jueves, 18 de abril de 2019

El insoportable


Mi grupo de teatro improvisado se reunió en el centro del escenario para el "círculo feliz" del final de la clase. Es un bonito momento semanal en el que todos se toman de las manos sudadas y se dicen unos a los otros - en una mezcla de admiración, piedad, y agilidad mental para notar quién falta - las cosas que funcionaron en la clase. Tradicionalmente, es un alegre y relajante ejercicio.

Hoy no. Dos segundos después de comenzar tan sacro evento, el protagonista de este blog les gritaba a todos que eran cabras que se dejaban dominar y que si algunos pudieran ser más graciosos se les agradecería. Un acto de crueldad innecesaria enorme: yo, gritándole a 10 gringos que no me conocen de nada (y a mi novio, que ya ha oído esos gritos antes) en mi inglés accidentado. Fui, literalmente, la persona que convirtió el "círculo feliz" en una crisis de rehenes. La cara de asco, sorpresa y desprecio de uno nuevo en el grupo me acompañará por un buen rato.

Luego le grité a la profesora, quien gritó de vuelta, terminé pidiendo que me devolvieran mi dinero y saliendo del teatro a la desbandada. Tendrán que leer el post de la semana que viene a ver si regresé, porque ahora no tengo una respuesta para ello. Si buscan otras páginas de este blog, verán que esta no es la primera vez que salgo yo de un grupo de teatro dando gritos, así que eso es lo de menos ahora. Además, los escenarios se hicieron para el drama (y créanme, la destrucción de ese "círculo feliz" fue el único en esa clase de ayer).

Tuve una causa, por supuesto, y puedo defenderla arduamente, pero no solo ya lo hice demasiado esta noche, sino que además no es lo suficientemente buena. Estoy aquí, escribiendo en este blog por primera vez en más de un año, para defender arduamente otro fenómeno: el hecho de que yo soy - y cualquier otro término sería un eufemismo - insoportable.

Muchos de mis enemigos al leer esto dirán: "Dinos algo que no sepamos". Todos mis amigos dirán exactamente lo mismo. Mis conocidos casuales, que normalmente no tienen que saber de males genios por no ser ni amigos ni enemigos, seguro dicen lo mismo. Mis parejas, ni les cuento. Pero ninguno sabrá nunca lo insportable que soy más que yo mismo.

Por eso escribir es lo mío: así puedo diluir mi mal carácter entre varios renglones y parecer divertidamente neurótico. Ojalá pudiera/quisiera diluirlo en la vida real.

No tengo causa. No creo que tenga cura tampoco. Este post no será uno de esos gloriosos en el que al final descubro porque me molesto tan fácilmente, le sonrío al infinito y voy y le pido disculpas a todos los del grupo del teatro. No: este es un post para declararme literariamente "inmetible" y poder dormir, porque llevo dos horas mirando al techo (al igual que ciertas comidas, después de cierta edad uno no debe fajarse después de las 10 de la noche).

Siempre le digo a mi novio que él quiere todo lo bueno de mí sin nada de lo malo, y que eso no es posible. Que todo viene junto y que se lo tiene que comer con la misma cuchara. Y por supuesto que tengo la razón. Si no fuera tan insoportable, tampoco sería tan intenso para las cosas buenas (no estoy para dar ejemplos de ellas ahora: háganse ideas).

Puedo culpar a los genes. Y a que soy huérfano, por supuesto. Como diría mi amiga Claudia, yo tengo todo el derecho del mundo a morir ahogado en mi propio vómito en una sauna de Canadá y todo el mundo dirá: "es que ha pasado mucho en la vida". Y obvio que tiene razón. Lo mismo con ser insoportable. Estoy jus-ti-fi-ca-do.

Pero ya con la justificación en la mano, me sigue interesando la causa. ¿Por qué yo soy así? ¿Por qué esa gritería cuando veo algo que no me parece justo? ¿Por qué elevo cualquier cosita a la categoría de drama trágico (insertar la cara de asco, sorpresa y desprecio del nuevo del grupo)? Hay personas - mis héroes - que ven esas cosas igual y les resbalan. No se involucran. No se fajan. No dicen nada...

Pensándolo de nuevo, esas personas no son mis héroes. Ni de nadie. Son frígidos. Cobardicas. Chanchulleros por detrás. Indiferentes. Brutos que ni saben lo que está pasando. Cabras. Prefiero ser cómo soy y que me griten histérico que ser como ellos...

¿Ven lo que les digo? El párrafo anterior fue escrito por mi mal carácter en uno de sus momentos cumbres. No lo voy a borrar porque ¿qué mejor muestra de mi "confesión" de que soy insoportable?

Antes hacía una cosa con los dedos en los que fingía que era un dial de radio y apagaba mi mal genio. Creo que funcionaba. Debería intentarlo ahora pero no quiero. Y así se queda uno, rumiando entre querer tener paz de espíritu y vengarse de todos los mosquitos que lo han picado. Ay, qué insoportable...

No sé si fue lo del dial (lo hice después de escribir ese párrafo) pero me entró sueño. Un sueño pacífico y algo avergonzado. Ese de "Ay, chico, no seas así. Cambia un poquito. Mira lo que le hiciste a esa gente, qué pena". Mañana ya se me habrá pasado, por supuesto, y volveré a ser insoportable y a pensar en que se lo merecían.

Quizás sea que no sé cómo canalizar mi energía... O los genes... Y ser huérfano, por supuesto... No sé. Por el momento, déjenme aprovechar este momento de calma para poder dormir.

Si sueño con la cara de asco, sorpresa y desprecio del nuevo del grupo, le pediré disculpas. Ya mañana, cuando despierte, no sé qué haré. Ser insoportable es bastante insoportable.

domingo, 31 de diciembre de 2017

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"Es que te falta el mar", dijo el doctor. Tantos años de estudio para terminar dando diagnósticos que parecían salir de un poemario. "¿Disculpe?". "Eres un hombre de isla y te hace falta vivir cerca de un mar. De ahí que tu nariz esté perennemente tupida: tu cuerpo extraña tu hogar". Quise repetirle que no era la nariz entera, sino la fosa nasal izquierda - derecha, si se para usted frente a mí - pero ¿de qué hubiese servido?. Por decidir abusar de la salud gratis canadiense y entrar un domingo a un hospital solo porque estaba pasando por su entrada, ahora aquel supuesto profesional de la salud me decía como si fuese Carilda que mi cuerpo extrañaba el mar. Antes de que decidiera leerme la palma de la mano izquierda, le di las gracias y me fui, sin receta, tan tupido como cuando entré y algo más contrariado.

"Un hombre de isla". Me imaginé con mi saya de matas sentado en la arena frente al sol poniente tocando un ukelele mientras esperaba el retorno de la canoa con papá y mis doce hermanos, quienes habían salido a pescar alguna tortuga que comeríamos esa noche alrededor de la fogata. "Un hombre de isla". Debería haberle contestado que Montreal también era una isla. Una rodeada por un río, los cuales quizás no destupen narices, pero que a mí se me parecía mucho más al hogar que la otra isla en que nací. Nunca he sido de esos que adora el mar - ni para bañarse, ni para mirarlo sentado en muros legendarios, ni mucho menos para extrañarlo - ¿y ahora resulta que mi cuerpo decidió necesitar la imprescindible sal del mar? De eso nada: exijo síntomas de "hombre de continente". Me los he ganado.

La contrariedad me tupió la fosa nasal derecha - izquierda si se para usted frente a mí - así que mi nariz quedó completamente obsoleta. Me quedé un rato sin respirar como protesta ante las situaciones absurdas en las que me pone la vida, pero terminé cediendo como siempre hago y respiré por la boca, primero como nadador, luego como mujer en parto y más tarde como maratonista ineficiente, hasta que ya más calmado llegué a la respiración normal de cualquier hombre de isla cuya nariz extraña su hogar: incompleta, pero eficaz.

La calle estaba desierta, como todas las calles del mundo - islas o no - lo están los domingos a las cuatro de la tarde. En ese momento de la semana en que la mente prefiere hasta quedarse sin oxígeno antes que ponerse a pensar, pero que pocas veces puede evitar hacerlo. Especialmente ante esas calles vacías que tanto le recuerdan a las calles vacías de otros domingos por la tarde.

"Extrañar el hogar". Qué interesante y molesto concepto. ¿Cuál es el hogar? ¿Mi casa de Marianao? ¿La del Vedado? ¿La de Montreal? ¿La choza de guano de mi padre y mis doce hermanos, no lejos de la fogata? Si me volviera loco y regresara a Cuba, ¿decidiría mi fosa nasal extrañar la nieve? Estuve tentado a regresar a preguntarle al doctor si me podía mudar a Madagascar o si necesitaba la sal específica del norte del litoral habanero, pero probablemente él ni supiera que eran dos islas diferentes.

Pero aún sacando a mi nariz y a sus necesidades de todo esto, el tema está lejos de ser sencillo, especialmente un domingo. ¿Es el hogar en realidad una casa? ¿O un país? ¿Una cuadra? Los nostálgicos dirán que es alguna de estas cosas pero en el pasado y con salida al mar. Los optimistas dirán que en el futuro y con Internet incluido. Algunos, incluso, dirán que es la ciudad de su presente. Y se lo cuestionarán cuando les digan que sus fosas nasales no opinan lo mismo. Los más creativos dirán que es un lugar utópico en el que viven tus muertos del pasado con tus hijos del futuro y todos se llevan bien. Pero yo particularmente no creo que pueda vivir en una casa llena de gente con lo antisocial que soy. ¿Es entonces el hogar un lugar donde estoy solo? ¿Es Saturno mi hogar?

Quizás el hogar es donde están tus libros. Esa definición me pareció perfecta en un inicio. Luego me di cuenta que hace siglos que no leo así que me sentí hipócrita y pretencioso. Quizás es donde esté mi televisor pero mi hipocresía no me dejó asumir esa opción. "Hola, soy Raúl y mi hogar es donde pueda ver HBO". No es falso, pero no. 

Mientras el cerebro divagaba y la nariz extrañaba al océano, decidí que al menos mis piernas tenían que hacerme caso. Así que las detuve en su marcha sin propósito y las encaminé hacia un lugar en el que pudiera buscar respuestas más concretas: el río. Como no sabía cómo acceder directamente a él, me subí al puente  de siempre y calculé desde arriba por dónde coger. Media hora después, luego que bajé lo que había subido, atravesé un barrio, crucé una autopista aprovechando que no había carros, salté dos muritos y caminé por un lodo lleno de contenedores, logré llegar al río. Definitivamente bajar por la Rampa hasta Malecón era mucho más fácil.

¿Por qué estaba haciendo todo aquello? ¿Por qué me sentía tan contrariado si ni siquiera la consulta me había costado dinero? En medio de su onirismo, ¿había diagnosticado aquel doctor un problema real? ¿No sentía yo que Montreal era mi hogar? ¿O esto no tenía nada que ver con Montreal?

El río no se parecía a nada que yo pudiera considerar mi hogar, ni presente ni pasado. Era agresivo, aburrido y poco idílico. Pero el recorrido hacia él me había hecho recordar - no sé ni siquiera por qué; seguro porque todo es igual los domingos - a Ciudad Libertad. Y esta familiaridad se sintió bien. Fue una mezcla de "este lugar me lo conozco de memoria" con "sé que no ha cambiado nada y eso es lo que me gusta de él", "aquí puedo ser yo mismo aunque no siempre haya sido yo mismo aquí", "si me siento mal puedo venir a este lugar a curarme"... Listo: Ciudad Libertad es mi hogar. ¡Encontrado!

