viernes, 27 de enero de 2012

La historia de Bill y Sally (y un extraño llamado Raúl)


Bill nació en Nueva York, pero se mudó a Montreal junto a su familia cuando tenía 12 años al ser promovido su padre a director de la sucursal canadiense de su empresa. Allí creció sin preocuparse mucho por aprender el francés, o de hecho por aprender cualquier cosa. Cuando cumplió los 16 años ya había desarrollado un problema de abuso de sustancias, que lo llevó a un internado de rehabilitación para adolescentes en cuanto su padre se enteró del problema.

Sally nació en Montreal, en el seno de una familia anglófona, aunque hay que decir que su francés es perfecto. Siempre una de las mejores de su clase, fue declarada clínicamente obesa desde los 10 años, lo que la llevó a la consulta de numerosos dietistas y psicólogos desde pequeña. Radical de izquierda, Sally organizó varias manifestaciones para impulsar propuestas de reformas, aún antes de cumplir los 18 años.

Ambos estudiaron en la misma época en la universidad de Concordia, cuando él ya era completamente drogadicto y ella extremadamente radical y gorda. Se conocieron en un evento organizado por ella para extender la duración de los turnos de clases, al que Bill asistió pensando que era para acortarlos, pero durante el cual se quedó dormido en su silla por haber tenido una noche intensa. Sally lo despertó cuando ya todos se habían ido y se fueron a por un café juntos. Ella le contó cómo pretendía presentar una propuesta de ley de reconstrucción de las aulas y él le confesó cómo pretendía drogarse tanto hasta que ya no pudiera pensar en absolutamente nada.

Tiempo después, Sally llamó a Bill a su casa ya que este no contestaba el celular, pero el que respondió fue su padre quien le dijo que, a raíz de un desmayo prolongado, Bill había sido admitido nuevamente en rehabilitación. Ella preguntó si podía hacer algo, pero el padre le contestó que no, que su hijo, desdichadamente, era su responsabilidad. Dos meses después, cuando Bill salió de la clínica, la única que lo esperaba a la salida era Sally, quien llevaba un pullover hecho expresamente para la ocasión en el que se leía “Drogas, aléjense, que extraño a mi amigo Bill”. Él se rió, la abrazó y se fueron a tomar un café juntos.

Unas semanas más tarde, Bill encontró a Sally sentada sola en medio del campus, sollozando. Su novio la había dejado, no olvidando decirle en su discurso final vocativos como “gorda”, “perra radical” y “frígida”. Bill fue hasta el aula del novio y le lanzó una silla por la cabeza, causa por la cual fue expulsado de la universidad. Desde ese día, Bill y Sally fueron amigos para siempre.

Actualmente, luego de varios años de amistad, de idas y venidas de Bill con la droga y de numerosas dietas y abandono de las mismas por parte de Sally, su amistad sigue siendo la misma. Por estos días, Sally trabaja en una empresa de proyectos de ayuda social vinculada a la comunidad, mientras Bill es asistente de contabilidad en la empresa del padre. Se ven unas dos veces por semana, por lo general en algún café, en el cual se hacen resúmenes de lo sucedido en los días en los que no se han visto.

Un día, en una fiesta de algunos conocidos, se les acercó un muchacho, evidentemente extranjero, quien les propuso venderles una caja de tabacos cubanos. Ambos, al no fumar (y al no conocer al muchacho) rechazaron amablemente la oferta. Pero entonces, el vendedor procedió a sentarse a su lado, alegando que estaba cansado y que de todas formas ya esa noche no vendería nada. A ellos les cayó simpático su desenfado, así que, aprovechando que estaban en una fiesta de amigos, decidieron conversar y conocer algo sobre él.

Raúl había llegado a Montreal tres semanas atrás para participar en un evento sobre la lengua francesa. A mitad de evento, se dio cuenta que el primer mundo le gustaba demasiado como para quedarse solamente once días, así que se gastó todo lo que le había quedado luego de comprarse una laptop en cambiar la fecha de retorno de su pasaje para dos meses más tarde. Dos días después de haber terminado el fórum, descubrió que, si bien tenía donde quedarse gracias a unos queridos amigos, no tenía un centavo. Luego de un humillante momento en el que su tarjeta de metro expiró antes de tiempo y los únicos dos dólares y veinte centavos que tenía en el mundo no le alcanzaban para cogerlo (el metro cuesta tres) decidió que tenía que tener dinero si quería disfrutar del primer mundo.

