martes, 22 de mayo de 2012

Los hombres buenos en la cama vs. los hombres malos en la cama


La culpa de todo la tuvo Daniel, quien decidió comportarse como lo que verdaderamente es: un cretino. Por un simple error de comunicación previo a uno de nuestros encuentros sexuales, terminamos gritándonos por teléfono y yo jurándome nunca más llamarlo. Aguantarle cosas a la gente no es mi pasatiempo favorito, mucho menos a alguien con quien lo único que tengo es sexo. Pero entonces, al estropearse mi cita, tuve que recurrir a un plan B.

Lucía bien. Nos conocimos por Internet y tuvimos la decencia de decorar nuestro inevitable sexo con una visita al cine y unas cervezas. Después de una simpática película francesa y dos Bucaneros por persona llegó el tan ansiado momento en que solo quedamos él, yo y una cama. La trilogía perfecta. Pero entonces, aún antes de que el lecho pudiera hacer su entrada en esta historia, todo comenzó a estropearse.

Besaba mal. No solo tenía los ojos abiertos, lo cual es ya de por sí imperdonable, sino que además mordía mi labio superior y su lengua no hacía nada. Era como besar a un alga mordelona que te mira fijo. Entonces, mientras mi cínico interior me decía inmediatamente: “Oh, no, otra noche perdida”, mi yo que intenta ser cada día mejor me dijo: “Vamos, la cama no lo es todo, es inteligente, agradable y puedes tener una buena conversación después del coito. Solo acuéstate con él rápido y sales de eso enseguida”. Así, con la cama a mis espaldas, mi “amante” frente a mí, mi angelito a la derecha y mi diablito a la izquierda, me puse a pensar en la pregunta más vieja del mundo: ¿cuán importante es ser bueno o malo en la cama?

Cuando uno comienza en los asuntos del amor/sexo, la primera clasificación a la que sometemos a los hombres es si son lindos o feos. Luego, cuando algo más de madurez se impone y nos dejamos llevar por la admiración y el intelecto, los dividimos en inteligentes o brutos. Más tarde, cuando ya somos completamente maduros y sabemos que la inteligencia, el talento o las apariencias no tienen nada que ver con la felicidad o la satisfacción, clasificamos a los hombres en buenos o malos. Pero cuando uno ya ha pasado por todo eso más de una vez, ha acelerado el proceso habitual de conocer/sufrir por/decepcionarse de los hombres y ya no espera mucho más de ellos que lo que esperaría de una buena película, pues la única clasificación que nos queda de los hombres es si son buenos en la cama o no.

Los seres humanos han establecido el “tener sexo” en una sola categoría. “Ayer tuve sexo”, “ayer no lo tuve”, “quiero tener sexo”, “no hay nada como tener sexo”... Esto es un error; en realidad son dos categorías diametralmente distintas que no deben ser confundidas: “tener buen sexo” y “tener mal sexo”. Si bien a los adolescentes o a las personas que rara vez se van a la cama con alguien puede no importarle la diferencia entre ambas categorías, el resto de nosotros debe aspirar a una sola: el tener buen sexo. Debemos aclarar que existe una tercera categoría llamada “tener sexo normal”, la cual es en extremo peligrosa ya que al no ser un mal sexo - y ser nosotros tan horriblemente conformistas – nos acostumbramos a ella, olvidando que hay otra categoría superior.

Pero, ¿cómo saber que hemos tenido buen sexo y no “sexo normal”? Pues es extremadamente sencillo: nos sentimos más jóvenes. Sentimos una brisa que no existe en nuestra cara, todos nuestros problemas parecen lejanos, nuestra piel luce más hidratada y en el espejo del baño lucimos bien no importa la expresión que pongamos. Cualquier otra cosa es conformismo.

Si usted piensa que no somos juzgados en la cama, pues le pido que lo analice más fríamente. Es cierto que no somos juzgados tan severamente como en el certamen de gimnasia artística de los Juegos Olímpicos, lo cual es lógico ya que si vamos a acostarnos con alguien nuestro objetivo no es precisamente criticarlo, sino disfrutarlo. Pero de ahí a pensar que no somos juzgados hay un buen trecho. Sí lo somos, y por estresante que parezca, lo somos todo el tiempo.

Hay teóricos que afirman que ir a la cama no es lo fundamental en un intercambio entre dos personas. Aún cuando puedan tener razón, el Dr. Reyes Mancebo nos alerta acerca de los peligros internos que trae pensar algo como esto. Es, generalmente, el primer paso para ser malo en la cama. Así que si alguien le dice que el sexo no es tan importante, usted debe pedir permiso en ese mismo momento, pararse de la mesa, huir por la puerta del fondo e irse a su casa sin remordimientos ya que su cita se está justificando a priori por las deficiencias que demostrará un poco más tarde. Por supuesto que en la vida hay más cosas que el sexo. De la misma forma que hay más cosas que el agua y así y todo no podemos estar sin ella.

En una relación de pareja es aún peor porque el chantaje emocional hace su aparición: tengo amor que ofrecer por un lado y no sé moverme por el otro, podremos tener un hijo juntos y tú nunca sabrás lo que es un orgasmo. Tentador, ¿no es cierto? En mi caso personal, jamás he considerado a alguien como “novio” hasta haberme acostado con él, lo cual pasa por lo general el mismo primer día. Una vez cometí el error de hacerlo a la inversa, dejándome llevar por sentimentalismos, y postergué la cama hasta dos semanas después, luego de conocimientos de familiares, cenas románticas en el Barrio Chino y gritos desde las azoteas de “¡Estoy enamorado!” Luego descubrí horrorizado que no me atraía para nada en la cama, y ante la idea de pasar una temporada teniendo una vida social ejemplar, conjugada con una ausencia de morbo en el lecho, me las arreglé para nunca volverlo a ver. Hay quien no es tan valiente.

No hay manera de darse cuenta antes de tener sexo con alguien si es bueno o malo en la cama. Lo siento: no la hay. Hay que llegar hasta ahí. Pero las personas que no tienen sexo se dedican a inventar teorías para sentirse bien consigo mismas. Así, podemos constantemente oír los mitos urbanos de que los cuarentones son mejores que los veinteañeros, los negros mejores que los blancos, los constructores mejores que los intelectuales y los cubanos mejores que el resto del universo. Patrañas. Cualquiera que haya estado con una amplia cantidad de hombres de diversas etnias, nacionalidades, coeficientes intelectuales y hasta signos zodiacales, sabe que los buenos y los malos están en iguales proporciones en todas las categorías.

Así y todo, hay algunas señas que nos pueden ayudar a darnos cuenta antes de llegar al acto. Ese muchacho hermoso que se lleva todos los días a alguien distinto de la fiesta y sin embargo ninguno le dura más de un día…sospechoso. Ese otro que jamás va al gimnasio, está jorobado y despeinado pero cada vez que uno mira para una esquina, sale de atrás de un poste con alguna de las novias de sus amigos…hay algo ahí. De todas formas, nada de esto es determinante. La verdadera pericia de un amante no se comprueba hasta llegar a la cama (o árbol, auto, closet, pasillo…)

Ser bueno o ser malo no depende, como podría pensarse, de cómo está uno dotado para la vida. Si el hombre es inteligente sabrá imponerse a las deficiencias que la vida puede haberle dado. Eyaculaciones precoces, eyaculaciones prolongadas, dimensiones… Pero lamentablemente estos hombres por lo general vienen con un complejo que los supera y que se les nota en los comentarios que hacen. Pero hay algunos que así y todo se las arreglan y triunfan ya que saben que una de las claves del éxito en la cama – como en todo en la vida -  radica en saber compensar.

Hay quien dice que la primera vez no cuenta porque uno se pone nervioso y no sale bien. Otro estereotipo erróneo. Si bien puede que sea mejor luego, debido al mayor conocimiento del otro y sus gustos, lo cierto es que desde la primera vez se encuentra el acople casi perfecto, el cual te lleva a que quieras repetir luego. En mi caso personal, tengo muchas primeras veces, ni un cuarto de las cuales llegan a una segunda vez, y muchísimas menos a una tercera. Aquellos con los que he estado más de diez veces, podrían entrar mañana mismo al Olimpo del sexo como los verdaderos dioses que son. Aunque sean cretinos como Daniel.

En el caso de las parejas, con aquellas con las que he estado por más de un año (han sido tres), he tenido sexo en todos los lugares, a todas horas, en todas las posiciones, y en todos los estados de ánimo. Y no solo estoy hablando de cantidad.

Hay quien lo estropea todo con la boca. Y no me refiero al sexo oral, sino a lo que dicen. Ejemplificaré con dos anécdotas el excesivo glosario incorrecto que me he encontrado. En una ocasión alguien empezó a gritar: “¡Soy lindo, soy lindo!” mientras teníamos sexo y se miraba en uno de los espejos de mi cuarto. Incluso alargó la mano para tocar su imagen. Casi salgo del cuarto para que pudiera seguir teniendo sexo con él mismo. Ni siquiera era lindo… Otra vez, justo después de haber eyaculado, uno se paró en la cama como si tuviera un resorte y, sin previo aviso, comenzó a cantar la canción que preparaba para su próximo disco. Yo lo miré desde la cama asombrado. Al final hice lo único que podía hacer: aplaudir. A pesar de que no me había ido mal, y que la canción no era precisamente mala, nunca más lo volví a llamar.

Yo casi nunca hablo en la cama. Me parece que es un recurso muy fácil y, enemigo que soy del facilismo, intento ser lo más habilidoso posible con otras cosas. Quizás sí pueda llevármelos a la cama con lo que diga – o escriba – pero pueden estar convencidos que no será mi arma en la cama. Ahí prefiero otras. Pero de todas formas, lingüista que soy, entiendo perfectamente la importancia del decir en la cama. Siempre y cuando no canten.

