martes, 2 de octubre de 2012

El sistema


Los nuevos lugares en Cuba para encontrar personas se llaman “Registro de la Propiedad” y “Dirección de la Vivienda”. Todo el mundo parece estar ahí. Vendiendo sus casas, comprando otras, poniéndolas a nombre de sus hijos…lo que sea. Cientos de personas cada mañana disfrutando del nuevo poder que - finalmente - se les ha conferido. Aunque la televisión insista en que es un proceso extremadamente sencillo y rápido, la realidad es bastante diferente. Aquello es una locura de plazos sin sentido, incongruencias y demoras sin y con explicaciones que conducen a los inevitables pagos a arquitectos y abogados para agilizar (un poco) el proceso. Pero nada de asuntos mundanos en mi escritura; esto es solo para introducirles el lugar donde me encontré a uno de los participantes de otro sistema del que fui parte alguna vez, y que también consideré como una locura sin sentido en ese entonces, pero el que quizás no haya sido tan malo, después de todo.

Pues allá estaba yo, en la Dirección de la Vivienda de mi natal Marianao, cuando lo vi. Haría más de 20 años que no lo veía (¿qué edad tiene uno cuando está en segundo grado?) pero lo reconocí inmediatamente. Hay gente de la que uno no se acuerda jamás hasta que se sientan frente a ti y piden el último. Él me miró y me reconoció también, estoy seguro. ¿Es que acaso uno no cambia nada en 20 años? Aunque no me sorprendió para nada. Soy de la opinión de que la gente que se conoce cuando son niños, siempre tendrán la capacidad de reconocerse los unos a los otros durante todas sus vidas. Aunque engorden, envejezcan o cambien drásticamente de carácter y de corte de cabello, si se conocieron en las primeras etapas de la vida siempre podrán saber que son ellos cuando se sienten frente a frente. Es, quizás, uno de los más hermosos códigos de la naturaleza.

No me acuerdo de su nombre pero recuerdo que era inventado. Tan común en mi época. Algo como Audién o algo así.  Nombres que me hacen sentirme orgulloso de mis padres. Pues Audién y yo, junto a todo nuestro segundo grado, fuimos sometidos a un proceso experimental de aprendizaje, del que desconozco si fuimos la única aula en el mundo o - que debe ser lo más lógico - todo el país pasó por lo mismo. Pero como la mayoría de los seres que me rodean han olvidado los detalles menores de su pasado nunca he sabido la respuesta. Tampoco he preguntado, de todas formas.

Mis compañeros de primaria fueron siempre los mismos, desde preescolar hasta sexto. Audién no era uno de nosotros. Llegó a mitad de segundo grado, como parte de un proceso de rotación para alumnos con serios problemas de conducta. De vez en cuando nos caía alguno. Pasaban por varios grupos hasta que inevitablemente terminaban en una temida “aula especial” del que todo el mundo había oído hablar pero a la que pocos habíamos visto. Y  justamente por los días de su llegada a nuestra aula se implantó el sistema. Dividieron a toda el aula en grupos de a seis. Tres mesas de dos niños cada una. Dos unidas a lo largo y otra pegada por la cabecera de las otras dos. Nuestra propia meda redonda rectangular.

Aparentemente no teníamos una distribución lógica. Nadie era el jefe. Pero estaba muy raro aquello de que los grupos tenían nombres y apellidos seleccionados a priori. Nadie pudo escoger dónde o con quién sentarse. Así que no tardé mucho en darme cuenta de que nuestra división no era ni tan aleatoria ni tan casual como parecía. Y una vez que la teoría se instaló en mi cabeza, no me fue nada difícil el comprobarla. Si se observaba cuidadosamente, uno podía darse cuenta que en cada grupo de seis había un alumno brillante, otros dos buenos, dos más un tanto mediocres tirando para malos y un caso desesperado. Por supuesto, como todo buen grupo de segundo grado de los socialistas años 80, si se nos hubiese preguntado hubiéramos dicho que todos éramos iguales, pero en realidad no lo éramos y todos lo sabíamos. Aquel sistema lo ponía en evidencia.

Supongo que no tengo que decir quién era el alumno brillante en mi subgrupo. En la lista de los buenos estaban Juan Carlos y Liudmila. Los normalitos serían Yanet y Heisel. Y el caso perdido era…Audién. Oh, no, el nuevo nos había tocado a nosotros. ¿No podía tocarnos Alexis que, aunque bruto como el demonio, ya al menos lo conocíamos y no era pesado? No: nos tocaba el nuevo, el cual llegaba precisamente con problemas de conducta/aprendizaje y que no había que ser muy vivo para darse cuenta de que era un futuro criminal.

Audién era de lo peor. Siempre estaba sucio, era arisco y nadie entendía una palabra de lo que decía. Era medio subnormal, estoy convencido. Siempre molestando, riéndose como caníbal y rompiendo cosas solo porque podía. Creo que hasta robaba (nunca se confirmó, que conste, tampoco hay que ser injustos con el muchacho). Dios mío, y nosotros a arar con esos bueyes. Teníamos que hacerlo todo juntos. No era solo sentarnos al lado sino también estudiar, hacer los trabajos prácticos, sentarnos en la misma mesa en el comedor y dormir la siesta juntos.  Y por supuesto, con la divisa de que debíamos “ayudarnos entre todos”, lo cual era un eufemismo para “Raúl tiene que hacerlo todo mientras los demás lo miran”. ¿Cómo ese retrasado de Audién podría ayudar a alguien? ¿Cómo?

Visto desde la distancia, no suena como un mal sistema. Poner a los niños brutos con los inteligentes para que se ayuden y aprendan entre ellos. Además así fomentan el espíritu de equipo y pueden seguir diciendo que son todos igualitos como clones ya que se les juzga por los mismos resultados colectivos y no particulares. Evidentemente aquello estaba perfectamente maquinado. Todo muy lindo…salvo para los niños inteligentes.

Esa es una de mis mayores críticas al socialismo (al socialismo real de Marx). Esa necesidad de que “todos seamos iguales”. Nadie es igual a nadie. Y si bien estoy de acuerdo en que todos deben tener comida, educación, salud, etc, etc., también estoy de acuerdo con que el concepto de élite ha de existir para que el género humano se desarrolle. ¿Qué sentido tenía tenerme ahí ayudando a los demás a multiplicar? Bien por ellos, pero ¿y yo? No: yo debía estar en otro grupo con los inteligentes. Odiándonos entre todos e intentando ser mejores los unos que los otros, mientras los brutos debían estar en el suyo y así progresarían (aunque fuera un poco) al verse entre tanto tonto. Ya sé que esto no suena muy lindo (sobre todo porque todos fuimos criados con el chip de que todos debemos decir que somos igualitos), pero es una realidad. La inteligencia hay que desarrollarla, no atrofiarla.

