sábado, 18 de agosto de 2012

Los que se fueron y ahora viven por otros lados


Lo encontré en un lugar donde todo el mundo se besaba. Más bien digamos que lo reencontré. Se parecía a alguien pero no tuve ni siquiera la intención de precisar a quién. Se lo dije a mi amigo cubano, a mi lado, pero no me interesó buscar en mi memoria a quién me recordaba. Solo me concentré en lograr besarlo. Parecía argelino, o algún otro tipo de árabe, de los que hay miles y miles en Montreal. Lindo, quizás demasiado. Peligrosamente lindo. Lo sabía. Masticaba chicle todo el tiempo demostrando la altanería propia del que es lindo y está en un lugar en el que ser lindo lo es todo. No tan alto, pelo rizado corto y un perfil de cara extremadamente fino que lo hacía peligrosamente hermoso. Peligrosamente conocido.

Él no me vio. O quizás sí, pero cuando me fijé en él y le hice el comentario a mi amigo, él intentaba - sorpresivamente sin éxito - besarse con un insignificante muchacho de mirada lánguida. Al ver que no me miraba y otros sí, le retiré mi atención y me besé con estos otros. Otros sin importancia. Irrelevantes para esta historia y para mi vida. Y luego busqué a otros nuevos para besarlos y olvidar con estos a los que había besado, en un proceso de sustitución y acumulación que conduce casi siempre a la plenitud, la cual el hombre confunde comúnmente con felicidad. Sobre todo un sábado en la noche.

Cuántas nacionalidades en esta ciudad. Tantas, que uno ni intenta ya adivinarlas. Uno se hace un aproximado en la cabeza y con eso basta. Europeos, africanos, latinos, asiáticos, norteños. Negros, rubios, árabes, indios. Pequeños, altos, de ojos rasgados, pelos rizados o bocas voluptuosas. La verdadera pluralidad. Y todos con un solo objetivo: besarse. Buscando en la variedad no el sabor más especial, sino la unión de muchos, y satisfacer así instintos aprendidos a reprimir desde pequeños. Diversos por fuera; por dentro, todos iguales.

Luego de algunas vueltas y algunos besos me lo encontré. Reencontré. No había nadie cerca, solo él y yo. Nuestros ojos se cruzaron por tan solo un segundo cuando caminábamos uno en dirección al otro y no lo volví a mirar. Hace mucho que aprendí que para conquistar a los altaneros hay que hacerles ver que no te importan. Pero él insistió. En vez de seguir de largo se paró a mi lado y me miró fijo. Con esa indecencia propia de los que se saben deseables. Yo también me detuve y miré al infinito como buscando algo que no existía pero distinguiendo perfectamente su cara, justo al lado mío y apuntando directamente hacia mí. Sin desvíos.

Después de dos segundos, lo miré directamente. Con mi cara de malo que siempre funciona. Él me miró con su cara de puto que no tiene nada que perder con un rechazo, la cual seguro también siempre le funciona. Sonrisa y chicle en plena acción. Me gustó. Hacía mucho me gustaba, de todas formas. Pero él no tenía que saberlo. Entonces, ya sabiéndose ganador, alargó aún más su sonrisa y me dio la espalda, empezando a caminar. Dos metros después, una mirada hacia atrás para garantizar que lo siguieran. Lo hice. Cuatro metros de persecución a corta distancia, una curva y lo perdí de vista por unos instantes hasta que la doblé yo también y tuve que pararme en seco para no tropezar con él, justo a mi izquierda, recostado provocadoramente a la pared.

Besar. Qué hermosa tarea que la vida nos ha asignado. Rocé su boca ligeramente con la mía para poderlo hacer sentir mi aliento y sentir el de él. Limpio. El chicle. Puse una mano en su cara y lo toqué. Como si fuera mío. Era mío. Con esa posesión momentánea, pero real, que tienen los encuentros ocasionales. La otra mano levantó su pullover sin que se diera cuenta y tocó directamente su cintura. Cuando la sintió abrió la boca ligeramente, como sorprendido y excitado al mismo tiempo, en el mismo momento en que la mano en su cara pasó a su cuello y lo apretó indicando claramente la posesión. Lo miré a sus ojos oscuros. Me miró de vuelta. Y entonces lo hice. Abrí mi boca, él la suya, y cuando ambas se unieron y los alientos se mezclaron provocando un vapor excitante, una lengua buscó a la otra hasta encontrarla y comenzar un juego de movimientos alternos y simétricos. La mano de la cintura subió por un costado de su torso para ir a encontrar, ella sola, una mano de él que, como si estuviese sorprendida, estaba pegada a una pared en posición rígida. Y así quedamos, con las bocas unidas, las manos entrecruzadas y una rodilla presionando levemente un entrepierna. Besar. Qué hermosa tarea que la vida nos ha asignado.

En medio de nuestro beso algo pasó. O mejor dicho: alguien pasó. Alguien que nunca vi, pero que oí a la perfección hablar en un francés claramente quebequense. “Los cubanos siempre son ardientes” dijo, repitiendo un estereotipo para nada cierto pero que las personas del mundo, incluidos los propios cubanos, se esfuerzan en creer y repetir para poder pensar aliviados que en alguna parte del mundo hay una isla llena de hombres ardientes y apasionados. Casi no le presté atención. Besar era lo único que me importaba. Había logrado lo que quería, no iba a interesarme ahora en nada más.

Mas entonces, mis cinco sentidos, que rara vez me abandonan, me hicieron salirme por un segundo del beso. Nadie sabía ahí que yo era cubano. ¿Se lo había dicho a alguien en medio de los besos? ¿A alguien que regresaba ahora a correr la voz? No. Siempre calculo muy bien cuándo decir que soy cubano. Justo luego de que vean que no soy como los que ellos creen que es un cubano. Para molestar. A todos. A los cubanos y a los no cubanos. Para que vean que no todos somos iguales y no somos menos cubanos por ello. Pero entonces asumí que mi amigo, en medio de sus besos, había dicho su nacionalidad y los otros habían asumido que era también la mía al vernos hablar en español entre nosotros. Sí, debía ser eso.

Satisfecho con mi propia teoría regresé a besarlo. Regresé en mi cabeza, porque en la realidad no había dejado de hacerlo. Después de sus labios, besé su mentón, su cuello, una mano que llevé hasta mi boca. Mientras besaba su mano lo miré a los ojos. Él vio que lo miraba y comenzó a masticar su olvidado chicle. Entonces me di cuenta que estaba nervioso. El chicle era su arma de defensa, no de ataque. Lo ayudaba a sentirse menos fuera de lugar, para creerse él mismo que el besarse con todos era algo fácil. Adorable. Pero entonces, ante su vulnerabilidad momentánea y fugaz, me di cuenta.

No sé por qué, solo me vino a la cabeza. Quizás fueron las palabras del desconocido, la sensación que tenía desde que lo vi, o su mirada nerviosa que duró un segundo pero que me enseñó otra cara de él. Quizás fue la mezcla de todo, o de algo más que ahora ni siquiera puedo recordar, pero en un solo segundo me di cuenta de algo que ni remotamente me había pasado por la cabeza antes. Las verdaderas iluminaciones no tienen explicación. Sorprendido ante mi propia teoría, pero casi convencido de esta, solo había una manera de corroborarla.

“El cubano eres tú”, dije, en pleno español de Cuba, sorprendido pero no preguntando. Afirmando. “¿Qué?” dijo él al reconocer por un instante lo que le pareció el idioma del lugar donde nació. “¿Eres cubano?” repetí, no solo preguntando esta vez, sino haciéndolo más despacio en una variante de español que no es la mía, pero que uso desde que descubrí que nadie me entendía. Respondió afirmativamente con la cabeza. Miró hacia el lado y siguió con su chicle como si fuese una estrella de cine que se incomoda cuando alguien la identifica en un lugar en el que quería pasar desapercibida. Pura arrogancia. La arrogancia que viene de venir de un país que los otros consideran exótico.

Lo miré y me deleité en la pequeña venganza que estaba a punto de infligirle. “Yo también”, dije, de nuevo en un español que no es el mío. Lo dije como quien ni siquiera lo cree. Como quien lo dice para imitar. Parte del juego de la venganza. Me miró con un gesto de incredulidad e hizo una mueca con la cara expresando que la broma no tenía sentido, olvidando el acento que había escuchado unos segundos atrás en mi pregunta primera. Siempre me pasa. Nadie me cree que soy cubano. Ni los mismos cubanos. Arma a favor.

“Por eso tu cara me era conocida”, le dije, mientras le daba un beso en la boca. “Creo que te equivocas”, dijo algo alterado, “yo no te conozco”. “Pues yo a ti sí”. Otro beso. Todos de mí hacia él y no a la inversa. “No sé de dónde (beso) pero te conozco. Quizás de la Cujae (beso), de Coppelia (beso), de caminar por 23 (beso más largo y aún más frío de su parte)”. Al despegar su boca de la mía, lo miré. Tenía cara de sorpresa. Los referentes locales habían funcionado. Aproveché mi ventaja para seguir besándolo. Me encantaba saber que le quitaba la arrogancia poco a poco, pero más disfrutaba saber que era cubano. Cuando lo vi y me recordó a alguien, no me pude ni imaginar remotamente que era ese. Tan lejos de Cuba. En un lugar tan lejos de todo aparentemente. Ahora solo tenía que acordarme de quién era.