Así, olvidando que era profesor universitario en su país, comenzó a hacer lo que fuera para conseguir dinero. Cogió los 2.20 y se pagó un chocolate frío para poder sentarse en un cibercafé y tener acceso a la Internet. Primero revendió cosas online, lo que lo sacó de la crisis primera. Pero para revender cosas primero había que comprarlas y él seguía sin un centavo. Para efectuar su primera “compra” tuvo que dejar su pasaporte, su cámara fotográfica y su laptop como garantía de que regresaría. Pero el hambre es un motor impulsor de primer orden, así que todo salió bien y el mismo día de la escena del metro, había logrado ganar sus primeros 90 dólares. Pero si bien este negocio era efectivo, era inconstante y pasaban días enteros sin que apareciera nada.

Raúl había traído de su país natal algunas cajas de tabaco (algunas más de las que debía), así que las puso en craigslist (lista de compra y venta de los países de América del Norte) pero nadie respondía a los anuncios, así que decidió llevarlas consigo a donde fuera ya que vista hace fe, mientras esperaba otros prometidos trabajos en joyerías o limpiando oficinas.

Así, al conocer la historia de Raúl, este les cayó bien inmediatamente. Y esa misma noche, Bill, Sally y un extraño llamado Raúl, se fueron a por un café los tres y conversaron del pasado, del presente y del futuro de ellos tres, de Canadá, de Cuba, del mundo y de la amistad. En los días siguientes fueron a cines, festivales de jazz, festivales de la risa y otras animadas actividades, a las que ellos amablemente invitaron a Raúl. Si bien este notó los problemas de droga de Bill, se dijo que él no era nadie para juzgar a los demás y mucho menos cuando este no había sido otra cosa que amable con él. Lo mismo podía decirse de Sally.

Un día, luego que Raúl regresara de otra fallida sesión de venta de tabacos, le regalaron, en el café de siempre, un libro del que ya le habían hablado, envuelto en papel de regalo y todo. Al llegar a casa y hojear el libro, descubrió que dentro había 250 dólares canadienses. Aterrado, se preguntó cómo habrían podido dejar esa cantidad de dinero ahí y los llamó, pero ambos negaron ser los dueños de este. Raúl intentó protestar al darse cuenta que ese era exactamente el precio de una caja de tabaco, pero le dijeron que si el dinero estaba dentro del libro, y ellos le habían regalado el libro, pues el dinero era de él. Ante la imposibilidad de hacer nada, Raúl tomó el dinero, no sin antes cuestionárselo varias veces.

Por esos días, el contador de la empresa del padre de Bill alertó a este último que su hijo se había quedado sospechosamente dormido en su oficina. Dos días después, Bill pasó del hospital directamente a rehabilitación por tercera vez en su vida. Raúl fue a ver rápidamente a Sally, quien lloriqueaba diciendo cosas como “que no sabía qué hacer para ayudar a Bill”. Raúl no dijo absolutamente nada, solo se quedó con ella y le preparó un té hasta que estuvo más calmada. Después ella misma dijo algo como “la gente es como es y hay que aceptarlos así, que aquí nadie es perfecto”. Raúl no pudo estar más de acuerdo.

Un día, un neurocirujano acabado de llegar de Orlando, en la Florida, al que Raúl se aproximó para ofrecerle tabacos, luego de rechazarlos, le hizo una oferta de trabajo a Raúl. Su recién comprado apartamento (por el hermoso precio de un millón de dólares) estaba completamente inhabitable y le hacía falta alguien que lo ayudara a arreglarlo por un salario mucho más que ventajoso. Raúl le dijo que él no sabía mucho de reparaciones, le contó cuál era su verdadera profesión y que nunca había sido muy hábil arreglando cosas, pero que estaba dispuesto a hacerlo y que si no funcionaba, pues que se lo dijera y ya. Raúl estuvo trabajando en el apartamento del millón de dólares tres veces por semana hasta que se fue de Montreal.

Sally había creado una propuesta para que el gobierno ayudara de manera psicológica a los niños con problemas de peso en las escuelas primarias. El estado le pedía al menos 100 firmas, y una manifestación de al menos 75 personas para considerar la moción como válida y pasarla a la segunda fase, donde evidentemente harían falta ya más ciudadanos involucrados. Raúl, en sustitución de Bill, le dijo que le parecía una excelente propuesta y le dio todo su apoyo moral.