Dos segundos después deseché esa teoría. ¿Cuándo fui yo feliz en Ciudad Libertad? ¿Es el hogar un lugar donde uno tiene que ser feliz o es el masoquismo parte de la ecuación? ¿Es Estocolmo el verdadero y único hogar? Ni siquiera tuve que esperar al lunes para darme cuenta que "Ciudad Libertad es mi hogar" sonaba ridículo. Así y todo, la sensación provocada mientras pensaba en ella sí me pareció lo más cercano a una respuesta que había logrado en toda la tarde.

"¡Ahí no se puede estar!", gritó alguien en mal inglés. Busqué con la vista y encontré al guardia que cuidaba contenedores. Desde la distancia le pregunté con las manos si me hablaba a mí. "Yes! You can't be there! Go home!" Todo el mundo en Montreal estaba obsesionado con mi hogar. Le dije que sí con la cabeza y me fui. Después de todo ese río no había hecho mucho por mí.

Un rato más tarde, caminando una vez más sin propósito, justo cuando me cuestionaba si en vez de "hogar" era "extrañar" la palabra que debía estar analizando para encontrar la causa de mi conflicto, llegó el ocaso. El ocaso es el orgasmo de la melancolía dominguera. El momento en que uno o se mata o sobrevive para siempre. Donde decides que ya nada vale la pena y te tiras a la depresión profunda o donde las preguntas se convierten en segundos en convicciones que en otros días te es más difícil responder.

Así que mirando el ocaso me di cuenta que el hogar es donde uno se siente bien el domingo por la tarde. A veces es tu casa del pasado, a veces un estado de ánimo, a veces Ciudad Libertad, a veces donde están tus libros y a veces donde sientes que te comprenden. A veces es en el futuro y otras en algún planeta del sistema solar no habitado todavía. A veces es "hogar" y a veces es "home". A veces es donde estás solo y otras donde estás con tus muertos del pasado y tus hijos del futuro. A veces es donde amas y a veces es donde ves alguna serie de HBO donde la gente se ama. A veces es el mar, a veces la nieve. A veces tú mismo serás tu propio hogar y a veces tu cuerpo te mandará síntomas para que salgas a buscarlo.

Si ante el ocaso dominguero no sientes que debes estar en otra parte, estás ahí. Y con esta convicción sobreviví para siempre. Incluso podría asegurar que en ese momento mi fosa nasal izquierda - derecha si se para usted frente a mí - dejó pasar un ligero aire hogareño.  

Las noches de los domingos son siempre más relajadas que sus tardes. La mente deja de cuestionarse cosas, cancela oficialmente búsquedas que momentos antes parecían vitales y empieza ya a quejarse del lunes. Así que entré a un bar. Quizás el hogar sea difícil de definir, pero el bar de la esquina no. Cuando me trajo mi cerveza roja de siempre - algo que solo he visto en Canadá pero que grita "hogar" como pocas cosas - el cantinero de siempre me preguntó "¿qué hiciste hoy?". "Tengo esta fosa nasal tupida así que fui al doctor. Pero no...". "Es por la leche de vaca", me espetó. "¿Disculpa?". "La leche de vaca te tupe la nariz". Montreal: donde los doctores son poetas y los cantineros son doctores.

Me eché a reír de buen grado. Quizás fue el temor a perder mi desayuno diario - quizás fue algo más - pero negué vehementemente con la cabeza, levanté mi trago, brindé en el aire y con un profundo acento isleño dije: "Es que me falta el mar".

viernes, 29 de abril de 2016

23 de abril de un año terminado en 16

 
Tenía 10 años cuando descubrí que Cervantes y Shakespeare habían muerto el mismo día. Ahora se habla de que fue con un día de diferencia pero en aquel Tesoro de la Juventud donde lo descubrí decía exactamente la misma fecha (que para colmo era también la fecha de nacimiento de Shakespeare - se usa ahora la de su bautizo, tres días después, pero en aquel Tesoro de la Juventud era también un 23 de abril).

Ese día en que me sentí arqueólogo, vi aquel 1616 en la muerte de Cervantes y pensé que se parecía mucho al número que había en mi cabeza que indicaba la muerte de Shakespeare. Busqué en otro tomo destartalado y lo encontré. Y no solo era el mismo año, sino el mismo día. Y me asusté. Me asusté de ser la única persona en el mundo que supiera eso. Ese miedo a descubrir algo grande que tenemos los mortales.

Se lo dije a mi mamá, quien asintió con la cabeza y se puso a hacer otras cosas. Se lo dije a alguien en el aula pero sin mucho lío. En los años por venir se lo dije a algunas personas que me parecían interesantes pero nadie nunca lo vio tan trascendente. Había cosas más importantes en la vida. Como vivirla.

Y mientras tanto, en mi cabeza, no podía evitar pensar en aquel día de 1616 en que Shakespeare y Cervantes decidieron irse juntos para pasarse la posteridad haciéndose bromas mutuas de "ser o no ser" o "dime, cabrón, el nombre de aquel lugar de la Mancha" mientras la lengua española y la lengua inglesa (que no son cualquier lengua) se quedaban huérfanas a la misma vez.

Nunca en 33 años he encontrado a alguien cuya primera frase sea "¡Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día!". Todo el mundo parece más interesado en otras cosas. Así que yo me lo guardé también. Escondí mi gran descubrimiento. Cuando llegó la Internet a mi vida y vi las fechas ya con un día de diferencia me dije que era mejor así. Que yo no había descubierto nada y que podía morir en paz como todo buen mortal al que no se le concedió ningún secreto extraordinario. Tenía permiso para ser mortal. Ese miedo que le tenemos los simples a la grandeza.

Pero secretamente siempre he sabido que sí se fueron juntos. Como también sé que no soy el único que lo descubrió por sí solo, pero eso no hace mi descubimiento menos relevante. Es mío. Y me hizo sentirme solo pero también grande. Y grande es más importante que solo.

Hoy se celebran 400 años de aquel día. Y me pasé el día haciendo otras cosas. Cosas irrelevantes y estúpidas. Si hubiese sido el niño de 10 años habría esperado este día rodeado de mis libros pero me lo pasé haciendo tonterías. Pensando en que estoy solo más que en que no soy grande. Prueba evidente de que soy un mortal y no me merezco la grandeza de haber descubierto que esos dos se fueron juntos.

Pero ahora, al final del día, esa cifra con tantos ceros me cayó encima. Me di cuenta que cuando se cumplan 500 ya yo estaré muerto, así que dejé lo mundano que estaba haciendo y me puse a pensar en qué estarán haciendo esos dos allá arriba 400 años después. Si ya habrán revelado el nombre del lugar en la Mancha y si se habrán puesto de acuerdo en si ser o no ser.

Y tuve 10 años de nuevo. Y me sentí grande por un rato. Como debe ser.

Ya son las 2:00 am del 24 de abril pero no importa. Como no importa que oficialmente Cervantes se haya ido realmente un día antes o que yo no llegue nunca a ningún lado. Yo soy como el Quijote y vivo en mi cabeza que altera datos para hacerse el héroe, así que lo único importante es que Shakespeare y Cervantes se fueron juntos y yo lo descubrí cuando tenía 10 años. Y hoy lo conmemoro rodeado de mis tomos del Tesoro de la Juventud y haciendo finalmente público mi gran descubrimiento.

"Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día".

viernes, 18 de marzo de 2016

Los maestros


“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento,
el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” – Gabriel García Márquez


Uno cree que nació sabiendo. Que la habilidad de escribir la tiene porque la tiene, porque estaba destinado para ello, porque siempre había estado redactado en algunas estrellas sin nombre. Que todo fluyó con naturalidad desde la primera vez que escribió un cuento porque era su secreta misión en la vida. Que es autodidacta porque los verbos y los complementos circunstanciales le vienen con soltura a la cabeza para luego combinarlos estratégicamente en poderosos predicados sin que nunca nadie le dijera: "mira, muchacho: esto se hace así".

Pero entonces un día, buscando algo irrelevante, imperecedero, se encuentra con el libro de Gabriel, el cual siempre está cerca pero no siempre se nota porque uno está ocupado pensando en sus supuestas virtudes innatas. El libro que mientras Gabriel escribía lo hacía tan feliz que soñaba estar inventando la literatura. El libro que llegó a tu vida una tarde remota y que te hizo tan feliz que soñaste que estabas descubriendo la literatura. Sin verborrea, sin tanto aparente respeto a la forma, sin párrafos interminables para describir la muerte de sus entrañables protagonistas. Una mala palabra en el momento preciso, otra frase dicha como al descuido pero que encerraba la indefinible esencia de la vida, una huérfana que se comía la tierra y la cal de las paredes, y ya estaba: habías llegado a Macondo y forzosamente nunca serías el mismo.

Entonces uno constata, con aleccionadora humildad, que no nació sabiendo. Hojeando el libro se llega incluso a preguntar si en realidad sabe algo o no es más que otro imitador de las grandezas de los grandes. ¿Quién te enseñó, si no fue él, que no hay reglas en el escribir? ¿Que no hay reglas en la vida? ¿Que lo real se define mucho mejor si se acude a lo mágico para ello? ¿Que estamos destinados a existencias de infinitas – o al menos centenarias – soledades pero que eso no quiere decir que no podamos pasárnoslas templando como conejos, llamando a las cosas por su nombre y haciendo lo que nos pida el cuerpo, aún cuando esto sea comer tierra y cal de las paredes? Puedes fingir que ese onirismo te es nato, que las estrellas anónimas lo quisieron así, pero sabes perfectamente que lo sacaste del libro de Gabriel.

De ese y de otros de sus libros, en donde también aprendiste - o quizás ya lo sabías pero no sabías definirlo, no sabías que otros también lo sentían, y este descubrimiento, este saber que no se está tan solo y que hay otros más brillantes que pueden ponerlo en palabras es aún más importante que aprender - que la muerte llega en un segundo, sin avisar, dejando apenas un rastro de sangre en la nieve, que la apatía colectiva solo necesita de la belleza de un ahogado para desaparecer, que hay quien tiene ángeles con alas enormes viviendo en cochinos gallineros, que con cólera o sin cólera el amor (y el desamor) florece en cualquier tiempo, que hay comarcas en las que el hijo de puta se da silvestre y que las putas – con hijos y sin ellos – son vitales para el mundo y, sobre todo, para la literatura.

Entonces, con este espíritu nostálgico de alumno eterno, como si también te los hubieses encontrado a ellos mientras buscabas cosas secundarias, te sientas en los escalones del pedestal que tú mismo te habías construido y recuerdas a otros, cuyas carátulas no están tan cerca pero cuyos contenidos nunca están muy lejos de tu intelecto o de tus sentimientos – los mejores estantes –, que también te ilustraron cómo se ha de escribir, cómo se ha de pensar, cómo se ha de vivir.

Como el libro de Alejo - cuya primera página tuviste que leer decenas de veces antes de entenderla visceralmente pero que desde la segunda hasta la última fue sin interrupciones – sobre aquel hombre sin nombre que se aburría sin saberlo hasta que reencontró y volvió a recorrer los pasos que hacía mucho había perdido. Y lo bien que te sentiste años después cuando lo releíste y descubriste no solo que te sabías la primera página de memoria sino que desde hacía algunos años intentabas que tus propios pasos fueran más grandes y visibles para el día en que tuvieras que salir a reencontrarlos, y luchar así contra el inconsciente aburrimiento que puede ser el cursar por este mundo, todo fuera mucho más fácil.

