jueves, 18 de junio de 2015

El último de los Mancebo


Mi tía murió. Así de sencillo y lacerante. Y uno se queda en la distancia sin poder hacer nada. Solo drogarse y acostarse con quien sea hasta que no sienta nada y luego sienta el doble. Y se tortura, se recondena, se acuerda de lo que no se tiene que acordar, se lamenta una y mil veces de venir de ese país de mierda en el que siempre termina uno perdiendo, se tortura por no haberla llamado dos días antes "para hacerlo más tarde en la semana", se acuerda de todo el daño que ella le hizo y cómo es poco probable que otro pueda igualarlo, clasifica a los vecinos en los "que ayudaron" y en los "que no ayudaron" y constata que es inversamente proporcional a "los que opinan y piden recargas" y a "los que no se meten en nada", recuerda cómo absolutamente todo el mundo tiene más familia que él, descubre que más que una madre perdió una hija y que la gente nunca entenderá el tipo de relación que tenían porque era compleja de explicar y aún más compleja de vivir así que la llamaba "tía" a falta de un término mejor, llora de agradecimiento porque la persona que se ocupó de ella (mucho más que por lo que yo le pagaba y que aguantaba cosas que el único que había aguantado antes era yo por mi estúpido Síndrome de Estocolmo y a la que tenía que escribirle correos de psicoterapia profunda y enrevesada de cómo se debía tratar a mi tía para que no se le subiera arriba - algo que mi tía lograba de todas formas) estuvo a su lado cuando murió y lloró su muerte genuinamente, llora de dolor angustioso al recordar el último momento en que la vio, en el que ella rompió la promesa solemne que había hecho de no llorar y le dije "yo voy a salir por esa puerta y mientras más rápido me vaya más rápido regreso" y en cómo al final mi miedo de que se muriera antes que yo pudiera salir de aquí llegó dos semanas después que Canadá me aceptó oficialmente como hijo adoptado pero sin poder abandonar sus fronteras todavía por un buen tiempo y en cómo se murió sin saberlo porque no quería confundirla con términos confusos pero que Carmen se lo tradujo con un "ponte mejorcita que Raúl va y viene cualquier día de estos". Y en como mi tía siempre me fue a buscar a la escuela cuando era niño porque mi mamá trabajaba hasta tarde y su silueta en la distancia no se me olvidará jamás, y en cómo nadie nunca supo por qué yo le decía desde pequeño "Mama" (con la fuerza de pronunciación en la primera sílaba) pero al final creo que todos podemos intuir la respuesta.

Y entonces, la inevitable pregunta de siempre de por qué a mí la vida me pone estas cargas que a otros no le da.  Y en cómo la respuesta de "porque tú te sigues ríendo y eso le molesta" a veces no te satisface. De cómo ahora soy huérfano de madre por segunda vez como si no hubiese sido lo suficientemente duro la primera vez. Y te coges compasión (no lástima: esa está dedicada a los que tienen problemas de mierda y se la pasan llorando por ellos). Y pienso en lo solo que siempre he estado y siempre estaré. Que tengo que monitorear entierros desde la distancia porque soy el último de los Mancebo y no tengo quien me ayude en lo práctico ni me acompañe en lo emocional. Solo. Y sé que es para hacerme la persona más fuerte que conozco, pero sigue sin satisfacerme la respuesta.

Pero entonces viene Brian, quien sin saberlo recibió la misión de abrazarme por todos mis amigos que quisieran hacerlo pero no están cerca. Y el abrazo (sin llanto porque yo no lloro en frente de los demás) estremeció a una señora que se nos acercó luego para decirnos que "eso había hecho su día" y entonces Brian (quien tiene 20 años más que yo pero no duda en postularme como su "ídolo" en concursos de fotografía y que dice que en su mente yo no tengo 32 sino muchos más) llora, y yo le digo que qué clase de apoyo es ese a su ídolo. Y entonces lloro.

Y en el entierro se aparecieron mis amigos de la infancia, a los que yo no localicé pero que ahí estaban. Y ellos fueron al entierro por mí y le dieron el pésame a Carmen en mi nombre. Y ni Carmen ni mis amigos era Mancebo pero ese día fueron todos Mancebo.

Y la Thais, siempre reconfortante. Y la Yandro, que de pronto sacó una vena cariñosa que nadie le conoce y que me adjudico. Y la Andy, que llamó desde Cuba y dejo un mensaje en la contestadora con una voz seria que no le conozco y que me hizo reír. Y luego llorar. Pero más reír, porque esa es la misión de Andy en mi vida. Y la mamá de Olivia, quien se encargó de la gata, aunque sea por un tiempo. Y la Ray, quien a su forma era también sobrino de mi tía desde aquel día que entró a mi casa por primera vez, nos rompió el sillón y Mama lo acogió como uno más de nosotros (o sea, alguien a quien resingar, que era su manera de demostrar cariño). Y los otros, a los que se los fui diciendo poco a poco después cuando sentí que estaba capacitado para hablar de ello.

Y la Claudia - oh, la Claudia - quien me tuvo una semana en su sofá, que en la noche fungía de cama y en el día de diván de psiquiatría en el cual me quitaban el látigo de las manos cuando yo empezaba con mis culpas de Estocolmo. Y me obligó a sentirme bien sin remordimiento cuando yo quería sentirme bien pero consideraba que había que sentirse mal. Y me recordó (esa conclusión le fascina y se la dice a todo el que pueda escucharla) que yo era un niño que estaba condenado a terminar en las drogas, en la delincuencia o suicidado, por todas las cosas que la vida me había mandado desde niño, y que en cambio crecí para ser lo que soy hoy (no hay necesidad de definir eso pero podemos reducirlo en genial) sin que nunca nadie me dijera lo que tenía que hacer. Y pensé que mi tía quizás nunca se dio cuenta de ello. Y quizás alguna otra persona de mi familia. Y Claudia me quitó el látigo de nuevo y me dijo que ella - la persona más importante del mundo junto a mí - sí se había dado cuenta y eso bastaba. Y me diagnosticó otras 4 manías y padecimientos, además de 2 trastornos de la personalidad, y luego me absolvió con un "pero estás justificado así que sé feliz con ellos". Y al final me predijo el futuro (resulta que al final sí voy a terminar drogado, delincuente y suicidado pero habiendo alcanzado la grandeza en el medio, que es lo único que cuenta). También leímos en alta voz pasajes de mi propia literatura que nos erizaban los pelos para comprobar que aunque no se puedan solucionar las cosas es bueno al menos ser capaz de ponerlas en palabras. Intentó todo el tiempo ponerme las tetas en la cara para que yo "cambiara mis gustos y costumbres". Me tapó con una sábana una noche como si yo fuera un niño chiquito. Cuando se abrazaba con el marido, iba yo y los abrazaba también. Me hizo comida protestando todo el tiempo. Le enseñé a dar propinas en los hot dogs de Toronto y la llevé a gritar con los dinosaurios. Un día montamos columpios. Cuando me metí en problemas en Toronto (ese intento mío de buscarme problemas pasajeros para ignorar los reales) ella se sentó y actuó cual terapeuta profesional... Y sin lástima (esa es para los que no se han crecido nunca en la vida), me tuvo compasión en su sofá, y me hizo bien.

Mis abuelos solo tuvieron dos hijas. Solo una de ellas tuvo un hijo, con un hombre casado por otro lado. Luego murió y la otra hermana se quedó con él, en una relación más de adolescentes que viven juntos que de madre e hijo. Luego fue él quien se tuvo que encargar de ella cuando cayó inválida. Al final él se fue del país porque un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer y aunque se encargó de ella hasta el final lo más que pudo, no le dio tiempo a estar allí al final. No tengo culpas: al final todos los miembros de mi familia hicieron con su vida lo que quisieron. Es mi deber hacer lo mismo.

Pero me siento mal. Y solo. No habrá otro Mancebo. No traeré un hijo a este mundo en el que uno se puede quedar huérfano a los 12, cuidar a tías inválidas desde los 15 y luego a los 32 quedarse huérfano de nuevo, sin ni siquiera poder ir al entierro de su último familiar. Sin que nadie lo cuide si se enferma o nadie le pregunte si comió. Me niego.

Ya me recogeré del piso como siempre hago y me reiré de nuevo. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. No sé hacer otra cosa. Volveré a mi vida normal, en la que nadie pueda notar que mi carácter está forjado por tragedias, y me sentiré orgulloso de mí mismo una vez más por no dejar que estas me definan. Un día escribiré la historia de los Mancebo - mi historia - y todos llorarán y llorarán hasta que decidan - como yo - que la mejor venganza es reír.

Por el momento, a menos de una semana para cumplir los 20 años que murió mi mamá y a poco más de una que mi tía murió, decido tenerme compasión y quererme mucho. Yo me lo merezco. Después de todo, soy el último de los Mancebo.

PD: Adiós, Mama. 

viernes, 21 de marzo de 2014

La correcta utilización del chaleco antibalas



Este, compañeros y compañeras que me leen, es un mundo cruel. Pudiéramos ser hippies al respecto y fingir que no: que todo es maravilloso y que tan solo necesitamos amor para darnos cuenta, pero ya estamos muy viejos para eso. Admitámoslo para poder progresar: vivimos en una jungla.

Basta con mirar hacia cualquier lado. Cualquier cosa, desde la más grave hasta la más simple y carente de mal intención, puede lograr derrotarnos. Los amigos que hablan mal de nosotros, los otros que mueren, las imágenes de pobreza en la televisión, las canas que descubrimos en el espejo del baño, la matanza de animales, los chantajes emocionales de la familia, la cuenta del celular, el cretino que se burlaba del hombre en silla de ruedas en el metro, los comentarios de odio en YouTube, los inciertos caminos del futuro... La lista es infinita: a veces increíblemente originales y en otras tristemente comunes, las oportunidades para sentirnos mal nos llegan cada once o doce segundos.