Si uno es bueno en la cama, siempre va a poder sacar algo de los demás y divertirse, a pesar de que los demás no sean buenos. Pero no vas a querer repetir luego. Si el hombre es muy lindo puede que sea horroroso en la cama y a uno no le importe. Le dirás a todos satisfecho: “Yo estuve con él”. Pero pasa lo mismo. A la segunda vez ya uno no lo ve ni tan bonito y quieres irte con otro la mitad de lindo y el doble de pervertido.

Pero ¿qué es ser buen amante? Pues bien, aunque las teorías obviamente varían, pueden sintetizarse en algo así: ser bueno en la cama incluye el tener buena técnica, control y conocimiento de su propio cuerpo, relajación, pericia y morbo. Saber dónde tocar y por cuánto tiempo, no dejar que los demás se aburran y lograr la perfecta dualidad de ser uno mismo y garantizar su placer al mismo tiempo que plegarse a los del otro. Y así y todo, teniendo todo esto, no se tiene la garantía de serlo.

No piensen que hago una apología a la técnica. Para nada. La técnica hay que aprenderla, eso es seguro, pero lo que verdaderamente te hace grande es saber cuándo dejarla de lado y pasar a la verdadera diversión, que combina los pequeños trucos técnicos que has aprendido con la relajación, el disfrute y la verdadera satisfacción.

Y generalmente, todo comienza con un beso. Por eso, si alguien no ha logrado descifrar cómo sincronizar sus labios y su lengua con los de los demás, es poco probable que sepa que a veces hay que soplar en una oreja, apretar una mano que se escapa de uno, pasar la nariz de arriba abajo por la espalda y seguir un poco más allá, parar a mitad de sexo, mirar a alguien a los ojos y pasarle la mano por el sudor de la frente justo antes de seguir. Y esto es solo en el sexo romántico. Tampoco sabrá decir groserías o dar un golpe en un momento determinado (o lo hará muy duro el muy imbécil). Tampoco sabrá encontrar un perfecto equilibro entre todo esto o darse cuenta de lo que funciona para cada cual varía según la persona o el estado de ánimo en que estén ese día. No, si no sabe dar un beso, no sabrá nada de esto tampoco.

Para cuando me di cuenta estaba acostado bocarriba con todo este post en mi cabeza aún cuando supuestamente estaba teniendo sexo. Así era de bueno aquello. Mi “amante” ya se las había arreglado para darme dos codazos, morderme un brazo sin nada de morbo y comenzar a reírse tontamente cuando le pasé los dedos por la cintura porque le hacía cosquillas. Así que justo cuando rozaba con sus dientes algo que nunca – nunca – debe ser rozado con los dientes, me harté, miré al angelito y al diablito que conversaban a mi derecha y les dije: “Recojan que nos vamos; esto se acabó”.

Mientras me ponía mi pantalón, el cual nunca debí haberme quitado, me preguntó qué pasaba. Supongo que pude haber sido comprensivo y habérselo dicho para que mejorara en el futuro. Pero hay algo con los hombres malos en la cama: nunca cambiarán ni mejorarán. Lamentable, pero cierto. Así que decírselo sería solamente ser cruel. Pero no me compadecí de él tampoco: por alguna razón desconocida para mí, los hombres malos en la cama cuando se encuentran entre ellos tienen relaciones que duran muchos años. Ni idea de cuál puede ser la causa, ya que nunca he estado en una relación de ese tipo, pero así es. Seguro se preocupan más por otras cosas. Ni idea de cuáles. Así que no sentí lástima; ya se encontrará a otro como él y durarán muchos años gritando por ahí cuán felices son, mientras yo sigo soltero. Así que lo miré y mentí: “Yo…no soy alguien muy sexual”.

De vuelta a la calle, y justo cuando regresaba a casa pensando en darle un buen uso a mi pornografía (los hombres buenos en la cama saben muy bien cómo darse placer a sí mismos), decidí hacer un acercamiento al plan A original.

“Oigo”, dijo la voz del idiota de Daniel al otro lado del teléfono. “Soy yo”, dije. “Pensé que habías dicho que nunca más llamarías”. “Pues sí, pero antes quiero decirte que eres un imbécil, un cretino, un anormal y nunca llegarás a nada en la vida, aunque creas que eres lo más grande”. “Está bien, ¿algo más?”. “Pues sí: en 20 minutos estoy en tu casa.” “Está bien, timbra cuando llegues para tirarte la llave.” “Ok.” “Vale.”

Eso quizás sea lo único malo de los hombres buenos en la cama: uno siempre termina regresando a ellos a pesar de todo.

jueves, 10 de mayo de 2012

Maritza y el hombre de su vida


Maritza Mancebo Llano, mi mamá, quedó prendida con los valores de la naciente revolución del 59. Con tan solo 15 años se vio alfabetizando y militando en sus diferentes filas, como casi todo el mundo por aquellas fechas. Imbuida en este espíritu de rechazo a lo anterior, en una misa dominical en la iglesia municipal de Güines, se levantó mientras todos rezaban y le gritó al cura de toda la vida: “¡Esbirro con sotana!”. Nadie interrumpió el rezo, pero a la salida de la iglesia, mi abuela la cogió por una mano y le dijo: “Yo sé que fuiste tú”. La cara de mi mamá se lo confirmó. Esa tarde fueron las dos a pedirle disculpas al cura.

Así era mi mamá. Irreverente, apasionada, cuestionadora, de palabra y pensamiento rápidos, inteligente, carismática. Sensible, espontánea, firme e independiente. Frágil, en ocasiones. Con defectos, por supuesto, pero no los suficientes como para empañar su carácter, que siempre le atrajo la amistad incondicional y la admiración de casi todos los que la conocieron.

Así creció mi mamá y siguió involucrada con las tareas de la revolución. No sé en qué momento llegaron los hombres a su vida pero como toda gran mujer no encontró nunca a uno que le llegara al tacón. Se mudó para la Habana y se puso a vivir en una beca para muchachas, se casó con un cretino que la engañaba con todo el mundo y se divorció. Esa manía que tenemos los grandes de enamorarnos de hombrecitos que no valen nada. La residencia fue transformada en casas individuales y así pasó a tener su casa propia en Marianao. Se hizo dirigente y como toda hermosa “divorcée” atrajo a más de uno con su encanto de mujer atractiva, independiente y liberada.

Ahí llegó mi papá a su vida. Mi papá, un hombre casado y con dos hijos, que siempre intentó aplacar el espíritu rebelde de mi mamá, pero que al final imagino que era lo que más le gustara. Su romance de varios años se vio coronado con un embarazo, que nadie quiso que fuera mucho más lejos. Mi papá y la familia de mi mamá estaban en contra de mi nacimiento, pero mi mamá se trancó, les dijo que ella tenía ya 36 años y que esa era su única oportunidad de tener un hijo y se acabó: nací yo. Quizás es por eso que tengo este odio manifiesto por el género humano, ya que nadie, salvo ella, quiso que yo naciera, pero ¿qué sería de los artistas sin los traumas del pasado?

Anécdotas de mi mamá y mías tengo miles. Una madre soltera y su hijo, viviendo solos, crean una relación extremadamente íntima de mutua protección. Mi mamá volcó absolutamente todo su carácter en mi crianza. Por eso soy como soy. Pero su trabajo también era importante. Así, regresó a trabajar cuando yo tenía tan solo 45 días de nacido, pero no me dejó muy lejos, ya que mi círculo infantil estaba en la azotea de su Ministerio y me iba a ver todo el tiempo. Quizás fuera por este espíritu laboral que la primera palabra que dije en mi vida, no fuera “mamá” como muchos otros, sino “guagua” (la cual, vista desde un punto de vista más objetivo, es una palabra bastante fácil también).

Me enseñó muchas cosas, gran parte de lo que sé, no porque se dedicara a enseñármelo, sino porque yo lo aprendí al verla. Me compró cientos de libros y nunca me leyó ninguno porque casi no tenía tiempo, lo que provocó que en cuanto pude empecé a leer yo solo y para cuando estaba a inicios de segundo grado ya leía los subtítulos de las películas sin que se me fuera ninguno. Bien hecho, mami, terminé siendo escritor. Tuvo más hombres, pero ninguno relevante, ya que ahora tenía que pensar no solo en que el hombre le llegara al tacón, sino además en que fuera buen padre. Tarea demasiado difícil para los hombres.

Sin embargo, la anécdota que quiero contar hoy, trata de cómo mi madre cambió sus valores para formar, indirectamente, en su hijo, una de sus mayores virtudes actuales: el espíritu de supervivencia.

Pues resulta que llegaron los años 90 y todo el mundo se quedó sin nada que comer. Algunos no, pero esos no son cubanos reales y a nadie les importan sus historias. Y mi mamá era cuadro y profesora, lo cual no servía para nada en aquella época en la que ser plomero y carpintero era lo que daba. Además, ya estaba retirada por problemas de salud. Así, mi mamá y yo, como muchos, nos vimos sumergidos en una terrible pobreza. Los únicos zapatos que llevaba a la escuela eran una horrible cosa negra, de la cual todo el mundo se burlaba, llamándolos “Los rompecuna”. A mí nunca me molestó que los llamaran así, pero el día en que mi mamá se enteró se echó a llorar de la humillación. De la comida y otras necesidades básicas, mejor ni hablar.

