martes, 8 de noviembre de 2011

El herido


En un rincón de la casa, casi en una esquina, yace, agitado y sudoroso, el hombre herido por la bala del pasado.

Tiembla, gime, podría parecer incluso que llora. Pero no lo hace: aunque lo ha intentado, no sale nada. Algo, no podría decir si en el pecho o en el estómago, le oprime y casi no lo deja respirar. En medio de su agonía, piensa en la bala. Quizás doliera menos si no pensara en ella, pero no puede dejar de hacerlo.

Todo sucedió muy rápido cuando, al doblar en una esquina, se la encontró con un vestido blanco con rayas rojas con el cual nunca la había visto antes. Se saludaron y todo pareció normal. Todo fue normal. O por lo menos eso pensó. Pero, aunque no lo sabía, ya estaba herido.

De camino a casa empezó a sangrar. No se dio cuenta enseguida, pero dos cuadras después del encuentro con el pasado vestido de blanco con rayas rojas, ya casi no podía caminar. Temblaba, y todos los pensamientos que hasta hacía algunos minutos paseaban por su cabeza, se habían ido, como huyendo del pasado, de la bala o de las rayas rojas.

Al entrar a la casa, completamente vencido por el dolor, el cual se hizo aún más insoportable en los últimos minutos al tener que ocultarlo de los conocidos que lo saludaban en el camino, se lanzó al piso en cuanto pudo cerrar la puerta y se arrastró precipitado hacia esa esquina de la casa, como si el piso pudiera aliviarlo, como si al yacer en lo más bajo lo único que podría hacer después sería subir.

Intentó gritar, pero no pudo. Lo intentó de nuevo, con el mismo resultado. Algo, lo mismo que no lo dejaba llorar, no lo dejaba gritar. Se mordió una mano, intentó aguantar la respiración hasta ahogarse, dio puñetazos en el piso; todo lo que se le ocurrió para intentar dejar de pensar en la bala que, cuando menos lo imaginaba, cuando ya pensaba que no podía herirlo, venía a alojarse en alguna parte de su cuerpo. Pero en vano.

Una hora después, luego de contorsiones y temblores, espasmos y gemidos, es un hombre deshecho lo que yace bocabajo en el suelo de su casa. Sabe que está solo en esto. Que al pasado vestido con rayas rojas apenas si le cambió el curso del día. Este pensamiento hace que la bala sea aún más dolorosa y el dolor más triste.

De pronto, al recordarla con otro vestido, uno azul esta vez, con el cual la conoció y que ahora luce tan distante, tan efímero, algo lo lacera en lo más profundo. Es como si metiera el dedo en el hueco que dejó la bala para intentar sacarla. Un grito, un movimiento desesperado de los párpados, un momento en que todo se detiene, y sale una lágrima. Enseguida vienen otras, más inesperadas, más abundantes, más reales. Llora. Como un niño pequeño. Unos segundos en que desesperación y llanto confluyen, y luego ya no hay más desesperación. Solo llanto.

Luego de llorar como no sabía que era capaz, el hombre herido por la bala del pasado extiende los músculos contraídos, aprovechando que ahora su respiración lo deja. Hay algo de temblor, pero menos. Todavía bocabajo, estira las piernas, los brazos y el cuello. Así, más tranquilo, con la cara pegada completamente al piso, sus ojos se fijan en el borde inferior de una puerta que está a su lado. Y así, contemplando este borde, sin mover un párpado o un dedo, su respiración se va haciendo cada vez más lenta y su pulso más débil hasta que sus ojos finalmente se cierran.

No está muerto: las balas del pasado no matan, solo hieren, lo cual quizás sea peor. En unas horas abrirá los ojos de nuevo y lo verá todo oscuro. Al recobrarse y prender las luces, estará sereno. Pero no durará. Habrá otros ataques, que se multiplicarán en los días siguientes, hasta que empezará a tenerle más miedo a los ataques que al mismo pasado.

Pero pasará. La bala nunca saldrá de su cuerpo, pero el dolor sí. Se hará inmune a él, pero para ello tendrá que pasar por los espasmos, los ataques y los miedos. No hay manera fácil de librarse del pasado. No si el pasado era tan hermoso cuando se vestía de azul.

Mas eso será después. Por ahora, sigue tirado en el piso. Su respiración es normal, sus ojos están cerrados, su boca está medio abierta y sueña con un campo amarillo por el que corre sin preocupaciones. En alguna otra parte, el vestido blanco de rayas rojas ríe. En un rincón de su casa, bocabajo, el hombre herido por la bala del pasado, descansa. Un día, él también reirá. Por ahora, descansa.

4 comentarios:

Charly Morales Valido dijo...

Muy bueno... y nadie está blindado contra esos balazos, pero lo que no mata fortalece...

Mylène dijo...

Genial!!!

Anónimo dijo...

...el hombre herido por la bala del pasado no solo ya se rie, sino que bromea acerca de la bala; Ella, feliz en la calle, llega a su casa solo para yacer en la esquina, preguntandose por que el herido rie y porque su vestido es ahora rojo y con muy pocas rayas blancas...

Santiago Torres Destéffanis dijo...

Prosa que exuda poesía.


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