viernes, 1 de junio de 2012

Esas pequeñas cosas que también ayudan a morir


Javier conoció a Javier en el mejor momento de su vida para hacerlo. Cerca de un año había pasado sin tener una pareja relevante y su presente constituía una rutina constante de escuela-teatro-casa, que apenas si le daba tiempo para dormir lo necesario, menos aún para lanzarse a la búsqueda de otros seres humanos con los cuales compartir su vida. Entre el agotamiento, la frustración y la tristeza provocados, respectivamente, por las intensas jornadas de estudios y ensayos, el poco éxito de la obra en la que actuaba y la partida del país de uno de sus más íntimos amigos, había caído en un letargo de vida que parecía no tener fin. Pero un día, en la clase de francés de su amigo Ray, conoció a Javier y todo cambió.

Como toda relación destinada a ser importante, no hubo absolutamente ningún obstáculo inicial. Todo fluyó inmediata e intensamente. El romance fue instantáneo, la química extraordinaria, el interés recíproco evidente y la pasión extremadamente intensa. Así, para cuando se dieron cuenta, no iban a clases para quedarse escondidos en el cuarto de uno de ellos, teniendo sexo, contándose los traumas del pasado y sentando sin saberlo las bases de una relación diferente a la que cualquiera de los dos había tenido hasta ese entonces. El otro Javier, recién llegado al mundo de tener sexo con otros varones, tenía poco que ofrecer en términos de heridas del pasado y Javier, concienzudamente, había decidido olvidar las suyas.

En la obra de teatro, el otro Javier se quedaba detrás de los telones, ayudando al resto de los actores, quienes lo adoraban; y cuando estos estaban en escena, tenían sexo donde nadie pudiera verlos, logrando así que para Javier su obra ya no fuera una carga tan pesada. En la escuela todos corrían emocionados a decirle a Javier que “su novio estaba allá abajo esperándolo”. Las familias de ambos amaban a los nuevos integrantes, y como vivían a solo cinco cuadras en casas sin problemas de espacio, se pasaban el tiempo juntos. Cuando salían, todos les decían cosas, ya que a todos les encantaba que ambos se llamaran igual, se parecieran tanto y se quisieran tan intensa y apasionadamente. Si alguien que no los conocía les preguntaba si eran hermanos, ellos se daban un beso en la boca para demostrar lo que verdaderamente eran. Y todos sonreían.

Nadie recuerda cuál fue la causa de la primera pelea. Fue poco después del primer “Te amo”, un día en plena calle. Para cuando se dieron cuenta, un Javier, poco importa cuál, caminaba adelante molesto y el otro le caía atrás con la voz entrecortada diciendo algo como “¡No fue eso lo que quise decir!”. Pero doce minutos después se reconciliaban y todo volvía a la normalidad. Incluso, descubrieron poco después de los “discúlpame” y los “discúlpame tú a mí”, que les excitaba esa sensación de estar reconciliados después de haber estado por algunos minutos en bandos diferentes. Y en plena calle hicieron el amor.

Unos meses después, durante otro malentendido, un Javier dijo algo como “No creo que yo sea feliz”, a lo que el otro Javier no pudo ripostar porque se le llenaron los ojos de lágrimas y se quedó mudo. Entonces el primero lo abrazó y le dijo que todo estaba bien, que solo lo había dicho para ganar la pelea. Y volvieron a reconciliarse sin problemas.

Para cuando llegaron a los seis meses de relación ya discutían bastante. Los celos, especialmente del Javier menos experimentado – quien curiosamente era un año mayor que el otro – aportaban bastante. Todo el mundo le parecía sospechoso y no tenía reparos en apelar a las historias del pasado que le había contado Javier en secreta intimidad para fortalecer sus sospechas. Sus amigos, sus enemigos, sus compañeros de aula y de teatro; todos le parecían posibles candidatos a la infidelidad de Javier. Alguna llegada tarde, alguna llamada a deshora, lo ponían a dar gritos y a proferir amenazas. Entonces Javier lo lanzaba contra una pared y lo sometía sexualmente con violencia, solo para preguntarle al final si realmente pensaba que podía acabar de llegar de alguna escapada sexual. Por toda respuesta, el Javier celoso le decía, bajito y en susurro, mientras se abrazaba con fuerza a su espalda en el piso de la cocina: “Sí, lo sigo creyendo, pero no me importa”. No le importaba mientras estuvieran tirados en el piso de la cocina, pero para cuando se paraban ya lo estaba cuestionando de nuevo.