Pero para eso había tiempo. Sabiendo como sé que en lugares como ese las conversaciones importantes hay que mezclarlas con mucho morbo o se pierde la presa, levanté su pullover, me agaché y besé su abdomen mientras sujetaba su cintura entre mis manos. Luego, metiendo mi cabeza dentro del pullover poco a poco besé el costado de su cintura y lo sentí erizarse. Fui subiendo poco a poco por su torso rozando mi nariz hasta llegar al pecho. Y ahí, justo cuando llegué, en medio de la oscuridad que provocaba el estar dentro de su pullover, que se sumaba a la oscuridad que había en aquel lugar ya de por sí, justo cuando no veía su cara, pero podía claramente sentir el calor de su pecho, me acordé.

Yo era joven. Muy joven. Hay una línea divisoria en nuestras vidas y antes de ella somos jóvenes y después de ella somos los verdaderos nosotros. Pues cuando lo encontré era antes de esa línea. Mucho antes. Antes de ser el verdadero yo. Cuando era inexperto, ingenuo y no tenía la malicia que solo dan los años. Ni siquiera sé si sabía besar como sé ahora. Probablemente sí, pero no lo sabía y de poco sirve saber algo si no sabes que lo sabes. Pues ahí fue cuando lo encontré por primera vez. Cuando verdaderamente lo encontré. Muchos años antes del chicle y de Montreal.

¿Cómo pude olvidarme de él? ¿Cómo pude ver a alguien parecido y no acordarme inmediatamente? ¿Cómo? ¿Cómo es que uno puede olvidarse de todo?

No sé cuándo fue la primera vez que lo vi, pero sé que siempre me gustó. Yo tendría 18 años y el ser gay era tan nuevo que ni siquiera lo había hecho. No pensaba en otra cosa desde hacía años pero no había movido un dedo para materializar mis deseos. Él no. Él sí había hecho. Tenía un novio. Uno lindo y macho, que con el tiempo se volvió viejo y ordinario. Pero a mí me gustaba él. Tenía cara de puta. Una puta mucho más inocente que la de ahora, pero puta. Miraba de arriba a abajo sin vergüenza, como buscando en uno condiciones capaces de satisfacerlo sexualmente. Miradas a las que cuando uno es muy joven, no sabe muy bien cómo responder.

Lo vi mucho. Por mucho tiempo. En los cines, en los parques, en las calles comunes. No debía vivir muy lejos porque hubo una época en que no paraba de verlo. Solo, con el novio, con el novio y alguna amiga, con varios amigos. Los demás no sabían que ellos eran novios, pero yo sí. Pero nadie me notaba. Yo no era nadie. No tenía personalidad. O sí la tenía, pero la escondía, lo cual es lo mismo. A veces sí me miraba de arriba a abajo pero imagino que hiciera lo mismo con todos. El novio nunca ni siquiera me notó.

En mi casa pensaba en lo que haría la próxima vez que lo viera. En qué le diría, en cómo caminaría para que me notara, en cómo lo miraría. Imaginaba escenarios en mi mente en los que la lluvia nos hacía quedarnos juntos en el mismo espacio atrapados, en los que teníamos amigos comunes que nos presentaban, en que un día, sin razón, nos besábamos detrás de un árbol sin siquiera haber intercambiado una palabra antes. Todo bien planeado. Tenía todo el tiempo del mundo para desarrollar mi plan y lograr finalmente, no solo estar con un hombre, sino estar con él, cuya mirada nunca dejó de fascinarme.

Y un día no lo vi más. Nunca más. Y lo que más me molesta es que nunca me di cuenta que lo había dejado de ver. Eso es lo que más me duele y ni siquiera sé si puedo explicar por qué. Tuvo que pasar mucho tiempo, tuve que cruzar la línea divisoria de mi vida, conocer a muchos más hombres, más y menos importantes, tuve que tener miles de aventuras, declararme harto de todo y viajar al norte para en una noche oscura darme cuenta de que lo había dejado de ver.

Entonces me dio lástima. Lástima conmigo mismo cuando tenía 18 años. Tan solo, tan desamparado. Me vi sentado imaginando planes para conquistarlo mientras él cogía un avión y se iba. Me vi buscándolo por las calles mientras él, que ni siquiera me había mirado nunca, comenzaba su vida en otro lado. Me vi emocionado mientras él pensaba con añoranza en su novio lindo y macho que había dejado detrás. Y para colmo ni siquiera me di cuenta nunca. Un día no lo vi y pensé que quizás al día siguiente lo vería. Y así hasta que cuando me vine a dar cuenta lo tenía delante de mí más de 10 años después y me puse a pensar en cuándo fue que se fue y en cómo nunca me di cuenta. 

Me dolió. Ni siquiera sé todavía por qué me dolió tanto. Debajo de su pullover, tan cerca de él, me di cuenta por primera vez de lo lejos que se había ido de mí. No es justo. Los cubanos crecemos con patrones que nos dejan, con gente que no existe más. Con gente que se va y ahora vive por otros lados. Y lo peor es que a veces ni siquiera los extrañamos. Ni siquiera nos damos cuenta que se han ido. O mejor aún: sí los extrañamos pero no lo sabemos hasta que un día alguien, quizás ellos mismos, nos recuerda su ausencia y nos damos cuenta de que somos huérfanos. Los cubanos somos huérfanos. Y ni cuenta nos damos.

Salí de abajo de su pullover y lo miré. Lo miré fijo. Cansado, decepcionado y derrotado como si hubiese descubierto su traición cuando estaba allá abajo. “Estudiabas medicina”, le dije serio. Su cara no reflejó nada. “Tenías un novio y andabas siempre con él”. “Vivías en el Vedado”. “Tenías cara de puta”, agregué, casi para mí mismo. Él no dijo nada. Solo me miró fijo. Serio. Ni sombra del chicle por ningún lado. “¿Y tú quién eras?”, se limitó a decirme, como si con esa sola pregunta admitiera todo.

Yo miré al infinito, como buscando algo que no existía, y le dije: “Yo era yo mismo, pero no lo sabía”. “Y después, cuando ya lo sabía, tú no estabas”. “Y nunca me di cuenta”.

“¿Dónde te fuiste?”, pregunté, algo más pragmático, como quien sabe que tanta pasión no debe ser mostrada a desconocidos. Desconocidos que al final no tienen la culpa de haberse ido y que se asustan al ver tanta emoción. “Miami”, dijo. Lógico. “¿Y tú?”, agregó. “A ninguna parte”, dije. “No estás en el Vedado”, agregó. Entonces pensé en si alguien algún día notaría al reencontrarme que llevaba años sin verme y que me había extrañado sin saberlo. En si dejaría también huérfanos detrás de mí. Por toda respuesta, me encogí de hombros.

Como no había nada más que hacer ni que decir, lo besé. Pero no como antes. Sin lujuria. Como por primera vez. Lo besé y me imaginé que tenía 18 años y lograba lo que siempre quise. Al terminar acomodé mi cabeza en su pecho y ahí me quedé. Con los ojos abiertos. No sé si le pareció raro, pero me lo debía. En todo caso, no hizo ni dijo nada.

Después de un tiempo prudencial - las emociones tienen un tiempo prudencial y no debemos excederlo - me despegué y lo dejé ir. Ya no sentía nada, de todas formas. Él sonrió y se fue, dándome una palmada en el hombro antes de irse. Seguro nunca supo qué fue lo que pasó. Mejor así.

Me quedé recostado a la pared. Alguien pasó y me preguntó en inglés: “¿Quieres besarte?”. “No, gracias”, respondí mientras sonreía amablemente. Saqué mi celular y vi un mensaje de mi amigo cubano: “Me fui. Me cansé”. Justo mis pensamientos. Uno se cansa de sus propias emociones intensas. De su propio pasado.

Así que me paré y después de varias curvas, llegué a la puerta. Ahí me lo encontré. Reencontré. Podría decirse que era otra persona. No había un trazo de arrogancia en él. Era diferente. Mucho más joven. Mucho más lindo. También estaba cansado. Para que no fuera todo aún más raro, fingí que no me iba y caminé para el otro lado. A modo de despedida, lo miré, me llevé los dedos a la frente y dije: “Pioneros por el comunismo…”. Él me miró como aún sin saber qué era lo que había pasado, pero me sonrió justo antes de salir.

Me senté al lado de un fortachón y esperé un tiempo lógico para no tener que volverlo a ver en la calle. Ya nos habíamos reencontrado lo suficiente. Me pregunté si algún día lo volvería a ver. No lo creo, pero tampoco creo que importe. Él no fue el problema. El problema fue…Ni siquiera sé cuál fue. Mi encuentro conmigo mismo cuando era joven, la sensación de orfandad atrasada, no lo sé. Pero sé que cuando lo vi salir por la puerta algo se arregló. Fue como darle un final a algo que ni siquiera sabía que tenía que darle un final. Añorar. Qué extraña tarea que la vida nos ha asignado.

Mientras pensaba en todo esto, un muchacho vino y se sentó a mi lado. Se puso a hablar con el fortachón en un mal francés. Cuántas nacionalidades. Tantas, que ya uno ni intenta adivinarlas. Hasta que te golpean directo en la cara. El muchacho le preguntó al fortachón de dónde venía y este, de tantas nacionalidades que podía decir, dijo que venía de Cuba.