Pero una madre no es madre por gusto. El tener a un hijo en su vientre, el criarlo, el preocuparse por él como nunca supo que sabía ocuparse ni siquiera de ella misma, la vuelve una fiera que hace lo que haya que hacer para proteger a su cría.

Todo comenzó cuando alguien intentó vender algo y mi mamá le dijo que ella lo vendía por un precio algo mayor. No supo de dónde sacó la idea, pero lo hizo. Sin siquiera salir de la casa. Unas llamadas telefónicas y funcionó. Esto le dio el impulso para seguir haciéndolo. Así, algunas amigas trajeron más cosas y ella les puso un precio ligeramente superior. Las puso encima de la cama, cual vitrina, llamó a algunas jineteras del barrio, familiares de otros que estaban fuera, y alguna que otra esposa de dirigente escondida de su esposo, y así nos cayeron algunos necesarios y recientemente despenalizados dólares en el bolsillo.

Al ver que aquello funcionaba, mi mamá intentó legalizar el asunto. Pero, por supuesto, no se podía, a pesar de que los trabajos por cuenta propia acababan de hacer su entrada en el país. “Ese tipo de licencia no existe”, le dijeron. “Entonces, ¿qué puedo hacer?”, les preguntó. Obviamente, el parar de hacerlo, no era una opción. “Pues saque la licencia de vendedor de libros que es lo que más se parece”, le dijeron allí mismo. Así mi mamá sacó la licencia de vendedora de libros sin la intención de vender ninguno.

Pusimos algunos libros en la sala para camuflar y la vendedera de ropa siguió en el cuarto encima de las camas. Pero todo negocio que se respete va creciendo inmediatamente. Para cuando nos dimos cuenta toda la cuadra venía y dejaba cosas para vender. Además, ellos mismos se quedaban y compraban algo de lo que otros habían dejado. Y así fue extendiéndose a todo Marianao.

Si al principio era ropa, por lo general traída del exterior por familiares de los clientes, luego era de todo. Desde llaveros hasta Tocopanes inflables. Carteras, lámparas recargables, zapatos. Todo lo que la gente considerara que pudiera tener algún valor. Los precios iban de un dólar hasta 150. Y se vendía bastante. Tuvimos que ampliarnos y coger la sala para aquello.

Había cosas por todas partes. Y personas todo el tiempo. La gente tocaba y preguntaba “si la casa comisionista era allí”. Mi mamá llevaba una libreta con las cosas que se vendían y vigilaba que no se robaran nada. Como el negocio creció, mi tía, quien siempre protestaba pero terminaba apoyando todas las ideas de mi mamá (la mejor prueba es que me iba a buscar todos los días a la escuela y se quedó conmigo después a pesar de oponerse inicialmente a mi nacimiento) dejaba su casa en el Vedado en ocasiones e iba a ayudarla. Estamos hablando de mujeres de 48 y 56 años, respectivamente. Sandra, mi “novia” de la infancia, fue contratada como vigilante y se le pagaba la suma de un dólar al día, lo cual eran 100 pesos cubanos en esa época. Tuvimos que poner horarios que había que violar después porque la gente se acumulaba en el jardín y no podíamos llamar tanto la atención.

Yo no hacía mucho, pero como era el hombre de la casa estaba destinado a los casos de emergencia. Debía avisar si veía algún policía por la cuadra, vigilar que nadie se robara nada y estaba a cargo del ron y los jabones robados que uno de los ladrones del barrio nos suministraba. Sí: teníamos ron y todo. En el baño, en una nevera de metal (que también estaba en venta). Pues yo estaba instruido para si un día llegaba la policía, mientras mi mamá los entretenía en la sala, yo fuera al baño y abriera la pila de la nevera sobre el tragante y lo botara todito para que no nos cogieran con él encima.

Por supuesto, mi papá fue y aprovechó para meterse en su vida diciéndole que cerrara aquello, que se arriesgaban a que la cogiera. He de aclarar que yo quiero mucho a mi papá y algún día tendrá un post para él solo, pero en la historia de mi mamá no creo que sea precisamente el héroe, a no ser si tenemos en cuenta que, mal que bien, fue el hombre que más ella quiso. Mi mamá le dijo que no se metiera en su vida y él usó, por supuesto, la carta del hijo que era de los dos. Mi hermana (hija de mi papá) le dio la razón a mi mamá y compró algunas chucherías ella también, lo cual imagino haya enfurecido aún más a mi papá.

Pero lo cierto es que no pasamos más hambre. Íbamos todos los domingos, día de receso de la tienda, cual religión, a 3ra y 70 y al Comodoro y me compraban todo lo que yo quería. Absolutamente todo. En acto de repudio público, botamos simbólicamente los “rompecuna” y mi madre se sintió satisfecha de su papel como madre. Y yo también.

Un día se cuestionó sus valores. No lo hizo triste, solo lo hizo. Se dijo que ella siempre había sido revolucionaria y ahora, al igual que todo el mundo, había cambiado para “el otro lado”. Y se sintió mal por haberle dicho eso al cura treinta años atrás. Pero es que no hay un “otro lado”. El hacer algo ilegal para darle de comer a un hijo no es ningún otro lado. Es “el único lado”. Fue tan loable tener aquella tienda ilegal como irse a alfabetizar cuando tenía 15 años. En cada época hizo lo que había que hacer. Sin embargo, su cuestionamiento – y su “cambio” - de valores tuvo un sentido inmenso: mi aprendizaje de que en la vida hay que hacer lo que sea para sobrevivir.

La delegada de Marianao llegó un día y en un perfil bastante bajo le dijo que quitara la tienda. No nos decomisaron nada, que era lo que más nos temíamos, ni fue la policía. Todo terminó bastante bien, dentro de lo que cabe. Seis meses duró, lo cual si se analiza desde el punto de vista que siempre temíamos que algo pudiera pasar, es mucho tiempo. En esa tarde, al irse la mujer, mi mamá se sentó en el piso, recostada al closet, y se desesperó. ¿Qué haríamos ahora? Pero yo me crecí – recuerden que yo era el encargado en caso de emergencia - me senté a su lado y dije lo que había que decir: “No te preocupes, mami, algo inventaremos”. Y nos fuimos a 3ra y 70 y nos compramos la mitad de la tienda para celebrar lo bien que nos había ido en nuestro negocio improvisado.

Mi mamá murió menos de un año después, cuando yo tenía 12 años y ella 50, de una enfermedad que pensábamos que se había ido pero que regresó. Nunca imaginé que muriera – porque eso nunca está en la cabeza de los niños – así que al único que tomó por sorpresa aquel día extremadamente negro, fue a mí. Supongo que no soy tan inteligente, después de todo. Después de grande, he pensado en más de una ocasión que en sus últimos días probablemente se haya preocupado mucho por el futuro de su hijo, a quien dejaba solo.

Pero no quiero que nadie llore; esto no es una historia infeliz. Es la historia de una madre que cambió sus valores para alimentar a su hijo y le enseñó así a este a salir adelante en la vida. Así, aún cuando me quedé sin la única persona que quería que yo naciera, nunca me desesperé. Me quedé viviendo con mi tía, quien quedó inválida tres años después, y ni siquiera lloré.  Me asumí el dueño de mi casa y de mi vida y ha sido así desde entonces. Nunca le he pedido un kilo a nadie y he hecho de todo para sobrevivir y mantener a mi tía. He alquilado lo que ha habido que alquilar, he usado mis talentos para proporcionarme dinero y si he pasado hambre de nuevo ha sido por vagancia y no por problemas económicos. Y todo eso sin dejar de estudiar nunca. Me fui a Montreal, el cambio de mundo me dejó sin un centavo, y allí también salí adelante en brevísimo tiempo.  

Y todo esto gracias a mi mamá. Gracias a su cambio de valores que sirvió no solo para alimentarme en la época de la tienda, sino por el resto de mis días. ¿Ven?: es una historia feliz.

Nunca hablo de mi mamá porque me sale algo en la voz y no me permito esa clase de vulnerabilidades en frente de los demás. Los días de las madres miro hacia otro lado y finjo que no oigo a todo el mundo felicitando a todo el mundo. Pero escribir es diferente, ya que, como compruebo justo ahora, en este post que escribo en mi casa de Marianao, sentado en el piso, recostado en el closet y rodeado de fotos de mi mamá, uno puede seguir escribiendo aún en medio de las lágrimas.

Y es que mi mamá fue una gran mujer y llevo 17 años sin compartirlo con los demás. Uno se crea barreras para lidiar con los traumas, pero al final, analizado más fríamente, no hay nada humillante en la muerte. Mi mamá fue alguien muy especial e hizo de todo por mí, tuvo una vida plena, de la cual me enorgullezco en imitar y es un honor para mí ser su hijo único, por el cual luchó para tener primero y por mantener después.

Algunos son lo suficientemente dichosos como para tener a sus madres a su lado muchos años. Otros no. Pero si las madres hicieron bien su trabajo (y casi siempre lo hacen), la muerte no es más que una ilusión, y sus hijos, a dondequiera que vamos, llevamos a  nuestro lado sus espíritus rebeldes, irreverentes, sensibles y frágiles en ocasiones, como la mejor guía posible.


PD: Dedico este post a todas las madres que han hecho lo que sea por sus hijos. También a los hijos que conocieron poco tiempo a sus madres, pero que así y todo se han visto influenciadas por ellas. A mi tía, quien de muchas maneras es también mi mamá. Y sobre todo, a Maritza Mancebo Llano, mi mamá, a quien no solo le dedico este post, sino también mi vida entera. Mami, sé que por decir o escribir las cosas, estas no llegan siempre a sus destinatarios, pero te escribo esto de todas formas con la esperanza de que alguna forma, estas sí lo hagan: Estoy bien, siempre lo he estado y siempre lo estaré. Nunca me pasará nada porque aprendí de la mejor madre del universo a salir adelante aunque haya que cambiar los valores en el proceso. He sido yo mismo y lo seguiré siendo, porque sé que eso te haría sentirte orgullosa. Te quiero mucho y sé que como al final el hombre de tu vida fui yo, me he esforzado cada día por ser un hombre mejor para poder llegar así un poco más arriba de tus tacones. 

