martes, 20 de diciembre de 2011

Los rivales (II)


Segunda parte: Eduardo

(1 +1 = 2)

Me sentí bajo. Me sentí culpable de todo lo que había pensado hasta el momento. Me sentí tonto por haber creído que me habían escogido a mí por ser el mejor. Y me sentí mal por Eduardo. Después de todo, yo también tenía problemas familiares; en cierta medida, nadie podía entender la gravedad de una noticia como aquella tan bien como yo. Pensé en decir que no quería participar en ningún concurso, pero después de pensarlo mejor me di cuenta que alguien tenía que hacerlo. Eduardo, obviamente, no estaba en condiciones. Y con Lídice Marrero no podíamos contar. No, tenía que ir yo. Además, algo insistía en recordarme que Eduardo no era mi amigo, que esa situación no debía torturarme a mí. Pero no me sentía para nada cómodo: aquella no era mi idea de ser ganador.

Cerca de una semana después, en un receso, me encontré a Eduardo. Me había enterado que no estaba yendo a la escuela, pero obviamente ya se había incorporado. Parecía estar igual que siempre. Ni un pelo fuera de lugar. Pero estaba solo. Los demás le huían secretamente. Los niños se ponen nerviosos ante situaciones como esta, así que prefieren no acercarse mucho. Así ensayan desde pequeños las actitudes que repetirán luego cuando adultos. Yo también lo miré sin saber muy bien si decir algo, así que solo le hice un gesto impersonal con la cabeza que él casi ni respondió y seguí caminando.
 
Que un niño se quede sin madre es la prueba evidente de que no hay justicia en este mundo. Después de eso, no hay vuelta atrás a una vida ingenua y despreocupada. Hay que crecer obligatoriamente. Y nadie puede entender eso mejor que otro niño con problemas demasiado similares. Por eso tenía algo parecido a un cargo de consciencia por ni siquiera haber hablado con Eduardo. Pero yo mismo me justificaba con la idea de que yo ni siquiera la caía bien como para tener que estar haciéndome el comprensivo con él. Además, aunque fuera en lo externo, estaba igualito: la misma cara que no trasmitía emoción alguna de siempre.

Pero unos días después, en el último repaso del equipo de matemáticas antes del concurso, Eduardo perdió la compostura. Alguien dijo algo sobre la hora en que nos iría a buscar la guagua el día de la competencia, y entonces Eduardo se paró y salió del aula, visiblemente molesto. Todo el mundo me miró a mí como si yo fuera el responsable. Yo me sorprendí, pero luego de analizarlo mejor, también me molesté y salí. Como buen amante de la justicia, odio el chantaje emocional. Resultaba que ahora el malo era yo; no había forma de ganar con Eduardo.

Al salir lo miré como pidiendo una explicación por el ataquito. “Ellos me dijeron que iría yo al concurso”, me dijo. “Sí, pero después de eso…”, intenté decir, pero por supuesto no podía hablar del tema. “Eso no tiene nada que ver”, me dijo “yo quiero ir y sé que puedo hacerlo.” Ahí me cansé yo, que siempre he sido de sangre caliente. “Bueno, la causa por la que te habían escogido era porque yo tenía problemas familiares, tampoco era que te lo hubieses ganado”, le dije. Él me miró sorprendido. Obviamente nadie le había hablado sin lástima en las últimas semanas. Además, nunca en todos esos años habíamos expresado verbalmente nuestra rivalidad. Pero finalmente estábamos siendo honestos. “Tienes razón, no había pensado en eso”, me dijo reflexivo. “Nos hicieron lo mismo a los dos”, agregó. “¿Por qué mezclan las matemáticas con las demás cosas?”. ¡Ah, mis pensamientos exactos!

