lunes, 22 de octubre de 2012

La importancia de llamarse Raúl Reyes Mancebo


Si se le pidiera a aquellos de ustedes que no me conocen en la vida real que me asociaran con una manifestación artística, lógicamente todos lo harían con la escritura. Pero a aquellos que me conocen - aún los que no me conozcan muy bien - si se les hiciera la misma pregunta, una gran parte respondería otra cosa. Si la misma pregunta se les hubiera hecho hace seis años, esa “otra cosa” hubiese sido la única respuesta posible: ¿Raúl? ¡Pues actor!

Pues sí, a pesar de que no me gusta decir que lo soy - no por modestia, sino por razones que explicaré más tarde - lo cierto es que creo que soy actor. O al menos que lo fui. Mejor aún: que lo he sido toda la vida y no creo que deje de serlo. Pero vayamos en orden cronológico para ver si yo mismo me entiendo porque el tema de la actuación es uno de los que más me cuesta ver nítidamente en mi vida.

Yo he sido carismático siempre. Me dio por ocultarlo mucho tiempo pero carismático siempre he sido. Y a la hora de hacer chistes, imitar voces y poner caras, no busque a nadie más. Siempre he sabido, intuitivamente, cómo hacer una historia sin revelar nada que no se deba saber antes de tiempo a la misma vez que voy poniendo datos sutilmente en la mente de los demás para llegar a ese momento mágico que toda historia debe tener y en la que todo coge un sentido. Mi capacidad de imitación es increíble, razón por la cual siempre he sido bueno en las lenguas extranjeras, reproduciendo acentos de dónde sea y burlándome de la gente que se lo merece. También, lo que eso nadie lo sabe porque es un secreto bien guardado por mí, soy increíblemente sutil y poco expresivo cuando hay que serlo. Pero eso me lo guardo para la vida real en donde muchas veces uno tiene que fingir que es un ser humano común. Resumiendo: talento inicial siempre ha habido.

En primer grado hice las pruebas para el círculo de interés de cerámica y como desaprobé me fui al de teatro. Lo mismo pasó en segundo, tercero y cuarto, y para cuando finalmente aprobé la prueba de cerámica en quinto grado después de tantos intentos fallidos, a las tres semanas no quise ir más y regresé ilegalmente al de teatro. Un día vi al profesor de cerámica - un negro grande e impresionante de bata blanca con pinceles en los bolsillos - en la distancia y me escondí detrás de un árbol. Cuando pensé que ya se había ido saqué la cabeza para descubrir horrorizado que estaba parado mirando en mi dirección. Ahí demostré mis nervios de acero y capacidad de improvisación, y en vez de intentar esconderme de nuevo, sonreí, saqué una mano para saludarlo y grité: “¿Cómo está, profe?” como si estar mirando desde detrás de un árbol fuese la cosa más natural del mundo. Él cruzó las manos como diciendo: “Una explicación ahora”. Yo saqué el resto del cuerpo y avancé hasta él con una sonrisa de oreja a oreja como si saliera de la puerta de mi casa para saludar a mi profesor, al que había visto por la ventana. Al llegar le dije, sin que él preguntara, que no había ido los últimos viernes porque tenía tuberculosis (juro que quise decir “neumonía”).  Él me miró con sus brazos cruzados y una cara de “¿De veras? No me hagas reír”. Yo tosí un poquito pero siguió con la misma cara. Hasta que cambié la voz lisonjera, dejé de sonreír y de toser, y confesé: “Yo creo que yo sirvo más para el teatro”. Entonces el negro impresionante sonrió de buena fe, me puso una mano en el hombro y me dijo: “Yo también lo creo”.

En la primaria y la secundaria actué en varios matutinos de esos que tenían la función de burlarse de la novela brasileña del momento y siempre empezaba siendo un personaje pequeño y después de dos ensayos terminaba siendo el principal. Supongo que, como dice mi amiga Catia, a los demás les cuesta demasiado brillar a mi lado. Como resultado, en la primaria me decían Nonó Correira y en la secundaria Toño Dalúa.

Yo siempre supe que sería buen actor, pero como muchos homosexuales decidí esconder todo tipo de talento para esconder también otras cosas. Qué crimen el no asumirse a tiempo, el no mandarlo todo al carajo rápido, el no inmortalizar nuestras pajarerías con acciones que escandalicen a los demás. Qué crimen el intentar que los demás nos acepten cuando ni nosotros mismos nos aceptamos. Pero, por suerte, hay quien cambia en cuanto empieza a conocer la libertad.  Así que en cuanto vi a un hombre encuero en una cama por primera vez en la vida real, empecé a quitarme los complejos uno por uno. Pero tal importante evento no se produjo hasta que cumplí los 19 años, lo cual en el mundo del teatro, con tanto adolescente que se llama actor, es algo tarde.

Incluso mi primer novio, que no solo fue el primero al que vi encuero en una cama sino que fue la única persona que me conoció realmente bien en los primeros 20 años de mi vida (Sé que estás leyendo esto así que hínchate del orgullo y por supuesto que te prohíbo dejar algún comentario público), me dijo un día - yo siempre hablaba de que quería ser actor - que no creía que yo sería un buen actor porque era demasiado inteligente. Yo siempre he discrepado con esa teoría, pero la opinión de él siempre pesó en mi vida, así que una de mis tareas fundamentales fue probar que se equivocaba. El día que me vio actuar por primera vez, años después, gritó a todo el que pudiera oírlo (todavía lo hace) que se había equivocado completamente y que los buenos actores - o al menos yo - sí podían ser inteligentes.

Pues cuando tenía 20 años, ya sin novio y con la mitad de los complejos lanzados a la basura, después de un año de la siempre liberadora universidad, me dije que el momento había llegado. Así que me anoté en un curso de actuación en la UNEAC. Y en aquel curso de verano de dos meses en el que no nos enseñaron absolutamente nada, yo, sin embargo, aprendí algo importantísimo: yo soy un actor. Uno real. Ahí me di cuenta del verdadero potencial que tenía en materia de técnica (memoria, uso de la voz, control de las emociones) además de la amplia capacidad de atraer a los demás, lo cual en un actor es importantísimo. Pueden preguntarle a los otros 50 estudiantes del curso, que siempre que me ven me preguntan si ya estoy en Broadway.

Una vez finalizado el curso de verano me dije que había que hacer algo con tanto talento. Y fue ahí donde comenzaron mis primeros problemas con el teatro, los cuales no terminarían, lamentablemente, jamás. El mundo del teatro, señores, no dejen que nadie los engañe, es una jungla. Una jungla llena de gente vacua, simple, bruta y poco talentosa. Y, por sobre todas las cosas, mala. Muy mala. Y se los está diciendo uno que es de los mejores preparados para sobrevivir en ella. Yo nunca dudé en fajarme con la gente, decirles las verdades a los demás, burlarme de la brujería y darle besos en escena a gente a la que no le hablaba fuera de ella. Y si nunca me acosté con nadie por un papel fue porque yo siempre obtuve los papeles que quería sin necesidad de ello, si no quizás me lo habría cuestionado. Y esta dinámica se repitió siempre en todos los niveles por los que pasé. Teatro de casa de cultura, teatro universitario, teatro profesional… Pero no nos adelantemos a la historia.

Pues en la casa de cultura de Plaza, donde habita el mal en su esencia más mediocre, comenzaron mis primeros encontronazos y decepciones, al punto de cuestionarme si yo en realidad quería tener aquel “hobby”. Debemos recordar que yo era estudiante en la universidad de otra cosa distinta, así que el teatro siempre fue para mí un pasatiempo y jamás me cuestioné en mi cabeza el cambiarle esa categoría. No daré detalles de las miserias humanas de aquel lugar porque la gente mala no debe ser tan recordada. Solo decir que después de seis meses, y luego de dos grupos de teatro mediocres e igual número de mandadera para la pinga a sus respectivos directores (nada de sutilidades: lo hice en alta voz, alto y claro), y justo cuando ya salía por la puerta dispuesto a jamás regresar a aquel antro, me encontré por error, casi escondido en una esquina, el único lugar en el que me enseñarían algo de actuación en mi vida.

El taller de los viernes de César Montero (si alguien lo ve algún día dígale sin pena que yo siempre hablaré bien de él) fue lo mejor que me pudo haber pasado. César, médico con un conocimiento de teatro impresionante, maniático y obsesivo como todo buen artista, amigo en lo personal ya que tenemos “defectos” en común, me invitó a su taller de teatro al oír de mi despedida por todo lo grande de los otros grupos. La gente de allí era ideal para mí. Todos tendrían mi edad y algunos hasta mucho más, habían dado dos y tres vueltas por el mundo, tenían hijos y muchísimo sexo con muchísimas personas y no caían en tonterías de estereotipos a la hora de buscar un sentimiento. Gente adulta. No los niños estúpidos, hijos de otros actores estúpidos, de los otros grupos. Justo lo que yo necesitaba. Allí nadie era hijo de nadie y todo el mundo estaba dispuesto a revolcarse por el piso en busca de una emoción.

Así, cada viernes a las 10 de la noche, salíamos de aquel lugar con la sensación de haber corrido una maratón. Reíamos, llorábamos, nos dábamos golpes, bailábamos, gritábamos nuestros más secretos complejos a viva voz para reírnos - o llorar - luego con ellos. Preparación de la buena. No duró más de cuatro meses - ya que yo había perdido otros seis con los otros subnormales - pero no hubo falta. Crecí muchísimo en términos de sensibilidad dramática gracias a aquel taller de actuación de César Montero.