O el libro monumental, leído primero en español y revisitado luego en francés, de Víctor, que te enseñó magistralmente, con multitud de verbos y de párrafos que describían batallas, cloacas y barricadas, que la miseria del bolsillo engendra la miseria del alma, que unos candelabros pueden ser el punto de giro en la existencia de un hombre y que pocos son más devotos a su profesión como los policías nacidos en cárceles.

El libro – que nunca fue uno solo sino cuatro revistas, una novela, algunos cuentos, decenas de ensayos, cientos de cartas y 42 años de inagotable iluminación – de José Julián, que te mostró que había otros niños tristes llamados Raúl, que regresar a casa descalzo no es malo si eso alivia en algo a los que lloran en cuartos oscuros, y que la libertad – la real: esa que te lleva a lugares a donde ningún captor podrá ir a atraparte jamás – solo puede venir con la cultura y el conocimiento.

O el de Rogelio, que tan inesperadamente llegó a tu vida sin poesía - conservado a la cabecera de la cama desde el día en que un amigo que se apiadó de tus recientes heridas te lo ofreció - donde se explicaba claramente que al cisne salvaje has de amarlo salvaje o no amarlo, que la felicidad de un segundo puede quedar inmortalizada para siempre en una foto eterna – en un texto eterno - y que en la vida hay muchos, muchísimos, modos de jugar.

El libro de Sir Walter, que tantas y tantas veces leíste acostado en el piso de granito de tu sala acomodado a la luz del sol que entraba por los cristales, sintiéndote mucho más cerca de la Inglaterra del medioevo que de tu propia realidad, donde ya te ibas dando cuenta que el amor clásico de Ivanhoe y Rowena nunca podría marcarte tanto como la ilícita y condenada pasión de la judía Rebeca y el caballero templario.

El de Mark, gracias al cual bajaste el Mississippi en balsa junto a Huck y el negro Jim siendo testigo sin saberlo de una identidad racial llena de conflictos de otras épocas y de otros países pero que curiosamente no estaban tan lejos de los tuyos como podría pensarse. O el de Margaret, en el que Scarlett - oh, Scarlett - te enseñó mientras comías tierra a prometerte que nunca más pasarías hambre y que no importa cuánto te hayas equivocado o cuánto hayan salido mal las cosas, mañana será otro día en el que siempre se puede volver a empezar de nuevo.

Los de J.R.R, en los que el ser más pequeño hizo toda la diferencia, o los de J.K, que llegaron cuando ya yo era adulto pero que me hicieron sentir feliz de que los niños huérfanos también podemos ser los héroes de todo un universo mágico en el que a su manera todos cuidan de él. Donde también aprendiste que todo Gollum fue Sméagol alguna vez - incluso todavía lo es - pero eso no quiere decir que podamos salvarlo ya, y que gracias a la sed de conocimientos la hija de dentistas muggles puede llegar a ser la más talentosa de los magos.

El de Fiodor, por enseñarte que ningún crimen tiene peor castigo que el de la propia conciencia, los de Charles por presentarte a Oliver, David y Philip, el de William, que te mostró que los niños más buenos se convierten en las fieras más desalmadas si no hay hombres sin moscas que los controlen o las obras de teatro del otro William donde se te exponía ya el gran dilema de si debemos ser o no ser.

El de Oscar, en el que fuiste testigo que aún cuando los demás no la vean y solo se refleje en una pintura escondida en el sótano, el alma siempre cambia con todo lo bueno o lo malo que le pasa. O las crónicas del barrio donde vives ahora, de Michel, que te hicieron desear escribir las crónicas del barrio donde vivías antes y del cual te refugiabas en el medioevo sajón. El libro de Edgar, que te dio la terrible opción de elegir entre un pozo y un péndulo o el de Ernest que te enseñó que las campanas siempre doblan por ti, que es lo mismo que doblar por todos los hombres.

Y los de Ágata, Jorge Luis, Anónimo, Virginia, Esopo, Marcel, Albert, Arthur, Hans Christian, Jacob y Wilhem, Emily y Charlotte, Homero, Antón, Senel, José, Rudyard, Dora, Mirta, Honoré, Edmundo, Leo, Gustave, Franz, Tennessee, los que escribieron el Tesoro de la Juventud, los traductores de todos esos libros, otros cuyos nombres no me acuerdo pero cuyas enseñanzas sí...

Tantos. Tantos maestros que vinieron, dieron su lección magistral, te dijeron "mira, muchacho: esto se hace así" y luego se fueron a seguir con sus vidas, o a acabarlas, o a lo que sea que quisieron hacer esos hombres y mujeres inmortales. Esos maestros cuyos apellidos no tienes que mencionar porque sabes muy bien quiénes son y sabes que el resto de sus alumnos también.

Y así, completamente desmoronado ya el supuesto pedestal en el que creíste estar alguna vez, solo queda el piso de granito donde eres una vez más el discípulo más feliz del mundo y con la luz del sol que entra por la ventana te vas de nuevo al medioevo inglés, a París, a New York, al Amazonas, al siglo XVIII, al país de las sombras largas, al asteroide B612, a Mordor, a Nunca Jamás o a algún lugar de la Mancha cuyo nombre el Autor eligió no acordarse para hacerlo así eterno.

Te vas de nuevo a ser un mafioso que le lleva el cuerpo de su hijo lleno de balas a su amigo funerario para que se lo arregle y que su madre no lo vea así, te vas a ser una negra sentada en su portal que ve en la distancia a su hermana después de 30 años y grita un "¡Nettie!" eterno, te vas a tener las quince mil vidas de todo caminante que ha leído.

Te vas a ser ese hombre que el día que le llegue su turno frente al pelotón de fusilamiento, entre su último pensamiento dedicado a su madre - quien le enseñó a leer - y su grito de "Disparen, cojones" para ponerle un final literario a su insignificante vida, dedicará un segundo a recordar - con una sonrisa en su cara - aquella tarde remota en la que el padre del coronel Aureliano Buendía lo llevó junto a su hijo a conocer el hielo.

¿Autodidacta? Para nada: he tenido los mejores maestros.

viernes, 11 de marzo de 2016

La pareja más linda de todo Marianao



Primera parte

René e Inés se conocieron en la Universidad de la Habana en 1993. Ambos coincidieron en la desierta cafetería y él preguntó "¿por qué seguimos viniendo a este lugar si sabemos que no hay nada?". "Supongo que cuando perdamos la esperanza es que estaremos verdaderamente desesperados", dijo ella. Y él se enamoró. Menos de una semana después, eran novios.

No había mucho en 1993 así que estar enamorado era lo mejor que podía pasar. Cuando se está en esa etapa, todo lo que no sea el amor es secundario. Ni siquiera hambre se siente. Y cualquier molestia, escasez o miseria se anula cuando te dicen que "tu novia está en la sala, ve a verla".

Como ambos eran de Marianao, iban y venían juntos a la universidad y en más de una ocasión, cansados de esperar una guagua que quizás no llegaría nunca, regresaban caminando. Ya por el puente Almendares ella amenazaba con tirarse  debido a la fatiga, y él le respondía que si ella se tiraba se tenía que tirar él también, y ese día no tenía ganas de morirse porque tenía que tocar en una peña de rock por la noche. Entonces la cargaba por unos 100 metros y ella decía que estaba bien, que se suicidarían otro día que no hubiera peña. Y seguían el largo camino a casa.

Cuando no había luz - o sea: todos los días - ella, en vez de poner a quejarse con los padres y la hermana se iba a los ensayos de él y fungía como público junto al resto de las novias de los "Marianao's Death Metal Troopers" que tocaban sus instrumentos sin electricidad. Y luego del simulacro de ensayo se quedaban abrazados hasta que los botaban.

Hacían el amor en alguna parte que no consta en los archivos del municipio ya que ninguno de los dos tenía dónde. Pero lo hacían. Quizás no tanto como hubieran deseado, pero lo hacían.

Un día él le dijo que lo que sentía por ella nunca lo había sentido por nadie. Más que eso: lo que sentía nunca lo sentiría por nadie porque era demasiado lindo como para que se repitiera de nuevo. Ella contestó que sentía lo mismo, que solo pensaba en él y que si ambos sentían lo mismo nadie ni nada podría separarlos nunca.

Y mientras todo un país gritaba porque no había comida, luz, transporte o esperanza, ellos se paseaban de la mano hablando de amor y tonterías. Como debe ser.

Un día llevaron a un vecinito de René al Parque Lenin y durante todo el día entrenaron así para cuando tuvieran un hijo. Como los aparatos no funcionaban terminaron en la esquina de algún bosque jugando a los escondidos. Fue un lindo día. Al entregar al niño en su casa, la madre de este, a la que el hambre nunca le impidió notar lo que de veras importa en este mundo, les agradeció y les dijo que "eran la pareja más linda de todo Marianao".

El padre de Inés preparaba una balsa y para mediados de 1994 ya estaba casi todo listo. Inés, enamorada, dijo que ella no se iba a ninguna parte. La madre, el padre y la hermana pusieron el grito en el cielo. "Tú no te vas a quedar aquí por un macho", dijo alguno. "¡No es un macho! ¡Es mi novio! ¡El hombre que amo!" "Sí, y ¿cuándo se acabe el amor?", dijo otro. "Este amor no se va a acabar", dijo ella. "¡Además mejor morirse de amor que en una balsa!".

René no supo qué decir. Claro que quería que se quedara - desde que la había conocido pensar en no estar con ella ya no era una opción - pero sentía que era su responsabilidad decirle que se fuera. Porque la seguridad económica es mejor que el amor. ¿No? Entonces ella le dijo que la obligara a quedarse, que ella solo necesitaba que él le dijera "no te vayas". Y él le dijo "no te vayas". Y agregó "yo te haré feliz siempre, te lo prometo. Con seguridad económica o sin ella. Este amor es para siempre".

Entonces fue él quien se tuvo que ir. A Oriente. Su padre estaba enfermo desde hacía mucho tiempo y lo inevitable estaba ya al pasar. La noche antes de irse, en aquel muro de 116, todo parecía normal, aunque por alguna razón no paraban de llorar. "¿Y por qué lloramos?" "¿Y yo qué sé?" "Te amo", le dijo él al final. "Yo más", dijo ella. "Te veo en unos días", dijo alguno.

El viaje a Oriente duró mucho más de lo previsto. Llegar allá había sido una verdadera locura pero por suerte le había dado tiempo a hacerlo antes que el padre muriera. Luego se tuvo que quedar un tiempo lógico con la madre, que estaba inconsolable.

Nadie tenía teléfono en aquella época. Uno por cuadra en el mejor de los casos. Finalmente un día lograron comunicarse gracias a una vecina de él y a un familiar de ella y a muchas llamadas de larga distancia previas para poder ponerse de acuerdo en el horario. Ella fue rápida. "Me voy. Tengo que hacerlo. Yo no quiero, pero tengo que irme. Tengo que irme." Él se sintió morir pero se lo tragó. Como un hombre. O algo así. "Quiero verte antes de que te vayas". "Ven, aquí estaré". "Espérame". "Sí". "Te amo". "Yo más".

Él dejó todo y salió para la Habana, lo cual era mucho más fácil de decir que de hacer. Luego de dos días de camino terminó en alguna parada abandonada en el medio de una carretera en Camagüey, por donde absolutamente nada pasaba. Ni siquiera personas. Entonces se dijo que se iba corriendo para la Habana, rememorando los lejanamente felices días del largo camino de la universidad a Marianao.