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jueves, 3 de mayo de 2012

De cómo comenzó todo, de mi blog y de cómo “el estúpido escribir” ya tiene un año


Supongo que todo comenzó aquella tarde de hace poco más de un año en la que puse en Facebook la siguiente pregunta: “¿Y si hago un blog?”. Lo dije más que nada por bromear, como respuesta a alguien que me había puesto en algún otro de mis pensamientos facebuquianos: “Deberías tener un blog”. Sin embargo, a pesar de que no lo dije como un intento serio de tener uno, la respuesta me sorprendió bastante. Todos decían “Yo lo leo”, “Anímate” y cosas así,  y, aunque yo no soy mucho de creer en lo que dice la gente, ante la idea de que ellos valoraran realmente la posibilidad de que yo pudiera tener un blog, pues yo también empecé a considerarlo seriamente. Pero como no sabía nada de blogs (jamás había seguido uno) ni tenía idea sobre qué tema pudiera hacerlo, dejé la idea por algún lado. Hasta un miércoles en el que me sentía particularmente apático, y decidí que algo tenía que sacarme de mi ordinaria vida.

Así, cuatro días después, escribí el primer post de este blog, titulado “De cómo comenzó todo, de los blogs y de cómo “estúpido” quiere decir precisamente lo contrario” en el que, cual génesis, contaba  una historia no conocida por ninguno de mis allegados sobre mi única experiencia como escritor 20 años atrás. Unos meses antes de este primer post, había escrito cuatro hojas de Word en la que yo mismo me daba consejos para no volverme loco y al guardarlo lo había titulado “El estúpido escribir” sin saber que esas tres palabras cambiarían mi vida en más de una manera. Pues con el título del blog y el primer post ya escrito, solo faltaba crearme uno. Casi sin preguntarle nada a nadie, me busqué un servidor, escogí una plantilla que me recordaba mucho el estilo country y los carteles de “Saloon” y “Wanted”, escogí una foto donde pareciera intelectual y desenfadado al mismo tiempo, la puse en color sepia para que se acoplara a la plantilla, y se acabó: en seis días había creado mi blog.

De esta forma, esa mañana del martes 3 de mayo publiqué por primera vez, avisé por Facebook y me fui a la escuela sin mirar atrás. Solo pedí en secreto que, al regresar, tuviera al menos 10 visitas. Tuve 42. Hoy ya son 18320. También tenía una quincena de comentarios, todos positivos. Y justo cuando los leía, me llegó un correo diciéndome que había sido escogido para un evento en Canadá. Y todos sabemos esa historia cómo terminó. ¿Casualidad o buen karma? No creo que sea necesario establecerlo, sino más bien, disfrutarlo. Pues bien, con la introducción ya hecha y la promesa de 15 visitantes de regresar, me dije: “Bueno, ¿y ahora de qué escribo?”.

Y los temas fueron apareciendo. Así, esa misma semana, escribí tres posts más (rendimiento no repetido hasta ahora, ya que me di cuenta un día que escribo más rápido de lo que la gente lee) acerca de relaciones virtuales, profesores maléficos y renuncias. Luego vinieron otros, algo más elaborados, acerca de comparaciones de los cubanos con el Imperio Romano, los amigos que se van del país y cambian, los ex por todas partes, la buena compañía de la soledad y el olor de los momentos olvidados. Y para cuando me di cuenta, ya tenía un estilo, lectores asiduos y la necesidad de seguir escribiendo.

Entonces me fui a Montreal y conté en un post escrito dos horas antes de irme acerca de la maldición de mi familia. Maldición que en las últimas dos líneas se podía leer que había roto. Así, mi blog no solo hablaba de mis pensamientos y fenómenos pasados, sino que también comenzaba a tener una importancia real en mi presente. Con este mismo espíritu describí luego con lujo de detalles mi primer viaje en avión, el evento al que había ido y otras peripecias en el hermoso primer mundo.

Y precisamente en Montreal, un día, me volví escritor. Y uno valiente. Gracias a un post en dos partes que marcó un antes y un después de mi blog. La parte de valiente la descubrí al publicar la primera parte y no importarme el lujo de detalles íntimos declarados. La de escritor no la descubrí hasta dos meses después, cuando leí por primera vez la segunda parte, después de haberla escrito durante ocho horas seguidas en una cafetería, bajo los efectos secundarios de una droga y llorando todo el tiempo. Tenía pánico ante el exceso de sensibilidad puesto en este escrito, pero al leerlo me gustó lo que leí. Mucho. Entonces, los releí todos y me gustaron todos. Y me di cuenta que mi vida ordinaria al ponerla en palabras escritas cobraba mucho más valor.

Así, en esa mezcla de “reality show” con literatura clásica, vinieron más posts, ya de nuevo en el tercer mundo. Historias de cuando era niño y me gustaban las matemáticas y los andamios, de hombres pasados y presentes que entran y salen de mi vida, de mi pasión por el deporte, de Montreal y sus fiestas nudistas y amigos salvadores, de una palabra de cinco letras que algunos servidores censuraron y que “provocó” que recibiera 1000 visitas en tan solo una semana. Después me quedé sin Internet, pero no sin pasión por escribir, así que seguí haciéndolo y publicando donde pudiera acerca de hombres en closets, huérfanos hermanos, y estudiantes y profesores que terminaron siendo desempleados. Así, mi pasión por escribir se convirtió en mi primera pasión y me llevó incluso a empezar a escribir otras cosas.

Y así llegamos al día de hoy en el que mi blog es una parte intrínseca de mí. De hecho, citando a una alumna, la gente cree que me conoce de toda la vida cuando lo lee. Y hacen bien. Además, tienen acceso a muchos pensamientos, sentimientos y maneras de expresarme completamente inéditos, ya que muchas veces uno solo enseña la cara más simpática. Ya a veces ni le cuento nada a mis amigos: espero a escribirlo y después se los mando a leer. Es más fácil.

La mayoría de las personas que me rodean han leído alguna vez mi blog. Y eso no incluye solo a mis amigos, sino también a familiares, amantes, vecinos, alumnos y, en más de una ocasión, la propia persona de la que estoy hablando en algún post. Esto ha traído alguna que otra complicación, acompañada de muchos ejercicios de retórica, cambios de nombres, géneros y circunstancias para que ni los mismos protagonistas se den cuenta de que se habla de ellos. Así he tenido que incursionar en el terreno de la ficción casi obligatoriamente. En otros casos pues no he cambiado ni el más mínimo detalle. Pero lo que nunca he cambiado es la emoción de lo que se cuenta, que al final es lo que nos interesa a todos. Y es que, aunque uno escriba para uno y sobre uno, todos los seres humanos vivimos la misma vida, lo que no nos damos cuenta y nos aislamos. Eso lo descubrí también gracias a mi blog.

He violado cuanta ley de blogs pueda haber. La longitud de mis posts, el lenguaje literario de algunos, el estilo conversacional de otros, la no inclusión de links de ningún tipo para que la lectura no sea interrumpida…de todo. A veces creo que es un libro que publico poco a poco. Un libro muy mío. He jugado con cuanto género literario he querido, desde la literatura erótica hasta la ciencia ficción, pasando por el cuento en tercera persona, el tratado lingüístico y la prosa poética. Lo seguiré haciendo. He recibido críticas y consejos, por supuesto, y en la mayoría de los casos los he ignorado también. Ya sé que el que no oye consejos no llega a viejo, pero yo soy así. Además, la vejez está sobrevalorada.

Me puse tres objetivos con el blog: hacer reír, emocionar y reflexionar. Ustedes me dirán si lo he logrado, pero lo que sí sé es que yo mismo me he reído, emocionado y reflexionado con lo que he escrito, tanto al hacerlo como muchos meses después al releerlos. Y me he divertido mucho también. Ya por ahí solamente este blog es ganancia.

Lectores he tenido siempre. No solo aquellos que empezaron el primer día, sino muchos otros que se fueron incorporando después. Y no solo los que dice mi blog que han entrado. Muchos otros los reciben  por correo electrónico o lo leen en la computadora de alguien más. De muchos solo tengo conocimiento a través de terceras y cuartas personas. Así, me gusta creer en las historias de la alta dirigente de alguna universidad del Oriente del país que atesora mi post sobre la soledad, o de ese otro en Jovellanos que se tranca en su oficina y dice que está reunido para leer mi blog. O la amiga que lo imprimió y se sentó en un parque porque no la dejaban concentrarse en el trabajo, el anónimo que lloró en un tren, el profesor que se lo leyó a sus estudiantes en clase o la amiga que se fue y llamó a otra amiga para preguntarle si ella había cambiado. Los otros que han tenido que controlarse la risa para que no los regañen en el trabajo y los que han llorado en el medio de lugares insólitos y han tenido que mentir y decir que algo les cayó en un ojo. Quiero creer que hay muchos más, cuyas historias nunca conoceré, pero que quiero que sepan que me interesan y me emocionan también.