Y, finalmente, llegó la hora de ponerlo en práctica. Por mucho que uno se prepare fuera de él, uno se hace actor solamente encima de un escenario. Y esta oportunidad me la dio la universidad. Pues la Facultad debía presentar algo en el Festival de Cultura y Emilio y algunos otros (yo no conocía a Emilio antes de eso) fundamos el grupo de la FLEX, “The Rejected” (porque no nos aceptaban en ninguna parte y siempre nos ponían de últimos) e intentamos representar una obra de género detectivesco noir/humor, magistralmente escrita por el propio Emilio, donde yo interpretaba a “El malo”. Pero lamentablemente las capacidades histriónicas de los otros “rejected” no eran muy buenas y además ni siquiera ensayábamos. Así que dos días antes de presentar la obra en la clasificación para el Festival, decidí crear un monólogo para garantizar que la FLEX tuviera algo más que la representara y, por supuesto, para destacarme algo más.

Así fue como creé en 48 horas una pequeña joyita de 8 minutos que yo mismo escribí y a la que siempre recordaré con orgullo y cariño, llamada “Historia de Madera”, en la que un muñeco del mismo material, cual Pinocho, intentaba buscar un corazón. Contrario a lo que puedan pensar, aquello no era para niños (ya me conocen) y lo que parecía algo muy tierno en teoría, terminaba siendo una desgarradora (y tierna) historia de incomprensión e intolerancia. Yo hacía todos los personajes y no hubo una sola persona a la que no le gustara. No fueron muchos espectadores, es cierto, pero a todos les gustó y eso es lo que cuenta. Cada vez que alguien me dice que estaba ahí ese día me trae muy buenos recuerdos, no solo porque fue mi debut, sino porque fue algo íntimo y bien logrado. La obra de “The Rejected”, como era de esperar, no clasificó, pero eso no quiere decir que no nos hayamos divertido como orates haciéndola (recordar cuando mi personaje tuvo que morir en escena y no tuve más opción, por lo pequeño del lugar, que caer muerto encima de Ray, cuyo personaje había matado yo mismo un segundo antes. Ray, que es el triple mío, se reía porque todo el mundo no paraba de reír al verme tirado sobre él y yo subía y bajaba encima de Ray desafiando toda ley de la gravedad. Hilarante). “Historia de madera”, por supuesto, sí clasificó.

Y en el Festival de la Universidad, que vino después, gané dos premios para la FLEX (en una época en la que nadie lo hacía) en unipersonal y guion. Pero, cosa rara, no gané ninguno de los premios de actuación. Así y todo estaba bien para una obra creada en dos días y que casi nadie vio, y para haber sido mi debut en las tablas. Pero - yo soy extremadamente ambicioso - ese mismo día, con los premios en la mano, decidí que al año siguiente todo el mundo del arte de la universidad conocería a Raúl Reyes Mancebo.

Y vaya si lo logré. Decidí que lo primero que había que hacer era cambiar de estrategia y unirme a un grupo (ya que con “The Rejected” obviamente no se podía contar). Fue así como me uní al grupo de teatro de la Facultad de Economía, el cual no había tenido un muy buen año la temporada anterior. ¿Ustedes han visto esas películas en la que los perdedores se unen y terminan ganando el campeonato? Pues esa es la historia de Ekos Teatro y “La importancia de llamarse Ernesto” en 2005. En algún lugar de este mundo, todos los que tuvimos que ver con aquel proyecto seremos siempre recordados por haber hecho una obra de teatro compleja de una manera visionaria, entretenida e inteligente.

Y mi personaje -  todo el que lo vio lo dirá, así que no hay ninguna necesidad de ser falsamente modesto a estas alturas - fue la guinda de un pastel que ya de por sí era bastante bueno. Yo interpreté, nada más y nada menos, que a Lady Bracknell. Que me disculpe todo el que ha hecho ese personaje (y eso incluye a Judi Dench) pero Oscar Wilde escribió ese personaje para mí. Así y todo todavía me pregunto cómo acepté hacerlo. Jamás he sido de la clase de gay que quiere lucir como mujer. Para nada. Y tengo problemas de imagen, como todo el mundo. Y orgulloso desde chiquitico: si voy a parecer una caricatura pues no hago nada. Y mucho menos a alguien tan sofisticado, cínico y brillante como Lady Bracknell. Pero lo hice. Y lo hice de la misma forma que años después comencé mi blog, de la misma forma que hago ahora otros proyectos, de la misma forma, quizás, en que vivo mi vida: a mi manera. Sin preguntarle nada a nadie, sin respetar ninguna ley que otro inventó antes de mí y sin tomar el consejo de nadie. No tanto por soberbia, sino por esa necesidad que tiene un artista de explorar lo que tiene por dentro y que no se parece a lo de los demás. Y resultó. Miren que yo estoy orgulloso de cosas en mi vida, pero Lady Bracknell está, y siempre estará, entre las primeras. Y desde su altura, Wilde me hace un guiño con el ojo.

Así fue como el día en que se estrenó “La importancia de llamarse Ernesto” en la sala Talia es el día que me llevó a la tumba cuando muera. Si bien dos minutos antes de que comenzara la obra nadie sabía si todo aquel texto, aquellas variaciones, aquellas actuaciones, podrían gustar (el éxito y el fracaso son separados por una línea muy delgada), lo cierto es que dos horas después cuando decíamos el “la importancia de llamarse Ernesto” final, todos sabíamos que aquello era toda una victoria. Y mi aplauso me lo llevo conmigo a donde quiera que vaya. Nunca me he emocionado tanto (nadie se dio cuenta: actor desde el inicio hasta el fin) pero me entró un escalofrío por los pies y me recorrió todo el cuerpo hasta la cabeza mientras miraba la luz que me daba en la cara y oía los aplausos y los “Bravos” como si estuvieran muy lejos. Siete años después todavía guardo esa emoción como si fuese ayer.

Y ese fue solo el inicio. Por supuesto que ganamos todos los premios en el Festival de la Universidad (y en el que venía más arriba que unía a todas las universidades de la Habana). Desde popularidad hasta vestuario. Y, por supuesto, el premio de actuación masculina que me debían y que nadie le iba a quitar a Lady Bracknell. Pero no solo eso: cada vez que hacíamos la obra había más gente e incluso hicimos una pequeña temporada en el Guiñol con bastante público. Mi personaje siguió haciendo de las suyas, me pasé el año ganando premios (de papel, pero premios) que ni siquiera sabía de dónde venían, y gente desconocida se acercaba a mí en la calle y me repetían mis parlamentos como si yo no me los supiera. Por supuesto, esa fama era a nivel universitario y quizás un poco más, no a nivel mundial, pero el alma de estrella que llevo dentro no podía estar más satisfecha.

Pero, como ya advertí antes, el mundo del teatro me ha jugado siempre malas pasadas. Así fue como, cuando ensayábamos para irnos a hacer la obra por algunas provincias (algo muy raro para el teatro universitario) ocurrió la desgracia. Yo siempre he sido una estrella. Y la misión fundamental de una estrella de teatro es fajarse con el director de la compañía todo el tiempo, papel que yo, magistralmente, cumplía al dedillo. Llegaba tarde a los ensayos todo el tiempo, el director y yo nos gritábamos de una esquina a otra del teatro frente a gente que no nos conocía y frente al resto de los actores que no tenían dónde meterse cuando aquello comenzaba y decía que no a cuanto cambio intentaban hacerle a mi personaje. Reciprocaba asistiendo a todos los ensayos (aunque llegara tarde), doblando impecablemente al resto de los actores cuando ellos faltaban y, una vez las luces encendidas y la obra en marcha, siendo perfecto para que todo el mundo felicitara al director. Es así cómo funciona una relación de reciprocidad en el teatro. Por eso fue tan extraño, y sin embargo tan lamentablemente real, que tuviera que irme de Ekos Teatro en medio de mi fama, por una pelea que no era mía.

En efecto, un día, sin previo aviso, mi novio, que era uno de los protagonistas de la obra, y el director, empezaron a darse gritos por una tontería. La gente simple no tiene derecho a fajarse pero obviamente estaba sucediendo. Y como se amenazaron con entrarse a golpes y todo, yo, que no dejo ni dejaré nunca que nadie le grite a los míos, me vi en la necesidad de intervenir. Y ahí la pelea sí que se puso horrible (recuerden que soy una estrella) y terminó conmigo cogiendo a mi novio por una mano y saliendo de allí para siempre.

Y así fue como me jodieron a mí. Mi novio hacía mucho que quería irse de la obra porque el éxito de todo el mundo menos de él lo aplastaba demasiado (el mío en particular lo laceraba profundamente) e incluso estaba en otro grupo ya (el de César Montero, curiosamente). Por el otro lado, si bien sé que al director y al resto del grupo les afectó mi ausencia (la de mi novio se podía llenar) lo cierto es que se buscaron a alguien más y siguieron haciendo la obra sin mí. Y yo me quedé en la calle. La estrella. Mientras alguien hacía mi Lady Bracknell. La que yo llené de gags y efectos. La que Oscar Wilde escribió pensando en mí. Escribiendo esto me doy cuenta de las mierdas que yo he tenido que afrontar en mi existencia.

Unos meses después mi novio me dejó por otro hombre. Sí, señores: así funciona la vida. Como si uno pudiera quedarse más vacío. Para colmo comencé con unos parásitos (cuando uno tiene las defensas bajas todo lo coge) que me tenían tirado en el piso todo el tiempo contorsionándome del dolor. Pero en medio de todo aquello me demostré a mí mismo, como diría mi amigo Adolfito, la verdadera importancia de llamarse Raúl Reyes Mancebo. Primero, volví a Ekos Teatro. Le dije al director entrando por la puerta: “Ni te voy a pedir disculpas ni las quiero de ti. Yo te hago falta y ustedes a mí. Te garantizo que no habrá peleas esta vez y que seré tan bueno en escena como siempre”. Ese año gané de nuevo el premio de actuación por interpretar al súper carismático Marcio, rey de los sabinos.