Pues ese sistema quizás estaba bien para la escuela - y para la sociedad - pero para mí estaba mal. Muy mal. Ni los buenos intentaban ser brillantes, ni los mediocres buenos, el brillante se aburría y el caso desesperado ni cuenta se daba que estaba en un escalafón. Tan tonto. Debo aclarar que si alguno de ustedes cree que yo era el típico niño de “hay que hacer todas las tareas, corramos hacia allá” se equivoca de medio a medio. A mí me importaba un carajo la escuela. Solo que era bueno. Siempre lo fui, y ni se imaginen que voy a pedir disculpas por ello. Pero si la maestra (una estúpida, por cierto) nos decía: “no se van a ir hasta que no entreguen el trabajo” pues tenía que coger y hacerlo yo, ya que si esperaba por los demás no regresaba a  mi casa. De ahí que aquel lastre de muchachos me cayera como una patada en el estómago.

El hecho de ser inteligente es algo muy controvertido. Cuando uno es niño, la inteligencia no la ve como nada del otro mundo. Lo importante en la escuela son otras cosas: ser popular, bailar bien…yo qué sé. Pero ser inteligente no es precisamente algo de lo que haya que sentirse orgulloso. Después que uno crece, aunque cambie un poco la cosa, la inteligencia sigue quedando a la zaga. ¿De qué sirve ser inteligente si no puedes tener sexo, conseguirte un buen trabajo o “ser feliz”? Aunque todas las madres digan: “quiero que mi hijo sea inteligente” lo cierto es que en la realidad práctica quieren otras cosas, así que los “niños inteligentes” (y, aunque suene discriminatorio, solo me refiero a los verdaderamente inteligentes) nunca sentimos que somos nada del otro mundo.

Como en el mundo siempre habrá más brutos que inteligentes (sorry, guys) la sociedad se arma de estrategias para hacer sentir mal a los inteligentes. O nos llaman inmodestos o nos dicen cosas como “ser inteligentes es más que sacar 100 puntos” o esperan agazapados el primer error para empezar a gritarte “¡te equivocaste, no eres tan perfecto!”. Por supuesto que ser inteligentes es más que sacar 100 puntos, pero – sorry, de nuevo – empieza por ahí. El que es inteligente de verdad es bueno en todas las asignaturas (en todas) sin esforzarse mucho y después cuando crece analiza la vida desde una perspectiva extremadamente lógica y racional. No crean que hablo de mí cuando digo esto (aunque por supuesto que también) sino de mi amigo Jorge, a quien siempre tomaré como paradigma de la verdadera inteligencia en cualquier área de la vida.

Si usted cree que los errores que cometen las personas inteligentes (drogas, alcohol, decadencia, amores complicados) es una falla de la inteligencia y dice cosas como “al final no es tan inteligente si hace esas cosas” pues le digo que es lo contrario: este mundo no está hecho para ser analizado, de ahí que los inteligentes sean los primeros que se fundan completamente y se suiciden después. Los brutos nunca se dan cuenta de nada y los coge la muerte sin haberse cuestionado nunca ninguno de los principios básicos de la existencia.

Me siento como un hereje al decir todo esto (porque mi chip también es fuerte) pero creo que tengo toda la razón y hay muchos niños inteligentes en las escuelas que no se sienten jamás reconocidos por ello, sufren de bajas autoestima a causa de eso cuando debería ser precisamente al revés y luego cuando crecen tienen que pedirle disculpas al resto de la plebe por ser más inteligente que ellos. Este blog ha de erigirse en punto de cambio aunque sea para esa minoría de niños/adultos solitarios.

Dejando el espíritu revolucionario y volviendo al pasado, he de decir que los otros cuatro no eran precisamente malos. De hecho, si hubiésemos sido nosotros cinco solos quizás no estuviera yo con aquella necesidad de desintegración tan grande. Pero estaba Audién. Ojalá hubiese sido solo bruto. Pero no. Era insoportable. No había un segundo en que se callara (si consideramos los sonidos guturales y onomatopéyicos que emitía como palabras), no aportaba nada y nos regañaban a todos porque él no sabía dividir. La pobre Heisel (quien se sentaba a su lado) estaba seca. Le pintaba la saya, le metía la mano dentro de la blusa, le escribía garabatos en las cuidadas libretas forradas, le halaba los moños, la torturaba con su peste…Estoy seguro de que se trata del mayor caso de abuso de un niño blanco hacia una niña negra desde 1868.

Después de almuerzo, nos obligaban a dormir. Dios mío, qué horror. Para mí esos eran los peores momentos. Dos horas de mi vida perdidas cada día. Jamás dormí. Ni un solo día. Y me castigaron durante toda la primaria por los intentos que hice todo el tiempo por hablar con todo el mundo en el horroroso horario de la siesta. Pues Audién tampoco dormía. Por supuesto, no por las mismas causas que yo (exceso de movimiento neuronal) sino por su propio espíritu salvaje. Dios mío, era un remolino aquel niño. ¿Han visto el personaje de la bestia que corre y le da vuelta en los tobillos a la gente decente? Estoy seguro que está inspirado en él.

Pues un día en que ni él ni yo dormíamos, con la cabeza recostada en la mesa pero con los ojos bien abiertos los dos, nos miramos directamente. Yo intentaba conversar con todo el mundo, pero intentar hablar con Audién hubiese sido una tontería, así que ni lo pensé. Solo lo miré fijo. Con esa posición pasiva que tiene uno cuando tiene la cabeza pegada a una tabla. Él me miró también. Sorpresivamente no hizo ningún gesto agresivo, solo me miró con la misma cara con que yo lo miraba a él. Después de mirarnos seria y fijamente por unos minutos, que demostraron que Audién - contrario a lo que podría pensarse - podía estar tranquilo algunos minutos, me sacó la lengua. Casi como para dar por terminado nuestro encuentro visual. Ni siquiera lo hizo agresivamente. Solo lo hizo para que su imagen de animal no decayera. Creo que ese fue el día en que comencé a sentirme superior a muchos de los seres humanos. Viré mi cara para el otro lado y me sentí bien conmigo mismo. Yo tenía algo que aquel niño nunca tendría: inteligencia. Recuerden que yo no la veía como nada del otro mundo, pero ese día, por unos minutos, me di cuenta que yo tenía algo que no todo el mundo tenía. Algo que aunque no me hiciera popular, me hacía darme cuenta de las cosas como eran y eso - avance del futuro – era mejor que saber bailar.

Todo siguió así por unos meses hasta una semana en que Audién no fue. Una semana entera. Cinco gloriosos días en que todos rezamos porque lo hubiesen cambiado de escuela o alguien se hubiese animado a acelerar su inevitable destino y lo hubiese metido preso. Hacíamos las tareas en tiempo récord, Juan Carlos y Yanet hicieron una exposición y nos felicitaron a todos, Heisel reía como hiena tonta todo el tiempo, jugábamos a los escondidos en el horario de merienda y cantábamos canciones de Arcoiris Musical todo el tiempo. En el horario de almuerzo nos divertíamos de lo lindo hablando de las películas que habían puesto el fin de semana y a la hora de la siesta todos ellos dormían pacíficamente sin miedo a despertarse con algo en el pelo mientras yo conversaba por señas con Lisy (la niña brillante del semigrupo más cercano). Éramos los cinco niños más felices del mundo.