Y eso - puedo decírselos desde ya - no va a cambiar nunca. Los problemas nunca se irán, el futuro siempre será incierto, la gente no dejará de atacarnos, nuestros amigos, amantes y enemigos no dejarán de hacernos cosas que nos laceren, y el odio, la crueldad y la estupidez no se irán a ningún lado. No importa cuánto avance y se modernice, la jungla seguirá siendo la jungla.

De ahí que un sistema de protección se imponga. El hombre no puede estar desprovisto de recursos ante los golpes que la vida le da casi sucesivamente. Estar llorando cada trece segundos no es una opción. Así que luego de algunos años - que mientras más rápido pasen pues mejor - de inocencia (el término es “ignorancia”), en los que veremos nuestros sueños, creencias y corazones romperse frente a nosotros salvajemente uno tras otro, quedará todo listo para el trascendental momento de ponerse el chaleco antibalas.

Como los más sagaces de entre ustedes habrán podido inferir por su nombre, el chaleco antibalas es la coraza en la que nos introducimos para que el mundo exterior (y muchas veces incluso el interior) nos afecte menos. Un pararrayos ante tanto ataque. Algo que amortigüe los golpes. Una protección para poder salir a la jungla no solo a sobrevivir o a cazar, sino también a ser felices. Porque les recuerdo que si esperamos a que las condiciones sean óptimas para alcanzar la felicidad, el máximo de tiempo que esta puede durar es once segundos (doce si se utilizan drogas o alcohol).

El chaleco está compuesto por nuestras experiencias de vida acumuladas unas encimas de las otras (no importa cuántas películas hayas visto y creas que estás preparado para el mundo: no lo estás. Necesitas darte golpes reales para la confección de un buen chaleco). Pero más que nada, en la estructura intrínseca de este debe haber también una alta cantidad de anti-susceptibilidad autoimpuesta. Hay que tener una disposición resoluta de no dejarnos atacar. No me voy a sentir mal pase lo que pase. Y por “pase lo que pase” quiero decir “pase lo que pase”.

Podría pensarse que todos hacemos esto naturalmente, pero no es así. Los suicidios, los antidepresivos o las depresiones crónicas tienen una causa. Y aún sin llegar a estos extremos, muchas veces nos sorprendemos arruinando una bonita tarde de primavera al torturarnos por un comentario desagradable que hizo en Facebook alguien al que jamás hemos respetado y que si hubiese dicho algo positivo probablemente ni le hubiéramos hecho caso.

El chaleco antibalas no es una armadura: es un chaleco. De ahí que podamos salir heridos aún usándolo. La bala que nos va a matar, nos va a matar, y no podemos hacer nada por impedirlo (aunque podemos intentarlo). Pero lo que sí no puede ser es que sucumbamos ante cualquier bala de salva que nos tiren. ¿Hablan mal de nosotros? Que hablen. ¿El futuro es incierto? Pues el futuro no está aquí ahora. ¿La cuenta del teléfono es alta y no tienes dinero? Cuando eras niño vivías en un país donde no había qué comer y así y todo sigues vivo; el pago de un teléfono es bobería. ¿Tu novio no te quiere más y te dejó por otra mujer? Nada es más secundario y fácil de reemplazar que un hombre así que levántate, date una ducha y búscate otro.

Ya sé que suena duro sugerir que no nos afecten las imágenes de guerras y de niños muriendo, pero no seamos hipócritas: perdemos más tiempo molestándonos porque nos dijeron gordos o feos que por masacres lejanas. Así que si podemos ser tan banales como para distribuir tan mal nuestras energías y nuestras lágrimas, seámoslo igual para sacar por completo estas imágenes de nuestras cabezas y no dejar que nos arruinen la tarde.

Mi chaleco antibalas personal es de una marca buena. Obvio: con todo lo que yo he pasado en mi vida o me lo ponía desde temprano o era evidente que no iba a llegar vivo a los 16. Y esto fue antes de decidir jugar a tener sexo con otros varoncitos (homosexual que salga a la calle sin su chaleco antibalas será considerado como intento de suicidio). A veces los chalecos se ponen solos, pero muchas otras tenemos que usarlos de manera consciente. En mi caso, combiné ambas cosas. Resultado: por muy agitada que haya sido mi vida jamás me he tomado una pastilla para los nervios, he necesitado correr de urgencia al psiquiatra o he decidido cortarme una de mis lindas venas. Expreso mi hastío de este mundo de la manera más sana posible: escribiendo, gritando cuando algo no me gusta, acostándome con todos y mirando mala televisión.

Mas, como todo buen ser humano, en muchas ocasiones se me olvida ponerme el chaleco y me dejó afectar por sencilleces. Pero entonces, cuando me descubro recondenándome porque una pajarita de Villa Clara que no conozco le sugirió a alguien que yo era jinetero, o porque alguien que quise mucho decidió no hablarme más sabe Dios por cuál causa, o porque no se me paró en una orgía y tuve que ponerme a mirar en vez de ser el protagonista, o porque mi tía me escribe por enésima vez para pedirme más dinero y agrega que “100 dólares al mes no son nada”, me llamo a capítulo, corro al closet, me envuelvo en mi mejor amigo y me doy psicoterapia de urgencia. Cuando salgo del closet soy un maestro Zen. Y esto es con las sencilleces: con las cosas graves mi chaleco es aún más eficiente. Ni siquiera tengo que entrar al closet: él solo sale, se me enrolla y estoy listo para el Diluvio Universal. Así, mientras el mundo se desmorona allá afuera, yo estoy en mi cuarto, con mi chalequito puesto, comiendo helado y viendo American Idol.

De ahí que me cueste tanto pero tanto entender a las personas que no tienen chaleco. Que se molestan con cualquier cosa, que se laceran con cualquier cosa, que lloran por cualquier cosa, que están tristes o quejándose todo el maldito día. Uno no puede permitirse, bajo ninguna circunstancia, ser susceptible. Y no es que a mí no me pasen esas cosas (yo soy esencialmente susceptible y temperamental), pero por eso mismo tengo el chaleco: para protegerme. ¿Cómo es posible que personas adultas a las que la vida les da golpes y golpes y golpes sigan sin darse cuenta que tienen que tener uno? ¡No podemos estar a merced de la jungla! Estos “Hunger Games” los tenemos que ganar NOSOTROS, aunque para eso tengamos que matar a todos los demás niños, incluyendo a los de nuestro mismo distrito.

Sin embargo, por muy necesario que sea, el uso del chaleco trae también efectos colaterales. Si bien nos protegerá del daño externo, también nos impedirá el acceso a muchas cosas positivas. Es lógico. ¿Cómo podemos enamorarnos locamente si tenemos un sistema de protección activado específicamente para mantener a las personas fuera de nuestros corazones? ¿Cómo podemos disfrutar de lo bueno que muchos seres humanos tienen que ofrecer si solo estamos interesados en comunicarnos con ellos superficialmente? ¿Cómo vamos a contribuir al necesario desarrollo de este mundo si para protegernos elegimos mirar al otro lado cuando hay personas muriendo indiscriminadamente, derechos humanos básicos violados a toda hora, animales masacrados y constantes abusos al medio ambiente y a los recursos naturales?

No tengo una respuesta. Deshacerse del chaleco sí sé que NO ES UNA OPCIÓN. Hay quien se arma de un chaleco solo cuando se siente mal y se lo quita fácilmente cual bikini en pool party californiana una vez que “encuentra el amor” o “se va finalmente del país” o cualquier otra tontería irrelevante de esas, solo para ser bombardeado brutalmente poco después al no tener protección. No: el chaleco ha de andar con nosotros todo el tiempo.

Quizás lo más sabio sea abrírselo un poco, e incluso en ocasiones quitárselo casi por completo. Pero ¿cómo aprender a quitarse el chaleco cuando aún ni sabemos ponérnoslo bien? No será fácil, eso es seguro. Hay que intentar dejar entrar algo de lo bueno, pero siempre sabiendo que por ahí mismo puede entrar una bala en cualquier momento. Y aprender a ver este riesgo como algo no necesariamente negativo (a veces la felicidad no está en las cosas constantes sino en las riesgosas que salen bien. Como la ruleta rusa).

Pero en caso de que algo pase hay que tener el chaleco a mano. Así podremos enamorarnos, confiar y obtener cosas buenas de algunas personas, pero al mismo tiempo no nos moriremos ni nos desangraremos si algún día demuestran ser igual a la mayoría. Podremos ayudar a causas humanitarias, revoluciones y al mejoramiento de este mundo, sin que las imágenes que tendremos que ver en el proceso nos destruyan o nos traumaticen.

Quizás ese sea el gran juego de la vida: aprender a utilizar correctamente el chaleco antibalas. Saber cuándo ponérnoslo y cuándo quitárnoslo. Cuándo es legítimo usarlo como defensa y cuándo como ataque. A qué lugares entrar con él sin desatarse un botón en ningún momento y en qué otros se puede dejar a un lado por un rato para poder correr completamente desnudos. Esta pericia determinará si somos vencedores o perdedores.

