viernes, 7 de septiembre de 2012

L'amour


Por extraño que pueda parecer, la lengua francesa y yo estuvimos 18 años sin hacernos mucho caso. No fue hasta un año antes de empezar la universidad que comencé a fijarme en ella seriamente. Por supuesto, como todo niño culto que sin saberlo se prepara para el futuro, algunas cosas relacionadas con la francofonía sí sabía. Pero no mucho más que la existencia de la Torre Eiffel y el hecho de que los franceses llevaban todos pullovitos de rayas blancas y azules, una gorrita cómica, un pan debajo del brazo y oían “La vida en rosa” todo el tiempo siendo románticos y petulantes.

Cuando hice las pruebas de ingreso para la universidad pedí Lengua Inglesa de primera opción (lengua que estudio desde niño, que amo y sobre la cual algún día haré un post también) pero la vida sabe lo que hace y me dio mi segunda opción: Lengua Francesa. Yo estaba tan contento que no paraba de saltar. No solo me quitaba un año de Servicio Militar, sino que terminar mi mediocre tecnológico para ir directamente a estudiar francés en la universidad me parecía muy chic. Todavía me lo parece. Así, en ese único año de Servicio, que coincidió curiosamente con el primer curso de francés en la televisión, me puse a conocer algo, aunque poco, sobre el francés, además de aprenderme alguna que otra palabrita y construcción gramatical.

Y así llegó el glorioso día en septiembre de 2002 cuando llegué a la Facultad de Lenguas Extranjeras feliz como una lombriz que sabe que va a ser políglota. Hay que aclarar que pocas personas sienten la pasión que siento yo por las lenguas extranjeras en sentido general (no hay mejor prueba de eso que el hecho de que aprendiera inglés yo solito viendo películas en la Televisión Cubana). Pero como yo llego tarde a todas partes, unas porque quiero y otras porque simplemente pasa, a causa de mi baja del Servicio llegué con una semana de atraso a mi tan anhelada cita con la sapiencia.

Así que cuando llegué, con mi sombrerito del momento, ya todo el mundo se había visto las caras y el nuevo era yo. Opté por un perfil bajo y me senté justo al lado de la puerta. La profesora, una señora increíblemente elegante que siempre resumirá para mí el concepto de “dama”, la Sra. Ivelyse Artaud (de origen francés, pero cubana) al terminar de pasar la lista y anotarme al final de esta, se paró y caminó en mi dirección decididamente. Yo me acomodé nervioso en el asiento al ver su imponente figura caminar en mi dirección.

“Bonjour, Monsieur”, me dijo. Entonces, para demostrar que aunque llegara de último, yo era un estudiante a ser tomado en cuenta, me estiré en mi asiento, aclaré mi garganta y un tanto nervioso dije algo como: “Bonyurmadan” que en un primer momento creí perfecto. Ella sonrió pacientemente y muy docta me dijo: “Bonjour, Madame”, como indicándome que era así y no de la onomatopéyica manera que había acabado de utilizar. Yo, siempre dispuesto ante los retos, aclaré aún más mi garganta, me estiré aún más en el asiento y dije, casi preguntando: “¿Bbbbbbbooyurmahan?” Ella, por toda respuesta, me miró seria. Insistí: “Booourmaaaan?”. Ella lo repitió de nuevo impecablemente con la cara de quien decide insistir a pesar de que se encuentra frente a un caso desesperado. Pero de poco sirvió. Siete veces lo repetí - cada una peor que la anterior - mientras el resto del aula miraba con pánico. La última repetición fue un sonido leve y tímido parecido a un “Bouraan”, que salía de un cuerpo jorobado en el pupitre en clara señal de derrota.

Como quien se da por vencida, sonrió y me dijo: “Ya lo aprenderá”. “Pero por el momento quítese el sombrerito”. Me hizo pasar por todo aquello solo para decirme eso. Yo no sé qué hice con el sombrerito. Como sé que estaba al lado de la puerta puedo decir que no lo tiré por la ventana, pero lo cierto es que nunca más en mi vida lo volví a ver. Curiosamente, casi 10 años después, me iría de la universidad, entre otras cosas, porque alguien protestó por mi gorrita, pero quien me dijo que me la quitara no fue Madame Ivelyse, si no otro gallo cantaría, porque lo cierto es que siempre he respetado - y respetaré - a esa señora.