Pero dura poco la felicidad en casa del pobre, así que al lunes siguiente, Audién estaba ahí. Nuestras caras eran idénticas a las de monjas que fueron un día a un parque de diversiones y en la noche tienen que regresar al convento. Estábamos devastados. Pero ese día, en el receso de las 10 de la mañana, nos dijimos que no había vuelta atrás. Siempre he pensado que el ser humano cuando llega a un punto de felicidad o de comodidad no puede volver atrás. Por eso tomamos la irresoluta - y hasta hoy secreta - decisión de drogar a Audién.

Fue Heisel quien lo sugirió. La pobre, hay que entenderla. Y todos estuvimos de acuerdo en que si traíamos pastillas al azar, no podían hacerle mucho más daño que tenerlo sedado por un tiempo. Tampoco lo iban a matar. Así, el martes todo el mundo trajo una indefensa pastillita robada de los padres (probablemente aspirinas), las picamos y la echamos en el agua de Heisel en el comedor. El anormal, quien siempre se tomaba el agua de la pobre niña, ese día no movía un dedo. Nadie sabía qué hacer. Le di una patada a Heisel por debajo de la mesa y esta gritó como autómata: “¡Qué rica está mi agua!”. Audién la miró y, solamente para molestarla, se la tomó él. Bien hecho, cabra. Bien hecho. Todos reímos secretamente. El resto del almuerzo lo miramos como un grupo de científicos miran a un curiel que acaban de inyectar y del cual esperan que se desmaye en cualquier momento. Ya sé que parece cruel, pero en serio les digo que lo hacíamos en defensa propia. Audién era insoportable y nunca debió haber estado con nosotros.

Una hora después estaba rendido. Como un potro que corrió toda la mañana. Los cinco, con nuestras cabezas bajas, sonreímos pacíficamente. Cuando despertó, a las 4:20, parecía otra persona. Callado, tranquilo, inofensivo. Justo como lo queríamos. Al día siguiente lo hicimos en el refresco de la merienda a las 10 de la mañana. A la hora del almuerzo ya era un zombie. Y todos conversamos de cosas agradables mientras él dormía al lado de nosotros. Y lo mismo el jueves y el viernes también.

Pero algo pasó y el viernes no se dormía. Al contrario, parecía que estaba más alterado que de costumbre. La profesora lo regañó e incluso le dio (esa costumbre de los maestros de primaria de golpear a niños que ellas no parieron y a los que no les enseñan absolutamente nada necesario). Todos nos alteramos. Heisel se cambió de asiento y todo porque la bestia parecía que la iba a matar. La profesora entonces le dio a Heisel por haberse cambiado de asiento y a Audién cuando Heisel empezó a gritar: “¡Me quiere matar!” Por razones que aún desconozco, Juan Carlos le dio sin querer por una mano a la maestra y Liudmila y Yanet gritaban como locas. Aquello terminó con los seis en la dirección, en la que terminamos dando declaración nosotros cinco porque Audién finalmente se quedó dormido, justo al lado nuestro. “Esto es culpa nuestra”, dijo Liudmila, al irnos a casa. “Cierra la boca”, le dije.

Nunca más volvimos a ver a Audién. Por lo menos no en el aula. El lunes no estaba ahí. El martes tampoco. Nosotros estábamos preocupados (como todo el que sabe que ha hecho algo malo y que piensa que todo lo que pasa después es su culpa). Y nadie nos decía nada. “Lo mataron” sugirió Yanet. “En primera, si está muerto no es “lo mataron”; es “lo matamos” y en segunda no está muerto” le dije. “Heisel, no llores más”, agregué. “Y nadie va a decir nada de las pastillas nunca. Él no lo sabe, la maestra no lo sabe, nadie lo sabe. Si ninguno lo dice nunca, nada va a pasarnos.” Pero como yo sabía que las hembras nunca son de confiar, agregué. “Además, si alguien dice algo, yo diré que la idea fue de una de ustedes y que el resto solo aceptamos porque estábamos bajo la presión psicológica de Audién y no estábamos pensando correctamente”. Sí: yo siempre he sabido tratar a las mujeres.

Aunque logré calmarlos con amenazas, seguíamos sin saber nada. El viernes decidí hacer algo en función del equipo. Así que me paré en el horario de la merienda y fui a ver a la maestra. “Seño, ¿puedo preguntarle una cosa?” “¿Qué?” “¿Dónde está Audién?” “¿Y a ti qué te importa?”. Sí: esos son los maestros de nuestros niños. Entonces mentí. Como todo niño inteligente que se sabe más inteligente que la maestra. “Él es de nuestro equipo. Estamos preocupados por él.” La misma mentira que ellos nos obligaban a decir (y a creer). Me miró seca y me dijo: “Audién está en el aula especial. Solo tenía que estar aquí unos meses a ver si mejoraba pero no lo hizo”.

“No es nuestra culpa”, dijo Juan Carlos cuando les conté lo que dijo la maestra. “Por supuesto que no”, dijo Liudmila. “No lo es” agregó Heisel. “Arreglado” dijo Yanet. “A olvidarlo”, concluí. Pero en alguna medida, y sin siquiera saber muy bien por qué, nos sentíamos algo culpables. No sé de qué exactamente, pero de algo. Actualmente, mirando al pasado, no creo que tuviéramos que sentirnos culpables de nada. Audién no era bueno para nosotros. Aunque suene algo triste. No todos los niños son iguales, y hay que darse cuenta de eso a tiempo.

Un día, en la semana de autoservicio en el comedor, (nos tocaba una vez al año limpiar mesas y repartir agua desde la mañana hasta la tarde) lo vimos. El aula especial. Llegaron antes y se fueron antes que el resto de los niños. Por eso no los veíamos nunca. Eran grandes, bobos, agresivos. Ninguno se parecía a otro. Estoy convencido de que eran de todas las edades, desde primer hasta sexto grado. Ahí estaban: los futuros criminales. Hasta Audién parecía un niño normal al lado de ellos. Ni siquiera nos miró cuando le servimos el agua.

En cuanto a nosotros, poco tiempo después llegó otra futuro caso social y la pusieron con nosotros. No decía una palabra pero al menos no se metía con nadie. Era como si no existiera. Y luego se acabó el curso y para tercer grado ya no había ningún sistema y pudimos recobrar - aunque fuera un poco - nuestras individualidades.

Con los años, cosas de la vida, todo mi subgrupo (menos Audién, lógicamente) terminó en la Lenin. Prueba viviente de que a la Lenin va cualquiera. Corrección: todos menos Audién…y yo. Así mismo, yo, por cosas de la vida, terminé en un tecnológico. El alumno brillante. El inteligente. No me arrepiento (además de que no podía hacer otra cosa) pero siempre me pareció irónico. Yo era el líder de todos aquellos y resulta que todos se iban a la Lenin mientras yo me iba a un tecnológico mediocre. Así es la vida. De todas formas, ellos no eran tan malos, después de todo.