A los dos kilómetros, como si fuera el Puente Almendares, le dio un ataque. Se dio cuenta que solo con su amor no podía ir hasta a la Habana, no podía impedir que ella se fuera, no podía impedir perder un año de carrera, no podía impedir que el padre se muriera, no podía impedir estar tirado en el medio de la nada corriendo por gusto bajo un sol que lo mataba... Su amor no servía para nada. Dio unos gritos, creyó que se moría y luego se sentó en una sombra que encontró. Al día siguiente, un camión lo recogió y lo llevó de nuevo hasta la puerta de su casa en Oriente, lo cual dadas las circunstancias, bien puede considerarse como todo un lujo.

En algún momento - antes, durante o después de esto - Inés se montó en una balsa y se fue. Histérica, descontrolada, inconsolable. Diciéndole a la hermana que era mejor morirse en una balsa porque el amor dolía demasiado. Estaba desesperada. Esa desesperación que viene con haber perdido la esperanza.



Segunda parte

Todo el barrio quedó traumatizado con aquello. Pero entre tanto niño muerto en el mar y tanta hambre, hubo que poner aquella historia en un archivo secundario. Porque el amor es secundario. Especialmente para los que no participamos de él.

Al final René regresó a un Marianao y a una universidad sin Inés, y se puso a esperar. No supo muy bien qué pero se puso a esperar. Esa confianza que tiene uno en que la vida no puede ser tan mala. Que esos vacíos en la boca del estómago son solo sustos, no estados de ánimo perennes. Además Inés sentía lo mismo que él y eso la distancia no podía apagarlo.

Primero vino la tristeza, luego la impaciencia, luego la angustia, luego la ira, luego la desesperación, luego el vacío. No le dijo a nadie que estaba esperando, pero lo hacía. Tuvo otras novias, se casó, tuvo un hijo...hasta que un día se dio cuenta que ya no estaba esperando nada y que en efecto, aquello se había acabado. Y se había acabado aquel día en la carretera de Camagüey, con gritos e histeria.

Se dijo entonces que el amor era una mierda condicionada por factores económicos y geográficos. Que uno ama al que tiene al lado y si este se va pues ya no lo ama más, prueba evidente y clara de que el amor no existe y en su ausencia le llamamos así a la costumbre que se deriva de ver a alguien todos los días. Pero aún en los casos en que veamos a estas personas por muchos años y creamos que estos amores/costumbres son muy poderosos, estos también se acaban una vez que se dejan de ver por la causa que sea. Y odió su propia teoría pero lo ayudó mucho a seguir viendo el juego de pelota con la conciencia más tranquila.

Inés se bajó de la balsa y se dijo que regresaría a Cuba en cuanto pudiera. Que René la estaba esperando. Que ella no podía vivir sin él. Se dijo que en un mes, que en un año, cuando ya se hubiera acostumbrado a la vida en Miami, cuando finalmente dejaran regresar a los que se habían ido...Primero vino la impaciencia, luego la desesperación, luego la costumbre, luego la decepción de sí mismo, luego la costumbre de nuevo, luego nada.

Un día que fue a recoger a la menor de sus hijas a la guardería se dio cuenta que ella no había movido un dedo por retomar su relación con René. Ella, que estaba tan enamorada. Que aquella relación, en efecto, se había acabado cuando ella se montó en aquella balsa. Con gritos e histeria incluidos.
 
Entonces le dijo a la hermana que la distancia era una mierda. Que toda relación está destinada a pudrirse pero las que se separan de pronto y por culpa de la distancia son las peores porque no se les da la oportunidad de pudrirse como va. La hermana dijo que quizás eso era mejor porque así uno vivía con la esperanza tonta de que el amor existía en algún lado, en vez de verlo pudrir frente a sus ojos. Y odiaron su teoría pero las ayudó mucho a sentirse bien en aquel parque con los niños.

Muchos años después, en 2011, Inés decidió que era hora de ver a René. Así de pronto. Ya había ido a Cuba cuatro veces, ya se había divorciado y se había vuelto a casar, ya tenía otro hijo más que también había crecido, ya había pasado de los 40 años y de pronto aquella idea se le metió en la cabeza. Era el momento.

Así, una tarde de abril, Inés le tocó la puerta a René luego de haber hecho todo un estudio de direcciones, teléfonos y estados civiles, con la intensidad que se había prometido tener cuando la subieron en el barco de los guardacostas y que luego no había tenido la capacidad de cumplir. Él la reconoció enseguida y puso cara de tranca. Se dijo algo como "¿esta cree que se va cuando quiere y viene cuando quiere y yo tengo siempre que estar a su disposición?". Pero luego se le pasó. Y luego sintió un no sé qué.

Ella se sintió culpable cuando lo vio. Y luego se declaró inocente y culpó a la vida. Y al Período Especial. Pero luego se le pasó. Y luego sintió un no sé qué. Y se abrazaron y lloraron juntos sin ni siquiera saber las causas. "¿Y por qué lloramos?" "¿Y yo qué sé?"

Él le dijo que casi se había vuelto loco, ella le dijo que casi se había vuelto loca, pero como nadie se muere de amor - lo cual es una lástima - habían seguido con sus vidas, haciéndolas menos apasionadas y menos lindas, pero más reales. Porque la belleza es inversamente proporcional a la realidad, y eso lo habían aprendido en su trágica separación. ¿O quizás no?

Declararon que la distancia es una mierda pero al final pone en evidencia que las personas no se aman tanto como ellos creen, así que al final fue para mejor y que todo lo que pasa en esta vida conviene. Entonces llegaron a la conclusión que ellos no se habían amado tanto como habían creído y que todo había sido una aventura de juventud. ¿O quizás no?

Al final caminaron hasta el Lido, recordaron las largas travesías hasta la universidad, los Marianao's Death Metal Troopers, la cafetería de la UH, el vecinito de René, los "tu novia está en la sala, ve a verla" y aportaron nuevos cuentos de cómo al final había traído a la mamá de Oriente y cómo en Miami todo el mundo tiene carro.

Y así, sin gritos ni histeria, René e Inés tuvieron finalmente el final que se merecían. Con calma. Sin desesperación. Con una nostalgia bonita. Como se merecía el amor que tuvieron alguna vez y el cual ahora minimizaban pero que en su momento había inspirado a muchas personas que necesitaban historias bonitas para lidiar con el hambre.

"Nos veremos alguna vez". "Pero claro". "Adiós". "Te quiero". "Yo más".

Y todo un barrio respiró tranquilo.



PD: Dedico este post a todos los amantes a los que la distancia separó. También  a los que no separó. Pero más que nada, se lo dedico al René y a la Inés originales - que 25 años atrás me llevaron un día al Parque Lenin - los cuales nunca volvieron a verse ni a saber nada el uno del otro y cuya segunda parte de esta historia inventé sin culpas porque no sirve de nada ser escritor si uno no puede darle un final feliz a las injusticias de la vida. Sobre todo cuando se trata de la pareja más linda de todo Marianao.
 

viernes, 4 de marzo de 2016

La cita sin sexo


Ahí estaba yo: sentado sin hambre en un restaurante que no podía pagar esperando a un hombre que no tenía ganas de conocer y con el cual ni siquiera tendría sexo. ¿Recuerdan cuando uno pensaba que a los 33 ya tendría una vida sustancial y plena...?

Todo comenzó dos días antes cuando me paseaba por Craigslist buscando un sofá para uno de esos amigos que insisten en no tener Internet "porque no la necesitan". Luego de la inevitable transición de "muebles" a "hombre busca hombre" (está ahí; hay que dar click) me encontré un anuncio que alternando criminalmente minúsculas y mayúsculas rezaba "cita SIN SEXO". Entre todas aquellas ofertas de "échamela en la boca" y "te espero en cuatro patas con los ojos vendados" aquella cita sin sexo (perdón: SIN SEXO) resultaba asqueante. ¿Qué buscaba aquel hombre? ¿El amor? ¿Con otro hombre? ¿En Craigslist? Hora de regresar a la categoría de "muebles".

Pero la noche siguiente, en un bar, me tomé tres tequilas y dos cervezas, me besé con cinco y terminé semidesnudo en una esquina con dos, estadísticas todas que delatan una realidad que finjo no ver pero de la que todo un bar estaba siendo testigo: estoy mal. Muy mal. Sorpresivamente me atajé a tiempo, me subí los pantalones, salí del bar antes que cerrara, no fui al sauna ni llamé a nadie con productos estupefacientes y tomé un taxi a casa. Pero en mi cama, cuando ya me creía a salvo de mí mismo, me di cuenta que tendría que confrontar el hecho de que estoy mal. Y como no sé cómo se hace eso me busqué proyectos futuros inmediatos para poder dormir con la conciencia tranquila.

Así que fui a Craigslist y respondí el anuncio de mayúsculas discriminatorias, el cual seguía allí (¿nadie denuncia ese tipo de indecencias?). Y cuando su autor mandó su foto hice mi plan secreto el acostarme con él. Listo: ¿a quién le importa estar mal cuando tenemos un reto sexual al día siguiente? Las prioridades, amigos, lo son todo.

Al día siguiente ya no estaba tan feliz. El hecho de tener que hablar con otros seres humanos es algo que me molesta ya sobremanera. Lo hago porque no me queda más remedio, pero ¿ir a una cita a eso voluntariamente? Y para colmo en un restaurante en el que no puedo ni pagar el pan con mantequilla gratis del inicio. ¿Y todo eso para qué? ¿Para acostarme con un hombre con el que en realidad no quiero acostarme - como no quiero acostarme con nadie - y que tampoco quiere acostarse conmigo y obviamente con nadie? ¿Cuándo voy a asumir que tengo una tara que me hace estar todo el tiempo en constante movimiento buscando fuera lo que debía buscar dentro? ¿Cuando me mate? ¿No será eso lo que quiero? ¿Por qué no lo hago, entonces? Qué va: estoy mal. Esa noche al regresar a casa tendría que tener esa conversación conmigo mismo. O probablemente no. Siempre puedo hacerlo en mayo. Del 2018.

Con toda aquella negrura en mi cabeza miraba al vacío cuando llegó él. Rozagante, limpio y perfumado. Lo miré con odio. ¿Dónde estaban estos hombres cuando uno los esperaba? Patillas largas, pelito tirado hacia arriba con gel, espejuelitos y el aspecto general de un eterno jovenzuelo universitario que ya tiene 35. Odio a los hombres.

"Encantado de conocerte", dijo. "Lo propio", mentí, y pasamos a la ceremonia de small talk, que es algo para lo cual me declaro completamente intolerante en mi vida actual. Con todas las cosas importantes de las que hay que hablar - mejor: con todo lo que hay callarse y ponerse a cambiar cosas - ponerse a hablar del calentamiento global o de Donald Trump es la prueba fehaciente de que perdemos nuestras vidas miserablemente.

Unos minutos más tarde, en los que seguimos hablando tonterías y ordenando comida cara que ni siquiera puedo recordar a qué sabía, pasamos a temas algo más sustanciales. "Entonces, ¿tienes muchas citas?", preguntó. "Nunca". "¿No tienes citas?". "No". "¿Por qué?". "Porque las citas son para las personas que quieren conocerse. Y yo no quiero conocer a nadie. Yo quiero singar". Ese soy yo: elevando el arte de las buenas costumbres de la mesa a un nuevo nivel. "Entiendo", dijo él como si nada."¿Entonces, ¿qué haces aquí?". Iba a decir "honestamente no sé" pero me autocontrolé y dije lo siguiente que se me ocurrió: "estoy probando nuevas cosas".