“Pero si quieres ir, pues ve tú y ya. Ahora todo el mundo la va a coger conmigo si voy yo”, le dije decidido. Pero él respondió lo que tenía que responder. “No, al final es lo mismo. Se está decidiendo esto por cosas que no tienen que ver con los números.” Ese sí era un comentario propio de alguien que es amante de las matemáticas/justicia. “Pues bueno, tendremos que ir y hablar para que nos hagan una prueba o algo, porque si seguimos así, van a mandar al concurso a Lídice”, dije. Y él sonrió. Y así, gracias a Lídice Marrero, por primera vez estuvimos finalmente en el mismo bando. Estuvo bien que habláramos de esa forma, sin ningún tipo de hipocresía social, lástima o falsa modestia. Esa adultez que tienen algunos niños y que intentan ocultar de los demás para parecerse a ellos, hay un momento en que es necesario sacarla fuera.

Fuimos a ver a la profesora a informarle de nuestra decisión. Esta nos miró con lástima. Eduardo y yo la miramos con odio. “Bueno, pues ya que insisten, haremos una prueba”. Ella insistía en hablar en plural. “Mañana, después del receso.” Finalmente: justicia. Una prueba para ver quién era mejor, al margen de la lástima, los problemas personales y las opiniones de los demás.

Al salir del departamento de matemáticas, habiendo obtenido finalmente nuestro derecho a que se nos juzgara justamente, Eduardo y yo no supimos muy bien cómo tratarnos el uno al otro. Habíamos sido muy honestos antes, y luego habíamos obtenido lo que queríamos al actuar juntos, así que ahora nos tocaba volver a nuestra posición antagónica. Pero, ni siquiera sé muy bien cómo, hicimos lo inimaginable: quedamos en que esa noche estudiaríamos juntos. Algo acerca de un libro que uno de los dos tenía y el otro no. Jamás se me hubiera ocurrido que Eduardo Bermúdez y yo podríamos estar juntos en algún lugar que no fuera un concurso o un aula de matemáticas, pero cuando me di cuenta, esa noche me fui a estudiar a su casa. A estudiar juntos para una prueba que tenía como única función determinar cuál de los dos era el mejor.
 
La casa de Eduardo, contrario a lo que yo siempre había pensado, estaba lejos de ser perfecta. Era una de esas casas de madera destruidas tan comunes en ciertos barrios de Marianao. Su papá era un señor mayor que casi parecía su abuelo, quien se alegró mucho de que vinieran a visitar a su hijo, y su hermanito era chiquitico y tenía el pelo exactamente como el mío. Había dos sofá-camas, en uno de los cuales nos sentamos porque en la mesa estaba el televisor. En una esquina, sobre un pequeño cristal que fungía como estante, había unos libros de matemáticas. Recuerdo que su maleta era idéntica a la mía. Nada de mochila; una de esas maletas rusas de nuestras infancias que había que llevar en la mano. Eduardo lucía mucho más normal sin uniforme. Y al igual que todos los niños que se ponen de acuerdo para estudiar, no lo hicimos. Solo conversamos y vimos televisión con su papá y su hermanito. Al final me acompañaron a la esquina los tres para vigilar que no me pasara nada mientras caminaba hacia la avenida.

Y al día siguiente fue la prueba. Esta, por alguna razón, generó una alta expectativa en toda la escuela. Por lo menos en mi aula ya todos lo sabían y hablaban de eso, deseándome suerte, y a la hora del receso, niños de otras aulas también se me acercaron y me hablaban al respecto. La profesora estaba nerviosa y se le caían las cosas. Nos sentaron a dos mesas de distancia y nos pusieron una prueba “de verdad”, no una de esas que le ponían a los niños normales de quinto grado, en las que era tan fácil sacar 100. Estuvimos tres horas ahí y al finalizar, la profesora nos dijo que diéramos una vuelta, mientras ella y otros profesores calificaban. Como no supimos qué hacer en ese tiempo, y como afuera los demás niños nos torturarían con preguntas, decidimos quedarnos ahí mismo esperando los resultados.
 
