miércoles, 4 de mayo de 2011

¿Piensas ya en el amor virtual?


¿Recuerdan aquel libro de nuestras infancias, al que pocos teníamos acceso, pero con cuya existencia nos torturaban nuestros hermanos mayores, titulado “¿Piensas ya en el amor?”? (En realidad debió haberse titulado “¿Piensas ya en el sexo?”, pero obviemos eso en este post.) Las descripciones de cambios corporales por venir y los dibujos de hombres y mujeres en osadas posturas hicieron de aquel pequeño libro reimpreso por la editorial Gente Nueva un bestseller de los años 80.

Desconozco si se sigue publicando y si sigue teniendo el mismo efecto en los adolescentes - aunque lo dudo porque con la era digital ya esos niños han visto muchas cosas - pero de lo que sí estoy seguro es que en caso de que se siga editando, se impone en nuestros tiempos modernos la inclusión de un capítulo dedicado a ese nuevo terreno de acción de Cupido llamado el ciberespacio.

En algún momento se coló en nuestras vidas. Si antes se le preguntaba a una pareja dónde se habían conocido, se oían cosas como “En la cola de un cine”, “En Coppelia”, o incluso “Llamé a un número equivocado y nos quedamos hablando toda la noche”. Ahora no es raro encontrarse con “Nos conocimos en el chat” o “Facebook me la recomendó como amiga”. Y eso está bien: siempre es bueno el aumento de lugares para fomentar el amor. ¿Qué importa si hay películas, helados o botones de “Me gusta” involucrados? Pero atención: si bien el área virtual es especial en muchos sentidos, tiene características intrínsecas que debemos conocer para no caer en sus trampas.

Todo comienza frente a una computadora con conexión. Un día que vamos a hacer un trabajo a la facultad o cuando vamos a revisar el correo a casa de una amiga que tiene Infomed. Muchas veces también frente a tu computadora personal (en el caso de mis lectores allende los mares, por supuesto). A diferencia de los clásicos terrenos del amor anteriormente vistos, para producir un buen efecto inicial en el chat no importa qué zapatos usas o ni siquiera si te lavaste la cara (suena bien, ¿eh? Chat 1 – Coppelia 0).

De pronto alguien (lo llamaremos Andrés82 para los efectos pedagógicos de este post, pero que conste que bien pudiera ser Alina65 o Yuri26) te “pincha” y te sorprende con un cálido “hola” (el 90% de las veces con “h” minúscula). De inmediato - no se engañen, saben que es así - le atribuimos características ideales a Andrés82 con tan solo haber leído una palabra proveniente de su boca (o teclado). Es inteligente, hermoso, atlético, no exageradamente fuerte pero tampoco tan flaco. Tiene los ojos claros y usa el 45 (y todos sabemos lo que eso quiere decir). Usa espejuelos, pero solo para leer y eso lo hace parecer intelectual. Tiene un pasado amoroso, por supuesto (si no lo tuviera fuera raro y patético), pero no es importante. Nada que no pueda superar…contigo. Andrés82, alias EL HOMBRE IDEAL.

Pronto este paisaje se nubla. Andrés82 vive con ocho personas, tiene cita frecuente con el oftalmólogo porque cada día ve menos, y tiene más faltas de ortografía que un profesor emergente (quizás hasta lo sea). Pero así y todo, uno es fuerte - no se engañen, somos optimistas por naturaleza - así que preferimos enfocarnos en lo positivo. Y es que el eufemismo abunda en la Internet. Para empezar, nadie es negro, todos son “mulaticos claros”; los gordos, por su parte, son sustituidos por “ni flacos ni gordos”, y los feos se autodefinen como “de cara especial”. He de decir que yo siempre digo que soy “delgadillo”. A partir de ahora empezaré a decir “flaco”. (Este blog empieza a tener un efecto positivo en mí: bravo).

Y entonces, después de un tiempo de conversación banal en el que Andrés (uy, ya lo estoy tuteando) te habla de su familia, del tiempo y de su pasión por la pintura abstracta, alguno de los dos lanza la inevitable pregunta que cambiará para siempre el curso de vuestra relación: “oye, ¿tienes foto?”. Y entonces, después de un intercambio de ficheros y adjuntos, y un comentario halagador por parte de Andrés82 de lo bien que te ves en tu foto, te encuentras finalmente frente a la tan anhelada imagen del hombre de tus sueños.