Pero siempre con el chaleco. Nadie que no tuviera uno llegó nunca a nada. Es la única manera de ser feliz por mucho más de once segundos y de contemplar con otros ojos ese maravilloso espacio que puede llegar a ser la jungla.

viernes, 14 de marzo de 2014

La boda (II)


Primera parte: La vida antes del "sí, acepto" 

Segunda parte: Una boda sin novia en dos actos

Acto I: Hable ahora frente a esta pancarta o calle para siempre

"Maldición", salió de mi resignada pero no por eso menos molesta boca cuando el taxi se detuvo frente a aquel castillo y comprobé que todos los hombres agrupados en la plazoleta de entrada estaban vestidos de traje. Ya me lo figuraba. Me había pasado la semana pensando en eso, de hecho. Sabía que sería - una vez más - el pobre latinoamericano vestido inapropiadamente para la ocasión, quien se aparecía con una camisa a rayas y un bow-tie verde. Pero como Dios me dio la entereza moral para fingir que todo está bien y que no me da pena (aunque me dé) caerme en obras de teatro, caminar desnudo por saunas o hacer papelazos en la televisión, me bajé del vehículo, me tragué mi vergüenza, sonreí, y me introduje en aquel grupo de hombres vestidos de negro con total naturalidad, como si tener un bow-tie verde fuera en realidad el código de etiqueta apropiado para una boda y yo me encontrara en un país muy subdesarrollado al cual esa noticia no había llegado todavía.

Muchísimas personas esperaban por la apertura de Hogwarts. Este matrimonio no era tan barato como me habían hecho creer y hasta alguien que solo ha ido a cuatro bodas en su vida - tres de ellas de mis hermanos y las cuatro en el tercer mundo - podía notarlo con tan solo poner un pie a 30 metros de las escaleras de piedra. Olor a caro y gente elegante por todas partes. Al igual que muchas otras ocasiones desde mi transición de mundo, las películas serían mi única preparación para lo que me esperaba. Por algún lado noté a los amigos de Jordan que había conocido en el bar, pero no hice el  mínimo intento por ir y saludar. Aunque ya teníamos mejores relaciones, no me sentía capacitado para miradas inquisitivas de arriba abajo o comparaciones con Hugh Jackman por parte de homosexuales vestidos de Gucci y con el pelo amoldado por algo que de seguro no era mi gel de 2.25.

Como era de esperar, ni sombra de los novios por ningún lado. Recuerdo la boda de mi hermana, en la que no pude verla de cerca ni un solo instante. Las bodas son como ir al teatro a ver actuar a un familiar, a quien tenías en shorts y pullover al lado tuyo el día anterior pero al que ahora solo puedes ver de lejos, con ropas y actitudes que no le conoces, mientras tú te quedas con el resto de sus amigos, de los cuales jamás habías oído hablar pero quienes insisten en mostrar tal ímpetu de afecto hacia los protagonistas que te hacen cuestionarte si son más cercanos a estos que tú mismo. Pero como de todas formas yo no conocía tanto a Jordan, este sentimiento de injusticia social no me acompañó en esta visita al teatro.

Muchos viejos, muchos gay, muchas muchachas, muchas parejas, muchos niños... Todos agrupados en pequeños círculos para establecer un sistema clasista perfectamente definido. Necesitaba encontrar a Esmeralda lo antes posible para poder integrarme a la comedia. Un hombre solo en una boda es algo patético: todos piensan que eres un pederasta y le advierten a los niños que se alejen de ti. Una mujer sola es peor porque la consideran como la tía boba que nunca se casará y le tiran a los niños encima para que ella se ocupe.

Esmeralda y yo habíamos hecho contacto días antes y habíamos acordado conocernos en la entrada, así que mi primera tarea consistía en imaginarme cómo se vería vestida de gala aquella mujer delgada y rubia con caña de pescar y sombrero con anzuelos que se aguantaba a un brazo cuyo propietario no salía en la foto, y localizarla. Tampoco tenía otra opción ya que ella tenía la invitación. Mientras escudriñaba los rostros femeninos a mi alrededor e intentaba apartar de mi mente el hecho de que alguien que no fuera una gitana pudiera llamarse Esmeralda, mi vista cayó en la cara de un hombre que, a su vez, me estaba mirando desde antes que yo lo notara. Un hombre muy raro – joven y quizás lindo pero con una gravedad en el rostro como si estuviese en medio de una guerra civil y no en una boda... quizás eso tenga algún sentido, ahora que lo pienso – que para colmo estaba solo, lo cual lo hacía aún más sospechoso. Miré si había niños cerca de él. Como si fuese una dama de la era victoriana, a la cual la simple mirada de un desconocido sobre ella podía ofenderla gravemente, aparté mi vista con recato, justo para ser interceptado por dos brazos que se posaron súbitamente en mis hombros. “¡¿Raoul?!”. Una hermosa muchacha rubia, delgada y con unos ojos terriblemente verdes que un sombrero con anzuelos no había dejado notar antes, se encontraba frente a mí. Sonreí. “Esmeralda”.

“Me encanta tu bow-tie”, dijo. Hay personas que jamás en su vida podrán decir una palabra para procurarse un amigo. Esmeralda, con sus cuatro primeras, ya lo había logrado. “Gracias. Tú luces escandalosamente bella (era cierto). A falta de una novia, te nombro la mujer más encantadora de esta boda.” (Yo también sé hacerme de amigos fácilmente). Casi en el acto, se abrieron las puertas de Camelot y los invitados comenzaron a entrar. Ella sacó la invitación y me la dio. La leí y bromeé: “Pues bien, espero imitar lo mejor posible a Tim”. Mal chiste. Su cara cambió inmediatamente, lo cual me permitió comprobar que las sospechas de Jordan eran ciertas. Decidí que el nombre de Tim no aparecería más en aquella tarde. “Necesito encontrarme un hombre en esta boda. Es mi plan secreto”, dije súbitamente. Para sacar a las personas de sus dramas, nada mejor que hacerlas cómplices de los tuyos. Ella buscó con la mirada cual secretaria competente y luego de una rápida inspección me señaló a los amigos de Jordan del bar. “No soy tan gay”, dije. El muchacho raro que seguía mirándonos fue su segunda opción. “Tengo miedo que pueda matarme, o peor: enamorarse”. Un muchacho de ojos verdes que no se encontraba muy lejos fue la próxima víctima. “Ummm, se puede trabajar en esa dirección”. Ambos reímos. Mi plan había funcionado. Le extendí mi brazo, ella se colgó, y la hermosa pareja formada por el pederasta del bow-tie verde y la tía boba abandonada por su compañero de pesca hizo su entrada formal a la boda de dos hombres.

Las nupcias se celebrarían en el jardín, al otro lado de Isengard, pero, como nos hizo saber en la puerta una enérgica señora (quien luego se revelaría como la madre de Étienne), todavía faltaba tiempo para ello, por lo que nos invitaba a utilizar los distintos bares repartidos por el lugar, aunque alertándonos de moderar nuestro consumo ya que no querían a nadie borracho antes de que los novios hubiesen jurado que solo la muerte los separaría. En cuanto oí la propuesta, corrí hacia el bar más cercano con Esmeralda colgada de mi brazo, no solo porque la experiencia me ha enseñado que estos eventos se disfrutan mejor después de dos tragos, sino además porque aquella señora había dicho todo su discurso con los ojos puestos sospechosamente en mi bow-tie y en mi ausencia de traje.

Un trago más tarde, con Esmeralda por algún lado saludando a alguien (o quizás llorando en el baño), me dediqué a inspeccionar el castillo por dentro. Luego de caminar por varios salones, examinar las obras de arte y arreglarme el pelo frente a todos los espejos caros que me encontré, me topé frente a frente con una pancarta de la boda. Jordan y Étienne sonreían abrazados encima de una flecha que indicaba el camino hacia el jardín. Ya había visto una similar en la entrada pero solo me había fijado en el rostro de Étienne, a quien nunca había visto antes. Ahora, en plena soledad, algo más relajado por el alcohol y frente a aquella foto que hubiese provocado mítines de protesta en el barrio donde nací, me dejé llevar por mis contradictorios pensamientos concernientes al matrimonio gay.

En mi cabeza, el matrimonio igualitario tiene absolutamente los mismos defectos que el heterosexual (engaños, aburrimientos, hipocresía...) así que “igualitariamente” me provoca también una sensación negativa. Pero debido a los numerosos elementos adicionales que entran en juego en la unión civil de dos personas del mismo sexo (especialmente si este sexo está compuesto por una X y una Y), me es algo más complejo de explicar sin que parezca que estoy en contra de su desarrollo legal. Así que vayamos por partes.

Pocos universos son tan discriminatorios como el homosexual. "No gordos", “no flacos”, "no pasivos", “no viejos”, “no asiáticos”, “no circuncidados”, "no afeminados", "no seropositivos", “no menos de 7 pulgadas”, “no menos de 8 pulgadas”... Es agotador tener actualizada la lista de discriminaciones. Pero en medio de toda esta supuesta variedad, hay algo que siempre nos ha mantenido a todos en la misma lista: somos marginados por la sociedad. Y ya sé que suena patético, pero nada une más que ser discriminados por un sector en común. ¿Recuerdan a aquellas dos niñas gordas, feas y brutas que eran mejores amigas en la primaria? Pues bien: había una causa para ello.

Pero ahora, el progreso finalmente ha llegado y en muchos países desarrollados (económica y mentalmente) los homosexuales llegan a tener una vida social muy parecida a la de los heterosexuales, de ahí que muchos ya ni siquiera se sientan tan marginados. Y esto es obviamente positivo pero al mismo tiempo lleva a que la discriminación hacia los sectores gay “menos favorecidos” sea aún mayor. Como cuando una de aquellas dos niñas de la primaria se volvió flaquita al llegar a la secundaria, se cambió de grupo social, y comenzó a burlarse de la otra que siguió siendo gorda, fea y bruta. Desolador.

Y el matrimonio es una de esas nuevas armas que ayudan a los homosexuales a cambiarse de bando. Ahora además de estar en buen estado de salud, ser masculinos y tenerla grande, tenemos que casarnos antes de una edad razonable para demostrar que somos del “grupo superior” de homosexuales. Lo último que necesitábamos los gay: otra categoría para discriminarnos entre nosotros.