Yo me eché a reír sin mirarlos. Una risa natural y espontánea, que no necesito explicar porque todos ustedes compartirán conmigo. Ellos me miraron asombrados. Entonces el fortachón, usando su supuesto encanto de nacido en un país exótico me dijo en su mal francés: “¿Qué? ¿Nunca has conocido a un cubano?” mientras sonreía seductoramente.

Yo dejé de reír, me levanté y me paré frente a él, lo miré a los ojos, y en el claro español de nuestra infancia común que tanto sorprende y emociona a aquellos que se fueron y ahora viven por otros lados cuando lo escuchan, le dije: “Sí. Unos cuantos”.

lunes, 2 de julio de 2012

Travesía hacia el lugar en que se fue feliz


Se dice que uno no debe regresar jamás a donde ha sido feliz. Las probabilidades de no alcanzar la felicidad de nuevo en ese lugar son extremadamente altas, a causa de las expectativas, las comparaciones o las sensaciones ante lo ya conocido, experimentado e inevitablemente aumentado en nuestras cabezas con el tiempo.

Pero, en un mundo en el que todo parece decepcionarnos y en el que la felicidad parece ser algo improbable ¿en serio podemos controlarnos hasta tal punto como para renunciar a volver a intentar buscarla en ese lugar en el que ya sabemos que la encontramos una vez? ¿Somos en serio tan equilibrados?

Animado por estos pensamientos decido regresar al lugar en el que una vez fui feliz. Harto de mi vida  común e intrascendente, decido violar la regla primera de este post y encaminarme a aquel lugar cerca de Boyeros donde la felicidad, un día de verano muy similar a este, comenzó a gestarse.

Intento recrear los mismos pasos a la espera de encontrar las mismas viejas sensaciones, a la misma vez que trato de hacerlo de manera diferente para evitar comparaciones y quizás, por azar, encontrar una segunda variante de felicidad. Como si el mismo lugar pudiera darte no solo una felicidad, sino varias.

Todo parece igual en el camino, pero hay algo que inevitablemente no lo es: la experiencia del ya haberlo recorrido. Y esa experiencia es la causa probable de nuestro fracaso en la búsqueda de la felicidad recobrada en el mismo sitio. Pero no me importa; la realidad ya me cansa. La posibilidad de oler de nuevo la felicidad como lo hice aquella vez es mucho más importante, aún cuando no se llegue a los mismos niveles de intensidad.

Trato de no pensar en nada mientras miro al exterior del vehículo y finjo que la brisa me da en la cara. Ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro. El no pensar puede ser la clave del éxito.

Entonces me asusto un poco. ¿Cuántas veces no hemos recordado como alguien maravilloso a alguien que conocimos una sola vez y luego, al frecuentarlo un poco más, ya lo vemos más normal o incluso lleno de defectos? ¿O esas otras cuando vamos a un lugar al que hace años no íbamos y del que llevamos años hablando bien y pensando con afecto solo para descubrir una vez allí que no son en realidad tan encantadores?

Pero esa clase de pensamientos son justamente los que debo evitar. El no pensar en lo que encontraré, el no imaginarme el futuro, el no compararlo con lo anterior habrán de conducirme por la vía victoriosa.

Estoy nervioso. Siempre uno se pone nervioso ante la posibilidad de la felicidad. La felicidad no te pone feliz, te pone nervioso. Pero ese nerviosismo de excitación es lo que lo hace felicidad.

Para cuando me doy cuenta, mucho más rápido de lo que pensaba, he llegado. No lo creo, pero aquí estoy. Ni siquiera sé si cuando me fui, pensé seriamente en regresar alguna vez. Pero lo cierto es que lo hice. Aquí estoy. No sé si se siente igual o no. No sé nada. Estoy obnubilado. Solo hago las cosas como autómata. Pero lo siento. Se siente. Está ahí, ese aroma de algo que viviste y te gustó. Quizás solo por sentir esa aroma unos minutos, haya valido la pena regresar. Se abren las puertas, y en vez de entrar, salgo.

Montreal. Estoy en Montreal. Y aunque acabo de llegar, el olor a felicidad recobrada nunca ha sido mayor.

domingo, 17 de junio de 2012

El padre de Malgorszata


Malgorszata llegó a mí poco tiempo después de mi divorcio. Si bien nunca me casé por papeles, no solo porque dos hombres no pueden casarse sino además porque no creo en el matrimonio como institución, lo cierto es que estuve muchísimo tiempo en una relación con todas las de la ley. Por eso en aquellos días de renovada soltería me sentía feliz como una lombriz. Y fue en estas circunstancias que, una noche que regresaba de juerga y le hacía la media frente a la parada de Línea y Paseo a mi amigo Reynaldo a las 4 de la mañana, la gatica más chiquitica del mundo hizo su aparición en mi vida.

Yo fui quien primero la vi. Venía caminando por la acera hacia nosotros, y si no fuera porque era lenta hubiéramos pensado que era un ratoncito. Rey y yo jugueteamos con ella, pero luego vino su guagua y me quedé solo con la gatita/gatito (ya que no tenía ni idea de cómo identificar el género de un minino). Aunque, no sé por qué, siempre intuí que era hembrita. Cosas que sienten los padres, supongo. Me despedí de ella: “Bueno, chiquitica, ten cuidado”. Tenía un ojito cerrado y lloraba todo el tiempo. Me dio lástima así que decidí llevarla hasta la calle de más arriba, muchísimo menos transitada que la esquina de Línea y Paseo, ya que me parecía que cuando amaneciera podía ser peligroso todo el barullo de la mañana y alguien podría pisotearla o algo. Le hice monerías para que me cayera detrás, lo cual hizo, pero se demoraba caminando que era una barbaridad. Es que era la cosa más chiquitica que ustedes pueden imaginarse, no creo que llegara siquiera a los 15 centímetros de largo.

Cuando yo era niño, una perrita se refugió bajo mi ventana por una tormenta y lloró toda la noche. Mi mamá me dejó quedármela y así llegó Rosy a mi vida. Unos meses después un camión la arrolló casi frente a mí y yo nunca más fui la misma persona. Los vecinos, al ver a un niño lleno de sangre (de mi nariz) dando gritos como no lo verían nunca más, prometieron todos traer otros animales. Así llegó Diana, la perra más independiente – pero cariñosa - del mundo a mi hogar. Venía ya con un pasado, pero se labró todo un presente en mi casa. Parió dos veces, nueve perritos la primera vez y ocho la segunda, se fue de la casa después del segundo parto porque otra perra quiso cuidar a sus cachorritos (que al final terminé criando yo solo) y luego de que yo la buscara hasta en los centros espirituales, tres o cuatro meses después llegué una tarde de la escuela y al tocar la puerta la que se precipitó al oírme llegar no fue otra que una Diana llena de mordidas, pero tan easygoing como siempre. Así, los vecinos pudieron ver a un niño dando gritos de alegría arrodillado frente a la puerta de cristal mientras del otro lado una perrita intentaba arañar la puerta con sus paticas. El único de sus hijos que conservamos, Iván - el perrito más bueno del mundo – vivió 9 años en mi casa. Murió en mis brazos, lo cual sé que para él fue algo bueno ya que nunca hubo un perro más leal que ese, y se fue a vivir al Cielo para Perritos y Perritas de Gran Corazón y a los Cuales sus Dueños Nunca Nunca Nunca Olvidarán, donde está junto a su mamá Diana, su hermanita postiza Rosy y el resto de mis perritos. Pero después que lo enterré en el jardín, en presencia de algunos vecinos llorosos, me enjugué mis lágrimas y me prometí no tener ni un animal más.

Pero regresemos a esa noche de ocho años después cuando yo conducía a la gatica microscópica acera arriba. Al llegar al final de la calle, decidí que era mejor subirla una cuadra más, así estaría aún más protegida. Pero al intentar bajar el contén no pudo porque era demasiada altura para ella, así que se limitaba a mirar al vacío (el “vacío” estaba 20 centímetros más abajo) y luego me miraba a mí con su único ojo abierto como diciendo “¿qué hago?”.

Y ahí logró su cometido en la vida. Envolverme. La miré, y sin siquiera pensarlo, la cogí en mi mano y me la llevé para mi casa. Nunca había sido muy observador de los gatos, ni había tenido un animal en el Vedado (mis perritos habían sido en Marianao, donde tengo una casa más grande), pero lo hice. Al llegar, a eso de las 5 de la mañana, la metí debajo de la pila y la bañé. Luego la sequé con mi secadora de pelo. Ella empezó a gritar desde que entró a la casa, pero el otro ojo se le abrió, lo cual me hizo respirar aliviado. Se metió detrás de la cocina y cómo estaba húmeda, se le pegaron todo tipo de polvo y de telarañas, Finalmente, aún llorando, se metió en un Converse y ahí encontró su primera cama. “¿Y ahora qué hago yo contigo?”, le dije, mientras le pasaba la mano para intentar que se durmiera/callara.

Hay ocasiones en las que hacemos cosas que si alguien nos hubiese dicho dos horas antes que las haríamos, nos reiríamos de ellos. Y sin embargo, una vez que las hacemos, sabemos que serán definitivas. Si alguien me hubiese dicho que recogería a una gatica de la calle, yo, que ni siquiera cocino, me hubiese echado a reír. Pero una vez que estaba en mi casa y yo estaba sentado frente al Converse pasándole la mano ya estaba convencido de que había un nuevo integrante en la familia.