Un mes después, Sally llamó para decir que Bill salía dentro de dos días de rehabilitación y que su padre se había negado a ir a buscarlo. Que ella pretendía ir sola, pero que si quería podía ir él también. Raúl se sintió halagado y aceptó inmediatamente.

Dos días después, Raúl y Sally esperaban a Bill en las afueras de la clínica de rehabilitación luciendo pulloveres hechos expresamente para la ocasión en los que se leía “Mi amigo Bill es el mejor” y “Preséntanos a Lindsay Lohan”. Bill salió con el pelo cortado y algo de tristeza en la mirada, pero sonrió al verlos. Se abrazó a Sally y alguien soltó alguna que otra lágrima. Raúl los miró en silencio y pensó en cómo está bien que en el mundo haya personas que se acompañen las unas a las otras.

Después, Bill lo saludó afectuosamente y le preguntó si ya había vendido los tabacos o encontrado al dueño de los 250 dólares. Raúl sonrió y le dijo que no a ninguna de las dos cosas, pero que ya tenía un trabajo fijo. Luego se fueron por un café, y terminaron tirados boca arriba en el césped del Viejo Puerto de Montreal, dejando que el aire fresco les diera en la cara y sin necesidad de decir ni una palabra.

Unos días después, el neurocirujano partió a solucionar algunos negocios en la Florida y dejó a Raúl con las llaves de la casa, habiéndole pagado el salario de una semana de antemano y con algunos encargos previamente otorgados. Pero justo en ese momento, Raúl tuvo un encuentro inesperado con un Sr. Inaccesible y alguna que otra droga, que lo debilitó y lo dejó en muy malas condiciones, tanto emocionales como físicas. Cuando solo quedaba un día para el retorno de su empleador, y sin haber hecho absolutamente nada, fue a trabajar, solo para darse cuenta no solo que se sentía muy deprimido, sino que además su mano derecha temblaba todo el tiempo y no podía arriesgarse a poner clavos de esa forma o podría causar algún daño a las paredes. Así, llamó a Bill, experto en drogas, para que le diera algún consejo.

Dos horas después, Bill y Sally, cual película de espionaje, hacían su entrada al lujoso edificio por el garaje mientras Raúl les abría la puerta mirando a todos lados y apartando a Bill de los Lambourguinis del 2012. Ya en el apartamento, Bill preparó cafés, tés y algunos compuestos para la resaca que solo él conocía, mientras Sally ponía clavos y cortinas por todas partes y Raúl estaba tirado en el medio de la sala, acostado en el sofá, sin mover un dedo.

Al terminar los trabajos, se quedaron los tres tumbados en el balcón en poltronas increíblemente cómodas, mirando los rascacielos a un lado y al Mont Royal del otro, mientras conversaban sobre los novios y las novias. Entre los tres llegaron a la conclusión colectiva (y sabia) de que personas como ellos no necesitan a nadie si estos no van a aportar nada positivo. Al regresar el neurocirujano al día siguiente, felicitó a Raúl por su trabajo y le dio un dinero extra. También le dijo que sus padres lo habían criado de una forma muy decente. Raúl estuvo de acuerdo con esa frase, y en su mente agregó que también tenía suerte de haber conocido a más de una persona correcta en el momento correcto.

Tres días después, Bill llamó a Raúl preocupado porque Sally estaba en la Corte de Aprobación de Leyes haciendo la manifestación, cuando tan solo 43 personas habían firmado la propuesta. Y así fue como Raúl, quien pesa 124 libras (118 antes de irse al primer mundo) y Bill, quien no tiene muchas más, se sumaron a una manifestación a favor de los derechos de los gordos y gritaron con fervor cosas como “Gordos, pero con derechos”, junto a Sally y el resto de los participantes. La moción no fue aprobada, pero Sally prometió no cejar y repetirla lo antes posible. Al final, cuando ya se iban y recogían los carteles, los miró y les dijo, con una lágrima a punto de salírsele de los ojos: “Gracias, chicos”. Bill y Raúl le dijeron que no sabían de qué hablaba.