Pero más que nada me lo demostré por un monólogo que yo mismo escribí y que, junto a “Historia de Madera”, son el inicio de mi literatura personal. Una literatura que quizás parta del dolor pero que llega a otros lugares y hace que uno (o al menos yo) olvide su origen y se deje llevar por el producto final. La magia del arte, creo que lo llaman. Fue así como adapté un cuento de Gabriel García Márquez llamado “El ahogado más hermoso del mundo”. Un cuento maravilloso de dos hojas en el que nadie hablaba y que yo convertí en un monólogo con seis personajes que hablaban durante una  hora y media. Todo estaba ahí: mi éxito venido abajo, mis decepciones de los demás, mi compleja personalidad. Todo puesto en la boca de seis personas aparentemente muy diferentes a mí. Puesta en la boca de personajes reales y maravillosos que yo mismo inventé como homenaje a uno de mis autores favoritos y a mí mismo. Definitivamente el origen de mi literatura.

El día que lo interpreté por primera vez (solo lo hice dos veces) pensé que todo iba a salir mal. Jamás lo había ensayado a causa de los dolores, no me sabía bien el texto (¡una hora y media hablando yo solo!) y ni siquiera se lo había dicho a mucha gente. Pero fue un éxito. Lo suplí todo con verdadera personalidad, carisma y profesionalidad. Y más que nada: pasión. Yo soy otra persona cuando actúo. Una que no se acordó de sus problemas ni dolores, y se dedicó a brincar, saltar, y hacer reír y llorar a todo el que estaba ahí, los cuales no dudaron en pararse y gritar “Bravo” como casi siempre que me paré en un escenario. Pero esta vez, por razones de profundo compromiso conmigo mismo, me gustó más. Fue como si hasta hacía un año hubiese sido un niño talentoso y ahora era un verdadero adulto. Uno que había transformado lo malo en aplausos.

Y con el buen sabor que me dejó “El ahogado más hermoso del mundo” me despedí del teatro universitario. Tan solo en mi tercera temporada. Llegó un momento en que estaba fajado con todo el mundo (con nadie en Ekos Teatro, los cuales siempre fueron fabulosos, pero con el resto del mundillo universitario sí) y la cosa se iba haciendo insostenible. Así fue como me retiré, aunque comencé a ser el presentador de los festivales de la FLEX, donde hice y deshice como me dio la gana y así me hice famoso en mi propia facultad que, al sufrir de fatalismo geográfico y estar muy lejos de la universidad, nunca me había conocido en mis días de esplendor actoral. Sin embargo, la causa fundamental de mi abandono del teatro universitario fue mi entrada en ese mismo 2006, al teatro profesional. Y nada más y nada menos que al Buendía.

Intentaré ser lo más breve que pueda hablando sobre mi paso por el teatro profesional ya que la recuerdo como una de las peores etapas de mi vida. Cuando llegué (el mismo director de siempre era uno de los asistentes del Buendía y tuvo la oportunidad de dirigir una obra a ese nivel y me incluyó a mí ya que yo siempre lo había hecho quedar bien) supe que aquel era el momento. Yo, quien me había demorado 20 años en comenzar en la actuación por complejos y vagancia, tan solo tres años después entraba por la puerta grande - gracias solamente a mi talento - en uno de los mejores grupos de Cuba, dándome incluso el lujo de ser estudiante de otra cosa y sin esforzarme mucho. De ahí a hacer una película (televisión jamás a no ser que sea una serie de HBO) y ganar un Oscar era solo cuestión de tiempo. El verdadero triunfo del talento por encima de todo.

Pero, lamentablemente, no fue así. Y ni siquiera sé muy bien qué fue lo que pasó. Primero fue la calidad de la obra, la cual nunca me gustó. Ser el protagonista de una obra de dos horas que no te gusta puede ser muy peligroso. Pero siempre confié en que, una vez estrenada, con la magia del público, todo se solucionaría. Como cuando “El ahogado más hermoso del mundo”. Pero allí no mandaba yo, sino otra gente, y como le ponían la etiqueta de “profesional” a todo aquello (no lo era en el sentido estricto, créanme) ninguno de mis éxitos o experiencia pasada contaba. Total, si lo hubiera hecho a mi manera, habría salido muchísimo mejor. Pero…

Lo peor de todo eran los ensayos. Ensayábamos seis días a la semana, cinco de ellos desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche (porque yo tenía que ir a la universidad de día), lo cual nos laceraba profundamente a todos. Los problemas cada día eran mayores (mi relación con el director siempre fue mala y a pesar de que discutíamos menos puedo garantizar que nos odiábamos más) y el tiempo pasaba y pasaba sin estrenar. Empezamos en agosto con probable fecha de estreno en octubre, pero luego hubo que cambiarla para febrero del año siguiente (¡!) y al final se estrenó en abril. Casi un año ensayando a ese ritmo nos dejó trastornados a todos. Para colmo, casi suspendo japonés en la universidad (¿yo suspendiendo algo?) y estaba extremadamente molesto porque no tenía ni tiempo para tener sexo (¿yo sin tener sexo?). Y ni pensar en una relación seria porque no tenía ni tiempo para conocer a nadie cuando todo era casa-universidad-teatro-casa.

O sea, me sentía mal todo el tiempo. Y solo había un culpable: el teatro. Cuando se estrenó la obra fue aún peor. A nadie le gustó. Si bien no lo dijeron (Ray sí porque es mi hermano) yo lo sentí. De todas formas, al igual que con el éxito, yo nunca he necesitado que nadie me diga que lo que estoy haciendo es una mierda para saberlo. No era por mí y todos lo sabíamos pero al final era lo mismo. Para colmo, tres funciones después del estreno, se cayó el techo del Buendía y tuvimos que empezar a hacer la obra en el patio, con cada día menos y menos público. Pensar en hacer una obra de máscaras durante dos horas tres veces por semana al aire libre y para tan solo 8 personas es lacerante. Sobre todo para una estrella como yo que necesita que le griten “Bravo” y se queden con la boca abierta cuando lo vean actuar.

Y así fue como un día, casi por casualidad, me encontré a un hombre que me gustó mucho. Es increíble cómo los tres hombres más importantes de mi vida han aparecido por primera vez juntos en un post (o al menos los tres con los que más tiempo he perdido, lo cual no siempre es lo mismo). Y esa sí fue la muerte del teatro para mí. Me escapaba para no ir a ensayar y quedarme teniendo sexo, él me esperaba a la salida de los ensayos y durante la obra iba y nos ayudaba detrás del escenario (el resto de las actrices lo adoraban) donde teníamos sexo en los breves momentos en que yo no estaba en escena (hacía lo mismo con el otro en “La importancia de llamarse Ernesto”, evidentemente actuar me pone caliente). Resumiendo: mi vida dejaba detrás los días oscuros.

Y así fue como abandoné el teatro. Al finalizar la temporada con la obra me dije que me daría un año de receso (hasta graduarme), luego me buscaría un trabajo que no me robara mucho tiempo y volvería a las tablas. Después de todo solo tenía 24 años; tenía tiempo todavía para demostrarle al mundo la verdadera importancia de llamarse Raúl Reyes Mancebo.

Pero no lo hice. Nunca regresé. Sí, amigos: he necesitado de ocho páginas para contarles uno de los mayores traumas de mi vida.

Mi última función la hice bien. De hecho, fui perfecto. La hice como siempre hubiera querido hacer la obra desde el inicio. Quizás algo me decía que sería la última vez en mucho tiempo que actuaría. Para colmo, había hasta bastante público. Recuerdo que yo no podía decir ni una sola palabra en la vida real porque estaba ronco pero en la obra nadie se dio cuenta. Cuando uno actúa uno no es uno mismo y se sobrepone a lo que sea. No hubo “Bravos” ni bocas abiertas, pero estuvo bien. No fue el día de mi debut en el teatro con “Historia de Madera”, no fue para nada como mis días de gloria con Lady Bracknell, no fue como el día en que mis dolores se convirtieron en “Bravos” con “El ahogado más hermoso del mundo”, pero estuvo bien.

Y así, calmada y tranquilamente, para irme a tener sexo y estudiar japonés, dejé la actuación. Siempre pensé que me iría dando gritos y fajado con todo el mundo pero no: fue tranquilo, lo cual, de cierta manera y visto en la distancia, lo hace muchísimo más doloroso.

Las causas por las cuales nunca regresé las desconozco. O quizás sí me las sé pero no sean de suficiente peso. Por una parte, yo me siento estrella al mismo tiempo que soy un perfecto desconocido. Peligrosa combinación. No puedo ir y decir que me den el mejor protagónico del mundo pero al mismo tiempo no tengo ganas ni voluntad de regresar a las capas inferiores y empezar de nuevo desde cero. Por otra parte, el teatro está muerto en Cuba y cualquiera que diga lo contrario es porque adolece de buenos referentes teatrales. No hay pasión, no hay calidad, no hay guiones, no hay nada. ¿Buenas actuaciones?: sí, a veces, pero cada vez son más raras de encontrar y no van aparejadas a buenas obras. ¿De veras vale la pena luchar por triunfar en un mundo que no tiene un presente? ¿En el que lo único que hay es envidia y problemas y no éxitos ni realizaciones espirituales? Cosas como esas decepcionan.

Hay más causas. Quizás yo sea vago. Quizás los hombres me hagan perder mucho tiempo (horrible causa). O quizás, incluso, mucho de mis complejos no se me hayan quitado, después de todo, y me digo que no quiera regresar por temor a afrontarlos. O quizás - esta es la más probable - sepa que mi camino en la vida va por otro lado y tuve que dejar de perder energía en el teatro por mucho que me gustara para poder llegar lejos en otras cosas. ¿Qué otras cosas? Pues no las sé definir a ciencia cierta, pero si sé que existen. Quizás la literatura.