Entonces, como todo buen padre soltero que no tiene ni idea de lo que hace, me dediqué (si se le puede llamar así) a criar a la gatica. Estuve muchísimos días sin nombrarla - ni siquiera estaba seguro del sexo – pero cuando lo hice decidí que tenía que tener un nombre polaco. Así que le puse Malgorszata, que aunque no lo crean es un nombre muy común en Polonia. Malgorszata Slovudovska es su nombre completo. Un nombre polaco y un apellido ruso. Y como los polacos odian a los rusos, quiero creer que es por eso que Malgorszata tiene ese carácter que tiene.

Entonces llegaron todas las primeras veces que solo los padres sabemos apreciar en su justa medida. La primera vez que saltó hasta la cama, la primera vez que se metió enterita – con las cuatro patas – dentro de mi plato y yo empecé a gritar y ella a resbalar entre el arroz y los frijoles, la primera vez que se robó un pollo dos veces más grande que ella y empezó a decirme barbaridades en lenguaje gatuno cuando se lo logré quitar de abajo del sofá. La primera vez que decidió que dormiría conmigo y se quedó en mi pecho. La primera vez que decidió romper los muebles solo para afilarse las uñas… Ah, las cosas que los padres solteros les aguantamos a nuestros hijos.

Quisiera decirles que soy el típico homosexual que vive con su tía y su gata. Pero no. En estos hogares, la amable tía se desvive por su sobrino y la hermosa minina tiene un lazo y una cestica. Esa definitivamente no es mi casa. En mi hogar todos nos fajamos todo el tiempo e intentamos robarnos la comida uno de los otros. Ni siquiera supe muy bien qué darle de comer a Malgorszata, así que lo solucioné dándole perros calientes. Una gata que come perros. Con el tiempo he aprendido a cuidarla un poco mejor, pero seguimos sin ser para nada una casa típica.

No creo que Malgorszata sea lo que la gente puede considerar como linda (yo la veo bella). Pero eso no me importa en lo absoluto. Yo creo que todos los animales son hermosos y que aquellos que solo los tienen porque “son lindos” son unos cretinos que los usan para palear sus propias inseguridades. Yo tampoco soy lindo (yo me veo bello), así que eso me confirma aún más que es hija mía y nada puede llenarme más de regocijo.

Malgorszata es la dueña de la casa. Sin duda alguna. Si uno quiere que ella venga a dormir, pues no va, y si uno se acuesta y se duerme pues viene y se tira sobre uno cuando ella lo decide. Si uno le pasa la mano, te muerde. Cada vez que me lo hace a mí, yo la inmovilizo, la acaricio a la fuerza y le gritó “¡Si no te gusta te vas para Línea y Paseo!” Ella, por suerte está inmovilizada, si no me arrancara un pedazo. Toma su siesta encima del televisor, así que a veces hay que ver el aparato con su cola justo en el medio de la pantalla. Siempre anda con mi tía. Si esta va al baño, ella va atrás. Si cocina, está acostada en la meseta esperando para robarse el pollo. Ven juntas las novelas. Si yo no estoy, duerme encima de ella. Cuando mi tía se baña y yo no estoy, que es el único momento en que Malgorszata se queda sola, se para frente al baño y empieza a dar gritos. Cuando llego tarde, al entrar me mira con cara de “¿Estas son horas de llegar?” Leemos Harry Potter juntos porque cuando me ve acostado se tira encima de mí y como lo leo en alta voz para practicar mi francés, ella sabe todo lo que pasa y es también fanática de Hermione.

Cuando estuve en Montreal, había que ponérmela frente a la webcam. Y yo veía una imagen toda pixelada de una gatica intentando morder a todos del otro lado de la pantalla mientras le gritaba: “¡Malgorszata, soy yo!”. Pero nada. Cuando regresé me miró con cara de “¿Dónde tú estabas?” y se pasó algunos día sin acercarse mucho a mí, pero al final todo regresó a la normalidad. Por normalidad se entiende el dormir conmigo y morderme si le paso la mano.

Cuando tenía poco más de un año, un día que yo andaba por Marianao, llamé a mi tía para preguntarle algo, quien me salió anegada en llanto diciéndome que se habían robado a Malgorszata. Yo me cuestioné quién querría robarse a una gata sata, pero sé que la gente es muy mala así que corrí desesperado a coger un carro. En el camino casi lloro, pero decidí que me hacían falta los cinco sentidos para averiguar qué era lo que había pasado. Mi corazón no me cabía dentro del pecho. Cuando llegué me tía me hizo una historia de fumigadores, así que corrí (con todas las de la ley) hasta el parque donde estos se reúnen a dos cuadras dispuestísimo a dar golpes, fajarme, llamar a la policía y hacer lo que hiciera falta. Cuando llegue no había nadie. Ya se los habían llevado. Regresé a casa y en el camino invoqué a Dios. “Esta sí que no la voy a aguantar”, dije. “Las visas negadas, los hombres de pinga, mi vida mierdera…te lo aguanto. Pero esto no.”

Al llegar a casa, una vecina onírica me gritó que ella la oía. Yo andaba buscándola por todos los pisos del edificio (Malgorszata jamás ha bajado desde el día en que subió a mi casa por primera vez) cuando me lo dijo. Subí a preguntarle si la escuchaba onírica o realmente, pero me dijo que la había escuchado clarito. Entonces, me di cuenta: el closet frente a la puerta donde mi tía guarda el papel de los fumigadores. Corrí y lo abrí. Allí estaba mi gatica. Nunca había salido y nunca nadie la había cogido. Se había metido ahí cuando mi tía abrió la puerta y se había pasado la mañana llorando pero mi tía pensó que era su subconsciente torturándola por perder a la gata. ¿Ven que esta no es una casa tradicional? La cogí y casi lloro. Ella me miró medio dormida, aún sin acostumbrarse a la claridad, como diciendo: “¿Por qué me tenían en el closet? Yo soy la dueña de esta casa”.

Sin embargo, la oportunidad única de ver llorar al bloguero como nunca nadie lo ha visto en su vida adulta, llegó hace unos meses en una clínica veterinaria de Playa, dos días después que Malgorszata se cayera del balcón. Nadie sabe cómo pasó, todos insisten en que los gatos no se caen de los balcones, pero yo tengo la teoría de que yo le he arruinado a mi gatica todos sus instintos naturales. Si bien fue un momento tenso yo lo solucioné lo mejor que pude. Bajé, salté muros, la cogí en medio de los gritos y los zarpazos mientras le decía: “Yo estoy aquí, yo estoy aquí”. Yo estaba tan consternado como ella pero los padres tenemos que crecernos para ayudar a nuestros hijos.

Como después de eso se metió debajo de un mueble (nunca hace eso) y no quiso comer nada, aparte de arrastrar la patica, mi amigo Juanma me convenció de llevarla al veterinario, lo cual hicimos juntos (besos para Juanma por ayudarme en tan importante momento) donde le pusieron un suero y me dijeron que había que operarla porque tenía fracturado el fémur.

Al día siguiente fuimos Malgorszata y yo solitos a otra clínica (a la de Playa porque en la otra faltaba un instrumento). Todo iba bien, ella iba dentro de una maletica y yo le metía la mano y la acariciaba. Ella estaba ya mucho mejor de ánimo. Sin embargo, al ponerle la anestesia se quedó tranquilamente dormidita sobre mí, lo cual, tengo que ser honesto, rompió mi corazón por la mitad. Mi gatica. Mi hija. Cuando el doctor la puso en la mesa y me mandó a salir, empecé a llorar sin ningún tipo de consuelo. Ninguno. Enfrente de todo el mundo. Todos se asustaron y se abrazaron a sus mascotas.

“Está en buenas manos”, me decía una señora rubia a mi lado. Una señora que recoge perros y gatos de la calle y se los lleva al veterinario para que los ligue. Hay gente que hace el bien así nada más. Sin esperar nada a cambio, solo lo hacen. Es bueno que esa gente exista aunque la sociedad no los valore siempre en su justa medida. Así y todo, yo no oía nada, solo lloraba. Así estuve por 45 terribles minutos. Cuando el doctor abrió la puerta, entré como un bólido a ver a mi gatica. Estaba dormidita y con la patica cosida. “El pronóstico de la patica es reservado”, me dijo el doctor. Pero a mí la patica no me importaba, solo quería cargar a mi hija. Me la llevé llorando todo el camino. Cuando llegué a mi casa lloré más y puse a mi tía a llorar también. Malgorszata seguía dormida, lo cual hizo todo lo que quedó de día, mientras yo seguía llorando acostado a su lado.

Al día siguiente recobré mis cinco sentidos porque tenía que ayudarla, así que me puse una cofia imaginaria y me dediqué a hacer todo lo que el médico me dijo que hiciera. Ya por esos días no trabajaba, si no, sin ningún tipo de remordimiento, no hubiera ido a la escuela de todas formas. Solo tenía una tarea en este mundo. Recorrí el Vedado buscando calmantes, antibióticos y comida. Como no encontré a nadie que la inyectara, yo – quien le tengo pánico a todo lo que tenga que ver con agujas – la inyecté yo mismo por siete días como me enseñó mi amigo Ángel. Me inyecté más los dedos que a ella, pero bueno, supongo que algo entró. La obligué a tomar leche y agua con una jeringuilla, le curé la herida y la puse bajo una pirámide que me dio la vecina onírica. Todo eso sin dejarla bajarse de la cama.