A pesar de que este blog es acerca de mí, lo es además del mundo que me rodea. Así, protagonistas de este blog han sido también Ray, Jorge, Andrés82, Hermione y Snape, mis ex, Catalina, Alberto, Meryl Streep y Amy Winehouse, Yumicusisleidys, Analeidys y Misisleidys, los embajadores de la Francofonía de las Américas (aplauso, aplauso, aplauso), los imbéciles, el entourage de Cucu Diamantes, Amar, la Universidad de la Habana, Alexis y Marina, el bicurioso Jake, el nudista Dan, el inodoro inteligente y la perrita Dagmar, el Sr. Inaccesible, los días de lujuria, el Ciudad Habana 2, “The Andamio Kids”, Montréal, Marianao y el Vedado, la palabra “pinga”, el hombre real, el "Club de Corazones Rotos y Aburridos de lo Mismo", el Circo del Sol, Bill y Sally, el herido, mi sustituida amiga Amelia, Eduardo Bermúdez, Lulú, el estudiante, el profesor y el desempleado, Sergio y su closet, Damián y Eddy, el cojo, Héctor y sus siete hermanos, el tipo que me gustaba mucho, el pequeño Laurent, Ciudad Libertad, mi tía y mi gata. Gracias a ellos, por prestarme sus historias.

No sé que haya en el futuro, aunque imagino que cosas buenas. Pero sí sé lo que hay en el pasado. En este año entero. Esta es la hermosa historia de un ordinario profesor universitario que creó su propio blog y, gracias a él, se encontró consigo mismo, con su pasado, con sus ganas de escribir y con mucha gente capacitada para entender sus historias. De alguien que había tenido una vida rica, amigos y enemigos increíbles, peripecias extraordinarias y pensamientos profundos y divertidos a la vez, pero que nunca los notó con tanta claridad hasta aquel día en que encontró algo estúpido que escribir.


PD: Dedico este orgulloso post de aniversario a mí mismo, por tener la buena idea, la osadía y la perseverancia de tener un blog como este. También se lo dedico, con igual orgullo, a todo aquel que le haya mandado alguno de mis posts a otra persona, haya puesto “Me gusta” en Facebook, se lo haya recomendado a alguien o simplemente se haya sentado ante alguno de mis 50 posts, lo haya leído desde el “todo comenzó” inicial hasta la postdata final y en el proceso se haya reído, emocionado o reflexionado.

viernes, 27 de abril de 2012

La promesa


(Romance en tres citas nocturnas)

Cita nocturna uno

Todo comenzó un sábado por la noche cuando me encontré a un ex en pleno Montreal. Lo dicho: están en todas partes. Es cierto que él vivía en Canadá desde hacía unos años y yo lo sabía, pero en Toronto, no aquí, y este no es el segundo país más grande del mundo por gusto. Pero bueno, ya saben cómo son los ex. De todas formas, a pesar de que no nos hablábamos, no pertenece a mi lista de ex novios más odiados, así que me dio hasta alegría verlo. En realidad, me alegré mucho. Nos besamos, abrazamos y reímos mientras nos actualizábamos acerca de nuestras respectivas situaciones migratorias. Entonces procedió a presentarme al grupo de amigos con el que andaba, quienes nos miraban divertidos al vernos gritando en el medio de la calle “¿Y tú qué haces aquí?” en español.  Y fue ahí donde lo conocí.

Se llamaba Laurent. Algunos de mis lectores se sentirán sorprendidos al oír este nombre, pero en la cita nocturna número dos explicaré por qué le puse así. Pero a este, a pesar de que era más alto que yo y que el otro Laurent en el que puedan estar pensando, lo llamaremos como siempre lo recuerdo en mi cabeza: “el pequeño Laurent”. Andaba en el grupo de mi ex. Desde que le di la mano, no pude evitar notar que me miraba con interés. Con esa sonrisa típica de aquel que no pretende ni mucho menos ocultar que está interesado en ti y que provoca que uno se desconcierte y siga dándole la mano indefinidamente hasta que tu ex te dice bajito que también tienes que saludar a los demás. Si hubiese más personas así, el mundo sería muchísimo más excitante. Alto, de pelo negro algo largo, y un poco achinado. Probablemente de ascendencia inuit (decir “esquimal” está muy mal visto). De todas formas, obviamente mezclado con blanco. Muy bonito, en realidad.

Decidimos entrar todos a la discoteca que teníamos en frente. Sky. Mi ex y yo entramos de la mano y bailamos juntos mientras los otros nos miraban. Todos eran anglófonos a excepción de Laurent, quien era del propio Montreal. En realidad, era amigo de los amigos de mi ex, no de este, así que tampoco se conocían bien. Al enterarme de esto, le hice saber al pequeño Laurent, con una mirada que solo yo sé poner, que mi ex y yo no éramos nada. No fuera a ser que nuestras conversaciones en español y algo de afecto carnal lo hubiesen trocado. De todas formas, él seguía mirándome divertido, con la cara de quien no sabe lo que es un obstáculo.

Quince minutos después nos fuimos hasta la azotea de Sky. Sky tiene tres pisos, con cuatro discotecas en total, y en la azotea tiene una especie de bar al aire libre muy acogedor. Él y yo nos sentamos frente a frente pero no empezamos a hablar inmediatamente, sino que nos mezclamos en las conversaciones de los demás mientras nos mirábamos de reojo y nos sonreíamos. Hasta que lo miré fijo y le dije: “Hola”, dejando que los demás siguieran conversando por su lado. Él se acercó hacia delante, respondió con otro “Hola” y se quedó sonriendo en mi dirección.

Me encantaba. Ya saben cómo soy. Alguien empezó a pagar rondas de tequila para todos. Con el primer tequila aún quemándome el esófago, le pregunté: “¿Qué edad tienes?”. “23”. “¿Y tú?”. “28”. “No, no tienes 28”, dijo sonriente. “Tienes muchos menos”. Amo estos momentos. En realidad parecíamos de la misma edad. Luego averigüé que era estudiante de cuarto año de medicina, montrealense de nacimiento y perteneciente, a juzgar por la ropa, a la clase media superior o quizás alta. Estaba allí por sus amigos, los que venían de visita de Toronto junto a mi ex, ya que obviamente Sky no era el tipo de sitio que frecuentaba con su elegante camisa blanca y su hermoso reloj de futuro médico millonario. 

Para el tercer tequila, ya hablábamos de todo. Debido a la música había que gritar un poco o de lo contrario no se oía muy bien. Gracias a una conversación que empezaron los otros, él gritó que quería tener cuatro hijos. Yo me eché a reír a carcajadas. “¡¿Cuatro?! ¿De dónde vas a sacar tantos niños?”, grité y se rió. “¡Eso es lo que quiero! ¡Dos hembras y dos varones!”. “¡Ya se te quitará cuando seas mayor!”, grité, pragmático. “¡No, no se me quitará!”, gritó sonriendo. Por ingenuo que me pareciera su comentario, cualquier frase era buena para atacar, así que ahí mismo lo hice. “¡Pero para tener tantos niños primero te hace falta un novio!”, grité. “¡Ya tengo un novio!”, grito inmediatamente, como si fuese la frase más normal del mundo.

¿Un novio? ¿Cómo que un novio? ¿Y ese novio? ¡Oh, no! ¡No es justo: estaba destinado para mí! ¡No paraba de mirarme descaradamente! ¿Es que hay alguien fiel en este mundo todavía? Tengo que decir que yo soy un admirador ferviente de la fidelidad. Eso no quiere decir que no intente acostarme con ellos, pero de todas formas me gusta que les sean fieles a los novios. Bueno, en realidad en este caso hubiese preferido que no hubiera habido ningún novio. Mi cara cambió radicalmente. Él lo notó. Mi ex cogió un poco de la sal destinada para el tequila y me la echó en la herida, diciendo: “Los educaditos son los peores”.

Mi ex estaba algo celoso. Si se le pregunta, él lo negará, pero lo estaba. Además, estaba un tanto borracho y él ya es de por sí algo loco sin estarlo. Un tiempo después, mientras yo aún no me secaba del cubo de agua fría que me había caído encima, él me miraba serio como invitándome a hablar del asunto, así que aproveché la siguiente ronda de tequila para gritarle, como si fuera la cosa más natural del mundo: “¡¿Y engañas a tu novio con frecuencia?!”. “¡Nunca!”, gritó con toda naturalidad. Entonces se acercó y me dijo a diez centímetros de distancia y sin gritar: “Tú serías el primero”.

Cuando yo no había tenido tiempo todavía de reaccionar ante estas controvertidas - y excitantes - palabras, mi ex se acercó y dijo en nuestra lengua materna: “Sí, claro, con ese cuento a otro”. Lo miré con odio por interrumpir mi momento de estupor y le dije: “¿No estabas conversando con los demás?”. Al apartarse, Laurent puso cara de intrigado. “¿Qué dijo?” “Nada, no te preocupes”, le contesté. “¡¿Se supone que yo crea eso?!”, dije, retomando el tema que me interesaba y gritando de nuevo ya que había vuelto a su posición anterior. “¡Claro. No tengo que mentirte; casi ni te conozco!”, gritó.

Por supuesto que no lo creí, por mucho que me hubiese gustado hacerlo. Pero, fuera como fuera, sus palabras me habían emocionado. Tanto que me habían provocado una erección. Yo no soy de tener erecciones a donde quiera que vaya, pero si alguien me dice cosas como esas tan directas y emocionantes, de las que provocan que se ericen los pelos de la nuca, pues puede que recuerde que la impotencia no es uno de mis defectos. Pues cuando uno tiene una erección, solo hay algo que se puede hacer.