Hace dos años mi amigo Reinaldo me pidió que le interpretara un monólogo corto para su curso de dirección teatral. Un monólogo de un campesino que carga a su hijo herido todo el tiempo mientras huyen de unos perros y que al final de su diatriba descubre, ya increíblemente fatigado, que su hijo, sobre él, lleva rato muerto. Lo ensayé dos días y lo actué para seis personas. Y fui inconcebiblemente genial. Mientras lo actuaba yo mismo me decía: “No seas tan bueno, no seas tan bueno, después te vas a sentir mal contigo mismo”. Pero no pude evitarlo. Imagínense que ahora deje de escribir de un día para otro y dentro de tres años me digan: “Escribe dos hojas. Solo dos hojas”. ¿Qué escribiría yo en esas dos hojas? Pues así mismo fueron mis 15 minutos cargando a mi amigo Reinaldo, llorando, escupiendo y simulando que me caía por el peso de mi hijo cuando en realidad, como todo actor que no es él mismo sino otro, casi ni sentía el peso de mi amigo. Aquellas seis personas se quedaron con la boca abierta. La magia del teatro se había realizado. Al llegar a mi casa, como era de esperar, tuve un ataque de depresión enorme y me dije a mí mismo que hubiese sido preferible mil veces no ser talentoso para algo que de todas formas no se podía desarrollar después.

Nunca digo que soy actor (digo: “yo hice teatro” cuando no me queda otra oportunidad) porque me da urticaria que me confundan con una de esas horribles personitas que no hace nada en la vida y está en algún grupo de mala muerte para ocupar sus días libres. O con esos otros que, como no son buenos en lo que hacen, se dedican al arte como hobby, donde tampoco son buenos. Sé de lo que hablo. Hay que decir que presento una aversión sincera y honesta por el mundo del arte y sus hienas. Los desprecio. Conocí también a mucha gente buena (como actores o como personas e incluso, en raros casos, como ambos) y por supuesto que no me refiero a ellos. Ellos mismos podrán decir que son minoría en ese mundo.

De mi paso por el mundo del teatro no conservo ni fotos. Quizás una por algún lado, pero no más. Guardo los premios de papel y algún recorte del periódico Granma que dice mi nombre al lado de “mejor actuación masculina por La importancia de llamarse Ernesto”, pero no mucho más que eso. A veces me encuentro a alguien todavía que me pregunta si estoy haciendo teatro y le digo que no, que quizás en el futuro. Creo que si digo que nunca más lo haré, me dolería demasiado. Entonces ellos, como reloj, me dicen el nombre de la obra en la que me vieron y comienzan a describirme mi propio personaje como si yo nunca lo hubiera visto y hay hasta quien me recuerda los parlamentos. Y yo me emociono y digo el parlamento con la voz con la que lo hacía y ellos gritan entusiasmados. Y luego agregan en su euforia: “¡Tú eras lo más grande!” y yo digo contento: “¡Lo era!”. Y después nos quedamos sonriendo sin decir nada, hasta que damos un suspiro los dos y me quedo melancólico.

Y es que yo soy un buen actor. Uno, incluso, que podría llegar a ser brillante (hice algún que otro papelazo, sobre todo en las primeras etapas, así que me limito a mí mismo y me considero como “que podría llegar a ser brillante”). No son solo el carisma, la personalidad, la memoria letal, la capacidad de improvisación, la buena dicción, el ego alto o la necesidad de atención y de reconocimiento inherentes a todo aspirante a actor. Es mucho más que eso: es mi relación intrínseca con mis personajes lo que me hace un buen actor. Los conozco desde que comienzo a interpretarlos, los defiendo con fuerza y con pasión y nunca una palabra que salga de sus bocas será falsa. Será siempre su verdad. Si a eso se le suma que yo soy una persona compleja, intensa, entretenida e inteligente, podrán imaginarse los personajes resultantes. Por suerte, algunas de esas virtudes me las llevo también a la escritura.

Quizás algún día regrese a la actuación. Podría fugarme a Broadway o a Hollywood (¿qué tengo yo que perder?) y trabajar como camarero mientras espere audiciones. De que tendría más historias en mi blog, eso es seguro. Quizás todo esto no sea más que una pausa para verlo todo más claro. No sé, ya veremos. Recuerden que decir que nunca más haré teatro podría dolerme profundamente. Así que no lo digamos: juguemos con la posibilidad de un futuro (y uno brillante). Después de todo, siempre tendré el permiso de mi profesor de cerámica para regresar al teatro.

Porque actuar es para mí un juego entretenido. Un gasto de testosterona bien empleada. Y dejo para el final la sensación que me produce el hacerlo porque es mi momento favorito del teatro. El momento que lo justifica todo, al margen de los problemas, de las decisiones, de las calificaciones. Esa sensación - única e increíblemente vivificante - que uno experimenta cuando se apagan las luces y se oye al público del otro lado, relajado, sin preocupaciones, como se va callando poco a poco, mientras otra actriz te dice bajito en la oscuridad de las patas del teatro: “¡Qué nervios!”. Y tú avanzas, con un latir en el corazón que es pura adrenalina, con una pasión y un miedo para el que ningún ensayo te prepara, con una mano que siempre tiembla, y respiras hondo y cierras los ojos. Entonces se prende la luz y uno ya no es uno mismo, la mano no tiembla, no ves nada, olvidas tu corazón, y una voz que no es la tuya sale de tu garganta y dice, cínica, serena, magnífica: “Algernon, querido, soy yo: tu tía.” Y entonces se hace la magia del teatro.


PD: Este post originalmente se llamaría “Ser o no ser (actor)” y no se lo dedicaría a nadie, pero ahora, al releerlo para publicarlo y hacer un recorrido como lector por mi propia vida actoral, me doy cuenta que se lo quiero dedicar a alguien: a mí mismo. Hice lo que tenía que hacer en todo momento y no me arrepiento de nada. Me siento orgulloso de la forma en que pasé por el teatro, de las decisiones que tomé y de lo valiente que siempre fui. Y más que nada me siento orgulloso de mí mismo porque soy un buen actor y siempre lo seré. Quizás algún día regrese a las tablas y, si lo hago, pueden estar seguros de que esta vez sí le enseñaré al mundo entero - como diría mi amigo Adolfito - la verdadera importancia de llamarse Raúl Reyes Mancebo.


miércoles, 10 de octubre de 2012

The one


Hay 7000 millones de personas en el mundo. En caso de que usted no sepa de estadísticas, se lo resumo en pocas palabras: somos muchos. Y, según una leyenda universal fuertemente aferrada a nuestros principios, solo tenemos que encontrar a uno - ¡uno! - para ser felices. Estadísticamente es algo así como la tarea más fácil de la historia. Pero…

Y todos sabemos cómo termina el párrafo anterior. Con un “no es así” que nos hace bajar lacónicamente la cabeza mientras nos preguntamos inevitablemente dónde estará el nuestro. Resulta que es todo lo contrario. Mientras más personas haya, más difícil resulta encontrar a ese que nos completará. A ese uno. Ahora tenemos que encontrarlo entre 7000 millones. Y lo que parecía una empresa fácil al ver el vaso medio lleno, se convierte en todo un imposible.

Yo, que nunca he sido de vasos medio vacíos, siempre supe que mi “one” llegaría algún día. Nunca me detuve a preguntarme si en verdad existiría o me cuestioné jamás las razones por las cuales no acababa de aparecer, sino que pensaba todo el tiempo en lo bien que la pasaríamos cuando finalmente estuviéramos juntos, a la vez que me inventaba anécdotas románticas con las cuales me entretenía mientras lo esperaba. Siempre pensé en él como “the one” ya que es un concepto que desarrollé viendo películas y series norteamericanas, y de esta forma, inconscientemente, al tenerlo en mi cabeza en inglés lo alejaba de mi realidad concreta, en la cual obviamente ningún hombre se parecía a él. Y en ese idioma se quedará, venga o no venga ya.

Mi “one” supuestamente era lindo, de familia rica, con poca experiencia de la vida como yo pero con una amplia capacidad intelectual y emocional para afrontarla. Solo me vería a mí y me idolatraría a pesar de mis defectos, al mismo tiempo que sus acciones y su manera de ser me harían idolatrarlo a él y no ver tampoco a nadie más. Tendríamos mucho sexo, y lo único que haríamos más que eso sería hacer el amor. Siempre diría las cosas correctas, y eso incluiría decir algunas incorrectas de vez en cuando para poder pedir disculpas después mientras se le aguaban los ojos y le temblaba la voz. No tendría ni un centímetro más ni menos que yo, para que, cuando yo fuera un poco menos flaco como él, todos pensaran en cómo nos parecíamos y notaran cuán lindo es que dos hombres que parecen hermanos se den besos en la boca. Algunas de estas características admitían pequeños cambios; otras no. Supongo que todos teníamos un “one” más o menos similar. No sé, porque nunca he hablado del mío con nadie. Era mío.

Ahora, sin embargo, me pregunto qué habrá sido de él. Si se habrá casado con una mujer y tendrá dos hijos varones a los que lleva los sábados en la tarde a jugar baloncesto o – ojalá que no – es  gay y tiene una relación abierta con un cantinero que lo ama más que a nada en este mundo pero que no puede serle fiel porque él mismo fue traicionado en el pasado. No lo sé. Me lo quité de la cabeza hace mucho. Le cambié la figura, creí verlo en otras caras, lo adapté a mi realidad concreta, me desilusioné con las cosas de sus grises sustitutos y terminé, casi sin darme cuenta, por renunciar a su búsqueda e, incluso, por cuestionarme su existencia.

Pero el otoño ha llegado. El otoño canadiense. Y quizás sea la cosa más linda que haya en el mundo. Los cubanos deberíamos tener una estación así como compensación a todo lo que tenemos que pasar. Debería haber un otoño en el Vedado, en Ciudad Libertad, en el camino a la universidad, en la pista donde mi hermana corre mientras voy detrás de ella en bicicleta para medirle el tiempo y obligarla a apurarse. Quizás algún día. Quizás algún día todo sea amarillo, rojo y pacíficamente otoñal. Aunque sea por unas semanas al año. Por el momento, el otoño llega a su visita anual a Canadá y yo me lo tomo como si desde siempre hubiera sido creado para mí solo.