Bien, este es un momento incómodo. Andrés82 no es como te lo imaginaste. Y eso que está en una buena foto (porque todos mandamos nuestras mejores fotos; Dios bendiga a las cámaras digitales: borramos las fotos en las que salimos mal, nos quedamos con las buenas y nos creemos que somos así). En ese momento recuerdas cuando dijo que sus amigas le dicen que es bien parecido. ¿Bien parecido a qué? ¿Qué clase de amigas son esas? Preguntas sin respuesta.

Pero después viene el momento en que recuerdas que tú no eres perfecto, que tu soledad es grande y que la calle está mala. A este tipo le gusta la pintura abstracta, ¿cuán malo puede ser? Y de pronto te das cuenta que a su: “¿Qué te pareció la foto? Si no te gusta me lo dices” le respondes con “Eres exactamente como te imaginaba”. Eso - no se engañen - es una mentira con todas las de la ley.

Y de pronto deciden conocerse; él está cerca de ti, en el mismo Vedado (si estuviese bueno estuviera en Matanzas). Pero no Andrés82, él está ahí mismo, así que deciden no postergar más el momento de conocerse y quedan en un punto, generalmente a una distancia intermedia entre ambos y con un cine, un parque o un Ditú referencial cerca. Esperas impaciente, preguntándote si estarás bien vestido o si tu pelo está despeinado, cuando de pronto ves a Andrés82 aparecer. Tiene 1.52 de estatura, ¡¡¡¿cómo pudo olvidar mencionarlo?!!! Y es aún peor que en la foto porque estuvo todo el día en el trabajo y está sudado. De pronto, no te interesa tu ropa ni tu pelo; te sientes Brad Pitt. Un Brad Pitt acosado por Juana Bacallao.

“Es hora de que esto termine”, te dices. Pero te han educado bien y sabes que no puedes lanzarlo así de sopetón. Entonces se sientan en un banco y tú rezas en secreto para que ningún conocido pase por allí. Hablan de temas banales como su familia, el tiempo, su pasión por la pintura abstracta. ¡A la mierda con la pintura abstracta, ella es la culpable de que hayas aceptado estar ahí con ese pitufo! Finalmente, miras el reloj y dices que tu tía te está esperando, que tu gata no ha comido y que tienes mucho por traducir. Él, acostumbrado, asiente con la cabeza y te dice que fue un placer conocerte.

En ese momento no puedes evitar sentir algo de ternura por Andrés82. Después de todo, él no es malo. Y no es su culpa si está lejos de ser perfecto físicamente. Probablemente tenga valores muchísimo más importantes. Y recuerdas cuando tú mismo fuiste el Andrés82 de alguien que consideraba que estaba mejor que tú y te dijo las mismas frases que tú le acabas de decir a este. Y piensas en tu última pareja, y en como con él el factor físico nunca fue importante porque había algo más. Y te sientes mal, y solo, y patético. Es porque desconocías las reglas del amor virtual y hubieras querido que un maldito libro te las hubiese enseñado en la adolescencia. Pero no fue así.

Claro que no siempre es igual. Imagino que haya quien se case y viva muchos años con alguien a quien conoció en la red. Bien por ellos. Me gusta pensar que habrá niñitos que anden diciendo con alegría que sus padres se enamoraron en el ciberespacio y vivieron felices para siempre.

Pero esos nunca seremos nosotros (o por lo menos yo). Así que, después de habernos pasado algunos días evadiendo las computadoras para olvidar el suceso, volvemos un día a nuestra facultad, o a la casa de una amiga que tiene Infomed, y después de terminar el trabajo o revisar el correo, abrimos casi sin darnos cuenta el chat y esperamos pacientemente a que alguien nos diga “hola” con “h” minúscula para pensar por un minuto - no intenten engañarse - que encontramos finalmente a la persona ideal. Y entonces, todo comienza de nuevo.

martes, 3 de mayo de 2011

De cómo comenzó todo, de los blogs y de cómo “estúpido” quiere decir precisamente lo contrario


Supongo que todo comenzó aquella tarde de hace más de 20 años en que nos reunieron a todos los estudiantes de Ciudad Libertad interesados en las artes, que teníamos nuestra cita semanal los viernes a las 4:20, y nos comunicaron que ese día no daríamos clases de nuestra manifestación correspondiente porque había un concurso de escritura en el que todos debíamos participar. Como había tantos niños hubo que escribir tirados en el piso, habiéndonos dado el excesivo plazo de una hora y no más de una hoja a nuestra disposición. A los que practicábamos teatro nos pusieron en una esquina del lugar, cerca de las bailarinas y los pintores. Los de redacción estaban en el piso de arriba, probablemente sentados en sillas y supervisados por su profesora habitual. Mis queridos amigos del teatro, hoy vagos comunes de Marianao, no hicieron absolutamente nada, por supuesto, salvo poner su nombre y quizás algo como “había una vez”. Yo, estudiante cumplidor y responsable, escribí la historia de un niño desorganizado que de pronto aprendía la importancia de ser consecuente con el mundo que lo rodeaba. Por supuesto, no usé la palabra “consecuente” en esa ocasión.