A pesar de que mi inicio fue duro, lo cierto es que demostré desde bien temprano que yo estaba hecho para aquello. Pueden preguntarle a los que estudiaron conmigo. Pero no solo era talento natural, sino también tesón. Me pasaba la mañana en la escuela y la tarde estudiando. Fue en ese año que aprendí casi todo el francés que sé hoy. Cuando se trata del amor no hay nada como un inicio sólido para garantizar una relación duradera y estable.

Jamás saqué una nota que no fuera 4 (3 era suspenso en el Curso Preparatorio). Siempre, desde la primera prueba. No todos podían decir lo mismo. Pero yo quería 5, no 4. Insistía e insistía pero nada. Así, al final del primer semestre hice una prueba casi perfecta y saqué 4 por el mal uso de un verbo y una tilde para el lado que no era. 4 + pero 4. Algo molesto, fui con mi hoja a ver a Madame Ivelyse y le dije que no estaba satisfecho con mi nota. “Estudie más” me dijo sin inmutarse mucho. La miré con cara de horror. ¡Todos los demás sacaban 2 y 3 y me decía a mí que estudiara más! Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Reclamar? Quizás a otro, pero Madame Ivelyse me paralizaba con la mirada. “Oui, Madame” dije, y regresé a mi asiento.

Y estudié más. Todo el tiempo. Me metí en detalles que nadie se metía, leí libros que nadie leía y no miré para ningún lado que no tuviera algo que ver con el francés. Y fue así como, en la siguiente prueba, la intrasemestral del segundo semestre, hice la prueba perfecta. Ni una tilde, ni un verbo, ni nada. Oí, comprendí, hablé y - por supuesto - escribí sin un solo error. La perfección. El día en que Madame Ivelyse dio los resultados, mientras repartía hojas en el medio del aula - “Fulanita 3, mire a ver usted qué hace”, “Menganito 4, felicidades, ha mejorado” - al pasar cerca de mí me miró directamente a los ojos y no dijo nada. Yo la miré intrigado y le dije la siguiente frase que si la pienso no la digo: “Saqué 5, ¿verdad?”.  Sonrió con su mirada severa y asintió con la cabeza. Ese fue el día en que Madame Ivelyse casi fue besada por un alumno. Me dio la hoja. Parecía que no la habían calificado. Ni una marca. Ni un error. Madame Ivelyse me había enseñado a ser perfecto.

Para la próxima y última prueba, Madame Ivelyse me convalidó. No me lo dijo ella porque estaba en el extranjero pero lo mandó a decir con un alumno ayudante. El temido Curso Preparatorio se había acabado para mí antes de tiempo. Llegué tarde y lo terminé temprano. Ya sé que soy un cretino autosuficiente la mayor parte del tiempo, pero tendrán que concederme que en ocasiones estoy justificado.

Se lo agradecí en cuanto la volví a ver. “Usted es muy buen estudiante, Raúl”, me dijo. “Me gustaría que ayudara más a sus compañeros, pero es un buen estudiante”. Yo sonreí. “Le prometo que lo intentaré”, le dije. “No lo intente: hágalo”. Asentí con la cabeza. “Merci pour tout, Madame”, agregué. Y ambos sonreímos.