Y logramos superar ese momento. Su patica está muchísimo mejor y solo un ojo entrenado (un ojo de padre) puede notar que la levanta un poquito cuando corre. Fuera de eso, ya es la misma. Robo de pollo incluido. Me odió por un tiempo por lo de las inyecciones (ya saben lo ingratos que son los hijos), pero yo, que nunca le he pedido afecto a nadie sino que lo he robado, la obligué a que me quisiera de nuevo y durmiera conmigo.

Malgorszata no es muy buena dando afecto, ya lo sé, pero a mí no me importa. Yo la quiero tanto a ella que cuando viene y se acuesta sobre mí ya considero que me está reciprocando mi amor. A veces tiene pesadillas y me encaja las garras en el pecho y yo grito, pero ella se despierta como diciendo: “Soñé algo malo” y yo me olvido de mi dolor, le paso la mano y le digo: “Ya, ya, ya pasó”. Duerme en mi pecho, y si me viro de lado, ella se corre y se tira en mi hombro, y si me viro de espaldas, se acuesta sobre ella. Perfecto acople de padre e hija.

Y es que nadie es más fiel que un animal. A ellos no les importa si uno es rico o pobre, niño o viejo, alcohólico…nada. Siempre están a tu lado y nunca se van. Aunque se lleven mal. Como el amor de los hijos y los padres. El verdadero amor.

Así que en este día de los padres, que casualmente coincide más o menos con la llegada de Malgorszata a mi hogar hace tres años, me tomo una cerveza en mi propio honor y en el de mi hija. Buscaré la cámara y le tiraré fotos en las que saldrá con los ojos cerrados y arañándome como siempre hace, pero no me importa. Los padres debemos ser tolerantes con nuestros hijos.   

Hace un tiempo conocí a un muchacho que vive en Paseo y Línea. Cuando le dije que ahí había recogido a mi gatica, me dijo que en la zona había un solo gato macho que embarazaba a todas las gatas de los alrededores. Que seguro era el padre de Malgorszata. Se ofreció a llevarme a ver si lo veíamos. Le agradecí, pero rechacé amablemente su invitación: hace mucho tiempo que todo el mundo sabe quién es el único padre de Malgorszata.


PD: Dedico este post a mi hija Malgorszata Slovudovska Reyes Mancebo y a todos mis perritos, sobre todo a Iván, Diana y Rosy Reyes Mancebo. También a mis amigos y vecinos que me han ayudado en esta crianza de padre soltero. Al médico que operó a mi gatica. Y especialmente a la señora rubia que recoge perros y gatos para ligarlos – y junto a ella a todos los que cuidan de los animales, propios o ajenos - no solo por darme apoyo en tan importante momento, sino por la maravillosa acción que sin esperar nada a cambio, realizan. A todos ellos, padres y madres como yo, muchas felicidades. 


viernes, 8 de junio de 2012

La fábula sobre la partida de los hombres que valían la pena

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Un día de otoño en la que el resto de la humanidad podría jurar que no pasó nada relevante, los hombres que valían la pena decidieron abandonar nuestro mundo. Con este fin, rentaron un navío en buenas condiciones para que los condujera a alguna parte olvidada del planeta. Eran muchos, más de los que podría creerse en un primer momento, pero no los suficientes como para llenar el buque en su totalidad, mucho menos para alterar las estadísticas mundiales con su ausencia.

Hartos, decepcionados, aburridos de que nadie los entendiera, los valorara, los apreciara por lo que realmente eran, decidieron que querían irse. Fue una decisión cuidadosamente planeada, que no vino de ningún impulso feroz y repentino, sino de la impresionante lucidez que proporciona el desencanto a largo plazo.

Pusieron anuncios para buscarse, para reconocerse, para unirse. Luego planearon todo, hasta el más mínimo detalle, acerca de su partida, previendo las consecuencias que podría tener tal decisión sobre sus vidas y sobre el mundo al que ahora abandonaban. Pensaron en aquellos que dejaban detrás y tomaron medidas para afectarlos lo menos posible. Pero su decisión era irrevocable.

Un grupo de mujeres, temerosas ante la partida de los hombres con algún valor, crearon la “Alianza de las mujeres que valen la pena”, que se trazó como objetivo fundamental el impedir el éxodo de sus homólogos masculinos. Con este propósito, lanzaron campañas de acción, publicaron anuncios en revistas y periódicos para buscar apoyo e incluso decidieron abordar personalmente a los viajantes. Pero sus pedidos se perdieron entre miles de otras propuestas políticas y sociales, y finalmente su causa no tuvo el apoyo gubernamental necesario, ni tampoco el interés de la masa, que había decidido conferir su atención a temas de mayor relevancia.

“Si se quieren ir, pues que se vayan”, les dijo un responsable estatal muy sereno, con esa tranquilidad que solo tienen aquellos que realmente no conocen - ni están interesados en hacerlo – los valiosos miembros que están a punto de perder. Las mujeres intentaron protestar, pero de poco sirvió. Por su parte, los hombres que valían la pena tampoco las escucharon. El daño que habían sufrido era irreparable y ya nada podía hacerlos cambiar de opinión.

Así, aquel día en que caían hojas amarillas por todas partes, subieron al barco y se alistaron para el gran viaje hacia el futuro. Hacia un futuro sin muchas emociones, pero tampoco sin sinsabores. La alianza femenina se ubicó frente a la embarcación con carteles de súplica en un último y desesperado intento por lograr su objetivo.

“¡No pueden irse”, gritó una. “¿Quién nos entenderá ahora? ¿A quién admiraremos? ¿La mirada de quién nos importará verdaderamente? ¿Cómo podremos vivir sin tener al menos la esperanza de que alguien en alguna parte vale la pena? ¡No pueden dejarnos con el resto de los hombres! ¡Su poco encanto, sus vidas pequeñas y mediocres, su no saber de nada nos volverá locas!” “¡Lo hubieran pensado antes!”, gritó uno de los hombres. “¡Estábamos ocupadas haciendo otras cosas! Liberarnos, avanzar, quitarnos las trabas que nos imponen, ¡no tuvimos tiempo de verlos con claridad! ¡No es nuestra culpa que esto pase!”, dijo, ya echándose a llorar, mientras dos de sus compañeras la abrazaban.

“Lo sentimos”, dijo otro hombre. “Ojalá todo hubiese sido diferente. Tienes razón, no es su culpa. No es la culpa de nadie. Es que este mundo no tiene la infraestructura necesaria para acoger a  aquellos que valen la pena, así que terminamos todos sin entendernos y separándonos. Por eso queremos irnos. Pero seamos amigos a esta hora de despedidas. Es lo único que podemos hacer ahora”.

Casi a punto de zarpar, uno se arrepintió. “Creo que me quedo”, dijo, ya a última hora. “¿Qué pasa?”, le dijo otro. “No lo sé, es una mezcla de cosas”. “Y los demás entendieron, así que lo abrazaron, le dieron consejos y lanzaron la escalerilla para que él pudiera bajar. Saltó por el otro lado para que nadie pudiera verlo, pero la noticia de su renuncia se filtró gracias un grupo de reporteros, todos hombres que no valían la pena, los cuales cubrían el evento para la sección de variedades de algunos noticieros.

Y así los hombres que valían la pena en este mundo alzaron el ancla y partieron. Mientras los mástiles que amarraban el barco a tierra se rompían uno tras otro, una vela enorme se desplegó, causando la admiración de todos por un instante. Las mujeres que valían la pena se echaron a correr al lado del barco, primero despacio, luego más rápido a medida que este ganaba en velocidad, agitando sus brazos en señal de despedida mientras los hombres les lanzaban besos con las manos. Cuando el barco se instaló en plena mar, las mujeres, paradas en el muelle, sacaron sus pañuelos y los agitaron en la distancia hasta que el navío no fue más que un punto lejano en el horizonte de un día otoñal.

Al quedarse solas una se echó a llorar. “¿Y ahora?”, dijo. “Pues ya veremos qué se hace”, le dijo otra. Así, enrollaron sus carteles y regresaron a casa.

Después de la noticia de que había todavía un hombre que valía la pena entre ellos, el mundo se dio a la tarea de buscarlo, no porque le interesara conservar su valores, sino por ese ánimo coleccionista de la humanidad de encontrar y poner en un museo al último espécimen de cada cosa. Algunos sí lo buscaron en serio, para conocer acerca de una sensibilidad escuchada pero nunca vivida, de unas palabras correctas dichas en el momento correcto, de una visión del mundo contada por alguien que merecía ser escuchado. Pero la búsqueda fue infructuosa. Aunque a veces se creía encontrar al hombre, poco tiempo después este demostraba no ser el real.

Las mujeres que valían la pena hubieron de conformarse con el resto de los hombres, a los cuales aprendieron a amar, pero nunca con la misma pasión con la que lucharon aquel día otoñal por evitar la partida de los hombres que valían la pena. A veces pasan cerca del muelle y se quedan con la mirada perdida en el horizonte. Sus hijos varones les preguntan entonces qué miran y ellas los cargan y les cuentan la historia de unos valientes y arriesgados marinos que se fueron en un barco porque el mundo no estaba preparado para ellos.