“¡Tengo una erección!”, le grité. Se rió y me gritó: “¿Justo aquí?”, a lo que contesté encogiéndome de hombros. Entonces agregó: “¡Solo espero que sea por mí!”. “¡Es por ti!”, asentí. Gritábamos como si habláramos de tenis, pero de todas formas nadie nos oía. “¡Si no estuviéramos en frente de todo el mundo, me paraba y te besaba!”, gritó. Un segundo después me levanté y por encima de la mesa lo besé…en frente de todo el mundo. Si él podía romper reglas, pues yo también. Sus amigos fingieron que no habían visto nada y siguieron conversando. Cuando me senté de nuevo, gritó sonriente: “¡Ahora yo también tengo una erección!”. “¡Son como los bostezos!”, grité, “¡se pegan!”. Ambos nos reímos.

Alguien a mi lado nos miraba con odio. Mi ex. Obviamente a él no se le había pegado ninguna erección. “Me voy a dar una vuelta”, dijo y se fue. “¡¿Cuál es su problema?!”, gritó Laurent. “¡No lo sé!”, mentí indiferente, poco antes de volverle a sonreír.

No mucho tiempo después, mientras ya cerraban el bar, aproveché cuando nos parábamos y lo volví a besar, ahora con mucho más detalle. Seguimos haciéndolo por todas las escaleras y continuamos ya en la calle, en medio de toda la gente que salía de las cuatro discotecas de Sky. En un breve momento de separación de ambas bocas, me dijo sonriente: “No estoy muy seguro de que tenga permitido hacer esto. Soy un hombre comprometido”. “¿Comprometido?”, dije, “¿te vas a casar?”. Asintió con la cabeza y me enseñó un anillo en el dedo. “¡Oh, sí, claro, con el padre de los cuatro niños!”, dije. El sonrió, resignado ante mi ironía. “Bueno, pero todavía falta para eso”, dije y lo arrastré hacia una calle lateral en la que procedimos a seguir besándonos y quizás algo más.

Pasó la policía. Nos controlamos y regresamos con los demás. “Dame tu teléfono”, dijo besándome. “No tengo teléfono, soy pobre”, dije besándolo. “Entonces, ¿cómo te contacto?”, preguntó, aún besándome. “Estoy aquí ahora”, dije, curiosamente aún besándolo. “Hay un parque fabuloso a dos cuadras de mi casa”, dijo. “Eso suena bien”, dije sin separar mi boca de la de él.

“¿Hasta cuándo es esto?”, preguntó alguien al lado nuestro. Todos los besos se detuvieron. Mi ex, naturalmente, aún más borracho. “¿Por qué hablas en español?”, le dijo el pequeño Laurent. “Sí, ya deja de hacerlo”, dije. “I want you to go to my hotel and fuck me”, dijo mi querido ex. Ahí maldije el momento en que impedí que siguiera hablando en español. “¿Qué?”, dije yo (en español). Laurent se apartó de mí. “Creo que es mejor que me vaya”, dijo. “¡No, no, no, no!”, grité yo, mirando alternadamente a Laurent y a mi ex e intentando darle un sentido a todo aquello. “Vamos a tu parque”, insistí. “No, es mejor que no, ya es muy tarde”, dijo, casi avergonzado. “Este es mi teléfono. Llámame”.

Yo lo miré, resignado. Aún con el papel en la mano, le grité mientras lo veía partir “¿En cualquier momento?”. No quería que tuviera problemas con el futuro padre de sus hijos. El me miró en la distancia y respondió: “Sí, cuando quieras”.

Al verlo desaparecer, me viré hacia el alcohólico. “¿Qué fue eso?”, pregunté. “No sé, creo que estoy borracho”, dijo mi ex. Lo miré, primero molesto, luego resignado. “Dale, vamos a ese hotel, ya es muy tarde y no puedo regresar a la casa donde vivo”. Diciendo esto, lo cogí por la cintura y lo ayudé a caminar. “Y no habrá ningún “fuck”, ¿ok?” “Ok”, dijo sonriente. “Me alegro de haberte visto de nuevo”, dijo, luego de dar algunos pasos. “Sí, yo también”, respondí mientras le sacudía el pelo con una mano.


Cita nocturna dos

Nuestra segunda cita fue dos días después, el lunes, en circunstancias completamente diferentes. Era la noche de uno de los días más intensos de mi vida, contados ya en este blog en un vibrante post en dos partes titulado “El Sr. Inaccesible y los días de lujuria”, que si usted no ha leído se lo recomiendo, y cuyo conocimiento es vital para entender el resto de mi historia con el pequeño Laurent.

Pues en la noche en que Laurent (el Sr. Inaccesible) y yo fuimos al Second Cup a revisar nuestros correos y nos separamos por unas horas para que él recibiera a un cliente en su casa, concerté mi segunda cita con el pequeño Laurent. Ambos se llamaban igual. Cuando el Sr. Inaccesible entró a mi cuarto de la sauna y me dijo su nombre, justo antes de traquearme los dedos y cambiarme la vida, fue lo primero que me llamó la atención. Eran muy diferentes - en casi todo - pero se llamaban igual y aparecían en mi vida justo al mismo tiempo. Es por eso que no podía ponerle otro nombre ahora, tenía que ser el mismo, para que ustedes también compartieran mi confusión de aquellos días.

Pues al día siguiente de mi primera cita con el pequeño Laurent, lo llamé y le di mi correo electrónico para estar comunicados. Así que justo cuando lo revisaba en aquel Second Cup, a la espera de la confirmación de la cita del otro Laurent, vi un mensaje de él y lo contesté. Me respondió a los dos minutos, lo cual quería decir que estaba en línea, así que lo busqué en el chat y conversamos un poco. No sé qué llegó primero: si la noticia de la cita laboral de Laurent o la invitación del pequeño Laurent a vernos esa noche a tomar cervezas. Lo que sí sé es que ambas llegaron, así que me pareció que lo mejor que podía hacer era decir que sí.

En lo que puede considerarse como otra bien extraña coincidencia, el pequeño Laurent vivía a solo cinco cuadras de allí. Podía estar en cualquier parte de la ciudad, pero estaba a solo cinco cuadras. Al saber esto, pues me pareció aún más lógico tener una cita con él. De todas formas, yo tenía que esperar en el Second Cup hasta que Laurent terminara. El pequeño Laurent me propuso irme a recoger al Second Cup, invitación que lógicamente rechacé. Ya era bastante extraño todo como para tenerlos a ambos además coincidiendo en el mismo espacio.

Pues después que el Sr. Inaccesible tuviera su mini ataque solapado a causa de mi cita, salí y caminé hasta la esquina. Él llegó, unos cinco minutos después, luciendo tan limpio y arregladito como era de esperar. Yo tenía la pinta de refugiado político que por alguna razón el otro Laurent me había impuesto. Me invitó a un ruidoso y alegre bar cercano, en el que, no me pregunten la causa, había anuncios de Havana Club por todas partes.

Pero mi día no había ocurrido por gusto. Había dejado una marca en mí que no se podía ignorar. Así que le conté todo al pequeño Laurent. Empecé a hablar y no paré. La sauna, el Sr. Inaccesible, la droga, las lágrimas en la lluvia, el cliente de Laurent, todo. No oculté nada. Todo era tan intenso, que el ocultarlo y fingir que me sentía como hacía dos días, solo me hubiese hecho sentir más miserable. Lo conté molesto, casi con ira. No me detuve ahí y seguí hablando de mí mismo, de mi regreso a Cuba, de mi vida sin objetivo ni propósito que el Sr. Inaccesible se había encargado de cuestionar en tan solo un día.

El pequeño Laurent me miró serio y maduro. No dijo nada, solo escuchó. Ni siquiera recuerdo que haya reaccionado ante algunas de las cosas más fuertes, ni ante el hecho de que mi cita con él estaba justo en el medio de más encuentros con el Sr. Inaccesible. Solo me miraba y escuchaba. Al terminar mi largo monólogo, terminé la cerveza que tenía en frente, me pasé la mano por la cara y lo miré. “¿Qué?”, le pregunté. Era una invitación a opinar.

No dijo nada del hombre que compartía su nombre. Sin saberlo, le había contado otra cosa que para él en ese momento fue aún más importante. “No sabía que regresabas a Cuba”, dijo. “Sí, en dos semanas”. Nos quedamos mirándonos sin decir nada.

En algún momento alguien hizo alusión a nuestros besos anteriores. Entonces él dijo algo como: “Eso fue un error, no debí haber provocado nada, discúlpame”. Ya no era para nada el pequeño Laurent de hacía dos días. Su cara decidida a estar conmigo no estaba por ninguna parte. Solo estaba ahí sentado conmigo, oyendo mis historias como si fuera mi amigo.

Su frase me molestó. Entonces, aprovechando mi ira por otras cosas, la cogí con él. “¿Por qué me coqueteabas todo el tiempo si no pretendías engañar a tu novio?” La pregunta del millón. “¿Por qué coqueteabas tú conmigo si pretendías irte en dos semanas?”La respuesta del millón. No supe qué decir, así que opté por no decir nada. En realidad, era muy rara su actitud. ¿No sería en serio eso de que nunca había engañado al novio? No, probablemente mi ex tenía razón en eso. Pero entonces, ¿por qué darle tanta importancia a mi partida?

Decidí investigar y hablar sobre el novio. Me dijo que había estado en la noche de Sky. Yo me asombré. Aparentemente, cuando mi ex me los presentó a todos, él estaba ahí, pero al entrar a Sky ya se había ido. Como yo solo me fijé en Laurent, pues ni me acuerdo. Aunque creo que recuerdo a otro alto y fortachón que estaba a su lado. Espero que mi memoria me traicione.