Hablamos de un poco de tontería, de la pregunta 4 y esas cosas, hasta que después de un silencio, Eduardo habló. “Disculpa”, me dijo. “¿Por qué?”, le pregunté. “Por lo del diploma de las Olimpiadas. Quizás si yo hubiera dicho algo, lo habrían quitado o arreglado, pero no dije nada”. “¿Y por qué no lo hiciste?”, pregunté de nuevo. “Tú no me caes muy bien”, confesó. Parece que el odio no era solo de mí hacia él. “¿Por qué?”, volví a preguntar. “Tú estás en todos los equipos de la escuela y yo nada más en el de matemáticas. Yo me paso los días estudiando y al final sabemos casi lo mismo. No sé ni cómo te las arreglas para estudiar otra cosa”. Vaya, nunca lo había visto de esa manera. Pude decirle que en cada uno de los otros equipos había siempre alguien que era mejor que yo, pero no dije nada.
 
“Además, cuando me escogieron a mí por tus problemas familiares ni siquiera me importó”, agregó. Hay niños que lamentablemente aprenden demasiado temprano que el mundo es injusto. Pero también aprenden, antes que los demás, que si bien hay injusticias que no se pueden reparar, hay otras que sí. Entonces me di cuenta que todo el odio que sentía por Eduardo, necesitó de tan solo 3 minutos de conversación para olvidarlo. “No te preocupes”, le dije afablemente. En eso entró la profesora jefa junto al resto de los profesores de matemáticas, Lídice Marrero, y otros niños curiosos que nunca supe qué hacían ahí. La miramos y le preguntamos: “¿Ya?”. Se acercó y nos enseñó las dos pruebas al mismo tiempo, sin atreverse a hablar. Y ahí estaban, los resultados que tanto habíamos esperado: “Raúl Reyes – 99,5 – Eduardo Bermúdez – 99,8”.

Eduardo puso una cara, mezcla de sorpresa, satisfacción, alivio y vergüenza. “Gané”, dijo, con el mismo tono con que alguien dice “presente” cuando pasan la lista. Yo descubrí que me encontraba tan desconcertado como él y le dije todavía mirando al papel: “Ya lo veo”. Y, sin saber por qué, me sonreí. Esa sonrisa me costó caro, ya que gracias a ella comenzó todo un rumor en la escuela de que yo había dejado ganar a Eduardo. Ya la gente había visto sospechoso que yo renunciara a ir al concurso y había solicitado una prueba, pero ahora con la sonrisa (que la estimada Lídice Marrero le había contado a todo el mundo) era ya la confirmación de mi heroico gesto. Tanto fue así, que un día el propio Eduardo me preguntó si yo lo había dejado ganar. No lo preguntó molesto, solo con curiosidad. “Si te hubiese querido dejar ganar habría sacado 92, no 99,5”, le dije. Y él me miró con cara de poco convencimiento, pero asintió con la cabeza.

Pero ahora, muchos años después, he aquí la verdad solo para ustedes: no dejé ganar a Eduardo. Por supuesto que no lo hice. Es cierto que sí quise hacer algo por él por la pérdida de su madre, pero sabía perfectamente lo que tenía que hacer: darle la mejor competencia de su vida. Eduardo era tan competitivo como yo, el llevarlo hasta sus límites era el mejor regalo que podía hacerle. Cuando la rivalidad es buena, los resultados son secundarios. Y así y todo me ganó. Me ganó (y esto también es la primera vez que lo digo) porque era mejor que yo.

El día anterior al concurso, la profesora vino a decirme que Eduardo le había pedido que quitaran el diploma de las Olimpiadas de la vitrina de los logros de la escuela. O que le agregaran mi nombre abajo. Ella le dijo que era mejor que lo dejaran ya todo así, que “en la vida las victorias vienen de muchas maneras” y otras explicaciones que ahora me repetía a mí, pensando que Eduardo y yo habíamos acordado aquello juntos. Pero ya a mí no me importaba. En el momento en que me enteré que Eduardo había pedido aquello, la injusticia del diploma me había dejado de importar. Supongo que la profesora tenía razón y en la vida, las victorias vienen de muchas maneras.