"Entonces esta cita combina dos cosas que odias: conocer gente y no singar". "Bah, no es tan malo. Tampoco tengo tantas ganas de singar, y al final lamentablemente uno siempre termina conociendo un poco a la gente con la que singa, así que técnicamente estoy acostumbrado. Al menos ahora estoy comiendo algo. Nunca como". Rió. Sonreí. Entonces, en parte para justificar mi agresividad, en parte para lograr salvar aquella noche, le resumí mi estado general y de paso me lo resumí a mí también: "estoy harto de mí mismo".

Él me miró pensativo. "Entonces hablemos de mí". "Sí, por favor", dije mientras hacía sonar la copa de agua con el cuchillo. "¿Desde cuándo haces este tipo de citas asqueantes con mayúsculas inapropiadas?", dije con voz de pregonero de circo. "Esta es mi primera". ¿Ah, sí". "Sí, acabo de divorciarme y pensé que esto sería lo menos agresivo para mi regreso al mundo real". Obviamente él no contaba con encontrarse conmigo.

Pobre hombre. Y yo quejándome como niña. "Lo siento." "Oh, no importa. Todo está bien. Y mira la cita que me encontré; no hay nada de qué lamentarse", sonrió nervioso. "Espera. ¿Un cumplido? ¿Me merezco un cumplido?". "Sí, claro: eres muy simpático". "Oh, gracias". Sonreí. Sonrió. Y ahí decidí que mi mal carácter abandonaría inmediatamente ese restaurante, dejándome solo con aquel muchacho que seguro la estaba pasando peor que yo y así y todo insistía en sonreír todo el tiempo.

El resto de la cena fue todo small talk, que aparentemente cuando uno está de buen humor no es ni tan molesto ni tan improductivo. Y el calentamiento global y Donald Trump son temas importantes que todo el mundo debe abordar. Cuando pagábamos la cuenta me preguntó si quería irme a su casa. Yo, que miraba la tarjeta de débito mientras suplicaba en silencio que pasara sin problemas, dije que sí, sin darme cuenta realmente de lo que estaba haciendo. ¿Ir a su casa a hacer qué? Eran las 11 de la noche, hora en la que un muchachito decente de su casa se va a un bar a emborracharse y besarse con muchos desconocidos, no a la casa de un hombre que no conoce y con el cual NO TENDRÁ SEXO.

Si tenía alguna duda acerca de mi decisión, esta fue disipada inmediatamente en cuanto llegué su casa. Yo no podría deprimirme si viviera en un lugar así. Qué ganas tengo de acabar de ser rico, señores. Madera por todas partes, cristales en el techo por el cual se veía la nieve caer, olor a caro...y algún bourbon fuerte, de ese que me tiene hablando boberías a los 6 minutos.

"¿Qué se supone que hagamos ahora", dijo. "¿Yo? ¿Y yo qué sé? Tú eres el que planeó esto y esta es tu casa. Inventa algo", respondí, mientras me controlaba para no decir que en otro tipo de cita sin mayúsculas ya estaríamos en plena felación recostados a la meseta de la cocina.

A falta de una estrategia, nos sentamos en el sofá y nos miramos como dos monjas a las que se les dio el día libre y no saben qué hacer con él. "Así que divorcio, ¿eh?. Debe ser duro. Como si no fuera suficiente tener que separarse del maricón además hay que seguir viéndolo para firmar papeles y dividir al perro", dijo la monja cubana, cuya agresividad había regresado gracias al bourbon. "Sí, pero al final es mejor. Se había acabado el amor." "Uff, amor: qué palabra fea", dije. "Oh, odias al amor. Seguro alguien te rompió el corazón", dijo él llegando a conclusiones muy abiertas e injustificadas. "¿A mí? Sí: miles. Lo cual es una mierda porque nunca me enamoré de ninguno. He sufrido por los hombres, me han roto el corazón, pero no me he enamorado de ninguno. Qué mierda". "¿Nunca te has enamorado?". "No creo", dije. "Al menos no amor amor".

"¿Qué es el amor amor?". "Pues no sé. Descríbelo tú porque yo no lo conozco. Porque para mí amor - no amor amor - es la cosa que uno dice cuando no tiene nada mejor que decir". "Explícate". "Cuando quieres callar a alguien en una conversación que sabes que va ganando le dices "te amo". O cuando te cogen singando con otro le dices "pero yo te amo". O cuando te están dejando y uno no para de llorar te sueltan "te amo mucho" (si hay que agregar "mucho" es que no te aman). No: "te amo" es una mala palabra. Nunca se ha usado para nada bueno".

Él rió de lo lindo con mi teoría. "El mundo necesita más escritores como tú. Estoy convencido de que quieres enamorarte". "¿Qué puedo decir? Pues claro. Quiero estar enamoradísimo de alguien. ¿Pero de quién? La gente es tan aburrida, tan decepcionante, tan cobarde, con pingas tan chiquitas. O quizás sea yo que tengo estandares altos para justificar que yo mismo no me considero nada del otro mundo. Ay, no sé. En cualquier caso no creo que el amor esté hecho para mí. O sea: el amor amor. El amor de "te robé tu dinero pero te amo" sí me ha tocado por supuesto".

"Pues yo estaba enamorado. O alguna vez lo estuve, al menos" "¿Qué se sentía?" "No sé, no lo recuerdo. Solo recuerdo que "estaba enamorado" y eso me hacía feliz". "¿Ves? El amor es una mierda. Uno ni se acuerda qué siente cuando está enamorado. Se acuerda de lo que siente cuando tiene hambre o cuando tiene miedo o cuando está celoso pero no cuando está enamorado. No hay nadie en la calle dando gritos de "¡estoy enamorado!. Hay gente gritando que el Señor Jehová va a llegar o que los huevos van a llegar esa tarde, aún antes que el Señor Jehová, pero nadie anda gritando "¡estoy enamorado!" Mi histrionismo y mi defensa de causas tan nobles lo divertía de lo lindo. A mí también.

"Para mí lo más curioso es lo que la gente está dispuesta a hacer por amor. Ok: supongamos que amas. ¿De qué sirve si no estás dispuesto a caminar un metro por ese amor?", dijo él, que supuestamente estaba a cargo de defender al noble e inexistente sentimiento. Me senté a su lado tranquilamente, choqué su vaso de bourbon contra el mío y dije despacito y calmado: "Exacto. Si no tienes los cojones de mover un dedo por amor, entonces métete la frase por el culo y di que lo que quieres es singar y un poco de compañía para aguantar tu soledad de mierda". Créanlo o no, en Marianao yo nunca dije malas palabras. Esas llegaron a mi vida junto con el amor. Sí: el amor es el culpable de mi mal vocabulario.

"¿Y qué hay con el sexo?", preguntó. "¿Qué hay con el sexo?", dije yo. ¿De ese sí tienes mucho?" La pregunta del millón. "Sí: creo que es lo único que hago en mi vida". "Eso debe ser interesante". "Es una mierda", dije sirviéndome más bourbon. "¿Recuerdas esa sensación cuando un desconocido te está mamando la pinga y uno se dice a sí mismo en secreto: ¡¡¡¡me están mamando la pinga!!!. Bueno, hace años que no siento eso. Cuando me maman la pinga me pongo a pensar en que la temporada de declarar los impuestos se acerca". "¿Ya no sientes nada?" "Bueno, quiero creer que sí. A veces me paso cinco días sin tener sexo y cuando lo tengo me siento emocionado de nuevo. ¿Pero cuándo fue la última vez que estuve cinco días sin tenerlo? ¿Cuándo fue la última vez que estuve dos días sin tenerlo?". "Yo no tengo sexo hace más de un año", dijo él, para demostrar que por mucho que yo hablara, las mejores frases siempre eran de él.

Luego de un silencio necesario, en el que se inferían mis pensamientos pero no se decían, dije diplomáticamente: "el sexo está sobrevalorado. No como el amor, por supuesto - al menos el sexo es una necesidad fisiológica - pero de la misma forma que no glorificamos orinar no glorifiquemos singar." "Todo el mundo quiere tener sexo". "No: ese eres tú que no lo tienes. Cuando lo tienes te pones a pensar que te hace falta otra cosa." "¿Hacer los impuestos?" "No: el amor. Y luego cuando tienes el amor te das cuenta que no sientes mucho tampoco y te pones a buscar otras cosas". "¿Qué?". "No sé. Los impuestos, supongo". Sonreímos.

"Entonces, ¿esto es lo que se hace en una cita sin sexo? ¿Se habla de amor, de singar y de compromisos fiscales? Qué educativo". "Tienes razón: démonos una ducha", dijo mientras se iba al baño de la forma más natural del mundo. Yo me quedé mirándolo con mi vaso en la mano. ¿Una ducha juntos? Discúlpenme si me perdí pero... ¿una ducha juntos? Ok: solo hay una manera de ver a dónde va esto. Así que terminé el resto de mi trago de un solo tiro y tomé yo también el camino al baño. De los cobardes no se ha escrito nada.

"Esto es raro", dije mientras me caía el agua en la cabeza. "Lo sé", dijo de rodillas mientras me enjabonaba. Leyeron bien. "Se me va a parar si sigues enjabonándome", advertí. "Piensa en otra cosa", dijo, cual profesor de frigidez. "Tú la tienes parada y ¿yo tengo que pensar en otra cosa?". "Yo no he tenido sexo en un año. Y antes de eso tenía sexo con el mismo hombre siempre; por supuesto que la voy a tener parada". "Uy, qué horror: sexo con la misma persona. Listo: ya no se me va a parar, no hay de qué preocuparse. Entonces, para ubicarme, ¿esto es lo que consideras una cita SIN SEXO? No se singa pero se enjabona". "No: esto no es para nada lo que yo pretendía. Pero no sé lo que estoy haciendo". "Tomaré eso como un cumplido. No olvides enjabonarme bien la pinga. Uno nunca sabe en qué boca va a terminar". Lo hizo mientras yo miraba al techo muerto de la risa. Él también se reía. "¡Esto tiene que ser una de las cosas más raras que he hecho en mi vida", dije. "Y créeme, esa lista está cargadita." "Cállate y vírate". "Sí, señor. ¡Uy, eso me da cosquillas!".

Peinaditos y en cómodos pijamas - que son la definición perfecta de que no habrá sexo - veíamos televisión. Habíamos creado un nuevo juego en el que veíamos una película hasta el momento en que algún personaje dijera la palabra "amor". Cuarenta minutos, siete inicios de películas y otro vaso de bourbon después puse mi cabeza en su hombro. "¿Cuándo se acaba esto?" ¿Qué cosa? Podemos quitar esto y hacer otra cosa. O dormir". "No: esto. Esta bobería en la que uno se queja y no hace nada con su vida. ¿Cuándo se acaba?". "Supongo que a veces hay que tocar fondo para empezar a subir", respondió.

"Ya yo llevo años en el fondo. Y no hago nada. Y puedo echarle la culpa a que soy inmigrante, a que mi tía se murió, a que soy sex addict, pero es mentira. Es que soy vago. Y por eso no hago nada con mi vida. No tengo papeles, no puedo viajar, no puedo estudiar, no tengo un trabajo fijo, no tengo dinero. No escribo. Ni siquiera como. Es todo el círculo vicioso de bares, saunas, drogas, hombres - uff, hombres - y nada más. ¿Cuándo se acaba esta fiesta eterna? ¿Dónde está el fondo del fondo? Quiero llegar lo antes posible para empezar a subir. El amor es secundario pero ser quién uno quiere ser no. Triunfar en la vida no puede ser secundario. Y si uno se pasa el tiempo haciendo otras cosas...".