En cuanto a los hombres que valían la pena – aún la valen – viven todos en una isla al norte de Tahití, en medio del Pacífico, donde llevan una vida tranquila y calmada, en la cual la renuncia parece ser su característica fundamental. Las mujeres de la zona apaciguan sus necesidades primarias, pero ellos no se permiten tener mucho más con ellas. Así, escriben, crean, trabajan, conversan y piensan todo el día. En las noches, se reúnen alrededor de fogatas en la playa y se hacen historias en las que se permiten - aunque no mucho - el apasionarse y dejarse llevar por sentimientos que tenían cuando eran jóvenes y nadie los había decepcionado todavía. Así, con esta vida pacífica y contemplativa del pasado, viven los hombres que valen la pena, alejados por decisión propia de un mundo que no lo sabe, pero que nunca más fue el mismo desde el día de su partida.

viernes, 1 de junio de 2012

Esas pequeñas cosas que también ayudan a morir


Javier conoció a Javier en el mejor momento de su vida para hacerlo. Cerca de un año había pasado sin tener una pareja relevante y su presente constituía una rutina constante de escuela-teatro-casa, que apenas si le daba tiempo para dormir lo necesario, menos aún para lanzarse a la búsqueda de otros seres humanos con los cuales compartir su vida. Entre el agotamiento, la frustración y la tristeza provocados, respectivamente, por las intensas jornadas de estudios y ensayos, el poco éxito de la obra en la que actuaba y la partida del país de uno de sus más íntimos amigos, había caído en un letargo de vida que parecía no tener fin. Pero un día, en la clase de francés de su amigo Ray, conoció a Javier y todo cambió.

Como toda relación destinada a ser importante, no hubo absolutamente ningún obstáculo inicial. Todo fluyó inmediata e intensamente. El romance fue instantáneo, la química extraordinaria, el interés recíproco evidente y la pasión extremadamente intensa. Así, para cuando se dieron cuenta, no iban a clases para quedarse escondidos en el cuarto de uno de ellos, teniendo sexo, contándose los traumas del pasado y sentando sin saberlo las bases de una relación diferente a la que cualquiera de los dos había tenido hasta ese entonces. El otro Javier, recién llegado al mundo de tener sexo con otros varones, tenía poco que ofrecer en términos de heridas del pasado y Javier, concienzudamente, había decidido olvidar las suyas.

En la obra de teatro, el otro Javier se quedaba detrás de los telones, ayudando al resto de los actores, quienes lo adoraban; y cuando estos estaban en escena, tenían sexo donde nadie pudiera verlos, logrando así que para Javier su obra ya no fuera una carga tan pesada. En la escuela todos corrían emocionados a decirle a Javier que “su novio estaba allá abajo esperándolo”. Las familias de ambos amaban a los nuevos integrantes, y como vivían a solo cinco cuadras en casas sin problemas de espacio, se pasaban el tiempo juntos. Cuando salían, todos les decían cosas, ya que a todos les encantaba que ambos se llamaran igual, se parecieran tanto y se quisieran tan intensa y apasionadamente. Si alguien que no los conocía les preguntaba si eran hermanos, ellos se daban un beso en la boca para demostrar lo que verdaderamente eran. Y todos sonreían.

Nadie recuerda cuál fue la causa de la primera pelea. Fue poco después del primer “Te amo”, un día en plena calle. Para cuando se dieron cuenta, un Javier, poco importa cuál, caminaba adelante molesto y el otro le caía atrás con la voz entrecortada diciendo algo como “¡No fue eso lo que quise decir!”. Pero doce minutos después se reconciliaban y todo volvía a la normalidad. Incluso, descubrieron poco después de los “discúlpame” y los “discúlpame tú a mí”, que les excitaba esa sensación de estar reconciliados después de haber estado por algunos minutos en bandos diferentes. Y en plena calle hicieron el amor.

Unos meses después, durante otro malentendido, un Javier dijo algo como “No creo que yo sea feliz”, a lo que el otro Javier no pudo ripostar porque se le llenaron los ojos de lágrimas y se quedó mudo. Entonces el primero lo abrazó y le dijo que todo estaba bien, que solo lo había dicho para ganar la pelea. Y volvieron a reconciliarse sin problemas.

Para cuando llegaron a los seis meses de relación ya discutían bastante. Los celos, especialmente del Javier menos experimentado – quien curiosamente era un año mayor que el otro – aportaban bastante. Todo el mundo le parecía sospechoso y no tenía reparos en apelar a las historias del pasado que le había contado Javier en secreta intimidad para fortalecer sus sospechas. Sus amigos, sus enemigos, sus compañeros de aula y de teatro; todos le parecían posibles candidatos a la infidelidad de Javier. Alguna llegada tarde, alguna llamada a deshora, lo ponían a dar gritos y a proferir amenazas. Entonces Javier lo lanzaba contra una pared y lo sometía sexualmente con violencia, solo para preguntarle al final si realmente pensaba que podía acabar de llegar de alguna escapada sexual. Por toda respuesta, el Javier celoso le decía, bajito y en susurro, mientras se abrazaba con fuerza a su espalda en el piso de la cocina: “Sí, lo sigo creyendo, pero no me importa”. No le importaba mientras estuvieran tirados en el piso de la cocina, pero para cuando se paraban ya lo estaba cuestionando de nuevo.

Por su parte, a nuestro Javier también le molestaban muchas cosas del otro Javier. Su carácter, su capacidad de estarse quejando todo el tiempo de absolutamente todo, su obvio desinterés por algunas cosas de la vida de Javier que este consideraba sagradas. Así, en poco tiempo desarrolló su habitual carácter déspota y extremadamente despreciativo, fingiendo que aquella relación no era tan importante y el otro Javier no era más que uno de los numerosos hombres de su vida. Si bien esto no era cierto, le producía placer el ver como el otro Javier se torturaba con estos comentarios.

Tiempo más tarde, Javier cayó en una profunda crisis profesional. Ya se había graduado y hacía casi un año que había dejado el teatro. Su futuro lo torturaba, ya que siempre se había considerado como destinado a grandes cosas y ahora consideraba que se pudría en su presente. Así, se volvió triste y callado. El otro Javier consideró que tenía problemas con sus amantes. Así, si Javier llegaba tarde porque se había quedado sentado en un parque torturándose, el otro lo recriminaba como lo hacía siempre. Pero ahora, a Javier le parecía aún peor porque el otro se suponía que conociera de su crisis y lo apoyara.

Javier era la clase de hombre que podía pasarse toda una vida siendo el sostén de una relación. Pero como todo ser humano había un día en que se caía y alguien tenía que recogerlo. Y nadie lo recogió. En ese momento, Javier comenzó a odiar muy en serio al otro Javier. A su supuesta inocencia, a su inexperiencia, que no eran más que excusas para ser alguien débil y con el que no se podía contar para nada.

Se lo dijo un día a alguien que no lo creyó, pero él sí se dio cuenta que lo odiaba genuina y profundamente. Pensó en cuán bueno sería llegar a la casa y que le dijeran que Javier había muerto. Así podría ser libre y feliz, acostarse con todos y sin nadie que lo recriminara. Y con la excusa perfecta para estar solo: el amor de su vida había muerto. Pero si bien odiaba al otro Javier, más se odiaba a sí mismo. Por no tener la capacidad de dejarlo. El tener un novio lindo, de su misma edad, sin complicaciones aparentes, que incluso se llamaba igual que él, eran demasiado. Dejarlo era regresar a esa vida de soltero que tanto lo había aplastado antes. Así, por temerle a aquel letargo de vida pasado caía en este otro letargo de vida, no mucho mejor que aquel.

Para cuando llegaron al año ya discutían a todas horas. A todas. No paraban nunca. Enfrente de todos, a solas, por teléfono, frente a frente. Todo el tiempo. No había tregua nunca. La más simple de las conversaciones terminaba enseguida relacionada con sus problemas: “¿Eso es luna menguante?” “No, es luna creciente”. “Y tú, por haberte acostado con muchos hombres, ¿sabes algo de lunas?”. “Y tú, por haberte quedado en casa y no haberte acostado con nadie ¿sabes de lunas?” Y esos eran solos los inicios. De esta forma, ya nadie quería acercarse a ellos.

El otro Javier también odiaba a Javier. Lo odiaba porque dependía demasiado de él y su ausencia de autoestima lo laceraba. Pero no lo decía. Fingía que lo amaba. Un día, le gritó: “¡Yo te amo, hijo de puta!”. Nuestro Javier se acercó a él, le tomó la mano, se la puso en la entrepierna y le dijo: “Esto es lo único que tú amas, no a mí. Si quieres fingir contigo mismo que no es así, hazlo, pero no intentes engañarme a mí.” Dos segundos después, estaban teniendo sexo.

Eso era lo único que hacían sin pelear. En más de una ocasión, cuando ya no podían dejar de parar de discutir y hacía horas que nadie oía lo que el otro decía, alguno se abalanzaba sobre el otro y lo besaba salvajemente. Así, había tregua por unos minutos, hasta que todo terminaba y comenzaban de nuevo las peleas.

Una vez se cayeron a golpes. E intentaron darse en serio para aprovechar por todo lo que sentían. Se dieron con todo lo que tenían. Buscaron lugares estratégicos para saciar su mutuo odio. Caras, estómagos, entrepiernas, corazones. De alguna forma, ese día también terminaron teniendo sexo, a pesar de que estuvieron una semana sin hablarse.