Pero ese mismo día, Eduardo, quien obviamente no se había conformado con las explicaciones, le contó a Lídice Marrero, quien a su vez le contó a toda la escuela, que en realidad la multiplicación no solo la habíamos encontrado entre los dos, sino que mis aportes habían sido fundamentales para ello. Eso no era exactamente así, pero lo entendí como un guiño de Eduardo para lograr algo de justicia. La justicia también puede llegar de muchas formas. Así que el día del concurso todos me trataron bien y me felicitaron, no solo por la multiplicación, sino por tener el decoro de renunciar a mi derecho de ir al concurso y solicitar una prueba.

Y mientras yo era héroe por un día, Eduardo se las arregló para ganar el concurso provincial. Así mismo: primer lugar. Tres semanas después de lo de su mamá. Quizás fuera mecanismo de defensa el refugiarse en las matemáticas o quizás era puro talento natural, que en ocasiones se agudiza más cuando estamos bajo mucha presión. No lo sé, ni creo que sea relevante: Eduardo ganó. Cuando mi mamá murió dos años después, para demostrar que Eduardo y yo teníamos mucho más en común que maletas iguales y amor por las matemáticas, no estoy seguro que yo hubiese sido capaz de hacer algo así. O a lo mejor sí, ¿por qué no? Después de todo, Eduardo y yo siempre nos parecimos mucho.

Retiro lo dicho: sí había algo perfecto en casa de Eduardo. Algo que no noté ese día, pero que ahora que me he animado a contar esta íntima historia, lo veo clarísimo. Eduardo. Eduardo era perfecto. Pero no esa perfección que viene de tenerlo todo, sino la que te da el no tener nada y así y todo, tenerlo todo. Esa que viene de no tener un hogar tradicional, pero sí tus libros de matemáticas forraditos sobre un cristal que funge como estante. Se merecía ganar y al hacerlo, finalmente, se hizo justicia.

Eduardo Bermúdez fue reclamado al año siguiente por su familia materna, junto a su hermanito y su papá, y se fue a vivir a Maine, en los Estados Unidos. Desde entonces, no he vuelto a saber de él. Pero estoy convencido de que algún día me levantaré por la mañana, y al revisar las noticias del día en Wikipedia, veré la foto de un hombre muy elegante, sin un pelo fuera de lugar, sobre un texto que diga: “Esta mañana, Eduardo Bermúdez, de origen cubano, ganó el primer premio Nobel de Matemáticas de la historia”. Y me echaré a reír a carcajadas, mientras les digo a todos que el Nobel de Matemáticas competía conmigo en la primaria y por supuesto, nadie me creerá. Pero no importa, será como vivir la historia de nuevo. Y de hecho, quizás me dé las fuerzas para intentar superar su logro. En ocasiones, no hay nada más necesario que un rival.

En cuanto al diploma de las Olimpiadas, pues alguien se lo robó. Así como lo oyen. Un lunes en la mañana al entrar a la escuela se descubrió que alguien había roto el cristal y se lo había llevado. Nunca se supo quién lo hizo, aunque se rumoreó que la culpable era Lídice Marrero, a causa de su envidia por no haber estado en el equipo ganador. Sea como sea, la verdad nunca se supo. Pero si el viernes anterior, a eso de las siete de la noche, el guardia que cuidaba la escuela hubiese mirado hacia atrás en vez de oír su radio, quizás habría podido ver extrañado cómo en la distancia dos niños de maletas iguales y un amor por las matemáticas increíble corrían como si les fuera la vida en ello, blandiendo un papel en las manos en señal de victoria por haber cambiado, aunque fuese un poco, la injusticia del mundo.

8 comentarios:

Jorge Enrique Astorga Hernández dijo...

Debo decir que nos resulta ( a mi novia ya a mí) hipnótico leerte. Quizás sea por la crudeza, la transparencia y la mezcla de sarcasmo y humor negro que al parecer es tan identitario en ti como tu carnet. Nos tienes adictos. Sigue escribiendo Raúl, al parecer es un buen camino para lastrar todo lo que llevas ( y en muchos casos llevamos los que te leemos) dentro. Un abrazo. Jorge Enrique Astorga.