Y ahí tuve que salir corriendo al baño. A vomitar. Como en las películas en las que uno vomita porque es muy sensible y le da impresión algo. Supongo que vomité por el bourbon pero no puedo evitar hacer el paralelismo de que estaba vomitando por mi vida. Vomitar me asusta. Abro los ojos, sudo, sollozo y tiemblo entre arcada y arcada. Él me miró tener mi momento. Cuando terminé me recosté a la pared. "¿Este puede ser el fondo del fondo y puedo empezar a subir ya?". Asintió con la cabeza, se sentó detrás de mí, me acomodó y me abrazó. "Esta cita sin sexo es una desgracia", dije. "Ok: ponte en cuatro patas. Te vendaré los ojos y te la echaré en la boca", respondió. "Acabo de vomitar así que mejor en la boca no". Reímos. Y así nos quedamos abrazados en el piso del baño caro. Aparentemente el fondo del fondo no tiene que ser una meth house. "No puedo creer que haya vomitado esa comida tan cara..."

Acostados en la cama en calzoncillos, con todo apagado, habiéndonos dado las buenas noches una hora atrás, ambos mirábamos como autómatas el techo de cristal en el que caía la nieve. "Yo me enamoré", dije, rompiendo el silencio que nos estaba matando. "Y creí que era amor amor. E hice todo lo que tenía que hacer. Lo hice todo bien. Yo, que siempre lo hago todo mal. Y estaba dispuesto a recorrer más de un metro por ese amor. Y perdí. Supongo que si lo hubiera hecho todo mal y hubiera sido el hijo de puta que puedo ser que no se acuerda ni de los nombres, si lo hubiese matratado, si nunca le hubiera dicho que lo amaba, hubiese ganado - como he ganado antes competencias que no quería ganar - pero no lo hice, así que lógicamente perdí. Porque así es cómo funciona el amor".

"Mi ex esposo está ahora con una mujer", dijo él para demostrar una vez más que una frase vale más que todo un párrafo. Dejé de mirar al techo y lo miré a él. Intenté estar serio pero me salió una carcajada. "Disculpa, no quise reírme". "No, no: ríete. Es lo mejor que podemos hacer". Y nos reímos de buena gana. "El tuyo no se acostaba contigo y ahora está con una mujer y el mío pudo haberse quedado conmigo y no lo hizo. ¿Ves lo que digo? Esa manía que uno tiene de sufrir por hombres que no se lo merecen es la que no nos deja avanzar. O al menos a mí: tú tienes un techo de cristal, yo no tengo ni tarjeta de crédito".

Y ahí dejé de reírme y volví a mirar al techo de cristal. Y no dije nada - porque ya había hablado mucho - pero mi cerebro siguió solo. "Esta pinga se tiene que acabar. Hay que cerrar ese espacio que uno mismo creó destinado a otras personas, a lo externo, y enfocarse en uno, dejar la vagancia y empezar a subir. Y pasarle por el lado - como siempre - a los que ahora uno ve desde abajo. Y luego llegar a la superficie donde estaré solo, por supuesto, pero es mejor estar solo en la superficie que solo en el fondo. Y luego bajarás de nuevo porque hay que mezclarse con la gente y luego seguirás bajando una vez más hasta el fondo porque te aburriste de ellos. Y porque si ya vas a bajar tienes que bajar más que los demás. Y así será toda la vida. Pero ahora: a subir. Hace rato que no veo la superficie y ya la extraño. ¿No te demostraste que puedes hacerlo todo bien con un macho? Pues ahora hazlo con el macho que cuenta que es uno mismo. Y ahí sí que no se pierde". Listo: la conversación que evitaba tener con mi cama la estaba teniendo con otra. Aparentemente solo necesitaba un techo de cristal.

Me viré, me acerqué a él, puse mi cabeza en su pecho, mi pie entre los suyos y mi mano dentro de su calzoncillos. Que no tengamos sexo no quiere decir que no podamos dormir como si lo hubiéramos tenido.

Al día diguiente, en el portal, se declaraba oficialmente clausurada la cita sin sexo. "Bueno, fue divertido", dije. "Lo fue. Así que ya sabes: si algún día necesitas un techo de cristal...yo tengo uno". "Pero tendremos sexo", dije. "Y nos enamoraremos", dijo él. "Pero antes de que llegue ese día tenemos que hacer otras cosas", precisé. "¿Los impuestos?", preguntó. Me eché a reír. Y nos besamos. Por primera vez. Un beso inocente pero lindo. El beso que llevaba esa linda cita SIN SEXO. "Gracias". "A ti".

En el camino me viré y le dije adiós. Y luego otra vez. Y luego otra hasta que nos perdimos de vista. Como se despide uno siempre de la gente que se lo merece.

Esa noche, en el bar, no hubo tequila ni besos ni pantalones bajados. Solo me senté ahí y pensé en mi vida. Y pensé que bien podía ponerme a pensar en mi vida en otra parte. Sin tragedias ni cargos de conciencia. Buscar dentro lo que no se encuentra fuera no es ni tan duro ni tan terrible. Al contrario. Así que me fui. Cuando esté bien conmigo mismo ya volveré a mezclarme con los demás. Por el momento, hay que irse.

Al llegar a mi casa no prendí las luces. No abrí la computadora, no puse la televisión, no busqué ninguna excusa para no hacer lo que tengo que hacer. Con tan solo la luz de la noche que entra por la puerta de atrás me paré frente a la cama, le di un golpecito con el pie y le dije: "despierta: tenemos que hablar".

viernes, 20 de noviembre de 2015

París


Desde pequeño voy mucho a París. Podría decirse incluso que somos muy buenos amigos. Los realistas (ay, los realistas, qué personas tan aburridas) podrán decir que nunca he estado ahí, que desvarío, pero ¿qué saben ellos? Yo sí he ido. Como he ido a Egipto, Ecuador y Tuvalu. Incluso he ido a Cuba. Porque me gusta el mundo. Todo el mundo. Porque me gusta irme a otras partes lejanas cuando la vida real no marcha muy bien y escapar así de mis problemas por un tiempo en alguna ciudad exóticamente fabulosa donde nadie me conoce y donde se es feliz todo el tiempo. Y como tales viajes son casi imposibles pues tiene uno que inventárselos. Y en este mundo imaginario que yo creé, París es su capital. Creo que Nueva York tiene que ver más conmigo pero si usted le dice eso a París - o a Montreal - yo lo negaré. París no solo vale una misa, sino alguna que otra mentirilla piadosa.

Para que no crean que soy un snob les digo un secreto que no deben decir a los realistas: ningún lugar para mí es más París que Marianao. Porque fue en Marianao que yo empecé a pensar en París. No porque me molestara mi municipio natal, pero mi infancia no puede decirse que fuera de las más alegres. (¿Recuerdan eso de "los niños nacen para ser felices"? Siempre lo encontré un poquito irónico). Pero mi necesidad de evasión (además de una actitud de viajero que siempre he tenido y tendré) me llevaba a donde los niños felices de Marianao no podían ir: a París. Así que la bodega era Montmartre y Pogolotti era el arrondissement 17 (el Tesoro de la Juventud fungía como la Internet de la época). El Obelisco, por supuesto, era la Torre Eiffel. A veces Marianao era Londres o New York, y entonces el Obelisco pasaba a ser el Big Ben o el Empire State, pero casi siempre era París. Sí: ahora que leo esto me doy cuenta que soy snob. No pediré disculpas por ello: pasé gran parte de mi infancia en París.

Con el tiempo me fui haciendo un poco más feliz (en realidad no es que fuera más feliz pero con la adolescencia llegó el sexo a mi vida y cuando un hombre encuentra la vocación de su vida bien puede considerarse como la felicidad) y empecé a ir menos frecuentemente a París. Siempre la tuve presente (de hecho, la Galería de Arte de Marianao, que tiene 4 metros cuadrados y quizás dos esculturas, seguirá siendo siempre El Louvre para mí. Como la vida es una cosa irónica fabulosa, en una de nuestras Bienales de cada tres años alguien puso una pirámide de cartón en las afueras de la Galería. Ya yo era grande cuando eso pero no he parado de reír desde entonces. Ahí fue cuando finalmente comprobé que Marianao era París, y no Londres o New York), pero ya no iba tanto a los libros, me masturbaba más y empezaba a cometer errores en la vida real, así que mi mundo onírico de viajes al desierto sahariano y selvas amazónicas fue cediendo paso a desiertos y selvas más tangibles.

Pero luego cogí mi carrera de Lengua y Literatura Francesa y el resto es historia... París, la real, se solidificó como esa ciudad a la que cuando yo llegue (lo siento, amigos, esta es mi historia) sonarán trompetas, volarán palomas, se detendrá el tráfico en los Campos Elíseos (mi avión aterrizará justo en el Arco de Triunfo) y unos sorprendentemente hospitalarios parisinos cantarán a coro La Vie en Rose mientras Zidane, Dalida y Amélie me darán la Copa Mundial de Fútbol y Quasimodo leerá un poema de Camus.

De pronto todos pararán de cantar, unos tambores comenzarán a sonar en señal de antelación, me viraré, y ahí estará ella... la Eiffel. Con ese parado majestuoso que tiene desde que se plantó en ese mismo lugar en 1889 "temporalmente por unos meses" para que la llamaran fea e inapropiada y que no ha cambiado hasta la actualidad, en que no solo sigue en el mismo lugar sino que es el símbolo que usan los extraterrestres para marcar el planeta Tierra en sus mapas. Ese parado y ese garbo que solo quieren decir una cosa que ella quiere gritar desde hace 125 años pero que no podía producirse hasta que ambos fuéramos triunfadores y felices, no solo en la imaginación, sino también en la vida real: "Raúl: finalmente". Y las serpentinas caerán del cielo... Ya sé que es todo muy gay, pero ¿a quién le importa? Si usted no ha planificado su llegada a París de esa forma, ¿para qué va?  

Nunca me ha importado la impresión que tienen las personas que sí han ido a París. No dejo que me influencie. Muchos la adoran, otros la odian y otros aman odiarla, lo cual me recuerda a mí. Porque al igual que ella podemos ser muchas cosas, pero dejar indiferentes no es precisamente nuestro fuerte. Así que cuando alguien empieza con el "en cuanto llegas al Charles de Gaulle tienes que caminar como 10 kilómetros para coger un taxi con cuidado que no te roben..." mis oídos se cierran espontáneamente en señal de profundo desinterés. Los realistas y yo no somos muy compatibles.

Algún día iré a ese París y veré todas esas cosas por mí mismo. Y va y no me gusta tanto (aunque espero que sí), pero eso es secundario. La realidad siempre es secundaria. En mi cabeza caminaré por París y será mi París de siempre y así el niño que yo era será feliz. Y probablemente se dé cuenta que después de tanto tiempo las calles de París le recuerdan a las de Marianao. Y verá la bodega, y Pogolotti, y el Obelisco, y la pirámide de cartón de la Galería de Arte con sus dos esculturas. Y al cerrarse el círculo la vida demostrará una vez más que tiene sentido y los momentos tristes estarán justificados porque eran parte de un plan mayor, en el que el hombre da muchas vueltas para al final encontrarse consigo mismo en el lugar de partida. Pero para que Marianao tenga sentido, hace falta París.