Pues como ya se podrán haber dado cuenta el conocer el otoño me ha puesto reflexivo. Nostálgico, más bien. Nostálgico de una vida que no he tenido. De una vida que abandoné en mi cabeza hace mucho por derroteros más concretos, los cuales al final - como era lógico - terminaron por decepcionarme. De una vida que abandoné por ciudades sin otoño y hombres sin encanto.

Hélène y Anthony, dos de mis compañeros de piso, me invitaron a pasar el Día de Acción de Gracias en casa de los padres de Hélène en Gatineau. Gatineau es una ciudad muy cercana a Ottawa, a unas dos horas al sur de Montréal. El barrio al que fui, Aylmer, está compuesto casi exclusivamente de casas grandes y lindas en calles tranquilas en las que todo el mundo tiene un auto y un perro. Si conocen a Wisteria Lane, pues no tengo que describir más el lugar porque es idéntico.

Así, al llegar a esta casa de ensueño en medio del otoño, bajarme del auto y ver salir a los padres de Hélène a darnos la bienvenida, me di cuenta inmediatamente del lugar en donde había caído. Allí estaba, después de tantos años y tantas vueltas: la casa de mi “one”. La casa en la que se crió, en la que fue niño y de la cual partió hace mucho hacia alguna ciudad más convulsa pero a la que regresa unas dos veces por año a visitar a sus padres. Sí: pensamientos como este son los que produce el otoño en Gatineau.

Todo era como siempre supe que sería. El perro, las fotos de Hélène cuando era niña, el poema que escribió cuando tenía 10 años laminado en la pared, los padres inteligentes y conversadores, los hermanos y los sobrinos rubios. Definitivamente su casa. Ese sería su perro querido con el que se pasaría  el fin de semana entero jugando en el piso y contándome todas sus anécdotas con él, esas serían las fotos de cuando le dieron el título de la primaria y le faltaba un diente, ese sería el poema que escribió sobre la soledad cuando era un niño, esos serían los padres con tantas aristas culturales que lo llevaron a ser la persona sensible y cultivada que es hoy. Todo estaba ahí. Menos él.

Me dieron un cuarto bello. El típico cuarto de adolescente. Su cuarto. Yo estaba solo, pero sabía que antes había estado él ahí durante muchos años. Y en la noche me puse a recordar las veces en que yo pensaba en él cuando era más joven. Ahí, justo en el lugar en donde él pensaba en mí cuando era más joven. Nada podía hacerme acercar a él más que eso. Magias otoñales.

El domingo de Acción de Gracias fue fabuloso. Fui a la Marina con los niños en la mañana y alimentamos a los patos y a las gaviotas, luego con Hélène y la hermana al inmenso parque para perros que incluye un bosque de pinos, en la noche comimos pavo y tuvimos toda una cena digna de mi primera Acción de Gracias, y ya bien tarde Hélène, Anthony y yo nos robamos unas bicicletas de la caseta del patio para ir a comprar cervezas como si fuéramos adolescentes y estoy convencido de que mientras montaba sentí el mayor frío que he conocido hasta ahora en mi vida. El día perfecto.

Pero faltaba él. Todo el tiempo no pude dejar de pensar en cómo sería si él estuviera allí. Iríamos a la Marina con sus sobrinos y nos batiríamos los dos con espadas de ramitas contra aquella multitud de alegres niños rubios. En el bosque del parque para perros nos tiraríamos en el piso y nos besaríamos en aquella multitud de hojas hasta que el propio “Tout-Fou” nos miraría como diciendo “¿Ustedes me trajeron aquí para pasearme o para qué?”. En la cena él haría chistes todo el tiempo con su familia mientras me tocaría una mano por debajo, emocionado de lo bien que me llevo con su familia. Al bajarme de la bicicleta, casi congelado, él me diría que pusiera las manos debajo de su abrigo y yo le diría que no por temor a quemarlo, pero él las cogería y las pondría él mismo diciendo “yo estoy acostumbrado, bobito”.

En la noche, solo en el cuarto, me puse a pensar en cuánto he extrañado todo este tiempo a mi “one”. Y ni siquiera a él como tal, sino a la idea que he tenido de él. Cuánto he extrañado el inventarme historias en mi cabeza en las que siempre hay palabras correctas y finales bonitos. Dios, cómo he podido vivir tanto tiempo solo con la realidad concreta. Menos mal que el otoño existe y me recuerda que las cosas que uno siempre ha esperado siempre llegan al final. Primero el otoño, luego él.

Un día estaré intentando sacar una botella de refresco de una máquina en la estación y esta me robará el dinero como siempre hace y yo empezaré a darle patadas como siempre hago y entonces sentiré una mano en el hombro que me dirá “Espera, yo te ayudo”. Y será él. Yo lo miraré pensando “¿Y este tipo tan lindo de dónde salió?” mientras él se agachará, le hará cosas a la máquina, y sacará una botella de Coca Cola que me dará sonriente mientras me dice “Siempre me pasa pero ya le cogí la vuelta”. Yo, como bobo, cogeré la botella en mis manos sin dejar de mirarlo a los ojos como si fuera un zombie y diré algo como un automático “Glacia”. Y él sonreirá y me dirá “De nada”. Habrá un silencio y entonces me mirará con cara de “Bueno, si nadie más dice nada me voy a sentar aunque en realidad no quiero irme a sentar pero bueno…” y me hará un gesto con la mano como de despedida y se irá. Yo saldré de mi tontería justo a tiempo para gritar: “¡Espera!” Él regresará en una fracción de segundo y me mirará emocionado. Yo, sin saber mucho que decir, pero con la seguridad de que hay que decir algo, lanzaré: “Eh…creo que quiero otra Coca Cola”. Y él sonreirá espontáneamente. Y yo también.

Otra noche, cuando ya estemos empezando nuestra relación, le diré en medio de nuestra comida en un restaurante: “Sabes que he estado con mucho hombres, ¿verdad?”. Él, ante esa noticia que ya él sabía pero que no le gusta a nadie, actuará como los grandes, se tragará lo malo y me dirá, como orgulloso: “Pero nunca has estado con uno como yo”. Y yo sonreiré, lo besaré por encima de la mesa y le diré: “En eso tienes tanta razón”. “Dentro de un tiempo, cuando te coja y acabe contigo, solo pensarás que has estado conmigo”, agregará. “¿Tan bueno eres?”, preguntaré. “El mejor”, dirá como un niño. Yo reiré. “Además, yo tampoco soy virgen”, añadirá. “Cierra la boca”, diré, “no tienes permitido hablar de esos cretinos en mi presencia”. Y él reirá. Y yo lo miraré con cara de bravo, pero le haré un guiño con el ojo.

En los amaneceres en que despertaremos juntos, con la luz implacable de las mañanas que entra por cualquier parte, lo miraré dormido y desnudo. Y me daré cuenta de cuánto me gusta su cuerpo. Los lunares, el cuello, las nalgas, los brazos, las pecas en la espalda, el pelo enmarañado. Él se despertará y me verá mirándolo y me dirá, como si fuera un niño dormido: “¿Por qué me miras?” Y yo le responderé: “No te estoy mirando”. Y él sonreirá con un ojo abierto y otro cerrado, mientras se acomodará en mi pecho y me dirá como niñito: “Tú estás muerto conmigo”. Yo sonreiré sin que él me vea y le diré: “Para nada”. Él ignorará mi respuesta y repetirá “Muerto”. Y yo seguiré sonriendo mientras tomo su cabeza con las dos manos y pongo un pie sobre una de sus nalgas. Y así vigilaré su sueño toda la mañana.

Un día se irá a no sé dónde y yo me pasaré el tiempo lanzando ironías para todas partes mientras finjo que lo ayudo a empacar. De pronto, él dejará de hacer la maleta, me mirará fijo y me dirá “¿Y a ti que te pasa?”. Y yo confesaré como quien solo estaba esperando que le preguntaran: “Tengo miedo que te vayas porque alguien se fue una vez y nunca regresó”. Y él se parará, caminará hacia mí, pegará su frente a mi frente y me dirá serio, déspota, molesto: “¿Y tú crees que yo soy tan imbécil?” Y yo sonreiré y gritaré feliz: “¡Tráeme un regalito!” Y él gritará: “¡Ni este Chupa-Chupa te voy a traer!” Y seguiremos empacando mientras hacemos bromas y nos besuqueamos.

En otra ocasión intentaré estar con otro, solo para demostrarme a mí mismo que sigo siendo el mismo de siempre y que nunca dependeré de una sola persona porque eso está mal. Pero antes de llegar a la otra casa, me invadirá una sensación de desamparo y asco tan grandes que saldré corriendo del lugar sin dar explicaciones. Correré hasta donde quiera que esté él, aunque sea del otro lado de la ciudad, y cuando lo vea, sin decir una palabra, me refugiaré en su pecho como si fuera un niño chiquito y ahí me quedaré. Él, sabio, me abrazará fuerte, me mirará preocupado y me dirá serio: “No me rompas el corazón, ¿ok?” y yo asentiré con la cabeza mientras le aprieto una mano. Y seguiré en su pecho hasta que quiera. Quizás para siempre.