Y un mes después, o quizás más, en otra ceremonial congregación de viernes por la tarde, anunciaron que el ganador a nivel municipal del obligatorio concurso de escritura no era otro que yo. Recuerdo mi emoción al oír mi nombre seguido del apellido de mi papá y el de mi mamá. Quizás los que me conozcan no me crean pero yo era un niño muy modesto y no siempre tan seguro de sus acciones. Así que salí adelante con mi pañoleta sucia (era viernes por la tarde) y mi distintiva hilera de dientes al aire a recoger mi premio. Me dieron muchos regalos (pequeños, pero muchos) y los compartí - lo digo en serio - con todos mis amigos del taller de teatro, quienes estaban aún más felices que yo. Hay que precisar que aunque futuros desempleados eran muy buenos niños.  Ese fue un buen día.

Quisiera decirles que este fue el inicio de una hermosa historia entre la literatura y yo, pero no: fue la única incursión de mi vida en este género, al que sin embargo considero como la más grande de las artes. Me fui para otros lados, me diluí, consideré que tenía talento para otras cosas y el escribir lo dejé reservado para otros. Lector sí (de absolutamente todo), pero escritor no. Algunos monólogos escribí después, cuando me creí actor, y en la universidad redacté más de un buen reporte en francés o inglés. Pero eso fue todo, nada que no fuera para ganar aplausos o sacar un 5.

Y llegó la era de los blogs. En algún momento de nuestras vidas el escribir un blog se convirtió en uno de los deberes básicos del ser humano, junto a casarse con una buena mujer, no robar, y trabajar. Todo el mundo parece tener uno. Según Wikipedia hay actualmente 156 millones de blogs activos en el mundo. Esos son muchos blogs. Así que me dije, después de leer algunos de los de mis amigos y explorar un poco por aquí y por allá, que por qué no. Puedo juntar mi buen humor, mi mal carácter y mi ausencia de faltas ortográficas y hacer uno.

Pero ¿sobre qué sería mi blog? Fue eso lo que me detuvo tantos meses. ¿Idiomas? ¿Cine? ¿Sexo? ¿Yo mismo? Innumerabilidad de temas me interesan, eso es seguro. Finalmente la respuesta me vino sola hace cuatro días: de lo que me dé la gana. Así que no hay reglas. Escribiré lo que quiera, de la forma que quiera, cuando quiera y donde quiera. En realidad, creo que todos los blogs son así, pero me veo en la necesidad conmigo mismo de ponerlo por escrito.

Quizás el nombrarlo “estúpido” sea una técnica de mi subconsciente para no darle la importancia requerida y de esta forma poder hacerlo en cantidades industriales, sin preocuparme tanto por el producto final. El perfeccionismo es uno de mis mayores defectos, que me lleva a postergar las cosas y a ser un finalista nato, así que a combatirlo: mucha escritura y poco cuidado de cómo se hace.

Es oficial: el niño de hace más de 20 años ha vuelto. Ahora sentado en una computadora, un poco más cínico, con dos idiomas más y muchas más historias por contar acerca de niños desorganizados que súbitamente descubren la necesidad de ser consecuentes con el mundo que los rodea. No espero ganar ningún premio ahora (como no lo esperaba aquella vez) y ni siquiera espero que lo lean (aunque me gustaría). Prometo ser yo mismo y no traicionarme jamás para ganar algún que otro lector. Quiero desempolvar mis neuronas escritoras y darme cuenta que el plasmar por escrito lo que uno piensa te lleva inevitablemente a reafirmarlo.

He escrito esto y ya me siento convencido de seguir haciéndolo. Quizás el blog sea uno de los deberes básicos del ser humano que yo sí pueda cumplir (ya que los otros…), quizás me ayude a quitarme un poco el cinismo (aunque no tanto) y quizás pueda hacer reír, emocionar o reflexionar a los que lo lean, y de esta forma lograr que, al final, este escribir no sea tan estúpido.


PD: Dedico este post inicial a todos mis amigos del taller de teatro de hace 20 años, a quienes nunca más vi, y a quienes descubrí, escribiendo esto, cuánto aprecio les tuve.


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