Una semana después, Raúl se fue de Montreal. El día antes se reunió con ambos en el café de siempre y les agradeció por todo. Ellos, fieles al guión, dijeron que no habían hecho nada. Raúl les dijo que quería regalarles algo, y sacó una caja de tabaco. Ellos se echaron a reír. Él les dijo que no le importaba si se los fumaban o no, que incluso podían regalarlos, pero que quería que al día siguiente, a eso de las 4 de la tarde, cuando él estuviera ya montado en el avión, se fumaran uno cada uno en su honor. Ellos estuvieron de acuerdo. Al final, Raúl abrazó a Bill y le dijo en secreto que cuidara a Sally. Luego abrazó a Sally y le dijo en secreto que cuidara a Bill.

Al día siguiente, al abrir la caja a la hora acordada, Bill y Sally se encontraron dentro un sobre con 250 dólares canadienses y una nota que decía: “Gracias”. Ellos sonrieron, y se fumaron el tabaco en su honor, mientras hablaron de las personas que se encuentra uno en esta vida. En ese mismo momento, Raúl, en el avión que lo llevaba de vuelta a casa, pensaba en silencio en cómo sería este mundo si hubiese muchos más Bills y muchas más Sallys.


PD: Dedico este post a mi amigo Bill, quien lleva 181 días sin consumir droga y a mi amiga Sally, quien lleva 29 años siendo fabulosa. También se lo dedico a Filber, Mariela, Leo, Stéphane, Duglas, Marco, Harold, Sarah, Pascal y todos aquellos que, sin esperar nada a cambio, hicieron que Raúl disfrutara a plenitud su estancia en el primer mundo.

12 comentarios:

Mylène dijo...

Todos hemos encontrado Bills y Sallys; aunque no son los que abundan. Muy lindo post.

Alex dijo...

No, lo que no abundan son Raules!

Mónica dijo...

Lo de “Preséntanos a Lindsay Lohan”... es que me parto de la risa. Una vez más genial. Gracias Raulito. Extraño las escaleras!

Charly Morales Valido dijo...

Una estupenda historia, estupendamente escrita... ¿No se llamará esto El estupendo escribir? Saludos desde Vietnam!

El cazador de burbujas dijo...

Oh te quiero tanto!!! Gracias por ser mi amigo!

Anónimo dijo...

Excelente! El estilo muy depurado - casi un buen estilo?- la tercera persona - siempre mas elegante - muy bien empleada, el efectismo usado en las dosis que fueron necesarias... yo que sonrio poco, hoy sonrio

Andru Lezore dijo...

Me emocione demasiado leyendo este, no sabes el bienestar emocional que me produce leerte! gracias!

MikeLong08 dijo...

Wow...
Pocas veces, pero provechosas. Que bonita anecdota.

Santiago Torres Destéffanis dijo...

Nuevamente, me emocioné.

Es cierto, tuviste la suerte de dar con Sally y Billy, pero --estoy convencido de ello-- contar con el afecto y la lealtad de las Sallies y Billies de este mundo, deja de ser obra de la diosa Fortuna: es mérito de las propias virtudes (las de verdad, no las impostadas). "What goes around, comes around", dicen por esos lares. "El mundo es redondo" o "todo vuelve", decimos nosotros. Algo de eso hay, pero no por una misteriosa ley mágica sino por la sencilla razón de que ser buena gente conquista la lealtad de otra buena gente que, de buen grado, lo ayudará a uno. Y ser un hijo de puta, más allá de éxitos de corto plazo, casi siempre asegura un largo plazo miserable, porque casi inevitablemente se termina rodeado de otros hijos de puta, tal vez peores que uno. Desde ya que hay excepciones en ambas puntas del espectro, pero son eso: excepciones.

En nota aparte, admiro tu emprendedurismo (uno de los neologismos de moda que detesto): la falta de dinero me hubiera paralizado. Admiro a la gente que es capaz de sortear esas vallas que a mí me resultan inabordables.

Charlie dijo...

Sin comentarios... de lo mejor que he leído en mucho tiempo.

Maria Lopez dijo...

Tan sencillamente estupendo como tú. Te mando un beso grande y todos los éxitos del mundo en este nuevo año 2016. Si todavía no te has dado cuenta, tienes un talento increíble para escribir. No lo abandones porqwue eres grande. Un besote enorme.

Ana Maria Lepis dijo...

Muy lindo


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