Un día, bajándonos de una bicicleta que compartíamos, me dirá que lo espere que va a comprar cervezas y yo, nervioso, le diré que no puede irse en ese momento porque en la bicicleta me di cuenta que tengo que decirle una cosa. Algo que nunca he dicho espontáneamente en mi vida. Que quizás he sentido y quizás he dicho otras veces porque me han obligado, pero que nunca me ha salido espontáneamente el decirlo así, justo en un día de paseo, al bajarme de una bicicleta. Él me mirará, me llevará aparte porque a nuestro lado habrá una familia de judíos, y me mirará sin decirme nada. Y yo diré, después de un tiempo en que miraré al piso, al techo y a todas partes, las dos palabras que ustedes saben que diré pero que no repetiré aquí porque quiero que la primera vez que me salgan espontáneamente sea él quien las escuche. Y él, serio, me abrazará emocionado mientras yo le digo: “Te prohíbo que me digas que tú también. Ya sabes lo que pienso de decir eso justo cuando el otro te lo dice primero”. Él asentirá, me besará y entrará a comprar las cervezas, mientras yo, en la soledad de la tienda, frente a los judíos, saltaré de alegría. Él saldrá y, desde la distancia y con las cervezas en la mano, me dirá: “¿Ya puedo decirlo?” Y yo reiré y diré que sí con la cabeza. Y él lo gritará. Y la familia de judíos sonreirá.

Hoy tengo la imaginación desbocada. Es el otoño. Nadie debería escribir bajo hojas amarillas y rojas. Espero que lo prohíban.

En la tarde de Acción de Gracias, después del parque para perros y antes del pavo, me fui a dar un paseo yo solo en bicicleta. Un paseo en bicicleta por el otoño. Mi iPod, como si alguien le pagara, no ayuda en nada. Y así sale Willie Nelson, sin que nadie lo mandara, con su versión de “Georgia on my mind”, que es algo así como la canción perfecta. Sobre todo si la canta Willie. Y oír esa música en un domingo otoñal caminando con la bicicleta en la mano por el barrio de mi “one” demuestra ser demasiado.

Así, cuando el minuto 2:14 de la canción llega y comienza la impactante filarmónica de Willie, se hace la magia. La emoción en su estado más intenso. La filarmónica irreverente, las hojas amarillas y rojas, las calles lindas y la seguridad - que nunca debería hacer perdido - de que algún día encontraré a mi “one”, me hacen detenerme y sonreír como yo solo sé. Y estoy convencido de que en ese mismo momento, a las 5:35 de la tarde de este domingo de Acción de Gracias, mi “one”, donde quiera que estuviera, sintió un cosquilleo en la nuca que lo hizo voltearse y mirar hacia el infinito preguntándose qué fue lo que sintió. Y así estuvimos juntos por unos segundos mi “one” y yo, gracias a la magia del otoño y a la filarmónica de Willie.

Algún día estaremos juntos. Algún día habrá un otoño en la pista donde mi hermana corre y él y yo iremos en la bicicleta detrás de ella midiéndole el tiempo. Y así mis historias de palabras correctas y finales felices serán también mi realidad concreta. El otoño ya llegó; ya vendrá él también y estaremos juntos. Después de todo, en el mundo hay 7000 millones de personas y yo - que nunca he sido de vasos medio vacíos - solo tengo que encontrar a uno.


martes, 2 de octubre de 2012

El sistema


Los nuevos lugares en Cuba para encontrar personas se llaman “Registro de la Propiedad” y “Dirección de la Vivienda”. Todo el mundo parece estar ahí. Vendiendo sus casas, comprando otras, poniéndolas a nombre de sus hijos…lo que sea. Cientos de personas cada mañana disfrutando del nuevo poder que - finalmente - se les ha conferido. Aunque la televisión insista en que es un proceso extremadamente sencillo y rápido, la realidad es bastante diferente. Aquello es una locura de plazos sin sentido, incongruencias y demoras sin y con explicaciones que conducen a los inevitables pagos a arquitectos y abogados para agilizar (un poco) el proceso. Pero nada de asuntos mundanos en mi escritura; esto es solo para introducirles el lugar donde me encontré a uno de los participantes de otro sistema del que fui parte alguna vez, y que también consideré como una locura sin sentido en ese entonces, pero el que quizás no haya sido tan malo, después de todo.

Pues allá estaba yo, en la Dirección de la Vivienda de mi natal Marianao, cuando lo vi. Haría más de 20 años que no lo veía (¿qué edad tiene uno cuando está en segundo grado?) pero lo reconocí inmediatamente. Hay gente de la que uno no se acuerda jamás hasta que se sientan frente a ti y piden el último. Él me miró y me reconoció también, estoy seguro. ¿Es que acaso uno no cambia nada en 20 años? Aunque no me sorprendió para nada. Soy de la opinión de que la gente que se conoce cuando son niños, siempre tendrán la capacidad de reconocerse los unos a los otros durante todas sus vidas. Aunque engorden, envejezcan o cambien drásticamente de carácter y de corte de cabello, si se conocieron en las primeras etapas de la vida siempre podrán saber que son ellos cuando se sienten frente a frente. Es, quizás, uno de los más hermosos códigos de la naturaleza.

No me acuerdo de su nombre pero recuerdo que era inventado. Tan común en mi época. Algo como Audién o algo así.  Nombres que me hacen sentirme orgulloso de mis padres. Pues Audién y yo, junto a todo nuestro segundo grado, fuimos sometidos a un proceso experimental de aprendizaje, del que desconozco si fuimos la única aula en el mundo o - que debe ser lo más lógico - todo el país pasó por lo mismo. Pero como la mayoría de los seres que me rodean han olvidado los detalles menores de su pasado nunca he sabido la respuesta. Tampoco he preguntado, de todas formas.

Mis compañeros de primaria fueron siempre los mismos, desde preescolar hasta sexto. Audién no era uno de nosotros. Llegó a mitad de segundo grado, como parte de un proceso de rotación para alumnos con serios problemas de conducta. De vez en cuando nos caía alguno. Pasaban por varios grupos hasta que inevitablemente terminaban en una temida “aula especial” del que todo el mundo había oído hablar pero a la que pocos habíamos visto. Y  justamente por los días de su llegada a nuestra aula se implantó el sistema. Dividieron a toda el aula en grupos de a seis. Tres mesas de dos niños cada una. Dos unidas a lo largo y otra pegada por la cabecera de las otras dos. Nuestra propia meda redonda rectangular.

Aparentemente no teníamos una distribución lógica. Nadie era el jefe. Pero estaba muy raro aquello de que los grupos tenían nombres y apellidos seleccionados a priori. Nadie pudo escoger dónde o con quién sentarse. Así que no tardé mucho en darme cuenta de que nuestra división no era ni tan aleatoria ni tan casual como parecía. Y una vez que la teoría se instaló en mi cabeza, no me fue nada difícil el comprobarla. Si se observaba cuidadosamente, uno podía darse cuenta que en cada grupo de seis había un alumno brillante, otros dos buenos, dos más un tanto mediocres tirando para malos y un caso desesperado. Por supuesto, como todo buen grupo de segundo grado de los socialistas años 80, si se nos hubiese preguntado hubiéramos dicho que todos éramos iguales, pero en realidad no lo éramos y todos lo sabíamos. Aquel sistema lo ponía en evidencia.

Supongo que no tengo que decir quién era el alumno brillante en mi subgrupo. En la lista de los buenos estaban Juan Carlos y Liudmila. Los normalitos serían Yanet y Heisel. Y el caso perdido era…Audién. Oh, no, el nuevo nos había tocado a nosotros. ¿No podía tocarnos Alexis que, aunque bruto como el demonio, ya al menos lo conocíamos y no era pesado? No: nos tocaba el nuevo, el cual llegaba precisamente con problemas de conducta/aprendizaje y que no había que ser muy vivo para darse cuenta de que era un futuro criminal.

Audién era de lo peor. Siempre estaba sucio, era arisco y nadie entendía una palabra de lo que decía. Era medio subnormal, estoy convencido. Siempre molestando, riéndose como caníbal y rompiendo cosas solo porque podía. Creo que hasta robaba (nunca se confirmó, que conste, tampoco hay que ser injustos con el muchacho). Dios mío, y nosotros a arar con esos bueyes. Teníamos que hacerlo todo juntos. No era solo sentarnos al lado sino también estudiar, hacer los trabajos prácticos, sentarnos en la misma mesa en el comedor y dormir la siesta juntos.  Y por supuesto, con la divisa de que debíamos “ayudarnos entre todos”, lo cual era un eufemismo para “Raúl tiene que hacerlo todo mientras los demás lo miran”. ¿Cómo ese retrasado de Audién podría ayudar a alguien? ¿Cómo?

Visto desde la distancia, no suena como un mal sistema. Poner a los niños brutos con los inteligentes para que se ayuden y aprendan entre ellos. Además así fomentan el espíritu de equipo y pueden seguir diciendo que son todos igualitos como clones ya que se les juzga por los mismos resultados colectivos y no particulares. Evidentemente aquello estaba perfectamente maquinado. Todo muy lindo…salvo para los niños inteligentes.

Esa es una de mis mayores críticas al socialismo (al socialismo real de Marx). Esa necesidad de que “todos seamos iguales”. Nadie es igual a nadie. Y si bien estoy de acuerdo en que todos deben tener comida, educación, salud, etc, etc., también estoy de acuerdo con que el concepto de élite ha de existir para que el género humano se desarrolle. ¿Qué sentido tenía tenerme ahí ayudando a los demás a multiplicar? Bien por ellos, pero ¿y yo? No: yo debía estar en otro grupo con los inteligentes. Odiándonos entre todos e intentando ser mejores los unos que los otros, mientras los brutos debían estar en el suyo y así progresarían (aunque fuera un poco) al verse entre tanto tonto. Ya sé que esto no suena muy lindo (sobre todo porque todos fuimos criados con el chip de que todos debemos decir que somos igualitos), pero es una realidad. La inteligencia hay que desarrollarla, no atrofiarla.