Por otro lado, ¿qué tiene que ver la santidad del matrimonio con los pájaros? ¿De cuándo a acá – por poner solo un ejemplo - alguno va a cumplir con la monogamia? Para casarte con alguien debes haber al menos pasado dos años junto a esa persona (digo yo) y todo el mundo sabe que en dos años hace mucho que los gay ya están teniendo tríos y relaciones abiertas. Por favor, no sean hipócritas cuando en la mayoría de los casos la única razón por la que están en una relación es para tener sexo sin protección. ¿Por qué estar jurando cosas que no te tocan cuando puedes simplemente dedicarte a ser feliz y vivir con tus propias reglas sin intentar replicar las costumbres de los heterosexuales? ¿A qué viene este “jugar a las casitas” a deshora cuando hace mucho que rompimos los esquemas?

Pero (y aquí cambia todo) sí estoy más que claro que los homosexuales tienen que tener derechos de unión como todo el mundo (eso sí nunca lo he puesto en duda: he criticado el concepto de matrimonio clásico como representación de esa unión, pero no la unión como tal). Tienen que tener derecho sobre los bienes del otro y tienen que ser considerados por la sociedad como una pareja real. Siempre me ha llamado la atención cómo los heterosexuales se casan a los 3 meses de conocerse, ella se embaraza - ¿hay algo más fácil que embarazar a una mujer? – se divorcian dos meses antes que nazca el niño y aunque nunca se conocieron realmente, la ley los llena de derechos que los acompañarán para siempre y sus amigos insisten en que “deben darse una segunda oportunidad”. Dos homosexuales se pasan 20 años juntos, uno se muere, el otro no tiene ni derecho a ir a su funeral si la familia no quiere y sus amigos le dicen cosas como “no te preocupes: ya encontrarás a otro”.

Y para lograr esta igualdad social hay que lamentablemente pasar por el matrimonio, ya que no todo el mundo puede ver tan nítidamente y cuando se les habla de “vivir con tus propias reglas sin intentar replicar las costumbres de los heterosexuales” no entienden nada. O los pájaros se casan y son como los demás, o no se casan y siguen siendo inferiores. Y esto es en las sociedades desarrolladas; hay otras que LEGALMENTE todavía andan por “los homosexuales son seres humanos como los demás” - por favor, ¿qué vamos a ser?: ¿amebas? - y otras en las que no los dejan expresarse e incluso los matan (Rusia, Uganda, ¿andan por ahí?). Así que quejarse por el matrimonio gay siendo gay es muy del siglo XXIII; no me toca todavía.

Pero si esto no fuera razón suficiente, todos mis pensamientos de aversión hacia el matrimonio gay son anulados por una causa mayor: la homofobia del ser humano común. Toda esa gente estúpida hablando mierda todo el tiempo, apelando a un Dios que no les dio cerebro, citando a la reproducción como elemento fundamental como si fueran curieles, juzgando desde su mononeuronalidad y represión sexual a personas muchísimo más avanzadas que ellos. De ahí que, aún cuando no tenga ninguna intención de usarla personalmente (como diría mi amigo Yandro), toda victoria legal en el campo de los derechos homosexuales me los tomo como un logro personal. Si la gente bruta puede opinar y ejercer “democracias”, es imposible que yo (que como todos sabemos me considero el eje de este mundo) no me pueda casar mañana si me sale de mi miembro. ¿Es que acaso los heterosexuales no acaban con la santidad del matrimonio todo el tiempo? Pues bien: nosotros también. Y si no les gusta, pues mejor aún: no hay nada más agradable que el sonido de la chusma rabiando de odio.

Así que con el espíritu de asumir lo malo para ganar lo bueno, le doy mi “sí, acepto” al matrimonio gay. Lo apruebo genuinamente. Pueden casarse y hacer con sus matrimonios lo que le dé la gana. Están en todo su derecho. Como todo el mun...

“¡Ahhh!”. Mi propio grito, breve pero intenso, me sacó de mi diatriba homocasadera. El joven raro de mirada lúgubre estaba detrás de mí – sabe Dios desde cuándo – mirando la pancarta también, sin hacer ni un sonido ni un gesto que delataran su presencia, y no fue hasta que me viré que lo vi. Me recuperé rápidamente e intenté sonreír para liberar tensiones pero él no dejó de contemplar la pancarta. Lo miré, luego a la pancarta, luego a él de nuevo, y decidí que era mejor irme sin decir palabra. Qué hombre raro.

Caminando por el pasillo que desembocaba en el salón de recepción, donde había dejado a Esmeralda, vi a lo lejos, en el propio salón, al hombre más bello y elegante de este mundo. Jordan, luciendo impecable. Caminé hacia él, olvidando que no se debe acercar uno a los protagonistas el día de la obra. Fui recordado de esto dos segundos más tarde cuando otro muchacho más delgado y pequeño, también elegante, se acercó a él y se puso a decirle algo. Detuve mi marcha y fingí (conmigo mismo) que contemplaba un jarrón. Desde allí vi de reojo cómo ambos conversaban hasta que la madre de Étienne apareció y los tres desaparecieron de mi campo visual. Me arreglé mi bow-tie frente a un espejo y recomencé mi marcha: la función estaba a punto de empezar.



Acto II “Los declaro marido y marido”

Esmeralda esperaba en el salón, sentada en una silla imperial mucho más grande que ella, que unida a su expresión distante le confería la imagen de una niña castigada. “¿Todo bien?”, pregunté. “Sí”, respondió, aunque su cara de tranca indicara la contrario. Me cuestioné si evitar el tema sería lo correcto. “Los novios estuvieron aquí hace unos segundos”, dijo. “Me los perdí”, mentí. “Se ven tan lindos. Los matrimonios son tan lindos”, siguió, aún con la mirada perdida. “¿Te parece si vamos al jardín?”, pregunté, optando por ignorar al elefante en la habitación. “No puede faltar mucho para que esos dos se acaben de casar, ¿no?”

El jardín desembocaba en un viñedo que se perdía en la vista. Todo muy idílico. Una pequeña glorieta bajo un árbol enorme y bancos divididos en dos grupos indicaban el lugar donde se realizaría el sacrificio.

Una pajarita de pelo azul daba la bienvenida. “Hola hola hola”, dijo. “Hola hola hola”, repetí. “¿Ustedes son invitados del novio o del novio?” “Del novio”, dije yo. “Perfecto”. Bajó un poco más la voz y agregó: “¿Del activo o del pasivo?” Fingí meditar. “¿Del activo?”, respondí preguntando en un tono aún más bajo. “¿Jordan?”, preguntó respondiendo casi en un susurro. “Sí”, respondí con los ojos. “De este lado, por favor”, dijo recuperando su tono normal. Esmeralda no dijo una palabra pero no paró de reír ante aquella políticamente incorrecta conversación a bajos decibeles.

Ya sentados y mientras aquello comenzaba a llenarse, Esmeralda decidió lanzar un interrogatorio. “¿De dónde conoces a Jordan?”. “De una vida pasada”. “¿Tienes novio?”. “No”. “Ahora que estás en un país donde te puedes casar, ¿te gustaría hacerlo?”... No supe qué contestar ahí. Curiosamente nunca he pensado en eso. Tengo muchas ideas sobre el matrimonio en todas sus versiones, pero no tengo una opinión sobre si yo, Raúl, soy material de casamiento o no. Es como si no me concerniera. Supongo que no lo soy pero ¿podrían algún día las circunstancias llevarme a integrar esta comedia como he integrado ya otras que también había considerado ridículas y lamentables? ¿Podría casarme y fingir conmigo mismo que mi matrimonio sí será diferente, como otros antes que yo lo han fingido solo para caer en lo mismo poco después? ¿Podría esta algún día ser mi boda?

A falta de una respuesta, me fui con la versión fácil. “No, no soy de los que se casa. Mira mi bow-tie: es verde. Estoy aquí bajo protesta.”. Ella sonrió. “A mí sí me gustaría casarme y tener una boda como esta”, dijo bajando la cabeza. Como cualquier réplica a eso terminaría con ella deprimida, me fui una vez más por las ramas, aguanté las ganas de decir que querer una boda no es una buena excusa para casarse y me puse a hablar del pajarito de pelo azul y del muchacho de ojos verdes, quien estaba sentado tres filas delante de nosotros.

Media hora más tarde aquello comenzó a ponerse oficial. Los bancos estaban ya casi llenos mientras otros invitados caminaban de un lado a otro saludándose y celebrando vestidos. La madre de Étienne parecía estar en cualquier lado hacia el que uno mirara. Finalmente, trajo al hombre que oficiaría la boda (no tengo idea de si era un notario, un cura o Queen Latifah), lo ubicó en el centro de la glorieta, alineó a los padrinos, torturó a dos niños que estaban mal situados, y se dirigió al público presente para pedirle (ordenarle) que se sentaran e hicieran silencio. Cuando todos estuvimos organizaditos como foto de revista “Hola”, hizo su mejor esfuerzo por sonreír, sonó una música, entraron los niñitos tirando cosas y todos nos viramos para ver desfilar por el pasillo a los actores principales.

Primero fue Jordan y su mamá. Lucía limpio, elegante y hermoso. Una hermosura distinta a aquella de cuando lo conocí en el lobby de aquel hotel sin nombre o de la otra con la que lo inmortalicé en mi mente por tantos años, pero en cierto modo la misma: esa que indicaba que el mundo es vasto, lindo y digno de ser explorado una y mil veces. Sonreía pero se notaba que estaba nervioso, lo cual lo hacía aún más adorable. Pensé en abalanzarme y gritarle que se casara conmigo pero recordé que esos actos de espontaneidad nunca acaban bien. Cuando pasó por mi fila puse mi mejor cara, pero como era de esperar no miró en mi dirección.