Pero lo solucioné. Y de mi tecnológico pasé directamente a la misma universidad que todo el mundo sin haberme becado un solo día de mi vida. En un mes me aprendí lo que tenía que saber un alumno del pre para las pruebas de ingreso e hice las pruebas por concurso, de las que seleccionaron a 30 estudiantes (probablemente la mayoría provenientes de preuniversitarios) de entre más de 1500. ¿Cuántos ustedes conocen en la universidad que vienen de tecnológicos que no tengan nada que ver con sus carreras actuales? Pocos. Los hay, pero somos pocos. Y no fue porque tuviera suerte o porque fuera un “reventado”, sino porque soy inteligente. No el más inteligente del mundo (Jorge es más inteligente que yo, por ejemplo, y lo digo con orgullo), pero más inteligente que la mayoría. Y si lo sabemos utilizar llegaremos a lugares a los que los demás les cuesta más trabajo llegar. Sorry, guys.

Pero con las cosas mundanas de la vida a uno se le olvida la importancia de ser inteligente. Eso sí es un acto de poca inteligencia: dejar que la banalidad del día a día nos impida ver las cosas con claridad. Así que a veces es bueno que la vida te lo recuerde mandándote a la Dirección de la Vivienda de Marianao.

Pues allá estaba, frente a frente a Audién. Estaba tan diferente que casi me daba por pensar que no era él. Pero lo era y yo lo sabía. Estaba limpio, bien peinado, con un aura completamente diferente. No tenía ni un tatuaje ni una marca de cuchillo en la cara como se hubiera podido esperar. En serio: irreconocible.

Luego de que una señora hiciera un chiste de cómo se demoraban las cosas en aquel lugar y todo el mundo riera y se relajara, él aprovechó y me dijo: “Nosotros estudiamos juntos”. “Sí, sí, me acuerdo”, dije tímida pero alegremente. “¿Audién?” “Aylén”. “Oh, ok. Raúl”. “El inteligente”, dijo. Sonreí.

“¿Y qué es de tu vida?” pregunté. “Nada del otro mundo”, dijo. “¿Tú? “Nada del otro mundo”, dije. Reímos. “¿Qué haces ahora?”, me dijo. “No hago nada, pero hasta hace poco era profesor en la universidad. Creo que ahora soy escritor”, dije. “Vaya”, dijo. “Yo hubiera querido ser inteligente como tú”, agregó. Eso me sorprendió. Siempre he pensado que la gente no inteligente no lo es un poco más porque no lo considera como una virtud real. “¿De veras?” le dije. “Pero claro: uno puede hacer lo mismo que los demás más rápido y después dedicarse a hacer otras cosas”. El concepto más elemental y brillante de la inteligencia.

Sonreí. “Ser inteligente no lo es todo”, dije. “¿Y qué cosa lo es todo?”, dijo. Lo miré asombrado. Me encanta constatar que el cambio en las personas puede ser también para bien. “¿Estás hablando en serio?” “¡Pero claro! Si uno es inteligente todo es más fácil en la vida”, dijo. “A veces es más difícil porque piensas más”, dije, como si estuviese hablando con Jorge. “La vida es difícil pero no creo que el no pensar sobre ella sea lo mejor”, contestó, como si fuese Jorge.

Me alegré. Mucho. Entonces fui franco. “No estoy muy seguro de que sepas que nosotros te dábamos pastillas para que te durmieras”. “Una semana”, me dijo. “Fue una semana nada más”. “¿Cómo lo sabes?”, pregunté asombrado. “La negrita me lo dijo”. “¿Heisel? La mataré”, le dije. Y ambos nos reímos. “Estuve dos años en esa aula. Pero al final fue mejor”. “¿De veras?” Sí, todos eran tan brutos que yo era como el más inteligente, así que a los dos años me dejaron irme a un aula normal y ahí ya no era tan pesado”. Vaya, aparentemente hay sistemas que sí funcionan.

“En serio, no te pareces en nada a cuando éramos niños”, le dije. “¿Estudiaste algo?”, me aventuré a preguntar. “No”, me dijo sonriendo. Lamenté haber preguntado. “Estudiar está sobrevalorado”, reparé mi error. “De todas formas, si te soy franco, pensé que a estas alturas de la vida estarías muerto o preso”, continué. “Yo también”, me dijo.

Entonces me tocó entrar. Antes de pararme (él estaba para la cola del abogado, yo para la del arquitecto) le di la mano y le dije: “En serio me alegró verte…Aylén. Cuídate ¿vale?” “Tú también. Y escribe un libro bien inteligente”, me dijo. “Si hago uno muy inteligente, nadie lo leerá. Tengo que hacer uno seminteligente”, bromée. “¿Ves? Hasta para saber eso hay que hacer inteligente,”, agregó. Sonreí. “Si sirve de algo, siempre he pensado que el querer ser inteligente es ya una prueba de inteligencia, así que no te lleves tan recio”. Y le guiñé un ojo. Lo dije en serio: por un minuto me pareció que Aylén era una de las personas más lúcidamente inteligentes que había conocido en este mundo.

Al salir ya no estaba ahí. Pero cuando caminaba por la calle me sentí bien conmigo mismo. Me sentí orgulloso de mi inteligencia. Lo consideré como lo que es: un valor inapreciable. Y todos los niños inteligentes, aunque no sean populares, no sepan bailar, no tengan sexo, no tengan buenos trabajos o no “sean felices”, se merecen un beso de sus padres todos los días solo por serlo. Yo siempre lo he sabido, pero fue bueno tener la visión de alguien como Audién/Aylén para comprobarlo aún más. Y así nada más, aunque le costó 20 años al sistema demostrar su eficacia, el alumno brillante aprendió algo del alumno…no tan aventajado.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La crisis


Hola, soy Raúl y estoy deprimido. Obviamente, ningún post que empiece así va a ser alegre (y les cuento el final desde ahora diciéndoles que tampoco es clásicamente feliz), así que todos aquellos que creen en que hay que pensar en lo bueno para que se te dé lo bueno, en la bondad de los seres humanos a pesar de todo y en que hay que dar amor para recibir amor, pueden coger ahora mismo sus cosas e irse a otro blog mucho más alegre porque hoy estoy particularmente deprimido y muchísimo más ácido que de costumbre.

Jamás he sido de mostrar mi cara triste en público. Aprendí desde pequeño, (Chaplin lo dijo, pero si no lo hubiera hecho yo lo hubiera inferido igual) que cuando ríes y ganas premios todo el mundo está ahí sonriendo y aplaudiendo, pero cuando estás triste y deprimido, solo verás espaldas volteadas. Como mi objetivo en los primeros 30 años de mi vida ha sido no regalarle la oportunidad a nadie de que me vea sufriendo y sentirse mejor de esta forma consigo mismo y con su miserable vida, hasta en los días más cabrones he hecho algún chiste y he fingido alguna que otra sonrisita.

Pues me harté. En los próximos 30 años de mi vida (que comienzan el mes que viene) el nuevo lema incluye cosas como “los demás me importan tan pero tan poco que si estoy triste no regalaré ni esta broma y deprimiré a todo el que se me ponga delante sin importarme si mi estado de ánimo encaja con sus tontas vidas”. Ya dije que estoy ácido: están a tiempo todavía de irse.

Mi crisis (para aquellos a los que lo único que le interesa es el chisme) tiene su epicentro en Toronto. Todo el mundo leyó el post y todo el mundo movió la cabeza a ambos lados como diciendo “Ay, pero Raúl no cambia”. Las críticas en torno a la calidad del post como tal se dividieron en “si no das más detalles esto es un típico librito de viajes” y “a mí la originalidad me encanta así que estoy contigo hasta el final” (buen momento para decir que a mí EN SERIO no me molesta que critiquen lo que escribo). Pero ni uno solo (¡Ni uno solo!), ni en el blog, ni en Facebook, ni en mi correo, me mandó algo como “Raulo, ¿tú te sientes bien?”