Por su parte, a nuestro Javier también le molestaban muchas cosas del otro Javier. Su carácter, su capacidad de estarse quejando todo el tiempo de absolutamente todo, su obvio desinterés por algunas cosas de la vida de Javier que este consideraba sagradas. Así, en poco tiempo desarrolló su habitual carácter déspota y extremadamente despreciativo, fingiendo que aquella relación no era tan importante y el otro Javier no era más que uno de los numerosos hombres de su vida. Si bien esto no era cierto, le producía placer el ver como el otro Javier se torturaba con estos comentarios.

Tiempo más tarde, Javier cayó en una profunda crisis profesional. Ya se había graduado y hacía casi un año que había dejado el teatro. Su futuro lo torturaba, ya que siempre se había considerado como destinado a grandes cosas y ahora consideraba que se pudría en su presente. Así, se volvió triste y callado. El otro Javier consideró que tenía problemas con sus amantes. Así, si Javier llegaba tarde porque se había quedado sentado en un parque torturándose, el otro lo recriminaba como lo hacía siempre. Pero ahora, a Javier le parecía aún peor porque el otro se suponía que conociera de su crisis y lo apoyara.

Javier era la clase de hombre que podía pasarse toda una vida siendo el sostén de una relación. Pero como todo ser humano había un día en que se caía y alguien tenía que recogerlo. Y nadie lo recogió. En ese momento, Javier comenzó a odiar muy en serio al otro Javier. A su supuesta inocencia, a su inexperiencia, que no eran más que excusas para ser alguien débil y con el que no se podía contar para nada.

Se lo dijo un día a alguien que no lo creyó, pero él sí se dio cuenta que lo odiaba genuina y profundamente. Pensó en cuán bueno sería llegar a la casa y que le dijeran que Javier había muerto. Así podría ser libre y feliz, acostarse con todos y sin nadie que lo recriminara. Y con la excusa perfecta para estar solo: el amor de su vida había muerto. Pero si bien odiaba al otro Javier, más se odiaba a sí mismo. Por no tener la capacidad de dejarlo. El tener un novio lindo, de su misma edad, sin complicaciones aparentes, que incluso se llamaba igual que él, eran demasiado. Dejarlo era regresar a esa vida de soltero que tanto lo había aplastado antes. Así, por temerle a aquel letargo de vida pasado caía en este otro letargo de vida, no mucho mejor que aquel.

Para cuando llegaron al año ya discutían a todas horas. A todas. No paraban nunca. Enfrente de todos, a solas, por teléfono, frente a frente. Todo el tiempo. No había tregua nunca. La más simple de las conversaciones terminaba enseguida relacionada con sus problemas: “¿Eso es luna menguante?” “No, es luna creciente”. “Y tú, por haberte acostado con muchos hombres, ¿sabes algo de lunas?”. “Y tú, por haberte quedado en casa y no haberte acostado con nadie ¿sabes de lunas?” Y esos eran solos los inicios. De esta forma, ya nadie quería acercarse a ellos.

El otro Javier también odiaba a Javier. Lo odiaba porque dependía demasiado de él y su ausencia de autoestima lo laceraba. Pero no lo decía. Fingía que lo amaba. Un día, le gritó: “¡Yo te amo, hijo de puta!”. Nuestro Javier se acercó a él, le tomó la mano, se la puso en la entrepierna y le dijo: “Esto es lo único que tú amas, no a mí. Si quieres fingir contigo mismo que no es así, hazlo, pero no intentes engañarme a mí.” Dos segundos después, estaban teniendo sexo.

Eso era lo único que hacían sin pelear. En más de una ocasión, cuando ya no podían dejar de parar de discutir y hacía horas que nadie oía lo que el otro decía, alguno se abalanzaba sobre el otro y lo besaba salvajemente. Así, había tregua por unos minutos, hasta que todo terminaba y comenzaban de nuevo las peleas.