Por eso nadie toca a París. Ni a la de mis sueños ni a la real. Porque es tocar a Marianao. Y en cierta medida - si usted vive con el corazón donde va - es tocar a cualquier ciudad del mundo. Y no porque sea mejor que las demás (ella lo cree, pero se lo permitimos porque ella es así y así la queremos), no porque no tenga innumerables defectos, sino porque París... es París. Ella se lo ha ganado. Es nuestra malcriada consentida. Y si usted insiste en ser realista y considera que esta ciudad debe ser otra, pues vaya y escríbalo, y trate de que en su texto haya tanto amor por una ciudad que no conoce como en el mío. Pero en mi mundo, París es la capital y si algo pasa en la capital, el resto de las ciudades están también en peligro. 

No voy a hablar de los malos en este texto. No me nace. No quiero que se confundan mis odios con los odios de otras gentes. Ahora no. No soy de perdonar así que intento enfocarme en el olvidar. No porque sea un ángel sino precisamente porque soy lo contrario y no me gusta darle a nadie que no sea bueno la satisfacción de decir que ha tenido un lugar importante ni en mi vida ni en mis letras. La inmortalidad solo para el que la merece. La inmortalidad para París.

Pero no puedo olvidar que París está triste. Así que en mi cabeza la mimo un poquito más que de costumbre porque sé que está enfermita. La voy a ver al hospital y le digo que qué linda se ve aún ahí. Le llevo empanaditas de guayaba del agromercado de 124 y ella dice que no, que ella no come eso, y entonces constato que su espíritu está todavía ahí. Es mi deber ayudarla para que se recupere rápido. Es lo único que puedo hacer para ayudar a París. Quererla más. Porque los malos sí que no van a ganar. Ni en mi París ni en otra parte. Me niego.

Siempre seremos de Marianao pero necesitamos saber que en el mundo hay un lugar muy lindo donde la gente camina con la nariz alta, luciendo un pullover a rayas, una boina y un pan debajo del brazo, mientras hablan de arte y de la salvación del alma con su egocentrismo sin culpas. Esa es mi París. Un lugar que siempre estará ahí para cuando yo me sienta que mi vida real no es la mejor, que los seres humanos ya no pueden decepcionarte más y que necesitas un viaje a un lugar feliz donde nadie te conoce. Ese paraíso feliz - porque la felicidad siempre está en otra parte - pero cuya sola existencia ya es más que suficiente para seguir viviendo.

Por eso le debo estas letras a la París que sirve de inspiración a mi París personal. Tengo que decirle que a ella, por lógica, la quiero mucho también. Como quiere uno a las madres de la gente que quiere, aún sin conocerlas. Y que se ponga buena porque los niños de Marianao y los hombres de Montreal la necesitamos. Y los niños y hombres del mundo también. Aún aquellos que no se dan cuenta. Aún a los pobres diablos de los realistas.

Todo estará bien, París. Has pasado otras cosas en tu vida y te has recuperado. Tus revoluciones, tus comunas, tus ocupaciones... Tú eres snob y creída, pero eres fuerte. Muy fuerte. Por eso niños huérfanos y maltratados por otros niños te toman de inspiración. Y - sin perder el glamour - nos hacemos fuertes con tu ejemplo.

Si nunca llego a ir a París les dejo a ustedes, los otros no realistas que leen este blog, que vayan por mí. Les dejo mi amor por París como herencia. Acuérdense de mí cuando vean la Eiffel y cuéntenle a la gente buena que había un niño en Marianao que quería ir a París. Y hablen mucho de Marianao, que es también la capital del mundo. Confío en ustedes.

Pero no: iré. Está escrito en las estrellas. Y ya estará curada. Porque nadie es más linda - y fuerte - que París. Por el momento, seguiré mirando mi cuadro de la torre Eiffel que está frente a mi cama, el cual funge como ventana a la París de mi infancia, cada vez que me haga falta recordar que la vida real no cuenta y que hay un mundo allá afuera donde uno no conoce a nadie, en el que todo es lindo y en el cual se es feliz todo el tiempo. Y para eso, siempre tendremos a París.

Un bisous, Paris. Je t'adore et tu le sais.


PD: Dedico este post a la ciudad de París y a sus habitantes. Mucho amor desde Montreal y desde Marianao.



jueves, 18 de junio de 2015

El último de los Mancebo


Mi tía murió. Así de sencillo y lacerante. Y uno se queda en la distancia sin poder hacer nada. Solo drogarse y acostarse con quien sea hasta que no sienta nada y luego sienta el doble. Y se tortura, se recondena, se acuerda de lo que no se tiene que acordar, se lamenta una y mil veces de venir de ese país de mierda en el que siempre termina uno perdiendo, se tortura por no haberla llamado dos días antes "para hacerlo más tarde en la semana", se acuerda de todo el daño que ella le hizo y cómo es poco probable que otro pueda igualarlo, clasifica a los vecinos en los "que ayudaron" y en los "que no ayudaron" y constata que es inversamente proporcional a "los que opinan y piden recargas" y a "los que no se meten en nada", recuerda cómo absolutamente todo el mundo tiene más familia que él, descubre que más que una madre perdió una hija y que la gente nunca entenderá el tipo de relación que tenían porque era compleja de explicar y aún más compleja de vivir así que la llamaba "tía" a falta de un término mejor, llora de agradecimiento porque la persona que se ocupó de ella (mucho más que por lo que yo le pagaba y que aguantaba cosas que el único que había aguantado antes era yo por mi estúpido Síndrome de Estocolmo y a la que tenía que escribirle correos de psicoterapia profunda y enrevesada de cómo se debía tratar a mi tía para que no se le subiera arriba - algo que mi tía lograba de todas formas) estuvo a su lado cuando murió y lloró su muerte genuinamente, llora de dolor angustioso al recordar el último momento en que la vio, en el que ella rompió la promesa solemne que había hecho de no llorar y le dije "yo voy a salir por esa puerta y mientras más rápido me vaya más rápido regreso" y en cómo al final mi miedo de que se muriera antes que yo pudiera salir de aquí llegó dos semanas después que Canadá me aceptó oficialmente como hijo adoptado pero sin poder abandonar sus fronteras todavía por un buen tiempo y en cómo se murió sin saberlo porque no quería confundirla con términos confusos pero que Carmen se lo tradujo con un "ponte mejorcita que Raúl va y viene cualquier día de estos". Y en como mi tía siempre me fue a buscar a la escuela cuando era niño porque mi mamá trabajaba hasta tarde y su silueta en la distancia no se me olvidará jamás, y en cómo nadie nunca supo por qué yo le decía desde pequeño "Mama" (con la fuerza de pronunciación en la primera sílaba) pero al final creo que todos podemos intuir la respuesta.

Y entonces, la inevitable pregunta de siempre de por qué a mí la vida me pone estas cargas que a otros no le da.  Y en cómo la respuesta de "porque tú te sigues ríendo y eso le molesta" a veces no te satisface. De cómo ahora soy huérfano de madre por segunda vez como si no hubiese sido lo suficientemente duro la primera vez. Y te coges compasión (no lástima: esa está dedicada a los que tienen problemas de mierda y se la pasan llorando por ellos). Y pienso en lo solo que siempre he estado y siempre estaré. Que tengo que monitorear entierros desde la distancia porque soy el último de los Mancebo y no tengo quien me ayude en lo práctico ni me acompañe en lo emocional. Solo. Y sé que es para hacerme la persona más fuerte que conozco, pero sigue sin satisfacerme la respuesta.

Pero entonces viene Brian, quien sin saberlo recibió la misión de abrazarme por todos mis amigos que quisieran hacerlo pero no están cerca. Y el abrazo (sin llanto porque yo no lloro en frente de los demás) estremeció a una señora que se nos acercó luego para decirnos que "eso había hecho su día" y entonces Brian (quien tiene 20 años más que yo pero no duda en postularme como su "ídolo" en concursos de fotografía y que dice que en su mente yo no tengo 32 sino muchos más) llora, y yo le digo que qué clase de apoyo es ese a su ídolo. Y entonces lloro.

Y en el entierro se aparecieron mis amigos de la infancia, a los que yo no localicé pero que ahí estaban. Y ellos fueron al entierro por mí y le dieron el pésame a Carmen en mi nombre. Y ni Carmen ni mis amigos era Mancebo pero ese día fueron todos Mancebo.

Y la Thais, siempre reconfortante. Y la Yandro, que de pronto sacó una vena cariñosa que nadie le conoce y que me adjudico. Y la Andy, que llamó desde Cuba y dejo un mensaje en la contestadora con una voz seria que no le conozco y que me hizo reír. Y luego llorar. Pero más reír, porque esa es la misión de Andy en mi vida. Y la mamá de Olivia, quien se encargó de la gata, aunque sea por un tiempo. Y la Ray, quien a su forma era también sobrino de mi tía desde aquel día que entró a mi casa por primera vez, nos rompió el sillón y Mama lo acogió como uno más de nosotros (o sea, alguien a quien resingar, que era su manera de demostrar cariño). Y los otros, a los que se los fui diciendo poco a poco después cuando sentí que estaba capacitado para hablar de ello.

Y la Claudia - oh, la Claudia - quien me tuvo una semana en su sofá, que en la noche fungía de cama y en el día de diván de psiquiatría en el cual me quitaban el látigo de las manos cuando yo empezaba con mis culpas de Estocolmo. Y me obligó a sentirme bien sin remordimiento cuando yo quería sentirme bien pero consideraba que había que sentirse mal. Y me recordó (esa conclusión le fascina y se la dice a todo el que pueda escucharla) que yo era un niño que estaba condenado a terminar en las drogas, en la delincuencia o suicidado, por todas las cosas que la vida me había mandado desde niño, y que en cambio crecí para ser lo que soy hoy (no hay necesidad de definir eso pero podemos reducirlo en genial) sin que nunca nadie me dijera lo que tenía que hacer. Y pensé que mi tía quizás nunca se dio cuenta de ello. Y quizás alguna otra persona de mi familia. Y Claudia me quitó el látigo de nuevo y me dijo que ella - la persona más importante del mundo junto a mí - sí se había dado cuenta y eso bastaba. Y me diagnosticó otras 4 manías y padecimientos, además de 2 trastornos de la personalidad, y luego me absolvió con un "pero estás justificado así que sé feliz con ellos". Y al final me predijo el futuro (resulta que al final sí voy a terminar drogado, delincuente y suicidado pero habiendo alcanzado la grandeza en el medio, que es lo único que cuenta). También leímos en alta voz pasajes de mi propia literatura que nos erizaban los pelos para comprobar que aunque no se puedan solucionar las cosas es bueno al menos ser capaz de ponerlas en palabras. Intentó todo el tiempo ponerme las tetas en la cara para que yo "cambiara mis gustos y costumbres". Me tapó con una sábana una noche como si yo fuera un niño chiquito. Cuando se abrazaba con el marido, iba yo y los abrazaba también. Me hizo comida protestando todo el tiempo. Le enseñé a dar propinas en los hot dogs de Toronto y la llevé a gritar con los dinosaurios. Un día montamos columpios. Cuando me metí en problemas en Toronto (ese intento mío de buscarme problemas pasajeros para ignorar los reales) ella se sentó y actuó cual terapeuta profesional... Y sin lástima (esa es para los que no se han crecido nunca en la vida), me tuvo compasión en su sofá, y me hizo bien.

Mis abuelos solo tuvieron dos hijas. Solo una de ellas tuvo un hijo, con un hombre casado por otro lado. Luego murió y la otra hermana se quedó con él, en una relación más de adolescentes que viven juntos que de madre e hijo. Luego fue él quien se tuvo que encargar de ella cuando cayó inválida. Al final él se fue del país porque un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer y aunque se encargó de ella hasta el final lo más que pudo, no le dio tiempo a estar allí al final. No tengo culpas: al final todos los miembros de mi familia hicieron con su vida lo que quisieron. Es mi deber hacer lo mismo.