Aparentemente ahora soy un personaje de ficción. Mis sentimientos han de cambiar de una semana a otra según el espíritu del post que decida recrear y todas las semanas deben ocurrirme cosas, no solo trepidantes e interesantísimas, sino además novedosas todo el tiempo (porque si no aparecen los “ya esto lo hemos visto”). Yo pudiera molestarme, pero no lo hago, ya que sé que eso quiere decir que soy un buen escritor y el Raúl literario es ya el que cuenta. Además, esos son precios que paga uno por poner su vida en las manos de los demás, cual reality show. Yo lo sé y lo asumo con decencia. Ahora bien, algunos de ustedes (especialmente mis “amigos”) podrían abstraerse y preocuparse por el cretino de Raúl Reyes Mancebo de la vida real. (Les juro que si alguno pone algún comentario debajo de este post diciendo “Rauli, ¿cómo te sientes? Me tienes preocupada” le voy a dejar de hablar/escribir por el resto de mi existencia. No lo hicieron cuando Toronto, ahora ahórrenselo). Pero esto no es sobre mí contra ustedes a pesar de que me hayan dejado solo y me haya dolido (sí: me dolió). Esto es sobre mi crisis.

Como si lo de Toronto no hubiese sido suficiente para deprimir a un toro, de manera completamente inesperada, dos semanas después (¡solo dos semanas!) me pasó una cosa horrorosa (de la que me prometí solemnemente jamás contarle una sola palabra absolutamente a nadie, no como castigo ni por temor al “ya esto lo hemos visto”, sino porque me dolió demasiado y no lo voy a volver a recrear en mi mente) que vino a agudizar aún más la crisis. 

Pero como a veces lo que mejor te puede pasar para superar un trauma es otro trauma (ya que aprovechas y los coges a los dos y los mandas para el carajo a todos juntos), decidí, al entrar a aquel Tim Hortons a las 4:30 de la mañana, con el pelo completamente revuelto y temblando de pies a cabeza, no solo por los 2 grados que había en las desiertas calles montrealenses, sino – y sobre todo - por el peso de sentirme herido como un animal que acaba de recibir un tiro completamente inesperado, decidí que algo tenía que hacer con mi decadencia espiritual.

Sí, amigos que nunca leyeron el otro post y que milagrosamente todavía siguen leyendo este: sufro por hombres. ¡Qué mezquindad de los hombres grandes el sufrir por lo que sufre el vulgo! Pero no hay nada que podamos hacer al respecto, salvo admitirlo para que así puedan ustedes juzgarme desde su altura y criticarme con la cabeza como les gusta. Así que, sabiéndome solo en esto de aconsejarme, en aquel mismo Tim Hortons sin un alma, sentado en una esquina que no daba a ningún cristal para que  absolutamente nadie de la calle pudiera verme mientras reflexionaba, me llamé seriamente a capítulo. “Amigo mío – me dije – asume que a ti lo que te gustan son los hombres decadentes, y esas historias siempre acaban mal. Así que a) o cuando los huelas sales corriendo para el otro lado y te proteges así el ya bastante maltratado corazón o b) vives intensamente el momentico en que te sientes realmente vivo a sus lados, pero sabiendo desde el mismo inicio que TODO VA A ACABAR MAL! Lo que no puede pasar es que te sigan cogiendo estas cosas “de sorpresa”, que te sigas decepcionando cada dos días como si fueras una quinceañera y soltando lagrimitas patéticas en estaciones de autobuses para luego escribir literatura rosa en la que mitificas a estos patéticos seres de los que te enamoras una y otra vez”. Si pensaban que soy duro con ustedes, tienen que ver cómo me llevo a mí mismo.

Y lo cierto es que, con esta seria determinación, me he mantenido fiel a esta nueva doctrina. Y funciona. Mi dolor actual excluye completamente el regresar a estos hombres, el incluirlos en mi vida, el preguntarme si pensarán en mí o no. Por supuesto, no es siempre tan fácil ni tan infalible, pero ellos, a pesar de que son el origen visible de la crisis, no son la esencia de la misma. 

Esta no es mi primera crisis (ni la peor), aunque tampoco han sido tantas como podrían pensar. Esta es la mayor en un buen tiempo, si ignoramos, por supuesto - por considerarla como “demasiado tercermundista” - la que comenzó cuando regresé a Cuba y en la que me pasé cuatro meses con una cerveza en la mano sin darle un sentido a nada. Por eso mismo, al haber estado en otras, sé que todo pasa, así que no se tomen el trabajo de recordármelo. Yo sé que se sale. Más viejo, más ácido, con más resentimiento, pero también con algo más de sensibilidad y quizás con algo más de experiencia a la hora de volver a sufrir ante un evento similar en el futuro. Saldré distinto - quizás para bien como en la mayoría de mis otras crisis anteriores - pero sea de la forma que sea, el momento actual pasará.

Ahora bien, “pasará” no es “pasó”. “Pasará” es “pasará”. La crisis está ahí y, en muchos sentidos, es bastante triste. Al considerar a los hombres decadentes como su origen, pero no como su esencia, tampoco puedo decir exactamente dónde radica el problema mayor que es el que me tiene tan decaído. Quizás tenga algo que ver con la soledad. No esa en la que la gente quiere a alguien a su lado para que le haga compañía, sino la verdadera soledad, en la que sabes que lamentablemente no hay nadie como tú y nunca nadie podrá satisfacerte espiritualmente como tú necesitas. Quizás tenga algo que ver con autoestima (baja), la cual aparece absolutamente en todas las crisis, o quizás tenga algo que ver con la nostalgia de lo que pudo haber sido (en un universo paralelo) y no fue, debido a las drogas y a la decadencia. No lo sé (lo encontraré y lo solucionaré) pero al menos en este párrafo no lo puedo definir exactamente.   

Lo que sí puedo definir tangiblemente es la tristeza. Sí, amigos (sin comillas esta vez porque ya los perdoné ahora que nos adentramos en un momento más oscuro de este post): tristeza. De la mala. No de la mala mala mala que te roe el corazón y te seca poco a poco, pero sí de la malita en la que tienes un vacío en el corazón y no le encuentras un sentido real a tu vida. ¿Ven?: ya los deprimí. Váyanse los que aún estén a tiempo y sálvense ustedes. 

Volviendo a la práctica, uno se inventa maneras tangibles de combatir la crisis. Así, lo primero que hice, tanto acabado de llegar de Toronto como después del segundo incidente, fue intentar a toda costa organizar el resto de las cosas de mi vida, que no son pocas (ni necesariamente fáciles). Así, a pesar de que me sentía como mierda, me levanté de la cama y me fui a resolver asuntos, a buscar trabajos, a comprarme Macs y muebles de oficina. Organicé mi cuarto de punta a cabo, desde el closet que nunca había tocado y en el que hay ahora tanto espacio que uno puede sentarse dentro hasta armar muebles de Ikea a altas horas de la noche yo solo. Esto me pasa mucho en las crisis, intento aprovecharla para solucionar otras cosas que tenía dejadas de la mano, y así, cuando se salga de esta, ya tengo más de una cosa resuelta. En serio: hay que sacar cosas de las crisis, si no no son mucho más que una mera pérdida de tiempo quejándote.