Un momento después fue Étienne y la mamá (esperen, ¿esta señora no estaba del otro lado hace 30 segundos?). Étienne era lindo pero con una belleza mucho menos inocente. Se notaba a kilómetros que en un día en que no estuviera nervioso por estar casándose era superficial y bitchy. Definitivamente el pasivo. Intenté alejar estos estereotipados e impropios pensamientos de mi cabeza y concentrarme en la escena. Curiosamente, al pasar cerca de nosotros me miró a los ojos. Le sonreí amigablemente. Superficial o no, era su boda. Además, no podemos descartar el hecho de que a lo mejor algún día hagamos un trío. Ok: ¡¿quién tiene esta clase de pensamientos en el medio de una boda?!

El Sr. Latifah dijo algo de que estábamos allí para celebrar la unión formal de Étienne y Jordan. Me gustó eso: “la unión formal”. Quizás algún día me case solamente para considerar a todos los hombres que han pasado antes por mi vida como “informalidades”. Ah, miren: una ventaja del matrimonio.

Luego Étienne narró cómo se había encontrado a un hombre bueno y en fracciones de segundo se me quitó el cinismo. Recordé esos días posteriores a conocer a Jordan y aquella emoción que me asaltaba cada vez que pensaba en él. Me vi en el lugar de Étienne y me imaginé diciendo esas cosas yo. Esta necesidad de protagonismo mía logra incluso vencer mis dudas sobre el matrimonio. Pero, ¿qué sentido tiene ir a una boda si uno no va a ponerse en el lugar de los novios?

Cuando Jordan habló y contó cómo Étienne había cambiado su vida para siempre, me declaré oficialmente deprimido. Me vi restregado en la arena, fugándome de los turnos para revisar sus correos, esperándolo en el aeropuerto un año después, mudándome a  Montreal para reunirme con él, conociendo a su perro, teniendo sexo sin protección, riendo todo el tiempo, viviendo juntos, casándonos en aquella glorieta... ¡Oh, Dios mío, esta estúpida boda me está volviendo loco! Pensé en salir corriendo del jardín de Minas Morgul para poder dejar de “jugar a las casitas”, pero recordé que la que hablaba era mi necesidad de hacerlo todo sobre mí y no yo. Sacudí la cabeza y me enfoqué en la escena.

Una vez intercambiados los anillos se exhortó a que si alguien tenía algo que decir que lo hiciera en ese momento o que callara para siempre. La madre de Étienne miró a todo el mundo, lista para sacar un rifle y perseguir por todo el castillo a balazo limpio al primero que estornudara. Entonces el hombre cuyo cargo nunca supe dijo que según los derechos que este mismo cargo le confería, los declaraba “una pareja casada”. Y Jordan aguantó a Étienne por los codos, lo besó, y a mí se me salió una sonrisa tonta mientras todos aplaudían. A mi lado, Esmeralda lloraba como si no hubiese un mañana. Las bodas vuelven loco a todo el mundo.

Durante la recepción, ya de noche, el drama era muchísimo menor. Entre otras cosas porque la madre de Étienne había levantado el veto al alcohol indiscriminado, lo cual contó enseguida con un enorme respaldo popular. En un salón inmenso todos comían, bebían y se divertían, mientras los padrinos daban discursos, los novios picaban pasteles y la banda tocaba a su antojo.

En nuestra mesa, sin embargo, parecía que había caído una bomba. Tres parejas heterosexuales (probablemente casados y aburridos) nos hacían compañía sin decir una palabra, contentándose con tomarse de las manos y mirar a los que bailaban. Dios. Esmeralda, a quien dos copas habían terminado por derrotar, se miraba los pies, dando la impresión de ser una vagabunda con vestido caro. El único con sangre en las venas parecía ser yo. Borracho, por supuesto. “¡Bailemos!”, grité. “No, gracias. Pero ve tú, no tengas pena”, dijo Esmeralda dos minutos después cuando se dio cuenta que era con ella. Como si los hubiese invitado a ellos, los seis anémicos se fueron a bailar. Harto de ver a Esmeralda en ese estado y considerando la partida de los demás como una señal del destino para hacer mi trabajo, me paré, me tragué de un tiro un champán que no era mío, me senté de nuevo y me decidí a hablar sobre el elefante.

“A ver: cuéntamelo todo. Te hará bien.” Ella ni siquiera intentó fingir que se sorprendía. Con la voz, las pausas y las lágrimas de una niñita que cuenta por qué llora me confesó que, en efecto, Tim y ella estaban separados. No era definitivo, pero no pintaba bien. Y no solo eran novios, sino que además estaban comprometidos. O lo habían estado. Él no estaba en Inglaterra, sino en algún bar montrealense. Pobre Esmeralda; esta boda tenía que estarla matando. Dejé que se desahogara sin decir mucho. ¿Qué se puede decir en estos casos? Ella sola se compuso al final, se secó las lágrimas y me pidió que no le dijera nada a los novios. Asentí. “¿Parezco una bruja con el maquillaje corrido?”. Asentí de nuevo. Se echó a reír. “Voy al baño”. “Yo iré a flirtear. Aquí en media hora”. “Comprendido”.

Recorrí la zona de fiesta, entre el salón y el jardín, en ese fabuloso estado entre la embriaguez ligera y la sensual. Intentaba coquetear pero los círculos de sistemas clasistas estaban más definidos que nunca y no había ninguno para solteros de bow-ties verdes. Pasé cerca de uno de homosexuales con anillos en los dedos. En Canadá es tan común el matrimonio igualitario que no solo muchos están casados, sino que además muchos otros están divorciados (lo cual es lógico pero sigue siendo cómico... ¿Se imaginan que se pudieran casar pero no divorciar? Me encantaría ver eso). Conozco incluso a uno que se casó con un hombre y luego con una mujer. La engaña, por supuesto. Pero ya estuvimos de acuerdo en que abusar del “hasta que la muerte nos separe” tan impúdicamente como los demás es la verdadera marca de equidad social.

Luego de saludar (con una inclinación de cabeza) a los amigos de Jordan del bar, los cuales tenían su círculo de muchachitas bitchy en un pasillo, descubrí en la distancia, sentado solo en una silla imperial, al muchacho de ojos verdes. Mi momento. Me tragué mi vino hasta el final, me arreglé la camisa, saqué el rifle de caza y me dirigí hacia él. “¡Alto ahí!”. Un par de brazos me aguantaron por detrás, impidiéndome dar un paso más.

Era Jordan. “¿No se supone que vayas a felicitar al novio en algún momento?” “Iba a hacerlo, por supuesto”, dije cuando me hube recuperado de la sorpresa de encontrarme al protagonista de la obra andando solo por los pasillos de su boda. “Pero el novio me trajo a una boda llena de Armani y Dior, así que tengo que esperar que estos se alejen de él para poder ir yo. Hay jerarquías. Además le temo a tu suegra”. “Tonto”. Lo abracé. “Felicidades. Fue todo muy bonito”. “No te creo”, dijo sonriendo. “¡Lo fue! Casi lloro”. Se rió a carcajadas. “¿Por qué? ¿Te imaginaste que nos casábamos tú y yo?”. Dios, ¿soy tan predecible? “Por supuesto que no. ¿Hay gente que va a las bodas a imaginarse que se casa con uno de los novios? Patético.” Ambos sonreímos. “No, en serio: fue lindo.” “Gracias, Raúl”.

“¿Cómo está Esmeralda?”. “Tenías la razón”. “Pobre. ¿Te imaginas venir a una boda cuando te estás separando? La llamaré en cuanto regrese de la luna de miel. Dios, todavía tengo que irme de luna de miel. No tienes ni idea de cuán cansado estoy”. “¿A dónde irás?”. “A Hawaii. Soy todo un estereotipo”. “Ummm, romántico: Hula, volcanes, sexo en la playa, ukeleles...”. “No: el sexo en la playa es algo que reservo para mi juventud”. Me eché a reír pero me prohibí decir nada. Aunque él lo propiciara, no iba a flirtear con el novio el día de su boda.

“Pues sí: llámala cuando llegues. Pero recuerda que tienes otra cosa más importante que hacer a tu retorno”. “¿Qué?” preguntó con genuina curiosidad. “Comenzar a buscar cuál es la etapa que viene luego del matrimonio.” Asintió. “Cierto”. Sonreímos sin decir nada los dos. “Lindo bow-tie”. “Gracias. Tú luces...Te ves tan hermoso”. Silencio nostálgico. “Me alegra mucho que estés en mi boda. Me alegra mucho que estés en mi vida”. “Yo también. Me siento cerca de mi juventud cuando estoy contigo. Y viejo al mismo tiempo. Pero en ambos casos, es algo bueno”. Otro silencio nostálgico. “Ok, me voy a cazar a aquel muchacho”. “Oh, no, no, tú regresas a cuidar a la pobre Esmeralda”, me aguantó de nuevo y me viró hacia la otra dirección. “¡Estás celoso!” “¡Por supuesto que lo estoy!”. “¡No es justo!”.

Una hora después, ya bien de noche, en las escaleras de piedra de Winterfell los novios dijeron adiós. Todos nos reunimos para despedirlos antes de que se fueran al medio del Pacífico a perder sus virginidades. La madre de Étienne, ya libre de estrés, lloraba calmadamente junto a la madre de Jordan. Los demás reían. Esmeralda y yo mirábamos abrazados la escena desde casi lo último de la muchedumbre. Étienne y Jordan, luego de besar a los más cercanos y decirle adiós a los demás – aunque éramos muchos, Jordan me dijo adiós mirándome a los ojos, lo cual me devolvió el sentido de justicia social - se montaron en un Mercedes blanco y se fueron.