Pues ese sistema quizás estaba bien para la escuela - y para la sociedad - pero para mí estaba mal. Muy mal. Ni los buenos intentaban ser brillantes, ni los mediocres buenos, el brillante se aburría y el caso desesperado ni cuenta se daba que estaba en un escalafón. Tan tonto. Debo aclarar que si alguno de ustedes cree que yo era el típico niño de “hay que hacer todas las tareas, corramos hacia allá” se equivoca de medio a medio. A mí me importaba un carajo la escuela. Solo que era bueno. Siempre lo fui, y ni se imaginen que voy a pedir disculpas por ello. Pero si la maestra (una estúpida, por cierto) nos decía: “no se van a ir hasta que no entreguen el trabajo” pues tenía que coger y hacerlo yo, ya que si esperaba por los demás no regresaba a  mi casa. De ahí que aquel lastre de muchachos me cayera como una patada en el estómago.

El hecho de ser inteligente es algo muy controvertido. Cuando uno es niño, la inteligencia no la ve como nada del otro mundo. Lo importante en la escuela son otras cosas: ser popular, bailar bien…yo qué sé. Pero ser inteligente no es precisamente algo de lo que haya que sentirse orgulloso. Después que uno crece, aunque cambie un poco la cosa, la inteligencia sigue quedando a la zaga. ¿De qué sirve ser inteligente si no puedes tener sexo, conseguirte un buen trabajo o “ser feliz”? Aunque todas las madres digan: “quiero que mi hijo sea inteligente” lo cierto es que en la realidad práctica quieren otras cosas, así que los “niños inteligentes” (y, aunque suene discriminatorio, solo me refiero a los verdaderamente inteligentes) nunca sentimos que somos nada del otro mundo.

Como en el mundo siempre habrá más brutos que inteligentes (sorry, guys) la sociedad se arma de estrategias para hacer sentir mal a los inteligentes. O nos llaman inmodestos o nos dicen cosas como “ser inteligentes es más que sacar 100 puntos” o esperan agazapados el primer error para empezar a gritarte “¡te equivocaste, no eres tan perfecto!”. Por supuesto que ser inteligentes es más que sacar 100 puntos, pero – sorry, de nuevo – empieza por ahí. El que es inteligente de verdad es bueno en todas las asignaturas (en todas) sin esforzarse mucho y después cuando crece analiza la vida desde una perspectiva extremadamente lógica y racional. No crean que hablo de mí cuando digo esto (aunque por supuesto que también) sino de mi amigo Jorge, a quien siempre tomaré como paradigma de la verdadera inteligencia en cualquier área de la vida.

Si usted cree que los errores que cometen las personas inteligentes (drogas, alcohol, decadencia, amores complicados) es una falla de la inteligencia y dice cosas como “al final no es tan inteligente si hace esas cosas” pues le digo que es lo contrario: este mundo no está hecho para ser analizado, de ahí que los inteligentes sean los primeros que se fundan completamente y se suiciden después. Los brutos nunca se dan cuenta de nada y los coge la muerte sin haberse cuestionado nunca ninguno de los principios básicos de la existencia.

Me siento como un hereje al decir todo esto (porque mi chip también es fuerte) pero creo que tengo toda la razón y hay muchos niños inteligentes en las escuelas que no se sienten jamás reconocidos por ello, sufren de bajas autoestima a causa de eso cuando debería ser precisamente al revés y luego cuando crecen tienen que pedirle disculpas al resto de la plebe por ser más inteligente que ellos. Este blog ha de erigirse en punto de cambio aunque sea para esa minoría de niños/adultos solitarios.

Dejando el espíritu revolucionario y volviendo al pasado, he de decir que los otros cuatro no eran precisamente malos. De hecho, si hubiésemos sido nosotros cinco solos quizás no estuviera yo con aquella necesidad de desintegración tan grande. Pero estaba Audién. Ojalá hubiese sido solo bruto. Pero no. Era insoportable. No había un segundo en que se callara (si consideramos los sonidos guturales y onomatopéyicos que emitía como palabras), no aportaba nada y nos regañaban a todos porque él no sabía dividir. La pobre Heisel (quien se sentaba a su lado) estaba seca. Le pintaba la saya, le metía la mano dentro de la blusa, le escribía garabatos en las cuidadas libretas forradas, le halaba los moños, la torturaba con su peste…Estoy seguro de que se trata del mayor caso de abuso de un niño blanco hacia una niña negra desde 1868.

Después de almuerzo, nos obligaban a dormir. Dios mío, qué horror. Para mí esos eran los peores momentos. Dos horas de mi vida perdidas cada día. Jamás dormí. Ni un solo día. Y me castigaron durante toda la primaria por los intentos que hice todo el tiempo por hablar con todo el mundo en el horroroso horario de la siesta. Pues Audién tampoco dormía. Por supuesto, no por las mismas causas que yo (exceso de movimiento neuronal) sino por su propio espíritu salvaje. Dios mío, era un remolino aquel niño. ¿Han visto el personaje de la bestia que corre y le da vuelta en los tobillos a la gente decente? Estoy seguro que está inspirado en él.

Pues un día en que ni él ni yo dormíamos, con la cabeza recostada en la mesa pero con los ojos bien abiertos los dos, nos miramos directamente. Yo intentaba conversar con todo el mundo, pero intentar hablar con Audién hubiese sido una tontería, así que ni lo pensé. Solo lo miré fijo. Con esa posición pasiva que tiene uno cuando tiene la cabeza pegada a una tabla. Él me miró también. Sorpresivamente no hizo ningún gesto agresivo, solo me miró con la misma cara con que yo lo miraba a él. Después de mirarnos seria y fijamente por unos minutos, que demostraron que Audién - contrario a lo que podría pensarse - podía estar tranquilo algunos minutos, me sacó la lengua. Casi como para dar por terminado nuestro encuentro visual. Ni siquiera lo hizo agresivamente. Solo lo hizo para que su imagen de animal no decayera. Creo que ese fue el día en que comencé a sentirme superior a muchos de los seres humanos. Viré mi cara para el otro lado y me sentí bien conmigo mismo. Yo tenía algo que aquel niño nunca tendría: inteligencia. Recuerden que yo no la veía como nada del otro mundo, pero ese día, por unos minutos, me di cuenta que yo tenía algo que no todo el mundo tenía. Algo que aunque no me hiciera popular, me hacía darme cuenta de las cosas como eran y eso - avance del futuro – era mejor que saber bailar.

Todo siguió así por unos meses hasta una semana en que Audién no fue. Una semana entera. Cinco gloriosos días en que todos rezamos porque lo hubiesen cambiado de escuela o alguien se hubiese animado a acelerar su inevitable destino y lo hubiese metido preso. Hacíamos las tareas en tiempo récord, Juan Carlos y Yanet hicieron una exposición y nos felicitaron a todos, Heisel reía como hiena tonta todo el tiempo, jugábamos a los escondidos en el horario de merienda y cantábamos canciones de Arcoiris Musical todo el tiempo. En el horario de almuerzo nos divertíamos de lo lindo hablando de las películas que habían puesto el fin de semana y a la hora de la siesta todos ellos dormían pacíficamente sin miedo a despertarse con algo en el pelo mientras yo conversaba por señas con Lisy (la niña brillante del semigrupo más cercano). Éramos los cinco niños más felices del mundo.

Pero dura poco la felicidad en casa del pobre, así que al lunes siguiente, Audién estaba ahí. Nuestras caras eran idénticas a las de monjas que fueron un día a un parque de diversiones y en la noche tienen que regresar al convento. Estábamos devastados. Pero ese día, en el receso de las 10 de la mañana, nos dijimos que no había vuelta atrás. Siempre he pensado que el ser humano cuando llega a un punto de felicidad o de comodidad no puede volver atrás. Por eso tomamos la irresoluta - y hasta hoy secreta - decisión de drogar a Audién.

Fue Heisel quien lo sugirió. La pobre, hay que entenderla. Y todos estuvimos de acuerdo en que si traíamos pastillas al azar, no podían hacerle mucho más daño que tenerlo sedado por un tiempo. Tampoco lo iban a matar. Así, el martes todo el mundo trajo una indefensa pastillita robada de los padres (probablemente aspirinas), las picamos y la echamos en el agua de Heisel en el comedor. El anormal, quien siempre se tomaba el agua de la pobre niña, ese día no movía un dedo. Nadie sabía qué hacer. Le di una patada a Heisel por debajo de la mesa y esta gritó como autómata: “¡Qué rica está mi agua!”. Audién la miró y, solamente para molestarla, se la tomó él. Bien hecho, cabra. Bien hecho. Todos reímos secretamente. El resto del almuerzo lo miramos como un grupo de científicos miran a un curiel que acaban de inyectar y del cual esperan que se desmaye en cualquier momento. Ya sé que parece cruel, pero en serio les digo que lo hacíamos en defensa propia. Audién era insoportable y nunca debió haber estado con nosotros.

Una hora después estaba rendido. Como un potro que corrió toda la mañana. Los cinco, con nuestras cabezas bajas, sonreímos pacíficamente. Cuando despertó, a las 4:20, parecía otra persona. Callado, tranquilo, inofensivo. Justo como lo queríamos. Al día siguiente lo hicimos en el refresco de la merienda a las 10 de la mañana. A la hora del almuerzo ya era un zombie. Y todos conversamos de cosas agradables mientras él dormía al lado de nosotros. Y lo mismo el jueves y el viernes también.

Pero algo pasó y el viernes no se dormía. Al contrario, parecía que estaba más alterado que de costumbre. La profesora lo regañó e incluso le dio (esa costumbre de los maestros de primaria de golpear a niños que ellas no parieron y a los que no les enseñan absolutamente nada necesario). Todos nos alteramos. Heisel se cambió de asiento y todo porque la bestia parecía que la iba a matar. La profesora entonces le dio a Heisel por haberse cambiado de asiento y a Audién cuando Heisel empezó a gritar: “¡Me quiere matar!” Por razones que aún desconozco, Juan Carlos le dio sin querer por una mano a la maestra y Liudmila y Yanet gritaban como locas. Aquello terminó con los seis en la dirección, en la que terminamos dando declaración nosotros cinco porque Audién finalmente se quedó dormido, justo al lado nuestro. “Esto es culpa nuestra”, dijo Liudmila, al irnos a casa. “Cierra la boca”, le dije.