Una vez, un amigo de Javier lo sonsacó. Y Javier, a pesar de que no tenía ganas de tener sexo con nadie - ya que si algo tenía en su relación era sexo - pues se acostó con él. Sin culpas, sin pesares. Sin nada. Esa noche, mientras dormía junto al otro Javier y este lo acusó de haberlo engañado con alguien imaginario, Javier rió en silencio al pensar en cómo lo acusaban de tonterías cuando esa misma mañana él había tenido sexo con quien menos el otro se imaginaba en el lugar menos pensado. Y acostado en aquella cama, con aquellos mezquinos pensamientos en la cabeza, se dio cuenta que su vida era una mierda.

Muchísimas veces se separaron. Pero ninguna duró más de un día. Se llamaban y se reconciliaban, no apelando a un amor que alguna vez los había unido, sino a que era mejor estar acompañados que solos. A veces Javier llegaba a su casa extremadamente molesto con el otro Javier y se juraba jamás regresar. Pero lo hacía. Menos de veinte minutos después sucedía algo y empezaban a discutir de nuevo. Entonces, Javier se mordía el labio hasta casi sacarse sangre de la impotencia y el odio hacia sí mismo.

Nunca salían separados. Nunca se separaban. Javier lo sugirió una vez y el otro empezó a gritar. Era como si supieran que la fragilidad de su relación podía romperse solo por dejar de verse por un rato. Pero un día, Javier se fugó y se fue con una amiga a una fiesta en la playa todo el día y allí cometió el pecado capital: se divirtió. Tomó, bailó y rió como hacía años no lo hacía. Se sintió vivo, sin siquiera darse cuenta que llevaba tanto tiempo muerto. Al regresar a la ciudad se sintió mal inmediatamente. Como si lo confinaran de nuevo a una prisión en la que llevaba ya dos años. Al llegar frente a casa del otro Javier aquella noche, todavía borracho, se sentó en la entrada de la casa y se quedó sentado allí por mucho tiempo. A veces pensaba, a veces lloraba, a veces solo sentía dolor.

Cuando estuvo listo, entró. “No quiero verte más”, dijo. “Nunca más”. El otro Javier, aunque estaba acostumbrado a que se dijeran esas cosas, le creyó esa vez. O quizás creyó que Javier venía de estar con otro hombre y por eso lo dejaba. Lo miró serio y con una cara madura, poco habitual en él, le dijo tranquilo: “Te odio”. Javier lo miró y sonrió. Con esa sonrisa triste de los que terminan con cosas que alguna vez quisieron.

Lo besó y le hizo el amor. Extremadamente técnico, sin una gota de pasión. Al terminar, aún dentro del otro, le acercó su boca a la oreja y le dijo muy bajito, casi en un susurro: “Por mucho que me odies, siempre será poco comparado al odio que siento yo por ti”. Y así se quedaron ambos dormidos.

Al día siguiente, se despertaron raros. Nadie decía nada. Nadie peleaba. Javier se vistió y el otro lo acompañó al portal. Allí se quedaron un tiempo. Y sin mucho conversar, uno al lado del otro, como dos enamorados, alguien creyó notar la complicidad de dos años atrás, cuando se conocieron y se quedaban escondidos en el cuarto para tener sexo y contarse los traumas del pasado. Cuando Javier pensaba que había encontrado al hombre de su vida.

Pero era solo por fuera. Por dentro estaban Derrotados. Derrotados por pequeñas cosas. Pequeñas cosas que al final quizás sean las más importantes, después de todo. Pequeñas cosas que un Javier - poco importa cuál porque en una relación uno solo no tiene la culpa de las cosas – le hizo al otro y viceversa. Pequeñas cosas que uno no aguantó del otro y viceversa. Quizás nunca estuvieron destinados a estar juntos, después de todo, y lo intentaron mucho más tiempo del que llevaba. Ya nunca se sabrá.

Una hora después, Javier se paró, tomó la cara de Javier y lo besó. El otro le dijo: “Quédate” casi como en un susurro. Como quien dice lo que quiere, aunque sepa que no es lo que debe. Javier lo miró serio, le pasó la mano por la frente y negó con la cabeza.

Al irse, el otro Javier se quedó solo en su portal y lloró. En el camino a su casa, nuestro Javier no lloró - hacía mucho que estaba muerto - solo pidió en secreto fuerzas para nunca más regresar.

Nunca lo hizo. Y aunque se habían querido intensamente, cambiado la vida para siempre y jurado amor eterno, nunca más volvieron a dirigirse la palabra.

martes, 22 de mayo de 2012

Los hombres buenos en la cama vs. los hombres malos en la cama


La culpa de todo la tuvo Daniel, quien decidió comportarse como lo que verdaderamente es: un cretino. Por un simple error de comunicación previo a uno de nuestros encuentros sexuales, terminamos gritándonos por teléfono y yo jurándome nunca más llamarlo. Aguantarle cosas a la gente no es mi pasatiempo favorito, mucho menos a alguien con quien lo único que tengo es sexo. Pero entonces, al estropearse mi cita, tuve que recurrir a un plan B.

Lucía bien. Nos conocimos por Internet y tuvimos la decencia de decorar nuestro inevitable sexo con una visita al cine y unas cervezas. Después de una simpática película francesa y dos Bucaneros por persona llegó el tan ansiado momento en que solo quedamos él, yo y una cama. La trilogía perfecta. Pero entonces, aún antes de que el lecho pudiera hacer su entrada en esta historia, todo comenzó a estropearse.

Besaba mal. No solo tenía los ojos abiertos, lo cual es ya de por sí imperdonable, sino que además mordía mi labio superior y su lengua no hacía nada. Era como besar a un alga mordelona que te mira fijo. Entonces, mientras mi cínico interior me decía inmediatamente: “Oh, no, otra noche perdida”, mi yo que intenta ser cada día mejor me dijo: “Vamos, la cama no lo es todo, es inteligente, agradable y puedes tener una buena conversación después del coito. Solo acuéstate con él rápido y sales de eso enseguida”. Así, con la cama a mis espaldas, mi “amante” frente a mí, mi angelito a la derecha y mi diablito a la izquierda, me puse a pensar en la pregunta más vieja del mundo: ¿cuán importante es ser bueno o malo en la cama?

Cuando uno comienza en los asuntos del amor/sexo, la primera clasificación a la que sometemos a los hombres es si son lindos o feos. Luego, cuando algo más de madurez se impone y nos dejamos llevar por la admiración y el intelecto, los dividimos en inteligentes o brutos. Más tarde, cuando ya somos completamente maduros y sabemos que la inteligencia, el talento o las apariencias no tienen nada que ver con la felicidad o la satisfacción, clasificamos a los hombres en buenos o malos. Pero cuando uno ya ha pasado por todo eso más de una vez, ha acelerado el proceso habitual de conocer/sufrir por/decepcionarse de los hombres y ya no espera mucho más de ellos que lo que esperaría de una buena película, pues la única clasificación que nos queda de los hombres es si son buenos en la cama o no.

Los seres humanos han establecido el “tener sexo” en una sola categoría. “Ayer tuve sexo”, “ayer no lo tuve”, “quiero tener sexo”, “no hay nada como tener sexo”... Esto es un error; en realidad son dos categorías diametralmente distintas que no deben ser confundidas: “tener buen sexo” y “tener mal sexo”. Si bien a los adolescentes o a las personas que rara vez se van a la cama con alguien puede no importarle la diferencia entre ambas categorías, el resto de nosotros debe aspirar a una sola: el tener buen sexo. Debemos aclarar que existe una tercera categoría llamada “tener sexo normal”, la cual es en extremo peligrosa ya que al no ser un mal sexo - y ser nosotros tan horriblemente conformistas – nos acostumbramos a ella, olvidando que hay otra categoría superior.

Pero, ¿cómo saber que hemos tenido buen sexo y no “sexo normal”? Pues es extremadamente sencillo: nos sentimos más jóvenes. Sentimos una brisa que no existe en nuestra cara, todos nuestros problemas parecen lejanos, nuestra piel luce más hidratada y en el espejo del baño lucimos bien no importa la expresión que pongamos. Cualquier otra cosa es conformismo.

Si usted piensa que no somos juzgados en la cama, pues le pido que lo analice más fríamente. Es cierto que no somos juzgados tan severamente como en el certamen de gimnasia artística de los Juegos Olímpicos, lo cual es lógico ya que si vamos a acostarnos con alguien nuestro objetivo no es precisamente criticarlo, sino disfrutarlo. Pero de ahí a pensar que no somos juzgados hay un buen trecho. Sí lo somos, y por estresante que parezca, lo somos todo el tiempo.

Hay teóricos que afirman que ir a la cama no es lo fundamental en un intercambio entre dos personas. Aún cuando puedan tener razón, el Dr. Reyes Mancebo nos alerta acerca de los peligros internos que trae pensar algo como esto. Es, generalmente, el primer paso para ser malo en la cama. Así que si alguien le dice que el sexo no es tan importante, usted debe pedir permiso en ese mismo momento, pararse de la mesa, huir por la puerta del fondo e irse a su casa sin remordimientos ya que su cita se está justificando a priori por las deficiencias que demostrará un poco más tarde. Por supuesto que en la vida hay más cosas que el sexo. De la misma forma que hay más cosas que el agua y así y todo no podemos estar sin ella.