Muchos años después, Madame Ivelyse, quien todavía está en la FLEX y quien para mi horror insiste en llamarme “colega” - ya que la poca gente a la que respeto me gusta mirarlos desde abajo - me enseñó una última cosa, en una horrible reunión de departamento cuando ya yo era profesor en la que todo el mundo fue bastante injusto conmigo (me ha pasado unas cuantas veces en mi vida como consecuencia del carácter absolutamente irreverente que he tenido siempre). Justo cuando terminó la reunión yo estaba increíblemente molesto porque - a pesar de merecerla plenamente - no me habían dado la máxima calificación en mi evaluación por un tecnicismo. Madame Ivelyse se me acercó en el pasillo y me dijo: “No se preocupe, Raúl. Yo, en 25 años de trabajo, tampoco he sacado nunca la máxima calificación. Hay requisitos que se piden que nosotros no tenemos”. “Pero lo importante es enseñarles a los alumnos lo que tienen que saber. Lo demás es secundario”. Díganme que no la aman. Madame Ivelyse me enseñó no solo a ser perfecto, sino también a ser imperfecto y preocuparme solo por lo fundamental. Si eso no es ser un buen profesor, nada lo será.

Tuve más profesores. Algunos buenos, otros olvidables. Mi carrera se diluyó un poco, pero mi interés por el francés jamás, así que decidí seguir estudiando y aprendiendo, en la mayoría de los casos, yo solo. Como el inglés. Mis compañeros de clase y yo olvidamos cualquier tipo de roce que hayamos podido tener en un inicio y para cuando nos dimos cuenta nos llevábamos a las mil maravillas. Actualmente, verlos o saber de ellos me produce un placer indescriptible. 
Y luego me hice alumno ayudante y después profesor y tuve que aprender más francés obligatoriamente. Tuve muy buenos alumnos que me exigieron en más de una ocasión que supiera más de lo que debía. Y les enseñé - y aprendí - fundamentos de traducción, técnicas de interpretación, leyes de la concordancia del participio pasado, y cómo subtitular películas. Y no solo eso. También – aunque no me tocara - sobre ciudades, historia, literatura, política, economía y todo lo que tuviera que ver con el francés. Porque la francofonía es más que Francia y los franceses, más que estereotipos falsos o verdaderos acerca de pullovitos azules y blancos, más que Marsellesas y “Vidas en rosa”. La francofonía es mucho más que eso. 

En esta época de profesor alguien me enseñó mucho, y creo que nunca lo supo. Otra profesora, la también dama Gisèle Bulwa, (francesa, pero aplatanada en Cuba) de cuya muerte no vine a enterarme hasta hace unos días, ya aquí en Montreal. No haré referencia al hecho de que Madame Gisèle haya muerto cuando hay tanta basura que respira para no deprimirme con las cosas de este mundo. Solo me referiré a lo bueno, como probablemente ella misma hubiera preferido.

Madame Gisèle, quien me coló en sus clases de la Alianza - y quien también insistía en llamarme “colega” ya que ambos éramos profesores de traducción - me enseñó la consagración del oficio de traductor. Apoyó mis incipientes teorías – algunas con el ejemplo – y siempre salí de sus clases aprendiendo algo nuevo. La oí decir cosas que yo también pensaba y que nunca había oído de nadie y la oí decir otras que nunca había pensado y que me parecieron extraordinarias.

La última vez que la vi me dijo que le escribiera. Y no lo hice. No porque se me haya olvidado ni porque no tuviera nada que decirle, sino por el temor a ser inoportuno. Cosas que tengo yo. Pero no pensaré en eso. Si algún día, cuando yo muera, alguien piensa en mí con la misma admiración con que yo pienso - y pensaré - siempre en Madame Gisèle, entonces mi paso por la vida no habrá sido en vano. Espero que esté bien donde quiera que esté ya que no hubo nunca una mejor profesional o una mejor persona.

Mi primera gran victoria internacional en el campo del francés fue ser seleccionado como participante en el III Fórum de Jóvenes Embajadores de la Francofonía de las Américas (aplauso, aplauso, aplauso) que se celebró en Montreal el año pasado. La gente piensa que fui escogido en Cuba, pero lo cierto es que Cuba nunca supo nada de esto (recuerden lo injustos que siempre han sido conmigo por lo irreverente de mi carácter). Fui seleccionado online y nunca sabré si por la calidad de mi curriculum o por el carisma de la foto, pero lo cierto es que decidí que si esos canadienses me habían seleccionado a mí (solo 50 de toda América), habían logrado que por primera vez me dieran una visa y me habían pagado todo, lo menos que podría hacer era ir a ese Fórum y demostrar que no se habían equivocado al escogerme.