Pero por muy didáctica que sea la crisis (y lo es) no deja de ser menos triste. Así, cuando decide cogerte e instalársete en el alma, hay poco que se pueda hacer. Un día fui al cine yo solo como parte de mi nuevo programa de “hacer cosas diferentes y sanas”. Intenté ver algo que no tuviera que ver con nada. Me vestí, me fui al cine, llegué temprano, hice la cola, pagué los 15 dólares, subí a la sala…y no entré. Ante la idea de pasarme dos horas en una sala oscura con mis propios pensamientos dándome vueltas en la cabeza, me dio demasiado miedo (miedo real) y pensé que perder 15 dólares era mucho mejor que perder la sanidad mental. Terminé comiendo mis rositas de maíz en un parque.

Mi literatura se resiente. Todo es triste. Así que les doy permiso para irse a un blog más simpático que el mío (buena suerte con eso) ya que no preveo un post alegre en varias semanas. Eso sí, a las dos novelas que estoy escribiendo, le sumé una nueva, extremadamente sórdida, compleja y dolorosa que, o será un bestseller o una reverenda porquería. Ojalá cuando la termine me dé por quemarla, para así poderme liberar de todo lo que suelto en ella, pero lo cierto es que a mí me gusta lo que escribo así que lo más probable es que la mande a cuanto concurso haya, y por supuesto que no ganaré por la cantidad de hombres sin ropa y sentimientos que nadie comprende, pero de que se vende, se vende.

El otro día estaba sentado en el metro cuando entró una pareja de enamorados que no podrían tener más de 20 años. Él era lindo y ella era tierna. Siempre que uno ve esas cosas, se dice: “Ay, qué envidia, mira qué lindos son, ¿por qué yo no puedo tener eso?”. Como estoy en crisis y me permito algunas cosas, me descarné de estereotipos y fui implacablemente honesto conmigo mismo: “Esos hombres lindos e inocentes que te invitan al cine y dicen las cosas de las películas no son para ti. No te engañes ni un segundo más. Los has tenido y te has aburrido de ellos, no te han entendido nunca, y si un día te desplomas empiezan a gritarte por qué estás tirado en el piso en vez de levantarte sin preguntar nada y decirte al oído “yo estoy aquí”. Con esa clase de pensamientos, a uno se le va cerrando más el corazón y va dejando de lado cosas con las que uno mismo se engañaba pensando que eran lo correcto para nosotros. Parece triste, pero al menos es honesto, y cuando salgamos de la crisis perderemos menos tiempo y envidiaremos menos a pobres muchachitas que, si tienen algo en la cabeza, jamás serán verdaderamente satisfechas y se convertirán en nuestras tristes versiones femeninas.

Algo que todos agradecerán es que reduje drásticamente la cantidad de hombres en mi vida. Cero Grindr (no tengo ganas de explicar lo que es ahora, búsquenlo por ahí), cero sitios online, cero responder a los sms de hombrecitos sin sentido con los que uno no sufre en tiempo de paz, pero que en tiempo de crisis te ayudan a constatar con su mera presencia que tu vida es una porquería. Considero que tengo demasiado sexo. Demasiado. Por un mes fue simpático, después agotador, luego aburrido. Con la crisis, es simplemente doloroso. Así y todo tengo más sexo del que ustedes puedan considerar como “normal”, pero me quité bastante. Y se esperan aún más recortes en los días por venir. Por supuesto, ya regresarán algunos y vendrán otros nuevos, pero en serio espero que esta disminución significativa de hombrecillos que uno usa para subirse la autoestima se mantenga aún cuando haya finalizado la crisis. 

Uno no debe, contrario a lo que se cree, ponerse a esperar que la crisis pase sin reflexionar al respecto. No: uno tiene que darle un sentido a la crisis. Por supuesto, tampoco es deleitarse en ella (eso está prohibido) pero hay que recordar que como mejor se aprende algo es gracias a las lágrimas.

Y ahí viene justo uno de mis problemas. Si bien yo sí le doy un carácter educativo a la crisis, hay algo que es esencial para su superación, pero que a mí me cuesta un trabajo enorme: llorar. Si yo he llorado 10 veces en los últimos 18 años han sido muchas (y tan marcadas que algunas de ellas están en este blog contadas como algo en extremo relevante). Muy pocas (por no decir que ninguna) ha sido enfrente de los demás. Esto es algo que francamente no creo que cambie en los próximos 30 años tampoco. No tanto porque no quiera hacerlo, sino porque no creo que pueda. Mi indicador social no me deja. Me es imposible llorar frente a otro ser humano (como también me cuesta trabajo decirles que los quiero). Eso no quiere decir que sea insensible. Pero llorar como tal, orgánicamente, no puedo.

Y llorar ayuda. Uno se siente inmediatamente mejor y aunque las cosas no se arreglen por soltar unas lágrimas que vienen directo del pecho, uno empieza a verlo todo, desde el mismo momento en que está sentado con los ojos rojos acabado de terminar, con un prisma diferente en el que hay más paz. Y ahí fallo yo.

Por años me enorgullecí de no llorar, pero hace mucho que superé esa inmadura etapa. No: ahora lo busco. Y en esta crisis, no ha sido la excepción. Pero, al igual que muchas otras veces, no lo logro. Me voy a la ducha y bajo el chorro de agua caliente comienzo a pensar en frases hirientes, pensamientos vivificadores que me fueron dichos al oído, momentos felices de gente que ahora tengo que ver como enemigos, pero nada. En el cuarto pongo la música más emotiva que tengo (esa que siempre me produce una emoción determinada de tan solo oír sus acordes iniciales) y lo más que logro es un poquito de emoción pero nada de llanto. A veces he intentado, mientras voy caminando por la calle, forzar un llanto de la nada y sin ninguna planificación ni aparente sentido, para ver si así viene el llanto verdadero, pero nada. Solo me salen unos gritos sin sentido que me hacen sentir aún más derrotado e impotente al final. Esto se hace, por supuesto, en calles oscuras y solitarias, y con el iPod puesto. Y es que el llanto, lamentablemente, - al menos para mí que he tenido una vida dura en la que tuve que cerrarme tanto a los sentimientos para sobrevivir - no se puede forzar. Solo hay que esperar que un día venga y te sorprenda.

A veces uno se siente mejor durante un rato como consecuencia de un buen e inesperado momento, pero en cuanto la psiquis (la muy cabrona) detecta que la estás pasando bien, ella misma se deprime al ponerse a pensar en cómo dentro de un rato te vas a volver a sentir mal. Y así ya no tienes que esperar hasta dentro de un rato porque ya te sientes mal de nuevo. Peor que sentirse mal: te sientes vacío. Eso: lo más malo es sentirse vacío. Defino mejor la esencia de mi crisis mientras escribo. Peor aún que sentirse vacío: sentirse vacío y no tener absolutamente ningunas ganas de llenarlo con nada. Ese mirar con resignación y desinterés nuestro propio vacío es definitivamente lo peor. Esto que “descubro” es la causa fundamental de la mayoría de las crisis psicológicas de los habitantes del primer mundo, que uno siempre piensa que son mejores que las de los habitantes del tercero porque tienen comida, ignorando así lo extremadamente siniestro que resulta una persona sentada en su impecable apartamento oscuro sin esperar desde hace mucho tiempo absolutamente nada de la vida.