En una relación de pareja es aún peor porque el chantaje emocional hace su aparición: tengo amor que ofrecer por un lado y no sé moverme por el otro, podremos tener un hijo juntos y tú nunca sabrás lo que es un orgasmo. Tentador, ¿no es cierto? En mi caso personal, jamás he considerado a alguien como “novio” hasta haberme acostado con él, lo cual pasa por lo general el mismo primer día. Una vez cometí el error de hacerlo a la inversa, dejándome llevar por sentimentalismos, y postergué la cama hasta dos semanas después, luego de conocimientos de familiares, cenas románticas en el Barrio Chino y gritos desde las azoteas de “¡Estoy enamorado!” Luego descubrí horrorizado que no me atraía para nada en la cama, y ante la idea de pasar una temporada teniendo una vida social ejemplar, conjugada con una ausencia de morbo en el lecho, me las arreglé para nunca volverlo a ver. Hay quien no es tan valiente.

No hay manera de darse cuenta antes de tener sexo con alguien si es bueno o malo en la cama. Lo siento: no la hay. Hay que llegar hasta ahí. Pero las personas que no tienen sexo se dedican a inventar teorías para sentirse bien consigo mismas. Así, podemos constantemente oír los mitos urbanos de que los cuarentones son mejores que los veinteañeros, los negros mejores que los blancos, los constructores mejores que los intelectuales y los cubanos mejores que el resto del universo. Patrañas. Cualquiera que haya estado con una amplia cantidad de hombres de diversas etnias, nacionalidades, coeficientes intelectuales y hasta signos zodiacales, sabe que los buenos y los malos están en iguales proporciones en todas las categorías.

Así y todo, hay algunas señas que nos pueden ayudar a darnos cuenta antes de llegar al acto. Ese muchacho hermoso que se lleva todos los días a alguien distinto de la fiesta y sin embargo ninguno le dura más de un día…sospechoso. Ese otro que jamás va al gimnasio, está jorobado y despeinado pero cada vez que uno mira para una esquina, sale de atrás de un poste con alguna de las novias de sus amigos…hay algo ahí. De todas formas, nada de esto es determinante. La verdadera pericia de un amante no se comprueba hasta llegar a la cama (o árbol, auto, closet, pasillo…)

Ser bueno o ser malo no depende, como podría pensarse, de cómo está uno dotado para la vida. Si el hombre es inteligente sabrá imponerse a las deficiencias que la vida puede haberle dado. Eyaculaciones precoces, eyaculaciones prolongadas, dimensiones… Pero lamentablemente estos hombres por lo general vienen con un complejo que los supera y que se les nota en los comentarios que hacen. Pero hay algunos que así y todo se las arreglan y triunfan ya que saben que una de las claves del éxito en la cama – como en todo en la vida -  radica en saber compensar.

Hay quien dice que la primera vez no cuenta porque uno se pone nervioso y no sale bien. Otro estereotipo erróneo. Si bien puede que sea mejor luego, debido al mayor conocimiento del otro y sus gustos, lo cierto es que desde la primera vez se encuentra el acople casi perfecto, el cual te lleva a que quieras repetir luego. En mi caso personal, tengo muchas primeras veces, ni un cuarto de las cuales llegan a una segunda vez, y muchísimas menos a una tercera. Aquellos con los que he estado más de diez veces, podrían entrar mañana mismo al Olimpo del sexo como los verdaderos dioses que son. Aunque sean cretinos como Daniel.

En el caso de las parejas, con aquellas con las que he estado por más de un año (han sido tres), he tenido sexo en todos los lugares, a todas horas, en todas las posiciones, y en todos los estados de ánimo. Y no solo estoy hablando de cantidad.

Hay quien lo estropea todo con la boca. Y no me refiero al sexo oral, sino a lo que dicen. Ejemplificaré con dos anécdotas el excesivo glosario incorrecto que me he encontrado. En una ocasión alguien empezó a gritar: “¡Soy lindo, soy lindo!” mientras teníamos sexo y se miraba en uno de los espejos de mi cuarto. Incluso alargó la mano para tocar su imagen. Casi salgo del cuarto para que pudiera seguir teniendo sexo con él mismo. Ni siquiera era lindo… Otra vez, justo después de haber eyaculado, uno se paró en la cama como si tuviera un resorte y, sin previo aviso, comenzó a cantar la canción que preparaba para su próximo disco. Yo lo miré desde la cama asombrado. Al final hice lo único que podía hacer: aplaudir. A pesar de que no me había ido mal, y que la canción no era precisamente mala, nunca más lo volví a llamar.

Yo casi nunca hablo en la cama. Me parece que es un recurso muy fácil y, enemigo que soy del facilismo, intento ser lo más habilidoso posible con otras cosas. Quizás sí pueda llevármelos a la cama con lo que diga – o escriba – pero pueden estar convencidos que no será mi arma en la cama. Ahí prefiero otras. Pero de todas formas, lingüista que soy, entiendo perfectamente la importancia del decir en la cama. Siempre y cuando no canten.

Si uno es bueno en la cama, siempre va a poder sacar algo de los demás y divertirse, a pesar de que los demás no sean buenos. Pero no vas a querer repetir luego. Si el hombre es muy lindo puede que sea horroroso en la cama y a uno no le importe. Le dirás a todos satisfecho: “Yo estuve con él”. Pero pasa lo mismo. A la segunda vez ya uno no lo ve ni tan bonito y quieres irte con otro la mitad de lindo y el doble de pervertido.

Pero ¿qué es ser buen amante? Pues bien, aunque las teorías obviamente varían, pueden sintetizarse en algo así: ser bueno en la cama incluye el tener buena técnica, control y conocimiento de su propio cuerpo, relajación, pericia y morbo. Saber dónde tocar y por cuánto tiempo, no dejar que los demás se aburran y lograr la perfecta dualidad de ser uno mismo y garantizar su placer al mismo tiempo que plegarse a los del otro. Y así y todo, teniendo todo esto, no se tiene la garantía de serlo.

No piensen que hago una apología a la técnica. Para nada. La técnica hay que aprenderla, eso es seguro, pero lo que verdaderamente te hace grande es saber cuándo dejarla de lado y pasar a la verdadera diversión, que combina los pequeños trucos técnicos que has aprendido con la relajación, el disfrute y la verdadera satisfacción.

Y generalmente, todo comienza con un beso. Por eso, si alguien no ha logrado descifrar cómo sincronizar sus labios y su lengua con los de los demás, es poco probable que sepa que a veces hay que soplar en una oreja, apretar una mano que se escapa de uno, pasar la nariz de arriba abajo por la espalda y seguir un poco más allá, parar a mitad de sexo, mirar a alguien a los ojos y pasarle la mano por el sudor de la frente justo antes de seguir. Y esto es solo en el sexo romántico. Tampoco sabrá decir groserías o dar un golpe en un momento determinado (o lo hará muy duro el muy imbécil). Tampoco sabrá encontrar un perfecto equilibro entre todo esto o darse cuenta de lo que funciona para cada cual varía según la persona o el estado de ánimo en que estén ese día. No, si no sabe dar un beso, no sabrá nada de esto tampoco.

Para cuando me di cuenta estaba acostado bocarriba con todo este post en mi cabeza aún cuando supuestamente estaba teniendo sexo. Así era de bueno aquello. Mi “amante” ya se las había arreglado para darme dos codazos, morderme un brazo sin nada de morbo y comenzar a reírse tontamente cuando le pasé los dedos por la cintura porque le hacía cosquillas. Así que justo cuando rozaba con sus dientes algo que nunca – nunca – debe ser rozado con los dientes, me harté, miré al angelito y al diablito que conversaban a mi derecha y les dije: “Recojan que nos vamos; esto se acabó”.

Mientras me ponía mi pantalón, el cual nunca debí haberme quitado, me preguntó qué pasaba. Supongo que pude haber sido comprensivo y habérselo dicho para que mejorara en el futuro. Pero hay algo con los hombres malos en la cama: nunca cambiarán ni mejorarán. Lamentable, pero cierto. Así que decírselo sería solamente ser cruel. Pero no me compadecí de él tampoco: por alguna razón desconocida para mí, los hombres malos en la cama cuando se encuentran entre ellos tienen relaciones que duran muchos años. Ni idea de cuál puede ser la causa, ya que nunca he estado en una relación de ese tipo, pero así es. Seguro se preocupan más por otras cosas. Ni idea de cuáles. Así que no sentí lástima; ya se encontrará a otro como él y durarán muchos años gritando por ahí cuán felices son, mientras yo sigo soltero. Así que lo miré y mentí: “Yo…no soy alguien muy sexual”.

De vuelta a la calle, y justo cuando regresaba a casa pensando en darle un buen uso a mi pornografía (los hombres buenos en la cama saben muy bien cómo darse placer a sí mismos), decidí hacer un acercamiento al plan A original.

“Oigo”, dijo la voz del idiota de Daniel al otro lado del teléfono. “Soy yo”, dije. “Pensé que habías dicho que nunca más llamarías”. “Pues sí, pero antes quiero decirte que eres un imbécil, un cretino, un anormal y nunca llegarás a nada en la vida, aunque creas que eres lo más grande”. “Está bien, ¿algo más?”. “Pues sí: en 20 minutos estoy en tu casa.” “Está bien, timbra cuando llegues para tirarte la llave.” “Ok.” “Vale.”

Eso quizás sea lo único malo de los hombres buenos en la cama: uno siempre termina regresando a ellos a pesar de todo.


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