Todos sabemos que yo soy un derroche de carisma. Pues en esos días fui un derroche de carisma en francés. Pregúntenle al resto de los embajadores, quienes tampoco me dejarán mentir. Y ellos también, que conste. Aquellos días de encuentros con jóvenes de toda América a los cuales la lengua francesa apasionaba al igual que a mí serán por siempre de mis mejores. Al final, en solemne acto, fui nombrado Embajador de la Francofonía de las Américas, con la misión de expandir el francés por mis predios, título simbólico, pero que me tomé como misión personal y para cuya puesta en marcha planeé decenas de proyectos. Mi amor por la lengua francesa y la Francofonía en general llegaba a su punto más alto.

Pero el regreso a Cuba fue demasiado duro.  Hay cosas que se nos van de las manos. Hay cambios y contrastes que uno no puede controlar. La vida real nos hace separarnos de nuestros amores. Así fue cómo comencé a alejarme del francés. Me fui de la universidad, como Embajador de la Francofonía lo único que logré fue inscribir a mis sobrinos en la Alianza, y dejé de lado todas mis ansias de seguir aprendiendo, de enseñar lo que yo había aprendido, de escribir un libro. Me hice oficialmente materialista. Y después me autodenominé escritor (en lengua española) relegando aún más el francés a planos secundarios.

Un día me entristecí. Un día que vi todos mis libros y mis libretas, mis diccionarios y mis programas y me dije: ¿para qué tengo esto yo? ¿Qué hago con esto? ¿Es que pretendo seguir aprendiendo? ¿Por qué no lo boto todo o se lo regalo a alguien? Mis tabloides de Universidad para Todos, mis primeras pruebas, guardadas celosamente, los libros de vocabulario que prometí aprenderme en su totalidad alguna vez. Me entristecí al darme cuenta que mi gran pasión era casi inexistente en mi vida actual. No me arrepiento de los cambios que hice - al contrario - pero tampoco me siento feliz de haber abandonado los estudios sobre el francés y el mundo de la Francofonía. Fue como renunciar al gran amor de la adolescencia por pragmatismos más actuales. Pocas sensaciones son más dolorosas.

Hace dos meses, tuve la dicha enorme de participar – a pesar de no tener ya una supuesta vinculación con el francés - en el I Fórum Mundial de la Lengua Francesa. Léanlo de nuevo: un fórum sobre la lengua francesa (mi gran pasión), a nivel mundial y nada más y nada menos que el primero. Yo: el alumno de Madame Ivelyse. A menos de 10 años de haber tenido que pronunciar siete veces “Bonjour, Madame”. Hay cosas de las cuales, poco modesto o no, siempre tendré que sentirme orgulloso. Y curiosamente, no sentí nada de orgullo o autosuficiencia: solo felicidad.

Los mismos que me invitaron al Fórum del año anterior (el Centro de la Francofonía de las Américas) escogieron a 40 de los Embajadores para representarlos en este primer Fórum Mundial, que se celebró la primera semana de julio en la ciudad de Québec, con más de 1500 participantes de cada rincón de este planeta. Cada uno de los 40 tuvo una misión: unos se ocupaban de la radio, otros de cubrir periodísticamente el evento, otros de fomentar la cooperación con otras instituciones. Yo fui designado como fotógrafo. No sé por qué. Yo que soy tan buen orador,  escritor y convenciendo gente. Pero fue la mejor decisión del mundo para mí, porque un fotógrafo puede verlo todo e ir a todas partes, y en un evento tan rápido e intenso como ese, es algo así como la mejor parte.