Entonces me di cuenta que, 10 años después, logré decirle adiós correctamente a Jordan. Sin rayos, facultades de Física, o sensación de desamparo al sentirme lejos e incomunicado. Claro que verlo irse con otro hombre a Honolulu tampoco era lo que había imaginado como un final feliz, pero nada es perfecto. Así que el yo de mi vida pasada, el que esperaba con emoción el veredicto de fotos y la aparición de personas especiales, regresó por breves instantes y de buen grado le dijo adiós a su amante de pensamientos desarrollados, vida diferente y cabellos no rubios mientras este se alejaba en la distancia en un Mercedes blanco. Vaya, ¿cómo alguien puede vivir sin la necesidad de hacerlo todo acerca de él?

Luego que los novios parten y la obra se queda sin sus protagonistas no hay muchos motivos para seguir en el teatro. Así y todo uno se queda, rodeado de menos personas, mucho más relajado, bebiendo todo lo que se encuentre, aflojando un poco el bow-tie, mirando a la banda tocar canciones de blues y jazz, y poder reflexionar así sobre nuestras vidas y nuestros futuros. “¿Bailamos?”, le dije a Esmeralda. O, como en este caso, para ayudar a aquellos que tienen problemas con sus vidas y sus futuros.

Ella negó una vez más. Ya no se veía tan deprimida como tan cansada. Cansada de sufrir. Me acerqué más a ella y le sonreí. “Escucha: no hay mucho que uno pueda decir en estos casos, pero lo intentaré... La vida es una mierda. Por eso mismo no podemos estar perdiendo tanto tiempo sufriendo. Hay que sacarle el máximo provecho posible. Un día estarás bien. Y mientras más rápido te decidas a estar bien, más rápido llegará ese día. Si eso es lo que quieres, pues un día esta será tu boda. Quizás con Tim, quizás con otro. Pero esta será tu boda. Y serás feliz. Sé que no puedes verlo ahora, pero yo sí”.

Me miró con la cara del buen alumno, al que no hay que explicarle mucho las cosas. El cansancio ayuda a ser más receptivo. “¿Y tú?”, preguntó. “¿Y yo?” “¿Qué harás tú?”. Preguntaba como si su propia felicidad dependiera no solo de su futuro, sino también del mío. Así que, para consolar a almas que sufren, mentí. “Yo también. Un día conoceré a alguien medianamente decente, se me quitará el cinismo y me casaré con él. Hasta que la muerte nos separe. Y esta será mi boda. Mi carrera por saber qué etapa viene después del matrimonio comenzará. Y todo lo que pienso ahora será parte del pasado.” O quizás no mentí. Uno nunca sabe dónde terminará. Si alguien me hubiese dicho que algún día iría a la boda de Jordan, no lo habría creído. ¿Por qué no habría de creer que algún día pueda esta ser mi boda?

“¿Me invitarás?”, preguntó. “Sí”, le dije tiernamente. “Tú estarás a cargo de sentar a las personas en la glorieta y de decir que el activo soy yo, aún cuando me casé con un leñador de dos metros”. Reímos. “Pero eso no será hoy: hoy nos toca ser felices por Jordan y por Étienne... y bailar para celebrarlo”. Asintió finalmente. Al pararnos, me apretó la mano. “Gracias”, me dijo. “De nada, me gusta ver que...”

“¡Ahhh!”. Ambos gritamos al mismo tiempo. El muchacho raro saltó frente a nosotros, despeinado, con un vaso en la mano y mirada agresiva. Visiblemente borracho. “¿Sí?”, dije. Con una sonrisa de demente, se acercó a mí y me preguntó despacito, como disfrutando cada sílaba: “¿Me casaré algún día?”. Esmeralda y yo nos miramos un segundo y luego nos echamos a reír. Estas bodas vuelven loco a todo el mundo. “Sí: te casarás. Pero ahora vamos a bailar”.

Así que bailamos. Nada de blues y jazz: bailamos como adolescentes alocados, y los de la banda, al ver nuestra energía, cambiaron la música para que pudiéramos canalizar nuestra embriaguez/optimismo. Pesqué a Esmeralda y la atraje a mí con mi caña, el muchacho raro y yo pegamos las espaldas mientras Esmeralda movía el vestido a un lado a otro con las manos como si fuera parte del elenco de “Grease”. Y vino la pajarita de pelo azul y otros dos amigos de Jordan del bar. Y dos muchachas rubias que reían de todo. Y algún que otro más. Así se creó nuestro propio sistema clasista perfectamente definido: el círculo de los que no se van a casar... al menos no en los próximos dos años. Y unimos a la madre de Étienne y a otros con anillos en los dedos para recordarle a los casados que ellos también pueden divertirse.

Al final agitaba mi bow-tie en círculos como cowboy, junto a otros que hacían lo mismo con los suyos. Fue así que mi bow-tie verde se unió sin tantos problemas a otros negros. Sea lo que sea que eso quiera decir.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La boda


Primera parte: La vida antes del “sí: acepto”

Jordan y yo nos conocimos en una vida anterior. Yo tenía 21 años, estaba en el primer año de la universidad y recién descubría dos fenómenos en los que luego me especializaría: el sexo casual y el flirteo online. Aquellos días larguísimos en el laboratorio de computación de la facultad a cualquier hora, desde la mañana hasta casi la noche, evadiendo turnos, colándome en horarios que no eran míos, almorzando rápido para tener más tiempo frente a la máquina antes del primer turno de la tarde, revisando el correo lo mismo en presencia de cientos de personas en las horas más congestionadas que acompañado solamente por otros flirteadores compulsivos y jineteros intelectuales en la calma post cinco de la tarde, constituyeron un sólido pilar en la formación de mi carácter donjuanesco.

Al margen de algunos nacionales para saciar mi siempre inquieta libido, la verdadera novedad era la comunicación con extranjeros. Aquella era la oportunidad, largamente esperada aún sin saberlo, de tener contacto, aunque fuera lejano y virtual, con hombres como los que veía en las películas: rubios, lindos y con pensamientos que no incluían la comida, los cuales – si uno tenía suerte – podían responderte incluso hasta en menos de una hora. Así, para cuando nos botaban a todos del laboratorio al caer la tarde, me iba conversando con Ray, Kadir, Pepe o cualquier otro adicto como yo, sobre suecos y argentinos que al día siguiente darían su veredicto sobre la única foto digital sin ropa que tenía – y que tendría por siglos –, la cual había logrado enviar un segundo antes de que el administrador de redes me apagara personalmente la computadora porque yo no acababa de hacerlo.

Jordan, por su parte, era aún más joven que yo – 19 y no rubio, aunque con el resto de las virtudes que yo buscaba en un foráneo – pero comenzaba a saturarse tempranamente de su entorno quebequense. Su madre, su novia, la carrera que estaba a punto de comenzar, su sexualidad reprimida... Fue así que decidió tomarse un año de vacaciones de todos sus problemas – definitivamente un no cubano – y darle la vuelta al mundo. O al menos a lo que él consideraba como el mundo, constituido por Puerto Vallarta, tres islas del Caribe, seis países europeos y Tailandia.

De esta forma, gracias a nuestras ansias mutuas de explorar territorios inéditos y a una página de encuentros de cuyo nombre  no me había acordado en centurias hasta hoy, hicimos contacto unos días antes de su viaje a Cuba en aquel lejano 2004. Y aquella tarde de jueves fui a buscarlo a su hotel – de cuyo nombre sí que no puedo acordarme – enfrente de la playa, para materializar nuestro ingenuo y lascivo choque de culturas. Luego de pasar la tarde hablando de nuestros mundos respectivos en mi recién aprendido francés, terminamos eventualmente revolcados en la arena, oliendo el aliento de hombres que venían de otros lados, besando bocas que hablaban otras lenguas y tocando cuerpos que se alimentaban de otras maneras, para constatar así que el mundo, en efecto, es vasto, lindo y digno de ser explorado una y mil veces.

Por años y años por venir, Jordan sería el único extranjero en mi lista. Nunca hubo otro. Luego cayó aquel rayo que cambió para siempre el curso de mi facultad, lanzándonos a todos en una búsqueda frenética de conexión con el mundo por el resto de las facultades durante casi un año, que provocó que solo los más tenaces pudieran conservar sus antiguos contactos. Y aunque fui de los que más luchó, inevitablemente perdí a la mayoría de mis amigos/amantes virtuales de todas partes, a los que nunca llegué a conocer personalmente. Entre ellos, a un Jordan que envió algunos correos después pero al que la fragilidad de las vías de comunicación terminaron también por hacerlo desaparecer en la vastedad de las redes informáticas, llevándose sus pensamientos desarrollados, su vida diferente y sus cabellos no rubios al lugar inaccesible y lejano de donde había venido.

Casi diez años después, mi vida es completamente diferente. El sexo casual y el flirteo online me son tan afines que tengo un blog donde escribo sobre ellos con la veteranía y la acidez de un militar de guerra. Nunca pensé vivir en Montreal pero aquí estoy, tengo cientos de fotos digitales sin ropa, y de la numerosa cantidad de amantes que he tenido desde que estoy aquí – les iba a poner la cifra aproximativa pero ese será el tema de un post por venir – solo cuatro han sido cubanos (y dos de ellos ni siquiera supe que lo eran hasta que ya estábamos a mitad de torneo) así que sobra decir que he aprendido muchísimo de los cinco continentes, experimentando de primera mano la exuberancia de nuestro hermoso planeta. Pero más que nada, un algo inocente que hubo por algún lado alguna vez, que me hacía esperar con anhelo y emoción el veredicto de fotos, las proposiciones de noviazgos o la aparición de personas especiales, ya fueran foráneos o nativos, hace mucho que desapareció – para bien o para mal; me da lo mismo – marcando desde entonces el inicio de mi vida presente.