Nunca más volvimos a ver a Audién. Por lo menos no en el aula. El lunes no estaba ahí. El martes tampoco. Nosotros estábamos preocupados (como todo el que sabe que ha hecho algo malo y que piensa que todo lo que pasa después es su culpa). Y nadie nos decía nada. “Lo mataron” sugirió Yanet. “En primera, si está muerto no es “lo mataron”; es “lo matamos” y en segunda no está muerto” le dije. “Heisel, no llores más”, agregué. “Y nadie va a decir nada de las pastillas nunca. Él no lo sabe, la maestra no lo sabe, nadie lo sabe. Si ninguno lo dice nunca, nada va a pasarnos.” Pero como yo sabía que las hembras nunca son de confiar, agregué. “Además, si alguien dice algo, yo diré que la idea fue de una de ustedes y que el resto solo aceptamos porque estábamos bajo la presión psicológica de Audién y no estábamos pensando correctamente”. Sí: yo siempre he sabido tratar a las mujeres.

Aunque logré calmarlos con amenazas, seguíamos sin saber nada. El viernes decidí hacer algo en función del equipo. Así que me paré en el horario de la merienda y fui a ver a la maestra. “Seño, ¿puedo preguntarle una cosa?” “¿Qué?” “¿Dónde está Audién?” “¿Y a ti qué te importa?”. Sí: esos son los maestros de nuestros niños. Entonces mentí. Como todo niño inteligente que se sabe más inteligente que la maestra. “Él es de nuestro equipo. Estamos preocupados por él.” La misma mentira que ellos nos obligaban a decir (y a creer). Me miró seca y me dijo: “Audién está en el aula especial. Solo tenía que estar aquí unos meses a ver si mejoraba pero no lo hizo”.

“No es nuestra culpa”, dijo Juan Carlos cuando les conté lo que dijo la maestra. “Por supuesto que no”, dijo Liudmila. “No lo es” agregó Heisel. “Arreglado” dijo Yanet. “A olvidarlo”, concluí. Pero en alguna medida, y sin siquiera saber muy bien por qué, nos sentíamos algo culpables. No sé de qué exactamente, pero de algo. Actualmente, mirando al pasado, no creo que tuviéramos que sentirnos culpables de nada. Audién no era bueno para nosotros. Aunque suene algo triste. No todos los niños son iguales, y hay que darse cuenta de eso a tiempo.

Un día, en la semana de autoservicio en el comedor, (nos tocaba una vez al año limpiar mesas y repartir agua desde la mañana hasta la tarde) lo vimos. El aula especial. Llegaron antes y se fueron antes que el resto de los niños. Por eso no los veíamos nunca. Eran grandes, bobos, agresivos. Ninguno se parecía a otro. Estoy convencido de que eran de todas las edades, desde primer hasta sexto grado. Ahí estaban: los futuros criminales. Hasta Audién parecía un niño normal al lado de ellos. Ni siquiera nos miró cuando le servimos el agua.

En cuanto a nosotros, poco tiempo después llegó otra futuro caso social y la pusieron con nosotros. No decía una palabra pero al menos no se metía con nadie. Era como si no existiera. Y luego se acabó el curso y para tercer grado ya no había ningún sistema y pudimos recobrar - aunque fuera un poco - nuestras individualidades.

Con los años, cosas de la vida, todo mi subgrupo (menos Audién, lógicamente) terminó en la Lenin. Prueba viviente de que a la Lenin va cualquiera. Corrección: todos menos Audién…y yo. Así mismo, yo, por cosas de la vida, terminé en un tecnológico. El alumno brillante. El inteligente. No me arrepiento (además de que no podía hacer otra cosa) pero siempre me pareció irónico. Yo era el líder de todos aquellos y resulta que todos se iban a la Lenin mientras yo me iba a un tecnológico mediocre. Así es la vida. De todas formas, ellos no eran tan malos, después de todo.

Pero lo solucioné. Y de mi tecnológico pasé directamente a la misma universidad que todo el mundo sin haberme becado un solo día de mi vida. En un mes me aprendí lo que tenía que saber un alumno del pre para las pruebas de ingreso e hice las pruebas por concurso, de las que seleccionaron a 30 estudiantes (probablemente la mayoría provenientes de preuniversitarios) de entre más de 1500. ¿Cuántos ustedes conocen en la universidad que vienen de tecnológicos que no tengan nada que ver con sus carreras actuales? Pocos. Los hay, pero somos pocos. Y no fue porque tuviera suerte o porque fuera un “reventado”, sino porque soy inteligente. No el más inteligente del mundo (Jorge es más inteligente que yo, por ejemplo, y lo digo con orgullo), pero más inteligente que la mayoría. Y si lo sabemos utilizar llegaremos a lugares a los que los demás les cuesta más trabajo llegar. Sorry, guys.

Pero con las cosas mundanas de la vida a uno se le olvida la importancia de ser inteligente. Eso sí es un acto de poca inteligencia: dejar que la banalidad del día a día nos impida ver las cosas con claridad. Así que a veces es bueno que la vida te lo recuerde mandándote a la Dirección de la Vivienda de Marianao.

Pues allá estaba, frente a frente a Audién. Estaba tan diferente que casi me daba por pensar que no era él. Pero lo era y yo lo sabía. Estaba limpio, bien peinado, con un aura completamente diferente. No tenía ni un tatuaje ni una marca de cuchillo en la cara como se hubiera podido esperar. En serio: irreconocible.

Luego de que una señora hiciera un chiste de cómo se demoraban las cosas en aquel lugar y todo el mundo riera y se relajara, él aprovechó y me dijo: “Nosotros estudiamos juntos”. “Sí, sí, me acuerdo”, dije tímida pero alegremente. “¿Audién?” “Aylén”. “Oh, ok. Raúl”. “El inteligente”, dijo. Sonreí.

“¿Y qué es de tu vida?” pregunté. “Nada del otro mundo”, dijo. “¿Tú? “Nada del otro mundo”, dije. Reímos. “¿Qué haces ahora?”, me dijo. “No hago nada, pero hasta hace poco era profesor en la universidad. Creo que ahora soy escritor”, dije. “Vaya”, dijo. “Yo hubiera querido ser inteligente como tú”, agregó. Eso me sorprendió. Siempre he pensado que la gente no inteligente no lo es un poco más porque no lo considera como una virtud real. “¿De veras?” le dije. “Pero claro: uno puede hacer lo mismo que los demás más rápido y después dedicarse a hacer otras cosas”. El concepto más elemental y brillante de la inteligencia.

Sonreí. “Ser inteligente no lo es todo”, dije. “¿Y qué cosa lo es todo?”, dijo. Lo miré asombrado. Me encanta constatar que el cambio en las personas puede ser también para bien. “¿Estás hablando en serio?” “¡Pero claro! Si uno es inteligente todo es más fácil en la vida”, dijo. “A veces es más difícil porque piensas más”, dije, como si estuviese hablando con Jorge. “La vida es difícil pero no creo que el no pensar sobre ella sea lo mejor”, contestó, como si fuese Jorge.

Me alegré. Mucho. Entonces fui franco. “No estoy muy seguro de que sepas que nosotros te dábamos pastillas para que te durmieras”. “Una semana”, me dijo. “Fue una semana nada más”. “¿Cómo lo sabes?”, pregunté asombrado. “La negrita me lo dijo”. “¿Heisel? La mataré”, le dije. Y ambos nos reímos. “Estuve dos años en esa aula. Pero al final fue mejor”. “¿De veras?” Sí, todos eran tan brutos que yo era como el más inteligente, así que a los dos años me dejaron irme a un aula normal y ahí ya no era tan pesado”. Vaya, aparentemente hay sistemas que sí funcionan.

“En serio, no te pareces en nada a cuando éramos niños”, le dije. “¿Estudiaste algo?”, me aventuré a preguntar. “No”, me dijo sonriendo. Lamenté haber preguntado. “Estudiar está sobrevalorado”, reparé mi error. “De todas formas, si te soy franco, pensé que a estas alturas de la vida estarías muerto o preso”, continué. “Yo también”, me dijo.

Entonces me tocó entrar. Antes de pararme (él estaba para la cola del abogado, yo para la del arquitecto) le di la mano y le dije: “En serio me alegró verte…Aylén. Cuídate ¿vale?” “Tú también. Y escribe un libro bien inteligente”, me dijo. “Si hago uno muy inteligente, nadie lo leerá. Tengo que hacer uno seminteligente”, bromée. “¿Ves? Hasta para saber eso hay que hacer inteligente,”, agregó. Sonreí. “Si sirve de algo, siempre he pensado que el querer ser inteligente es ya una prueba de inteligencia, así que no te lleves tan recio”. Y le guiñé un ojo. Lo dije en serio: por un minuto me pareció que Aylén era una de las personas más lúcidamente inteligentes que había conocido en este mundo.

Al salir ya no estaba ahí. Pero cuando caminaba por la calle me sentí bien conmigo mismo. Me sentí orgulloso de mi inteligencia. Lo consideré como lo que es: un valor inapreciable. Y todos los niños inteligentes, aunque no sean populares, no sepan bailar, no tengan sexo, no tengan buenos trabajos o no “sean felices”, se merecen un beso de sus padres todos los días solo por serlo. Yo siempre lo he sabido, pero fue bueno tener la visión de alguien como Audién/Aylén para comprobarlo aún más. Y así nada más, aunque le costó 20 años al sistema demostrar su eficacia, el alumno brillante aprendió algo del alumno…no tan aventajado.


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