Una vez se cayeron a golpes. E intentaron darse en serio para aprovechar por todo lo que sentían. Se dieron con todo lo que tenían. Buscaron lugares estratégicos para saciar su mutuo odio. Caras, estómagos, entrepiernas, corazones. De alguna forma, ese día también terminaron teniendo sexo, a pesar de que estuvieron una semana sin hablarse.

Una vez, un amigo de Javier lo sonsacó. Y Javier, a pesar de que no tenía ganas de tener sexo con nadie - ya que si algo tenía en su relación era sexo - pues se acostó con él. Sin culpas, sin pesares. Sin nada. Esa noche, mientras dormía junto al otro Javier y este lo acusó de haberlo engañado con alguien imaginario, Javier rió en silencio al pensar en cómo lo acusaban de tonterías cuando esa misma mañana él había tenido sexo con quien menos el otro se imaginaba en el lugar menos pensado. Y acostado en aquella cama, con aquellos mezquinos pensamientos en la cabeza, se dio cuenta que su vida era una mierda.

Muchísimas veces se separaron. Pero ninguna duró más de un día. Se llamaban y se reconciliaban, no apelando a un amor que alguna vez los había unido, sino a que era mejor estar acompañados que solos. A veces Javier llegaba a su casa extremadamente molesto con el otro Javier y se juraba jamás regresar. Pero lo hacía. Menos de veinte minutos después sucedía algo y empezaban a discutir de nuevo. Entonces, Javier se mordía el labio hasta casi sacarse sangre de la impotencia y el odio hacia sí mismo.

Nunca salían separados. Nunca se separaban. Javier lo sugirió una vez y el otro empezó a gritar. Era como si supieran que la fragilidad de su relación podía romperse solo por dejar de verse por un rato. Pero un día, Javier se fugó y se fue con una amiga a una fiesta en la playa todo el día y allí cometió el pecado capital: se divirtió. Tomó, bailó y rió como hacía años no lo hacía. Se sintió vivo, sin siquiera darse cuenta que llevaba tanto tiempo muerto. Al regresar a la ciudad se sintió mal inmediatamente. Como si lo confinaran de nuevo a una prisión en la que llevaba ya dos años. Al llegar frente a casa del otro Javier aquella noche, todavía borracho, se sentó en la entrada de la casa y se quedó sentado allí por mucho tiempo. A veces pensaba, a veces lloraba, a veces solo sentía dolor.

Cuando estuvo listo, entró. “No quiero verte más”, dijo. “Nunca más”. El otro Javier, aunque estaba acostumbrado a que se dijeran esas cosas, le creyó esa vez. O quizás creyó que Javier venía de estar con otro hombre y por eso lo dejaba. Lo miró serio y con una cara madura, poco habitual en él, le dijo tranquilo: “Te odio”. Javier lo miró y sonrió. Con esa sonrisa triste de los que terminan con cosas que alguna vez quisieron.

Lo besó y le hizo el amor. Extremadamente técnico, sin una gota de pasión. Al terminar, aún dentro del otro, le acercó su boca a la oreja y le dijo muy bajito, casi en un susurro: “Por mucho que me odies, siempre será poco comparado al odio que siento yo por ti”. Y así se quedaron ambos dormidos.

Al día siguiente, se despertaron raros. Nadie decía nada. Nadie peleaba. Javier se vistió y el otro lo acompañó al portal. Allí se quedaron un tiempo. Y sin mucho conversar, uno al lado del otro, como dos enamorados, alguien creyó notar la complicidad de dos años atrás, cuando se conocieron y se quedaban escondidos en el cuarto para tener sexo y contarse los traumas del pasado. Cuando Javier pensaba que había encontrado al hombre de su vida.

Pero era solo por fuera. Por dentro estaban Derrotados. Derrotados por pequeñas cosas. Pequeñas cosas que al final quizás sean las más importantes, después de todo. Pequeñas cosas que un Javier - poco importa cuál porque en una relación uno solo no tiene la culpa de las cosas – le hizo al otro y viceversa. Pequeñas cosas que uno no aguantó del otro y viceversa. Quizás nunca estuvieron destinados a estar juntos, después de todo, y lo intentaron mucho más tiempo del que llevaba. Ya nunca se sabrá.