Pero esa no es mi crisis, así que no le tengan miedo a que me suicide, mate a alguien o me vuelva adicto a lo que sea. Mi crisis sí puede ser de resignación ante el vacío, pero como sigo siendo pobre y teniendo problemas de tercer mundo aquí en el primero, me fuerzo a que mi crisis no “suba” de categoría. De esta forma, nada de droga ni alcohol durante esta crisis. Pueden felicitarme. Hay que enfrentarla de la manera más tradicional posible: doblado en la cama con un dolor inmenso en el vientre mientras por la ventana sale el sol, sube, se pone y cae la noche sin que uno distinga muy bien los cambios. Tampoco estoy tan así, pero ustedes captan la idea.

Descubro que ahora tengo un poderoso aliado que en otras crisis no he tenido: la literatura. Por supuesto, cuando la crisis está en sus mejores días, hasta eso te parece nimio y piensas que nada - mucho menos tu tonta literatura - te harán llenar tu estúpido vacío que ni siquiera quieres llenar. Pero eso se te pasa. Esa ausencia de interés va y viene con los días de crisis. La literatura, no la que leen ustedes en este blog, sino otra privada en la que los personajes, a mi imagen y semejanza, aman y desaman en mundos sórdidos pero en los que encuentran siempre, de alguna forma, una causa para sus vacíos. Y al leer el mundo que yo mismo invento, me creo que algún día podría ser así también en mi vida real.

 Pero en toda crisis hay un momento determinado y preciso en el que de una forma muy clara (y a veces inesperada) se dibujan cosas que tú ya sabías pero que nunca las habías visto de esa manera, para darle así un nuevo enfoque a esta. No es el fin de la crisis ni mucho menos pero en muchos casos será el punto de giro que nos pondrá directamente en el túnel desde el cual ya se ve, a lo lejos, la luz.

Fue así como, no hace tantas horas, llegó la noche de jazz en aquel bar. Uno de los peores momentos de la crisis es cuando la gente no te deja quedarte en tu casa practicando por enésima vez el llanto y tus amigos heteros te invitan a lugares heteros a oír música muy hetero que no se puede bailar (no es que uno tenga ganas de bailar tampoco, pero al menos…) Que los lugares homosexuales estén prohibidos durante la crisis, no quiere decir que los lugares heteros sean mucho mejores. Son el aburrimiento personificado. No hay nada más aburrido que un heterosexual. Por supuesto, no hay nada más superficial y vacuo (y aburrido) que un homosexual. ¿Ven?: pensamientos como estos son comunes en tiempos de crisis.

Pues cuando me di cuenta estaba con mi camisa sentado con cinco gatos heterosexuales en un bar donde la gente aplaudía por cosas que yo nunca entenderé (también forma parte de los próximos treinta años admitir que a ti no te gusta ni el ballet ni el jazz y si quieren pensar que eres ignorante, pues que lo crean), aburriéndome de lo lindo. De los gatos, cuatro eran dos parejas (lo que nos faltaba: ver el “amor” de los demás justo a tu lado) y una muchacha pequeña y regordeta, a la que nadie me presentó, con un vestido amarillo oro.

Entonces, como mis oídos se taparon voluntariamente al oír el primer saxofón, tuve todo el tiempo libre del mundo para torturarme pensando en mi tema favorito de las últimas semanas. Después de un tiempo enorme en el que todo me pasó por la mente, y justo cuando me recondenaba dentro de mi camisa, la cual me puse solo porque me tenía que poner algo y no por el antiguo sentimiento de gustarle a alguien, el grupo de jazz se detuvo, fue aplaudido por los “conocedores”, y pasaron a poner la infaltable en todas partes del mundo música grabada. Entonces, las parejas de todo el lugar, cual resorte, se pararon y se fueron todas a la pista a bailar jazz. ¿El jazz se baila? Nunca me lo hubiera imaginado.

Como nos quedamos solos en la mesa, la chica del vestido amarillo oro me miró desde su esquina y me sonrió. “Ana”, dijo, para erradicar el error de los demás. “Raúl”. “¿Y dónde está tu novia?, preguntó con un tono irónico que quería decir “Qué horrible ser los únicos solteros en la mesa”. “Bueno, la última que tuve tiene un niño de diez años…que no es mío”. Ella sonrió. “¿Estudias para cura?”, preguntó. “No: lo otro”, contesté cómplice. Y ella río de lo lindo. “Entonces, ¿dónde está el novio?”, dijo, adecuándose a la nueva conversación. “Tengo varias opciones: o drogándose en alguna parte o acostándose con muchos hombres o probablemente ambas”. Ahí estaba: mi dolor transformado en humor, como siempre. Ella, evidentemente una mujer sabia, no sonrió esta vez. “Bueno, nadie es perfecto”, dijo. Yo sonreí. Después de un silencio incómodo producido por mi – un tanto agresivo - comentario, me dijo: “¿Quieres bailar?” “No sé cómo hacerlo”, dije, “y no estoy muy seguro de que el jazz se baile, en realidad”. “Aparentemente no es tan difícil”, dijo ella señalando a la pista, donde las personas bailaban apretadas y sin mucho movimiento. La miré, miré a los demás e hice lo impensable: irme a la pista con una mujer a bailar jazz.

Veinte segundos de una canción que nunca supe cuál era por el cierto nerviosismo que siempre produce entrar a la pista, algunas vueltas no muy duchas por ambas partes, y Norah Jones se dejó oír en las bocinas. “Bueno, por lo menos un tema en el cual sabemos quién canta”, dije. “¿No muy amante del jazz?”, preguntó sonriendo. Contesté negativamente mientras le hacía un guiño con el ojo. 

“¿Y siempre eres tan simpático?”, dijo. La pregunta del día. “Sí, siempre”. “Eso es maravilloso.” “No lo es”. “¿Cómo que no lo es?” “Hay veces que lo que quiero es gritar y sentirme mal y me sale un chiste.” En tiempos de crisis, uno habla sobre temas que nunca habría tratado en otro momento. Ella me miró silenciosa y yo me puse serio, cara que ni siquiera me he tomado nunca el trabajo de ver en un espejo si me queda bien. “¿Mal de amores?”, preguntó. “Ojalá hubiese llegado a la parte del amor”, dije, retomando mi sonrisa y mi burla de mi propio dolor.

“¿El antes mencionado de las drogas y muchos amantes?”. “Ese, y otro, y quizás algunos más en el pasado”. “¿Y todos son iguales?”. “Quitando una cosa por aquí y otra por allá, muy parecidos”. “Tienes mala suerte con los hombres”, dijo. Ahí me puse serio, aunque no mucho, y le dije en tono de confesión: “En realidad es mi culpa: escojo a los más malos”. 