Así que con el lente de mi cámara vi al mundo preocuparse por la Francofonía. Por su lugar en el mundo actual, por el número de personas que lo hablan, por su hegemonía ante otras lenguas. Vi a árabes, asiáticos, latinoamericanos, inuits, africanos, europeos, hablar sobre el francés. Vi al resto de los Embajadores correr para entrevistar a alguien, estar en una esquina de una poblada conferencia tomando notas, e incluso participar como exponentes en alguna. Una tarde de miércoles tuvimos la oportunidad de presentar nuestro trabajo junto al Centro de la Francofonía de las Américas y ahí hablamos todos, incluido yo con mi cámara al cuello, y demostré para sorpresa de muchos que –no solo yo – en Cuba se habla francés y se hace bien. Entonces me sentí reconciliado con mi amor, al hablar de él en un contexto internacional frente a otros amantes de la lengua.

Al terminar el Fórum, como regalo (como si el invitarnos no fuera un regalo ya) nos llevaron a los Embajadores a hacer rafting a un río a una hora al norte de Québec. El rafting es toda una aventura en balsa por los rápidos y paisajes de la zona. No hubo algo más trepidante y divertido en este mundo. Pero a pesar de la fiesta, nuestro estado de ánimo nostálgico, propio del último día, ya se iba sintiendo. Al final, ya bañados y peinados, en mesas de madera frente a un río de calendario, hablamos de nuestro amor por lo que hacemos y de cómo no lo abandonaremos, seamos francófonos o no. Nos dimos un aplauso colectivo y nos tiramos por el piso (es el nuevo lema sumado a los tres aplausos ya característicos).

En el camino de regreso se instaló el lógico cansancio, sumado a algo de nostalgia por la partida hacia sus países de algunos que ni siquiera tomaron el autobús de regreso. En un momento estaban las luces apagadas y muchos dormían. Y ahí, en ese estado, mezcla de agotamiento con satisfacción cumplida, me sentí orgulloso de mí mismo. No con la inmodestia propia de mis años más jóvenes, sino con el verdadero orgullo del que tiene un amor y ha sabido llegar adelante con él.

Y es que el francés es gran parte de mi vida. Mi acceso a la universidad, mis horas de estudio, mi trabajo, mis amigos, mis amantes. Fue a lo que quise dedicarme, lo hice y lo hice bien. Llegué a lugares con él y logré que mucha gente cuando piense en mí, piense también en la lengua francesa y la francofonía.

Entonces, en ese oscuro y tranquilo autobús que nos conducía de regreso a Québec, me di cuenta que, a pesar de mis miedos y cuestionamientos anteriores, pase lo que pase, la lengua francesa y yo siempre estaremos juntos. Porque las condiciones pragmáticas y materialistas no pueden hacer nada ante el amor real. Y sonreí yo solo en mi asiento, sintiéndome feliz como una lombriz que sabe que ha encontrado el amor de su vida. Y aunque hace mucho aprendí que la francofonía es mucho más que eso, puedo jurar que en ese momento una gorrita cómica apareció de la nada en mi cabeza, mi pullover se llenó de rayas blancas y azules y una torre iluminada se dejó ver imponente en la oscuridad de la noche, mientras en la distancia un violín cantaba algo acerca de vidas y de rosas.


PD: En esta semana en la que se cumplen 10 años exactos de mi entrada oficial al mundo de la Francofonía, quiero dedicar este post a las damas Ivelyse Artaud y Gisèle Bulwa. A la primera por introducirme al mundo del francés magistralmente y por enseñarme lo importante de ser perfecto e imperfecto a la vez. A la segunda por mostrarme cómo un aula semivacía puede llenarse inmediatamente de vida gracias a la erudición y al dominio de nuestros oficios sin dejar nunca de lado la capacidad de ser buenas personas. También a mis compañeros de clase, a mis buenos profesores y a todos mis alumnos, por haber estado junto a mí cuando aprendía más sobre el francés. Y por supuesto, a los Jóvenes Embajadores de la Francofonía de las Américas (aplauso, aplauso, aplauso), quienes profesan como yo un amor indescriptible por la lengua francesa y quienes consagran su tiempo y su energía a su difusión. Je vous aime tous et nous serons toujours unis dans le rayonnement de la Francophonie.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Tres días en Toronto


¿Dos días y un día son tres días?