Pero me siento mal. Y solo. No habrá otro Mancebo. No traeré un hijo a este mundo en el que uno se puede quedar huérfano a los 12, cuidar a tías inválidas desde los 15 y luego a los 32 quedarse huérfano de nuevo, sin ni siquiera poder ir al entierro de su último familiar. Sin que nadie lo cuide si se enferma o nadie le pregunte si comió. Me niego.

Ya me recogeré del piso como siempre hago y me reiré de nuevo. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. No sé hacer otra cosa. Volveré a mi vida normal, en la que nadie pueda notar que mi carácter está forjado por tragedias, y me sentiré orgulloso de mí mismo una vez más por no dejar que estas me definan. Un día escribiré la historia de los Mancebo - mi historia - y todos llorarán y llorarán hasta que decidan - como yo - que la mejor venganza es reír.

Por el momento, a menos de una semana para cumplir los 20 años que murió mi mamá y a poco más de una que mi tía murió, decido tenerme compasión y quererme mucho. Yo me lo merezco. Después de todo, soy el último de los Mancebo.

PD: Adiós, Mama. 

viernes, 21 de marzo de 2014

La correcta utilización del chaleco antibalas



Este, compañeros y compañeras que me leen, es un mundo cruel. Pudiéramos ser hippies al respecto y fingir que no: que todo es maravilloso y que tan solo necesitamos amor para darnos cuenta, pero ya estamos muy viejos para eso. Admitámoslo para poder progresar: vivimos en una jungla.

Basta con mirar hacia cualquier lado. Cualquier cosa, desde la más grave hasta la más simple y carente de mal intención, puede lograr derrotarnos. Los amigos que hablan mal de nosotros, los otros que mueren, las imágenes de pobreza en la televisión, las canas que descubrimos en el espejo del baño, la matanza de animales, los chantajes emocionales de la familia, la cuenta del celular, el cretino que se burlaba del hombre en silla de ruedas en el metro, los comentarios de odio en YouTube, los inciertos caminos del futuro... La lista es infinita: a veces increíblemente originales y en otras tristemente comunes, las oportunidades para sentirnos mal nos llegan cada once o doce segundos.

Y eso - puedo decírselos desde ya - no va a cambiar nunca. Los problemas nunca se irán, el futuro siempre será incierto, la gente no dejará de atacarnos, nuestros amigos, amantes y enemigos no dejarán de hacernos cosas que nos laceren, y el odio, la crueldad y la estupidez no se irán a ningún lado. No importa cuánto avance y se modernice, la jungla seguirá siendo la jungla.

De ahí que un sistema de protección se imponga. El hombre no puede estar desprovisto de recursos ante los golpes que la vida le da casi sucesivamente. Estar llorando cada trece segundos no es una opción. Así que luego de algunos años - que mientras más rápido pasen pues mejor - de inocencia (el término es “ignorancia”), en los que veremos nuestros sueños, creencias y corazones romperse frente a nosotros salvajemente uno tras otro, quedará todo listo para el trascendental momento de ponerse el chaleco antibalas.

Como los más sagaces de entre ustedes habrán podido inferir por su nombre, el chaleco antibalas es la coraza en la que nos introducimos para que el mundo exterior (y muchas veces incluso el interior) nos afecte menos. Un pararrayos ante tanto ataque. Algo que amortigüe los golpes. Una protección para poder salir a la jungla no solo a sobrevivir o a cazar, sino también a ser felices. Porque les recuerdo que si esperamos a que las condiciones sean óptimas para alcanzar la felicidad, el máximo de tiempo que esta puede durar es once segundos (doce si se utilizan drogas o alcohol).

El chaleco está compuesto por nuestras experiencias de vida acumuladas unas encimas de las otras (no importa cuántas películas hayas visto y creas que estás preparado para el mundo: no lo estás. Necesitas darte golpes reales para la confección de un buen chaleco). Pero más que nada, en la estructura intrínseca de este debe haber también una alta cantidad de anti-susceptibilidad autoimpuesta. Hay que tener una disposición resoluta de no dejarnos atacar. No me voy a sentir mal pase lo que pase. Y por “pase lo que pase” quiero decir “pase lo que pase”.

Podría pensarse que todos hacemos esto naturalmente, pero no es así. Los suicidios, los antidepresivos o las depresiones crónicas tienen una causa. Y aún sin llegar a estos extremos, muchas veces nos sorprendemos arruinando una bonita tarde de primavera al torturarnos por un comentario desagradable que hizo en Facebook alguien al que jamás hemos respetado y que si hubiese dicho algo positivo probablemente ni le hubiéramos hecho caso.

El chaleco antibalas no es una armadura: es un chaleco. De ahí que podamos salir heridos aún usándolo. La bala que nos va a matar, nos va a matar, y no podemos hacer nada por impedirlo (aunque podemos intentarlo). Pero lo que sí no puede ser es que sucumbamos ante cualquier bala de salva que nos tiren. ¿Hablan mal de nosotros? Que hablen. ¿El futuro es incierto? Pues el futuro no está aquí ahora. ¿La cuenta del teléfono es alta y no tienes dinero? Cuando eras niño vivías en un país donde no había qué comer y así y todo sigues vivo; el pago de un teléfono es bobería. ¿Tu novio no te quiere más y te dejó por otra mujer? Nada es más secundario y fácil de reemplazar que un hombre así que levántate, date una ducha y búscate otro.

Ya sé que suena duro sugerir que no nos afecten las imágenes de guerras y de niños muriendo, pero no seamos hipócritas: perdemos más tiempo molestándonos porque nos dijeron gordos o feos que por masacres lejanas. Así que si podemos ser tan banales como para distribuir tan mal nuestras energías y nuestras lágrimas, seámoslo igual para sacar por completo estas imágenes de nuestras cabezas y no dejar que nos arruinen la tarde.

Mi chaleco antibalas personal es de una marca buena. Obvio: con todo lo que yo he pasado en mi vida o me lo ponía desde temprano o era evidente que no iba a llegar vivo a los 16. Y esto fue antes de decidir jugar a tener sexo con otros varoncitos (homosexual que salga a la calle sin su chaleco antibalas será considerado como intento de suicidio). A veces los chalecos se ponen solos, pero muchas otras tenemos que usarlos de manera consciente. En mi caso, combiné ambas cosas. Resultado: por muy agitada que haya sido mi vida jamás me he tomado una pastilla para los nervios, he necesitado correr de urgencia al psiquiatra o he decidido cortarme una de mis lindas venas. Expreso mi hastío de este mundo de la manera más sana posible: escribiendo, gritando cuando algo no me gusta, acostándome con todos y mirando mala televisión.

Mas, como todo buen ser humano, en muchas ocasiones se me olvida ponerme el chaleco y me dejó afectar por sencilleces. Pero entonces, cuando me descubro recondenándome porque una pajarita de Villa Clara que no conozco le sugirió a alguien que yo era jinetero, o porque alguien que quise mucho decidió no hablarme más sabe Dios por cuál causa, o porque no se me paró en una orgía y tuve que ponerme a mirar en vez de ser el protagonista, o porque mi tía me escribe por enésima vez para pedirme más dinero y agrega que “100 dólares al mes no son nada”, me llamo a capítulo, corro al closet, me envuelvo en mi mejor amigo y me doy psicoterapia de urgencia. Cuando salgo del closet soy un maestro Zen. Y esto es con las sencilleces: con las cosas graves mi chaleco es aún más eficiente. Ni siquiera tengo que entrar al closet: él solo sale, se me enrolla y estoy listo para el Diluvio Universal. Así, mientras el mundo se desmorona allá afuera, yo estoy en mi cuarto, con mi chalequito puesto, comiendo helado y viendo American Idol.

De ahí que me cueste tanto pero tanto entender a las personas que no tienen chaleco. Que se molestan con cualquier cosa, que se laceran con cualquier cosa, que lloran por cualquier cosa, que están tristes o quejándose todo el maldito día. Uno no puede permitirse, bajo ninguna circunstancia, ser susceptible. Y no es que a mí no me pasen esas cosas (yo soy esencialmente susceptible y temperamental), pero por eso mismo tengo el chaleco: para protegerme. ¿Cómo es posible que personas adultas a las que la vida les da golpes y golpes y golpes sigan sin darse cuenta que tienen que tener uno? ¡No podemos estar a merced de la jungla! Estos “Hunger Games” los tenemos que ganar NOSOTROS, aunque para eso tengamos que matar a todos los demás niños, incluyendo a los de nuestro mismo distrito.

Sin embargo, por muy necesario que sea, el uso del chaleco trae también efectos colaterales. Si bien nos protegerá del daño externo, también nos impedirá el acceso a muchas cosas positivas. Es lógico. ¿Cómo podemos enamorarnos locamente si tenemos un sistema de protección activado específicamente para mantener a las personas fuera de nuestros corazones? ¿Cómo podemos disfrutar de lo bueno que muchos seres humanos tienen que ofrecer si solo estamos interesados en comunicarnos con ellos superficialmente? ¿Cómo vamos a contribuir al necesario desarrollo de este mundo si para protegernos elegimos mirar al otro lado cuando hay personas muriendo indiscriminadamente, derechos humanos básicos violados a toda hora, animales masacrados y constantes abusos al medio ambiente y a los recursos naturales?

No tengo una respuesta. Deshacerse del chaleco sí sé que NO ES UNA OPCIÓN. Hay quien se arma de un chaleco solo cuando se siente mal y se lo quita fácilmente cual bikini en pool party californiana una vez que “encuentra el amor” o “se va finalmente del país” o cualquier otra tontería irrelevante de esas, solo para ser bombardeado brutalmente poco después al no tener protección. No: el chaleco ha de andar con nosotros todo el tiempo.

Quizás lo más sabio sea abrírselo un poco, e incluso en ocasiones quitárselo casi por completo. Pero ¿cómo aprender a quitarse el chaleco cuando aún ni sabemos ponérnoslo bien? No será fácil, eso es seguro. Hay que intentar dejar entrar algo de lo bueno, pero siempre sabiendo que por ahí mismo puede entrar una bala en cualquier momento. Y aprender a ver este riesgo como algo no necesariamente negativo (a veces la felicidad no está en las cosas constantes sino en las riesgosas que salen bien. Como la ruleta rusa).

Pero en caso de que algo pase hay que tener el chaleco a mano. Así podremos enamorarnos, confiar y obtener cosas buenas de algunas personas, pero al mismo tiempo no nos moriremos ni nos desangraremos si algún día demuestran ser igual a la mayoría. Podremos ayudar a causas humanitarias, revoluciones y al mejoramiento de este mundo, sin que las imágenes que tendremos que ver en el proceso nos destruyan o nos traumaticen.

Quizás ese sea el gran juego de la vida: aprender a utilizar correctamente el chaleco antibalas. Saber cuándo ponérnoslo y cuándo quitárnoslo. Cuándo es legítimo usarlo como defensa y cuándo como ataque. A qué lugares entrar con él sin desatarse un botón en ningún momento y en qué otros se puede dejar a un lado por un rato para poder correr completamente desnudos. Esta pericia determinará si somos vencedores o perdedores.

Pero siempre con el chaleco. Nadie que no tuviera uno llegó nunca a nada. Es la única manera de ser feliz por mucho más de once segundos y de contemplar con otros ojos ese maravilloso espacio que puede llegar a ser la jungla.


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