Anónimo dijo...

no me canso de subestimarte, cada vez que uno de tus posts me sacan una lágrima (o varias), creo que ningún otro logrará hacerlo... y luego me sorprendes... y luego vuelves a hacerlo. para mí este ha sido de tus mejores. FELICIDADES!!!

Lizk dijo...

Aunq no lo creas desde el unico lugar que puedo revisar tu blog es desde mi work y a pesar de que paso mil trabajos para poder conectarme al sitio por la supermegalenta maq con la que trabajo, es lo primero que hago...tus escritos son un todo incluido, lo mismo lloras que te ries a mas no poder...tienes el don de la palabra, no nos hagas prescindir de ella NUNCA...Besisssss,Lizk

Monica dijo...

Me has hecho reír a carcajadas y derramar unas lágrimas con el corazón estrujado.¿ Cómo se puede escribir tan bien? Por favor sigue...

Mylène dijo...

Uno de tus mejores

Mireya dijo...

Simplemente Hermoso

Andru Lezore dijo...

Es tan intenso leerte es una automática transportación a tu vida,a tu infancia, a tu mente... Qque manera Raul! que manera!! y ya te tuteo pues me he siento familiarizado contigo! jaja
un abrazo sincero!

Santiago Torres Destéffanis dijo...

Mi estimado Raúl:

La verdad, me tuve que tomar mi tiempo para escribir un comentario sobre tu post doble acerca de tu relación con aquel “rival” de la niñez. Y ello por una razón: de todos los posts que he leído hasta ahora (sé que aún me quedan muchos por leer) es aquel en que —en mi modesta perspectiva— emerge con mayor claridad la alta complejidad de tu personalidad moral. Y no me sorprende esa complejidad: las personas muy inteligentes, sensibles y buenas tienen personalidades morales laberínticas, pletóricas de vericuetos por los que discurre, sin solución de continuidad, su irrefrenable necesidad (afortunadamente incurable) de evaluar la conducta propia y ajena —pero más la propia— desde un marco de valores riguroso. “¡Pero éramos niños!”, me podrás decir. La “verdad de la milanesa” —como decimos en el Río de la Plata— es que los seres humanos consolidamos definitivamente nuestra personalidad en la segunda infancia. Después, por cierto, la enriqueceremos con nuevos pliegues, puliremos aristas molestas; en suma, haremos eso que se da en llamar “madurar”. Pero la esencia de aquello que somos se mantiene inalterada desde esa temprana etapa de nuestra vida.

En tu “double-decker post” ponés de manifiesto tu espontáneo sentido de justicia (espontáneo pero seguramente corolario de los valores que tu mamá consciente o inconscientemente te trasmitió), tu sólido sentido de la dignidad, tu humanísima vertiente mezquina y egotista (que con irreverencia y honestidad reconocés sin ambages), pero también —y es lo más valioso de todo— tu capacidad para superar la mezquindad, no dejarte arrastrar por ella, y así ser justo e incluso generoso (que por cierto no es lo mismo que ser justo). Y por si fuera poco, tener la maravillosa capacidad de ponerse en el lugar del otro, o sea, la empatía.

Al menos para mí, todo eso resulta refrescante en medio de la posmodernidad, caracterizada por la abundancia de gente que parece ser incapaz de zafar de la autoindulgencia o —peor— adolece de pereza moral y apela a coartadas retóricas para autojustificar sus trapisondas y cobardías. No es que las buenas personas no cometan trapisondas y cobardías; desde ya que las cometen, pero no se autojustifican, no apelan al insoportable fatalismo psico-moral del “yo soy así”, y están mejor prevenidos para evitar incurrir en esas debilidades.

Tu narración, además, me inspira reflexiones de orden político o filosófico-político. Empero, por ahora prefiero guardármelos porque no quiero arriesgar a contaminar el “thread” de comentarios con un debate de esa naturaleza.

Ah, por cierto: una vez más, terminé lagrimeando y no de tristeza.


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