“¿Por qué dices eso?, dijo ella, interesada. “Todos son drogadictos, promiscuos, decadentes, y ni siquiera estoy muy seguro de que se acuerden de mí dos minutos después que me dejan de ver”. Ahí: la verdad, sin esta gota de sonrisa ni juego de palabras. “¿Y por qué los escoges a ellos?” “No lo sé” dije. “Quizás otro no sepa, pero tú sabes”. La miré completamente serio al reconocer a una de las mías que me daba la oportunidad de decir en alta voz dónde radicaba mi gran error y quizás así poder comenzar a repararlo. Hacía rato que ninguno fingía que bailaba. “Por doce segundos es como un rayo. Uno que no se encuentra en ninguna otra parte porque para encontrarlo tienes que haber llegado al límite. Y esos doce segundos valen más que otras cosas para mí”. Ella me miró seria y no dijo nada. Retomamos nuestras torpes vueltas con una suave melodía en la que nadie cantaba.

“Entonces no creo que los escojas mal”, dijo, después de tres vueltas sin sentido. “¿A qué te refieres? ¿No oíste que siempre están drogados?” “Pero esos son los que te hacen sentir doce segundos de algo. Imagino que te pueda hacer mucho daño estar cerca de ellos, pero son los correctos para ti”. “Bueno, lo que quieres decir es que, como yo soy decadente y loco también, entonces hago la decisión correcta al escoger a los que son como yo. Creo que esa teoría es aún peor que la de que los escojo mal”. “¿Pero tú los escoges porque son decadentes y drogadictos o por los doce segundos?” Reflexioné, con un interés real en aquella conversación que finalmente estaba teniendo con alguien sobre mi crisis aunque se fuera por lugares que no preví. “Pues no sé, nunca lo había pensado así, pero estoy casi convencido de que por los doce segundos, claro. Así y todo, no veo la diferencia: son los mismos hombres.” “Pero la diferencia es muy sencilla: ellos son los mismos hombres, pero no es tu culpa”.

“¿Disculpa? No creo que entienda a donde te diriges”, dije, más interesado que nunca en mi vida adulta por lo que tenía que decirme aquella Ana de vestido amarillo oro. “Pues eso mismo: nada es tu culpa. Tú los escoges bien al escogerlos por los doce segundos que nadie más te da. Que ellos sean decadentes y drogadictos no es tu culpa.” “Pero, ¿y qué diferencia tiene que sea mi culpa o la de alguien más si al final me quedo solo y herido, de todas formas?” dije. “Que al no ser tu culpa, estás plenamente justificado en sentirte mal. No tienes que esconderte detrás de chistes para esconder tu supuesta falta. No es tu culpa, y no tienes nada de qué avergonzarte. Así que grita si quieres gritar.”

La miré desde mi altura con la boca abierta. “Pero entonces, ¿eso quiere decir que siempre encontraré a los más malos y que debo asumir eso como algo bueno, en vez de intentar buscar a otros?” “No necesariamente, si algo cambia con el tiempo son los gustos. A ti no te gustan los mismos hombres que antes, estoy convencida. O puede que, en efecto, nunca cambies y sigas escogiéndolos a ellos. Pero todo eso está en el futuro. En el presente lo que cuenta es que no es tu culpa. Tú escoges a los hombres que te hacen sentir algo, lo cual es para ti lo más importante. Estás haciendo lo correcto para ti, y si sale mal es porque los que te hacen sentir algo vienen con otros defectos, pero eso no es culpa tuya, y quizás de nadie. Puedes culpar a la vida, al destino y a todo el mundo. Pero no a ti.” “¿Y qué gano al verme a mí como la víctima?”, pregunté. “Que puedes estar triste legalmente y no necesitas esconderte detrás del humor para justificar tu tristeza. Estás en todo tu derecho de estar triste”.

Ahí me sublevé. “No, eso es ser condescendiente con uno mismo y eso no lleva a nada”. “Pues sí es ser condescendiente”, se sublevó ella, quien obviamente es una profesional en lo que llegar a un punto se refiere. “Este es un mundo horroroso en el que para conseguir doce segundos de rayo tienes que pasar por hombres drogadictos y decadentes que te dejan destrozado después. Tú eres lo suficientemente sabio como para alejarte de ellos, pero ¿qué vas a hacer? ¿Correr todo el tiempo hacia el otro lado? ¿No tener acceso a los doce segundos nunca? Si el mundo es una mierda y ellos son decadentes, probablemente porque también necesiten sus doce segundos de rayo de alguna forma, pues no es culpa tuya. Tú no has hecho nada malo ni eres un masoquista. Tú eres el bueno al que le pasan cosas malas cuando intenta encontrar algo que lo llene realmente y por lo cual no tienes que pedirle disculpas a nadie”.

“¡No”, dije con un fervor que no me conocía, “¡hacerse la víctima no ayuda para nada!” Y ahí mismo, con esa frase, llegó el puchero. Explotó justo en su cara, justo antes de terminar la frase. Los dos ojos se me llenaron de lágrimas inmediatamente y algo, como un vapor, salió desde mi pecho como un aliento liberador. Justo en el momento en que todo lo que me dijo lo vi justo de la forma en que ella me lo dijo y en el que me vi a mí mismo con mis propios ojos, pero desde fuera, sin la necesidad de llevarme recio para progresar. Ella, quien - insisto - tiene mucha práctica en esto, cogió mi cabeza con las dos manos y la puso en su hombro. Si a uno se le llenan los ojos de lágrimas, y alguien te pone la cabeza en el hombro, solo hay una cosa que uno, aunque se haya cerrado mucho en la vida para sobrevivir, puede hacer: llorar. No fue mucho, pero fue. Nadie lo notó, pero ella y yo, los que teníamos que notarlo, sí.

Cuando pasó, aproveché el momento de paz que produce el llanto y me quedé en su hombro como si siempre hubiese vivido ahí. Entonces, pregunté lo que yo siempre he sabido, pero que uno necesita oír de gente desconocida en la calle. “¿Esto pasará?” “Sabes que sí”, dijo ella. Y en su hombro, sonreí como un niñito que estaba llorando por algo y al que, todavía con los ojos aguados, alguien le promete que lo va a llevar al Parque Lenin si se ríe.

Me incorporé y me puse frente a ella. Me enjugué mis ojos y miré al piso, justo antes de volverla a mirar. “¿Y tú quién eres?”, dije. “Ana”, dijo ella con una sonrisa, minimizándolo todo como las verdaderas expertas. Yo sonreí, por primera vez en un buen tiempo con una sonrisa verdadera. “Gracias, Ana”. Ella, a modo de “de nada”, hizo un gesto con la cabeza. 

Y fue así como, con alguna balada de saxofón detrás, una muchacha de vestido amarillo oro y un muchacho de camisa al que alguien que lo vio desde fuera le recordó que no todo lo que pasa en este mundo es culpa de él, bailaron torpe, pero sentidamente, no hace muchas horas, en aquella noche de jazz en aquel bar.

Al llegar a casa, sentado en mi closet, lloré por doce minutos. Todos y cada uno de ellos, por mí mismo.


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