Una noche de cacería habitual en un bar, me reencontré con Jordan. Por supuesto que recordaba que él era de aquí, pero en mi mente nunca hice una asociación entre el pasado y el presente, así que encontrármelo nunca había sido ni siquiera un pensamiento. Cosas que tiene uno que olvida que los hombres del pasado lejano siguen respirando y tienen una vida al margen de nosotros. Además, ese inaccesible y lejano Montreal de Jordan no tenía ningún punto de contacto con mi materializado y tangible Montreal del presente. Pero una vez que mi mente detectó que era él, y analicé con algo de frialdad lo lógico de las probabilidades de aquel encuentro, no me quedó dudas de que aquel muchacho casi al lado mío era el mismo que una vez, en una vida pasada, se me había perdido en el vasto ciberespacio.

Estaba en una mesa no lejos de mí (yo estaba en la barra como todo buen cazador solitario) rodeado por cinco o seis más. Primero pensé un casual “yo a ese hombre lo conozco”, pero luego de hacer un inventario mental que no iba más allá del último año, abandoné el escaneo y me dije que – como siempre pasa - ya me acordaría en algún otro momento. Lo que aquel momento llegó mucho antes de lo esperado y me afectaría más de lo que podría haber imaginado en un inicio.

Ya estaba yo en la pista echándole el ojo a uno sin camisa cuando me vino de golpe la respuesta. ¡Jordan! ¡Yo corriendo para enviarle correos desde la facultad de Física! ¡Mi juventud en aquella playa! ¡Mi juventud en este bar! ¡¡Ahhhhh! Un torrente de sentimientos, en su mayoría positivos e intensos. Volví casi corriendo al mismo lugar que estaba antes y empecé a mirarlo a escondidas desde la barra para convencerme de que era él. Solo lo había visto en persona aquella vez pero cada movimiento que hacía me lo recordaba más. Un par de gestos de los que nunca más me había acordado pero que al verlos se hicieron familiarmente conocidos, además del análisis racional de las lógicas probabilidades de que fuera él, terminaron por convencerme: era Jordan.

Una vez que esto fue una certeza, me dije que tenía que abordarlo. Obvio, ¿no? Pero los otros no se apartaban de él y tampoco era la más fácil de las presentaciones. "Hola, ¿te acuerdas de mí? Nos conocimos hace 10 años cuando tú casi no eras gay y nos metimos mano en una playa en Cuba". No: aún a solas sería algo incómodo; delante de todos esos era una locura. Pero ninguno se despegaba. Así que después de esperar unos 15 minutos en los que ni uno solo se levantó para ir al baño, me dije a mí mismo que ya yo había esperado casi 10 años como para dejar que un grupo de pajaritas me hicieran esperar un segundo más. Uno no puede dejar pasar las cosas importantes de la vida por culpa de nimiedades intrascendentes. Así que me paré, me tragué mi cerveza de un tiro, me miré en un espejo de una de las columnas de la barra, me arreglé el pelo, me enderecé la camisa, y saqué mi rifle de caza.

"Hola", dije para todo el grupo pero mirándolo solo a él. Los homos detuvieron su conversación y se viraron todos hacia mí, mirándome como si en vez de pajaritos en un bar fueran un grupo de cirujanos interrumpidos en medio de una operación. Hay que tener un buen par de cojones para pararse frente a un grupo de homosexuales jóvenes que conversan. Ellos pondrán su cara más bitchy, te mirarán de arriba a abajo, y te juzgarán tomando a Hugh Jackman como punto de comparación. Todos son iguales. Pero adivinen cuál de vuestros blogueros favoritos tiene los testículos para este tipo de situaciones.

Como si yo hubiese hablado en maya, ninguno contestó. Maleducadas. Pero más que su respuesta yo buscaba su silencio. "Nosotros nos conocemos", le dije a Jordan con la seguridad y la confianza del que se las sabe todas. Él sonrió con vergüenza. Las pájaras lindas - nunca dije que no fueran lindas - miraron a Jordan, a mí, se miraron entre ellas y, como era de esperar, se rieron no muy sutilmente. "No lo creo", dijo él. "Tuvimos sexo", dije yo como si no hubiese oído nada. Los otros, sumamente escandalizados, pusieron cara de horror. Odio cuando los homosexuales tienen estas expresiones de pudor ridículo justo cuando el día anterior estaban revolcados en matorrales con negros desconocidos. Pero bueno, con estas vacas hay que arar.

"Me alegra mucho verte de nuevo", le dije y esbocé una sonrisa sincera. Él, aunque algo incómodo, también sonrió. Creo que una de las pájaras también. Las otras seguían con su más terrible actitud. "Adiós", dije, todavía sonriendo. "Adiós", dijo él. Viré la cara y me alejé, mientras oía a todos reírse en alta voz. Pero mi trabajo estaba hecho; ahora solo tenía que esperar.

Estaba de nuevo en la pista, viendo al que no tenía camisa besarse con otro que no tenía dignidad, cuando Jordan se acercó. Bien por mi plan. "¿Qué fue eso?", me dijo tranquilamente. "No recuerdo haberte visto en mi vida". Tenemos que entenderlo: si yo, que fui el que vine a su ciudad, tuve problemas localizando a Jordan en mi mente, imagínense a él, que la única vez que me vio fue hace diez años, con un bigote de menos, aún más flaco y en un país del que no se puede salir. Naturalmente, no tenía ni idea de quién podía ser yo. "Nos conocimos en una vida anterior", le dije, tomándole una mano, poniendo la otra en su cintura y el mentón en su hombro. A veces me arengo derechos especiales sobre las personas que han pasado por mi rifle de caza. Él no se resistió a ninguno de estos atrevimientos físicos, pero me dijo: "Ya basta".

“Cuba”, dije. “Hace unos diez años. Una vez. En la playa”. Todo esto sin mirarle a la cara. Seguí con mi mentón en su hombro y dejé que tuviera su propio momento de lógica reflexión. Cuando estuvo listo, él mismo me separó la cara de su hombro, me miró de cerca, me examinó unos segundos para confirmar lo que le había venido a la cabeza y dijo: “Por Dios”.

Una hora y media después estábamos todos borrachos: Jordan, las pájaras y yo. “¡Cayó el rayo y nunca más tuve correo!”, grité y todos gritaron. “¡Yo viajé tres veces más a Cuba!”, gritó Jordan y todos gritamos. “¡Y luego se encontraron diez años después en un bar por accidente!”, gritó una de las pájaras y todos gritamos. “¡Y estaba rodeado por ustedes y no me dejaban acercarme!” Gritos. “¡Me alegra mucho verte de nuevo, Raúl!” Gritos. “¿Cómo estás, mi lindo Jordan?” Gritos y repetición de “mi lindo Jordan” por todos. “¡Bien: me voy a casar!” Gritos y aplausos.  

“¿Qué? ¿Te vas a casar? ¿Con quién?”, grité. “¿Qué? ¿Te vas a casar? ¿Con quién?”, gritaron los demás. Los miré a todos una sola vez para indicarles que el cano alcohólico había terminado. "Con Étienne. Me casaré con Étienne", dijo con extrema naturalidad, como si yo supiera quién era Étienne. Ahí sentí realmente todo el tiempo que había pasado desde aquella vez que nos vimos. En esa ocasión su universo era su madre, su novia, su futura carrera, su sexualidad reprimida... Ahora había un Étienne, lo suficientemente poderoso no solo como para ponerle un anillo en el dedo, sino además para lograr que se refirieran a él con una naturalidad tal como si siempre hubiese existido. Al constatar cómo cambian los mundos de las personas en 10 años, sentí algo de nostalgia.

“Felicidades", le dije y levanté mi vaso. Él agradeció con una sonrisa y un movimiento de cabeza. Nos miramos con ternura en silencio mientras los demás gritaban por otras cosas. Al salir del bar, intercambiamos teléfonos y nos despedimos afectuosamente. “Me alegro mucho de haberte encontrado”. “Me alegro mucho que me hayas encontrado. No te pierdas otros 10 años”. “Trataré de no hacerlo, pero si lo hago, muchas felicidades desde ahora por la graduación de la primaria de tu segundo hijo.” Reímos.

Fue una linda historia, después de todo. Un reencuentro que jamás pensé que podría ocurrir. Un recordatorio de los días en los que empezaba a conocer el mundo. Y también una manera única de comprobar cómo puede cambiar la vida de alguien en un período de tiempo determinado. Aquel Jordan que tantos años vivió en mi cabeza como un muchacho algo reprimido e inseguro era ahora un hombre perfectamente equilibrado que se iba a casar con otro hombre sin ningún tipo de trauma por ningún lado. Pero precisamente el pensamiento de su boda me dejaba un sabor de malestar. Y no porque estuviera un poco celoso – lo estaba – sino por la actitud que siempre he tenido ante el matrimonio.

Yo no tengo ningún respeto por el matrimonio como institución. No creo en él. Inconsciente – y conscientemente también – no puedo dejar de tener pensamientos negativos cada vez que alguien me dice que se va a casar. Siempre me viene a la cabeza la imagen de personas firmando para entrar en una prisión (y para colmo haciendo una fiesta carísima para celebrarlo: ¿están locos?). Pero para que entiendan un poco mi manera de pensar (no para que la compartan; sé que estoy solo en esto) hagamos un poco de historia.

