar a uno.


14 comentarios:

Anónimo dijo...

Por favor sigue escribiendo bajo hojas amarillas y rojas! Me hubiera encantado leer este post en el tren!

Grisel dijo...

Pero por qué me haces llorar así Raullll... Lo mejor que has escrito, por lo menos para mí. ME ENCANTÓ, y más que todos los que me han encantado antes, es único simplemente. Sabes, yo creo en el destino, y creo en el amor sobre todo, esa persona que esperas aparecerá cuando menos te los imaginas, como todas las cosas buenas que nos pasan en la vida que siempre suceden cuando menos lo imaginamos. La vida te está preparando para él, no dejes de brillar con luz propia como lo haces siempre, y aunque existan personas que sus ojos no aguanten tu brillo a muchas otras, nos encanta tu luz, pero solo tu One, brillará tanto como tú sin opacarte ni que tu lo hagas con él.
Te quieroooo muchoo
Grisel

Algún día te hablaré de mi One, pero en Privado jajajja

Anónimo dijo...


ME ENCANTAAAAAA,LEYENDO TU ONE, PENSABA EN EL MÍO. ES DIFICIL ENCONTRAR ESA PERSONA QIE SIEMPRE ESTÁ EN NUESTRO CEREBRO, Y QUE A VECES TERMINAS POR RENUNCIAR A ELLA. LA DEMORA ES LA CAUSANTE DE ESTO. LA VIDA PASA Y NO HAY TIEMPO Y ESO A VECES NOS OBLIGA A ESCOJER A UNA PERSONA QUE SE ACERCA PERO QUE NO ES REALMENTE LO QUE QUERIAMOS, Y NOS CONFORMAMOS Y VIVIMOS CREYENDO QUE ESTAMOS VIVIENDO. PERO EL TIEMPO PASA Y CON ÉL LA VIDA. QUIERO CREER QUE ENCONTRARÁS TU ONE, Y NOS LO HAGAS SABER. ME HARÁ FELIZ SABER QUE SI PUEDE PASAR, QUE EN VERDAD OCURRE, Y QUE ES AMIGO MÍO. UN BESO GRANDE RAULI. KEEP ON DOING THE GOOD THINGS....

Anónimo dijo...

RAULO, por qué me has recomendado leer esta maravilla sabiendo que mi otoño está en temporada alta. Deberían prohibirle a la gente escribir en medio del otoño, sobre el otoño y sobre sus sempiternas nostalgias QUE LLEGAN JUSTO A TIEMPO PARA RECIBIR LA PRIMERA HOJA CAIDA DEL ÁRBOL. Raulo, eres maravilloso y sabes algo, no hace falta ningún NOBEL -Finlay no lo recibió nunca-. Muchacho, no hay palabras para expresarte los sentimientos que mueven tus líneas. By d Way, hoy pensaba comentarte que ya me sentía mejor, ahora no estoy tan seguro, el otoño sigue llegando y aunque no vea hojas amarillas, sé que el viento lo trae presuroso. A propósito, no te molestes conmigo, pero el chico que terminas describiendo, se parece demasiado a "My One"... T.Q.M. E1000io

Osvaldo dijo...

Al principio debiste poner algo así como "no apto para los que han perdido todas las esperanzas..."

Ya sabes, es octubre y ayer cumplí años!

Abrazo

Ebony Moon dijo...

Me encanta ver esa sencibilidad en ti, que siempre se que has tenido, pero que ambos sabemos pq debemos a veces esconder. Yo estoy más convecida que nadie q tu ONE and ONLY, está en camino hacia ti y espero que lo sepas reconocer. TQM. Muaa.

Anónimo dijo...

Pues que lo encuentres pronto nene...y que sea el mejor de las compañias para ti..
=)
Un beso desde São Paulo - Brasil

Alain dijo...

Delirante!!!!!

Anónimo dijo...

La verdad genial, muy real, uno d tus mejores posts. Tus colegas habaneros tbn t leemos, jeje Y q no prohiban escribir bajo las hojas

JF Barrens dijo...

hermoso post :)

Amaranta dijo...

Demasiado romántico :)

Xhie dijo...

como me dijo un amigo un dia... "Y el amor quizas no sea tan cruel, ni tan loco, ni tan amor"

Anónimo dijo...

Tenemos unos cuantos amigos en común, uno de ellos dio like a tu post y heme aquí viciosa de tus posts. Uno nunca sabe quién te puede estar leyendo ahora mismo. Así que tal vez tu ONE sea uno de ellos. Por desgracia para mi soy mujer y envidio el mundo dramático que te rodea. Yo encontré mi ONE Raúl, no quiero otro, me repugna hasta el porno y te digo algo...es lo más aburrido del mundo. Feliz y Aburrida!!! Keep writing please

Anónimo dijo...

Llegue acá por algún amigo en común que tenemos y me encantó este post, gracias por escribir y compartirlo


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