Le pregunté qué clase de relación tenían. Él me dijo que una en la que primaba la sinceridad. El novio, por ejemplo, sabía que él estaba ahí ahora conmigo. Ese futuro matrimonio era muy raro. Pero él insistió en que nada pasaría entre nosotros, así que el novio no tenía nada de qué preocuparse. Yo me molesté ante eso y le dije: “Si yo no te hubiese contado lo de Laurent o te habría dicho que regresaba a Cuba, ¿seguiría con la misma actitud?”. “Sí”, mintió. “¿Le contaste que te besaste conmigo (y quizás algo más)?”. “No”, dijo. Aparentemente, que la sinceridad primara en su relación, no quería decir que fuera en un 100%.

“Quédate”, dijo de pronto. “Aquí podrías tener un trabajo inmediatamente”. “No se trata de eso. Hay muchas otras cosas”, dije. “Al final tienes que pensar en ti”, dijo. Entonces fui agresivo: “¿Qué? ¿Si me quedo algunos de tus hijos serán míos?”. No contestó. Solo me miró triste. ¿Qué pasaba por la cabeza del pequeño Laurent?

Debo hacer un paréntesis para decirles qué pasaba por la mía. No soy la clase de hombre que está acostumbrado a no tener nada que ofrecer. En mi tierra natal, me he creado la suficiente infraestructura como para decirle a alguien: “Este soy yo y esto es lo que tengo. No soy rico pero tengo casa y trabajo. Si tú tienes más que yo, pues perfecto, lo aprovechamos los dos, pero yo siempre tendré lo mío. Así que tómalo o déjalo”. Esta clase de pensamiento me hacen ser quién soy: puedo opinar de lo que me dé la gana, gritar y tirar las cosas cuando me dé la gana, lo que sea. Como debe ser. Muchos de mis coterráneos no comparten esta sensación. Siempre están soñando con que venga un millonario y se los lleve. Eso suena muy bien, pero si alguien te lo paga todo, pues tu opinión siempre va a estar sometida a esa situación. No intenten engañarse, es así. Por supuesto que después también uno puede gritarle al millonario y tener un lugar en la relación, pero al final siempre va a depender de la tolerancia del otro, en alguna u otra medida.

Pero cuando el primer y el tercero mundo chocan, no importa cuánta infraestructura hayas tenido en el tuyo, los del tercero no tenemos absolutamente nada que ofrecer. Nos queda ser buenos amantes, ser entretenidos, etcétera, pero nada más. Y no estoy acostumbrado. En serio no lo estoy. Y mucho menos con el pequeño Laurent, quien me gustaba en serio. Él vive con el otro, estudian medicina los dos, tienen un apartamento juntos, un carro, un viaje en dos días a Portugal, se van a casar… ¿Qué tengo yo para poder decir: “Acuéstate conmigo y olvídate de tu novio. Cásate conmigo y tengamos todos esos hijos”? Pues absolutamente nada. Yo no era más que un turista que se iba en 15 días, sin trabajo, dinero, futuro, ni siquiera licencia de conducción. Me sentía como que no podía opinar. Y si yo no puedo opinar en algo pues mejor no participo.

Con todos estos pensamientos en la cabeza logré incluso olvidarme por un momento del Sr. Inaccesible y pensar en el Laurent que tenía en frente. Tanto fue así que debía regresar a las 3:30 am con el otro y no regresé hasta las 5. Al salir de aquel bar dije que tenía hambre. No era un día en el que hubiese comido mucho. Entonces él sugirió una “poutine”. La poutine es el plato insigne de Montreal. Son como unas papas fritas con salsa grasosa. Las hay desde 3 dólares hasta 40. Yo, contrario a la mayoría de los cubanos que viven en la ciudad, soy fan a la poutine. Me comía una todos los días. Ahora mismo pienso en ella y me vuelvo loco.

De camino a alguna cafetería que abriera las 24 horas, intenté besarlo a la fuerza. Fui gentilmente rechazado, por lo cual no insistí. Así que, sentados en aquel restaurante del Plateau Mont Royal, frente a nuestras poutines (que él pagó) me di cuenta que era la despedida. Ya supuestamente no teníamos nada más que hacer juntos, y para colmo él en dos días se iba para Portugal con el novio y cuando regresaran ya yo estaría en Cuba.

Al terminar, caminamos hasta una calle que nos dejaba a medio camino de la casa de ambos. Bueno, a él de su casa y a mí de casa del otro Laurent. “¿Y si me quedo?”, le dije, muchísimo más calmado. Si algún cubano dice que no ha considerado el quedarse en alguna parte, pues está diciendo mentiras: todos lo hemos hecho. “Quédate”, me dijo casi sin pensarlo. “Hazlo”. Era un “Si te quedas, podré pensar, pero estoy negado a considerar algo por alguien que no estará aquí en dos semanas y me dejará solo con la culpa”. Y ahí le creí que quizás no engañaba al novio. Quizás no era cierto, pero por lo menos ahora sí parecía alguien que lo hacía por primera vez. Le sonreí con cara de “Era solo una idea, no creo que lo haga”.

Entonces pasaron unos anormales en un carro y gritaron al vernos hablando tan cerca: “¡Maricones!” Yo pensé que esos atrasos solo pasaban en Cuba. Pero no, en la Tierra Prometida también pasan. Él puso cara de “Qué vergüenza contigo”. Pero yo, acostumbrado a mi querido país natal, me toqué el paquete y le grité a los cretinos: “¡Ven, chúpamela y verás como a ti también te interesa serlo!” No sabía que podía ser tan vulgar en francés, pero parece que sí. Ellos tocaron el claxon en la distancia.

El pequeño Laurent se rió. “Buena respuesta”, dijo. Yo puse la misma cara de satisfacción y modestia que pongo cuando alguien me dice que le gusta mi blog. “Ahora no puedo dejar de pensar en eso”, dijo riendo. “¿En qué? ¿En chupármela?”, dije, coqueto. Él, por toda respuesta, sonrió. Ahí estaba: el pequeño Laurent de hacía dos días. Yo puse mi mejor cara de “Pues aquí está, un poco más abajo de mi pelvis”. El mismo Raúl de toda la vida. Él se rió y me tocó. Pero no el paquete, sino la mejilla. Se acercó y me dio un beso. En la boca.

“Ten cuidado con ese tipo”, dijo. Fue la primera y última vez que se refirió a su tocayo. “Mañana, si quieres (ahora mismo cierro los ojos y oigo su tono de voz diciendo las palabras “si quieres”) estaré en la azotea de Sky con unos amigos a eso de las 8.”

¿No se suponía que fuera el final? Pues no lo sé. Pero al verlo irse, algo me dijo que no. Uno sabe cuando está hablando con alguien por última vez. Así, mirándolo irse, regresé a casa del Sr. Inaccesible.


Cita nocturna tres

Nuestra tercera cita fue al día siguiente, el martes, aunque bien pudiera considerarse técnicamente como el mismo día ya que nos habíamos separado a las cinco de la mañana. Y si algo podría calificar a esta cita, fue la sorpresa.

Para empezar nunca pensé volverlo a ver. Y especialmente no aquel día. En ese día en que me había despedido del Sr. Inaccesible y su bicicleta roja, había llorado por media cuadra por el Plateau Mont Royal y había comenzado a escribir en aquel Second Cup la primera parte de mis experiencias con Laurent.

Serían las once de la noche y yo estaba en un Amir del Village, a donde había ido a comer algo, después de haberme pasado como cinco horas escribiendo en el Second Cup. Amir es una cadena de comida libanesa. Hay un restaurante en cada cuadra. Cuando terminé de comer, revisé mi correo, casi como un autómata. Había un mensaje, enviado desde el celular del pequeño Laurent unas dos horas antes, que decía: “¿Entonces, no vienes?”

No había olvidado que estaba en Sky, pero nunca había considerado la opción real de ir. Ya en mi cabeza me había despedido de él. Y después de la despedida del Sr. Inaccesible, pues me parecía que no había lugar para otros pensamientos en mi cabeza.

Sin embargo fui. Estaba muy cerca, además. Y así comenzó una cita que en muchos modos bien puede catalogarse de perfecta. Cuando subí a la azotea de Sky ya no quedaba nadie. Solo tres personas. Como era martes, cerraban a eso de las doce. Cuando ya me iba, convencido de que había leído el correo demasiado tarde y considerándolo como una señal de que debía irme a casa, una muchacha me gritó. Borracha, me dijo algo como que estaba enamorada de mí. Yo le sonreí con cara de “Muy bonito todo, pero ahora no necesito esto”. Entonces, cuando ya me iba, el muchacho a su lado, se volteó y me dijo: “Viniste”.

Era Laurent. Se había cortado el pelo y había una sola palabra para describirlo: espectacular. Ahí estaba: alto, peinadito, con una hermosa camisa, una sonrisa en su rostro y oliendo bien. No me di cuenta de lo  mal que me sentía hasta que lo vi. Su visión, completamente inesperada, me deslumbró. “Te pelaste”, dije. “Sí, ¿me queda bien?”. ¿Estaba bromeando? Parecía un modelo. La muchacha borracha le dijo: “Ah, este es a quien esperabas” y sonrió. Yo no supe qué pensar. ¿Les estaba contando a sus amigos sobre mí? No tenía mucho sentido. Y agregó, mirándome y diciéndome en tono de complicidad: “Está loco contigo”.

“¿Estás loco conmigo?”, pregunté sonriente. “Pensé que eso nunca se había puesto en duda”, dijo. Sonreí. “¿Cómo estás?, me preguntó. “No creo que sepa cómo contestar”, dije. Y él hizo lo que tenía que hacer: me acercó la cabeza a su pecho y me abrazó. Sentí que, después de todo lo que había experimentado ese día, aquello era como una especie de curación. Sentí el contacto de su pecho a través de la camisa y pensé que podía quedarme ahí por el resto de mi recuperación.