Yo soy hijo de una relación extramatrimonial (“un tarro” para los que se trocan con palabras de más de 4 sílabas). Desde que nací, mi papá vivía con su familia y yo vivía solo con mi mamá. Así que nada de cretinidades desde pequeño de “mi papá y mi mamá se conocieron en tal parte, se casaron y me tuvieron a mí y a mi hermanito en no sé dónde”. Nada de eso. “Mi papá nunca se casó con mi mamá y vive en su casa con su esposa y mis hermanos, los cuales son mayores que yo.” Aquello no entraba en la cabeza de mis amiguitos, quienes insistían en que mis hermanos tenían que ser menores que yo, como los hermanitos de no sé quién, el cual tenía padres divorciados. Así que desde niño siempre supe que mi visión del matrimonio era diferente a la de todos los que me rodeaban (porque – y sé que deben haber muchos – nunca me encontré a otro niño hijo de tarro como yo. Si alguno está leyendo esto, dé un paso al frente y diga: “Presente”. La primera cerveza va por mí).

De ahí que nunca tuviera que sufrir – como mis amiguitos sufrieron después – que mis padres se divorciaran, mi papá le diera golpes a mi mamá, o mi mamá se acostara con otros hombres cuando papi estaba de viaje. Supongo que también me perdí que mis padres fueran a la escuela de la mano o alguna otra cosa positiva (ahora no se me ocurre ninguna), pero nunca – ni una sola vez – deseé que mis padres estuvieran casados.

Muchos años después, mi primera pareja fue un hombre casado. Casado y con un hijo (que estaba más cerca de mi edad que la de él). Otra visión negativa del matrimonio. Esta vez peor aún. Pensé en mis amiguitos de la infancia descubriendo que papi se acuesta con un adolescente varón mientras mami te está yendo a buscar a la escuela. Asqueante. Luego de eso me he encontrado tantos casos de padres de familia que se van a pescar una vez por semana con su mejor amigo – el padrino de sus hijos – pero que en realidad están metiéndose mano en un motel, y tantas esposas devotas que todavía tienen sexo con sus amigas de la universidad cuando se supone que estén en la peluquería, que ya ni siquiera pienso en eso como algo raro.

Así que considero que el destino ha querido que yo esté siempre del “otro lado” para que pueda ver el matrimonio como lo que es: una asociación de mentiras y engaños. Pero supongamos que no hubiese traiciones (tiene que haber gente que no engañe, ¿no? Ahora es el momento en que usted piensa en sus padres o en sus cónyuges... pobres ilusos), que no hubiese golpes y que en efecto, fuera una asociación donde prima la confianza, la seguridad y el amor. Aún en este caso, el matrimonio sigue teniendo – para mí - un defecto peor que las mentiras: es el fin de la diversión.

Se acabó. Luego de firmar y decir “sí: acepto” se acabó la fiesta. A aburrirse se ha dicho, a buscar otras cosas en qué pensar, a dedicarse a sus carreras, a tener hijos para olvidar lo mucho que se aburren el uno con el otro. Por supuesto que también se unen más y llegan a ser como dos hermanos. Pero nada de corazones que vibran estrepitosamente, nada de inseguridades y vulnerabilidades que te llevan a sentirte vivo... Nada: se acabó todo; fue un “sí, acepto aburrirme hasta que la muerte nos separe”. Créanme, si Leonardo di Caprio no se hubiera muerto gloriosamente en ese Titanic y se hubiese casado con Kate Winslet, ambos hubiesen terminado como los personajes de Revolutionary Road. Gracias a Dios, la muerte intervino a tiempo (es broma, es broma).

No confundir mi postura ante el matrimonio con miedo ante el compromiso. Si una pareja me dice que son novios desde hace 25 años yo enseguida pienso que eso es amor real. Podían haberse separado 100 000 veces luego de alguna pelea o de lo que fuera y sin embargo, 25 años después siguen juntos. Por otro lado, si alguien me dice que lleva 25 años casado y tiene 3 hijos enseguida pienso que han sido lo suficientemente cobardes como para divorciarse. Pobres seres: retenidos en una vida sin emociones (o con emociones con otros que no son sus esposos) solo por demostrarle a la sociedad que ellos sí valen la pena (porque todos sabemos que lo único que se merecen los solteros y los que no tienen hijos es que los arrolle un carro y los saque de su miseria) o por miedo a la soledad.

Por supuesto que estoy exagerando pero creo que es necesario ante tanta teoría falsa de que el matrimonio es algo bello y hermoso, etc., etc., cuando gran parte de la gente casada, si bien agradece los domingos y los cumpleaños tener una “hermosa” familia, en el día a día viven carentes de emociones y extremadamente insatisfechos.

Que conste por algún lado que si bien soy lo suficientemente cínico como para explicar mi (brillante) teoría, no quiere decir que me haga mucha gracia. Yo quisiera realmente que los matrimonios funcionaran, que la gente fuera feliz cuando se casara, que a mis amigos les fuera bien después del “sí: acepto” y no tuvieran que buscarse amantes o hijos para hacérnoslo creer. A veces incluso me fuerzo a pensar: “ellos no: ellos se quieren mucho aunque se hayan casado y su matrimonio sí va a funcionar” ante personas que aprecio mucho y cuyas relaciones me parecen hermosas. Pero lamentablemente el primer pensamiento que me viene siempre a la cabeza cuando me anuncian un matrimonio es “ufff, se jodió la cosa”.

Pero salgamos de mi traumada cabeza y regresemos a la vida real. Dos días después de aquella noche de reencuentro recibí un SMS de Jordan. "¿Eras tú realmente?". "Era yo... Soy yo". "Debemos vernos". "Cuando quieras".

Después de dos horas a solas en un bar (otro bar) y algunos tragos (muchos menos que la vez anterior) se puede conocer mucho más a alguien. De hecho, yo nunca había conocido verdaderamente a Jordan. Así que aquella cita de actualización fue más allá del mero hecho de contarnos los datos esenciales de nuestra vida. Fue también una exploración de nuestras maneras de pensar y nuestros propósitos en la vida. Por eso no sonó muy grosero cuando le dije que no creía en el matrimonio. Estaba perfectamente imbricado en la conversación que estábamos teniendo.

Él entendió mi punto de vista y fue muy inteligente en su respuesta. “Creo que el error de las personas está en ver el matrimonio como el nivel superior entre dos entes que se aman. De ahí que una vez casado, uno se aburra pronto porque considera que ya llegó al final. Como si fuera ganar un nivel de un videojuego. Pero si se le ve como una fase intermedia entre el noviazgo y otra que viene luego, entonces el matrimonio solo será una etapa y no un objetivo final”. “Esta otra etapa sería algo como...”, pregunté. “No lo sé: quizás descubrir cuál es esa etapa sea la tarea luego del matrimonio. Así estará uno entretenido.”

Sonreí. “Me gusta eso. Es una buena teoría. El matrimonio ha de ser visto solo como una etapa, no como un objetivo final.” Brindamos. Ahí recordé por qué siempre había considerado que Jordan era alguien de pensamientos desarrollados y lo había extrañado tanto cuando desapareció (cubanos que piensan así... sí, claro). “Si alguien es capaz de pensar así, pues se merece ser muy feliz en su matrimonio”, dije. “Muchas felicidades”, agregué, algo más sincero que la primera vez. Ese Étienne definitivamente era un tipo afortunado.
  
Unas semanas más tarde recibí una llamada de Jordan. “Hey”. “Hola”. "Te tengo una invitación". "Si es a tu boda pues no tengo ropa, si es a la piscina de la calle Beaudry pues salgo enseguida", bromeé. "Es a mi boda". (¡!) “Oh, Dios. No puedo ir a tu boda”. “¿Por qué no?” “Pues por mucha razones. No conozco a tu novio, no conozco a tu familia... ni siquiera te conozco a ti...”. “Nosotros tuvimos sexo”. “Pues una razón de más para no ir”. “Oh, eso es una tontería. ¿De veras crees que conozco a todos los que van a mi boda?” “Tampoco bromeaba cuando decía que no tengo nada que ponerme. No tengo traje ni corbata ni nada de eso”. “No es una boda en la iglesia de Notre Dame tampoco; ponte un bow-tie y ya está” (me niego a traducir esa palabra: me gusta así).” “Mi único bow-tie es verde”. Se rió. “Pues ponte el bow-tie verde y ya está”.

“Ok: este es el asunto. Una amiga rompió con su novio. Ella insiste en que él está en Inglaterra pero la realidad es que creo que la dejó. Aunque no lo creas, tener un invitado de menos en una boda planeada es tan engorroso como tener uno de más. Así que necesitamos a alguien que ocupe ese puesto. Y estoy convencido de que tú serás la pareja perfecta para ella: la harás reír y no se sentirá mal por estar en una boda luego de que la dejaran. Y lo más importante: ocuparás la silla que dice “Tim” y los padres de Étienne no se suicidarán. Además, me alegra que estés ahí.”

Bien: esto es lo que me pasa por ser una persona tan simpática. Después de un silencio en el que yo procesé todo aquello, finalmente me expresé. “Creo que quiero golpearte”. “¿Eso es un sí?” “Es un sí”. “¡Perfecto! Te llamo por estos días para darte los detalles. ¡Gracias, te debo una!”. “Intenta que coja el bouquet por lo menos”. “No hay bouquet”. “Entonces intenta que me encuentre a un hombre lindo en esa boda”. “Bueno, yo estaré en ella”. “Alguno que no se esté casando ese día”. “Te quiero”. “Púdrete”.

Al colgar, busqué mi bow-tie verde y me lo probé. Mirándome en el espejo descubrí que – aún con mi inexperiencia en bodas, mis opiniones acerca del matrimonio y el hecho de que asistía a las nupcias de alguien que me gustaba – estaba a punto de presenciar de cerca por primera vez el nuevo juguete de la sociedad moderna. Algo que no se puede ver en muchos países y que para un cubano es casi impensable. Y ese solo pensamiento de desarrollo me convenció de asistir. Sí: estaba invitado a una boda gay.



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