Una hora después, Javier se paró, tomó la cara de Javier y lo besó. El otro le dijo: “Quédate” casi como en un susurro. Como quien dice lo que quiere, aunque sepa que no es lo que debe. Javier lo miró serio, le pasó la mano por la frente y negó con la cabeza.

Al irse, el otro Javier se quedó solo en su portal y lloró. En el camino a su casa, nuestro Javier no lloró - hacía mucho que estaba muerto - solo pidió en secreto fuerzas para nunca más regresar.

Nunca lo hizo. Y aunque se habían querido intensamente, cambiado la vida para siempre y jurado amor eterno, nunca más volvieron a dirigirse la palabra.

7 comentarios:

Grisel dijo...

Sin palabras, esas cosas suelen pasar!!!!

Anónimo dijo...

ahora mismo.... el final de esta historia me está pasando. No llegamos a los golpes, pero sí q hemos sido muy crueles el uno con el otro. No nos odiamos pero creo q ha llegado el momento de poner el punto final, justo para q eso no pase.
Y esto no han sido 2 años, si no 7. y me he dado cuenta ahora q se han ido 7 años valiosísimos de mi vida en los q debía estar buscando algo totalmente diferente a él.

Es hora de dejarnos ir. O eso creo yo.
A ver la próxima semana cuando él se entere qué opina de todo esto.... Va a ser duro y difícil. Muy difícil.

Te leo siempre,y en más de una ocasión me he sentido identificada con tus historias. En esta me he sentido escaneada, diseccionada y he entendido de una vez q tengo q seguir adelante.
Hora de sentirme viva.

Gracias Raúl!

Cruella de Vil dijo...

Alguien mas se ha dado cuenta que este post no tiene tantos comentarios en comparacion con los demas? Quiza sea porque al leerlo las personas se quedaron sin palabras, como yo....

" I'll never talk again. Oh boy you've left me speechless. You've left me speechless, so speechless"

Cruella de Vil dijo...

Supongo que es dificil el definir si una relacion tiene salvacion. Cuando es el momento de aferrarse y cuando es el momento de dejar ir... Cuando el tiempo es perdido? cuando se aferra a una relacion o cuando se deja ir? Una pregunta digna de Hamlet.
Pero a mi no me hagas caso, yo solo soy una millonaria malvada que se dedica a capturar perritos para sus abrigos ;)

Mylene dijo...

Ah, esas difíciles relaciones que también nos ayudan a morir, pero que nos mantienen vivos...

Andru Lezore dijo...

No pude haber leído esto en mejor momento que este, justo cuando esta noche termine con ese que ahora diré "Ex"...
Me hiciste reflexionar mucho y creo que dormiré tranquilo, la vida sigue...

Santiago Torres Destéffanis dijo...

"Derrotados por pequeñas cosas. Pequeñas cosas que al final quizás sean las más importantes, después de todo." ¡Así es!

Las relaciones humanas en general, no sólo las de pareja, se ponen a prueba con esa sumatoria de pequeñas cosas porque, en última instancia, son las pequeñas cosas las que nos definen como personas. Los grandes gestos nos definen poco, en realidad. Cualquiera puede tener un gran gesto de desprendimiento y generosidad ocasional, así como nadie está libre de cometer una falta grave en algún momento. Ni una cosa ni la otra dicen cabalmente quiénes somos. Es la sumatoria de pequeños grandes gestos y pequeñas miserias las que hablan de nuestro verdadero yo.

En suma, hasta que no aprendemos a gestionar las pequeñas cosas que nos molestan del otro (porque valoramos mucho más sus pequeños buenos gestos), no hay un vínculo sólido. Y eso, reitero, en cualquier vínculo humano.

Otro sí digo: ninguna relación de afecto está realmente consolidada hasta que las partes no hayan pasado por algún lindo estallido de bronca. Es parte del aprendizaje de convivir con las pequeñas cosas molestas del otro.

En fin, el tema de para mucho más.


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