“Nos vamos a Mado”, dijo, cuando el camarero hizo una señal de que ya debíamos irnos. “No sé si me siento muy…” “No es una propuesta, es una información”, me dijo. Entonces, me tomó por una mano y me sacó de allí. Su mano en mi mano me dio fuerzas. Sentía que cada vez que me tocaba era lo único que me podía hacer olvidar el resto de mi día/vida.

En el camino, con su bicicleta en una mano, me dijo que en realidad no conocía ni a la muchacha ni a su acompañante. Que se había quedado solo esperándome luego que sus amigos se habían ido y ellos estaban allí y se habían conocido. Aquello tenía mucho más sentido. Así que dejé de sentirme culpable y me dediqué, al igual que él, a fingir que éramos novios. No hablamos de absolutamente nada. Solo fingíamos que estábamos en el medio de la nada y nadie nos miraba.

Mado es un bar de transformistas. Uno de los más famosos de toda Canadá y América del Norte. Y ahí estábamos, como novios. De la mano, abrazados, sin despegarnos en ningún momento ni mirar para el lado. Como si estuviésemos solos. Con mi cabeza en su pecho cada vez que podía. Yo me sentía increíblemente tranquilo. Raro, pero tranquilo. Hay que recordar que todavía habría algo de droga en mi organismo.

Después de unas dos horas nos fuimos a un restaurante justo enfrente (donde curiosamente mi ex y yo habíamos desayunado dos días atrás). Al salir de este, buscamos su bicicleta. Entonces, no sé cómo, empezamos a besarnos lujuriosamente en el medio de la calle. Justo en el medio de la Ste. Catherine. No con esa lujuria de la primera cita, sino con esa que viene después que uno se ha sentido mal y usa la carnalidad como medicamento. Una lujuria muy honesta.

Cuando me di cuenta estaba montado en la parte atrás de la bicicleta sintiéndome más feliz que Amélie. Me abrazaba a él y no pensaba en nada. Ni en el Sr. Inaccesible, ni en mi retorno a Cuba, ni en la boda del pequeño Laurent. En nada. Estaba curándome.

Terminamos en el parque de La Fontaine. El mismo del cual había llamado a Laurent la noche anterior cuando no oía que tocaba el timbre. Pero del otro lado completamente, como para no dar ni idea de que estaba en el mismo lugar (es un parque con un lago y todo, así que podrán imaginarse sus dimensiones).

Es un parque maravilloso de noche. Está el lago, colinas de un césped bien cortados, los ruidos de la calle en la distancia y ni la sombra de un ser humano. Unos minutos después era la bicicleta tirada por un lado y dos hombres que retozaban de un lado a otro en el césped.

Entonces vino la policía. La vimos en la distancia cuando estaba por el lago. Era un carro inmenso que se movía por dentro del parque como si fuese un caballo. Nos hicimos los chivos con tontera. Nos separamos un poco y solo nos quedamos uno al lado del otro, como si fuésemos novios vírgenes. Al llegar el carro, pusimos caras inocentes. El policía nos saludó y nos dijo: “Lo siento, a esta hora no están permitidas las personas en el parque”. Obviamente para que la gente no haga lo que el pequeño Laurent y yo estábamos a punto de hacer. Pusimos nuestra mejor cara de ignorancia del asunto, agradecimos y nos fuimos. Todo muy civilizado.

Entonces Laurent sugirió el mismo parque de la otra vez. El famoso parque de por su casa. Ese sí era un parque pequeño y no tenía un policía que lo vigilara. Acepté. Y en nuestros dos kilómetros de camino con la bicicleta en la mano, hice algo que jamás he hecho. Metí una mano en su bolsillo trasero y la dejé ahí el resto del camino. Siempre he criticado a la gente que hace eso en la calle. Es como “Este culo es mío y lo voy a sacar a pasear”. Pero ahora lo hice. Por supuesto, sin las connotaciones vulgares que siempre he criticado. Fue simplemente divertido. Él me miró y sonrió con una cara de “No me toques el culo/tócame el culo”. Así por ocho cuadras.

Al llegar al parque, pude comprobar que no era tan pequeño. Por supuesto, no era como el de La Fontaine, pero así y todo tendría como tres manzanas cuadradas. Después de mucho caminar, llegamos a un estadio en el medio. Uno grande y apagado. Estaba cerrado pero las gradas estaban fuera. Gradas como las de las películas americanas.

Ambos sabíamos lo que íbamos a hacer allí. No lo habíamos hablado, pero lo habíamos planeado. No había necesidad de decir nada, así que nada dijimos cuando nos metimos en la oscuridad de abajo de las gradas. Unos segundos después, estaba la bicicleta recostada a las gradas y dos hombres haciendo de todo debajo de ellas.

Nunca pensé hacerlo con el pequeño Laurent. Al menos no en la tierra debajo de una grada y no en un día en el que me había sentido tan mal. Además no nos estábamos limitando a simples jueguitos. Estábamos haciendo de todo.

Y de pronto, nuestra idílica tercera cita sin problemas, en un segundo voló en pedazos. De pronto paró. Él. Paró y se sentó. Yo me quedé con cara sin saber qué hacer. Tengo que salvar mi honra y decir que no estoy para nada acostumbrado a cosas como esas. 

“¿Qué pasa?”, dije agitado. Él me miró y me dijo: “No creo que pueda hacerlo. Me siento…culpable”. Sentí como si hubiesen hecho un ranking con los 7000 millones de personas que hay en el mundo y yo hubiese quedado en los últimos diez. La brecha que me separaba del pequeño Laurent – nuestras diferencias económicas y sociales – la cual se había acortado tanto en aquella cita y mucho más al tener sexo, estaba de nuevo abierta, y ahora mucho más que antes. Lo sentí tan lejos de mí, tan inaccesible a su manera, tanto como su tocayo a la suya.

“¡No, no, no!” dije yo. “Ahora terminas, si te vas a sentir culpable, pues lo vas a hacer por hacer algo real.” Quizás no fueron las mejores palabras pero repito que no sé muy bien qué decir en casos como este. Pero no había nada que hacer. Ya era demasiado tarde. Para cuando me di cuenta estaba yo sentado en el piso oscuro de abajo de las gradas preguntándome qué había pasado y él estaba justo del otro lado, sentado sobre estas como si mirara un juego de pelota inexistente.

Después de un rato, me senté a su lado y, mirando también al juego de pelota inexistente, le dije calmadamente:” ¿Qué rayos fue eso?”. “No pude hacerlo”, dijo, aún sin mirarme. “Pensé que podía hacerlo, pero no pude”. Parece que sí quedaba alguien fiel en el mundo, después de todo. “Casarme me da miedo”, siguió. “Es como si después… no hubiera nada más”. Y de alguna forma, lo entendí. Lo entendí todo.

Entonces dejamos de mirar al juego inexistente y nos miramos. “Lo siento”, dijo. Yo quise contestar que estaba bien, pero no dije nada. Estaba destrozado. Esto el mismo día que el Sr. Inaccesible era demasiado. Y para colmo justo cuando creía que me estaba recuperando. Demasiado. Lo he contado con nueve meses de diferencia, para evitarles confusiones a ustedes, pero todo ocurrió en los mismos dos días. Demasiado para este pobre turista sin licencia de conducción.

“Vámonos”, dije. Cogimos la bicicleta y caminamos en silencio hasta la calle. Al llegar a esta me paré y lo dije. “Ve y cásate. Ten tus cuatro hijos y tu vida perfecta. Sé feliz. Esta no es la última vez que me verás. Un día te veré de nuevo. Pero no seré el mismo, tendré algo que ofrecerte y haré que te cuestiones tu matrimonio.” Todo dicho de una sola pieza.

Sonrió y me dijo: “¿Es una promesa?”. “Es una promesa”, le dije. Entonces me miró y asintió con la cabeza. Cogió la bicicleta y se fue. Al cruzar la calle me dijo, sin mirar atrás: “Bye”. Yo le respondí igual. Y ese último “bye” me traicionó. Se me rasgó la voz y apenas si llegué a la mitad de la palabra. Él se dio cuenta, se viró e hizo un gesto con la cara que quería decir “Lo siento”. Yo puse otro que quería decir: “Solo vete.”

Cuando empecé a caminar, me forcé a no llorar. Ni un llanto más en el Plateau Mont Royal por ese día. Tuve que hacer grandes esfuerzos, pero lo logré.

Quince minutos después estaba sentado en el parque de la Fontaine. En un banco pegado a la calle en el que se divisaba perfectamente el lago. Ahí, algo más resignado, con esa sensación de quien ya tuvo bastante y el corazón se niega a seguir sufriendo, me puse a pensar en mis últimos días. Tantas pasiones, tantas emociones, tantos Laurents. Sentí como si el día en que me encontré con mi ex hubiese sido muchos años atrás y no solamente hacía tres días.

Entonces me juré regresar algún día a la vida del pequeño Laurent. Con el Sr. Inaccesible quizás no pueda hacer nada, pero con este sí. Algún día un auto se detendrá frente a su puerta y seré yo. Con algo que ofrecer. No sé cómo lo haré, ni cuánto me tomará, ni siquiera sé qué es lo que tendré para ofrecer, pero sé que lo haré. Yo siempre cumplo mis promesas.

Así, con este pensamiento que me permitió volverme a sentir esperanzado por unos momentos, me levanté del banco y con un caminar algo inseguro me perdí en medio de la noche montrealense.


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