Siempre me ha llamado la atención Toronto. Y mucho más desde que vivo en Montreal. Me parece que es algo así como “la gran ciudad”. Un lugar al que se debe ir cuando se vive en Canadá. Conozco mucha gente que nació o que vive ahí y por ellos uno se va haciendo una idea de cómo es la ciudad y te entran ganas de ir. Además hay que sumarle el hecho de que Toronto fue el lugar donde puse el primer pie luego que rompí la maldición, pero solo conocí en esa ocasión el aeropuerto, no la ciudad - que ni siquiera está cerca - así que el conocerla era como una cita pendiente con mi propia historia.

Hace cuatro días me compré un pasaje de autobús para Toronto. Sin pensarlo ni planearlo. Dos amigos cubanos se iban para allá y me dijeron que podía quedarme con ellos en el hotel así que me dije que por qué no. Quizás el momento de conocer Toronto había llegado. 24 horas después estaba montado a medianoche en una guagua en un viaje de seis horas hacia “la gran ciudad” sintiéndome feliz como niño pequeño.

El viaje en autobús no fue precisamente idílico (mi anterior viaje en carretera por Canadá hace dos meses para ir de Québec a Montréal había sido extremadamente bueno). La wifi era mala, no había tomacorrientes, los asientos eran incómodos, estaba lleno de gente a pesar de la hora y no te dejaban bajar en ninguna parte. Además estaba yo solo porque mis amigos tenían pasaje en tren. Pero bueno, el cubano fue entrenado bien para estas cosas. Solo que en mi cabeza lo había comparado con el otro viaje y tampoco se puede decir que haya sido precisamente barato como para estar pasando tanto trabajo.

Pero bueno, esas son nimiedades. Cuando llegué a Toronto todavía era de noche y para cuando me di cuenta estaba llegando a la terminal - que está en el medio de la ciudad - sin haberla visto mucho por las ventanillas. Así que lo primero que vi de Toronto fue un latón de basura, dos mendigos y un Starbucks poco antes del amanecer. No era precisamente lo que esperaba, pero a veces a las cosas hay que darle un tiempo para que mejoren. Como todavía faltaban cinco horas para que mis amigos llegaran, entré al Starbucks por un rato, al menos hasta que amaneciera y se fuera el frío de la noche.

Esa mañana decidí ir a la Torre CN - uno de los símbolos de Toronto- la tercera más alta del mundo y por 30 años la más alta, hasta que los asiáticos, en su intento por apoderarse del mundo, la sobrepasaron hace dos años. Pasé cerca y tiré fotos pero no subí, pensando que era mejor esperar por mis amigos. Ya para entonces tenía un sueño que me quería morir. No había dormido nada en la guagua ni en la mañana así que llevaba como 24 horas despierto. En estas condiciones, como era de suponer, Toronto me parecía un tanto hostil.

Había edificios inmensos por todas partes, pero no me gustaban. Me parecían fríos, faltos de vida. Lo mismo con la gente. Todo el mundo simple, mundano. Pero como sabía que se debía en gran medida a mi cansancio, no le presté atención. Seguí dando vueltas por parques y cosas tirando fotos hasta que al fin llegaron mis amigos.

En vez de irme a dormir al hotel nos fuimos a dar vueltas. Pero, a pesar del cansancio, la pasé bien. No fuimos a la torre (lo dejamos para la noche) pero tomamos un ferry y nos fuimos al lago Ontario y, cosa curiosa, me bañé. Que me coja yo bañándome en una playa cubana. Pero aquí lo hice. El agua estaba fría, pero linda y ausente de carencias. Me gustó. Además de la vista de la ciudad desde el barco. Los rascacielos siempre llaman la atención. Especialmente cuando hay decenas y decenas juntos.

Ya en la noche, después de dormir un poco nos fuimos a conocer a los gays locales (demasiado tarde ya para la torre). El barrio gay de Toronto es una mierda. A pesar de que puede que yo haya ido en mal momento, dudo que pueda mejorar mucho. Al lado de Montreal es una mierda completa. Tres discotecas, dos saunas, cuatro pájaras borrachas – y feas – dos travestis y se acabó. Extremadamente rural. El barrio gay de Colón, Matanzas, no tiene nada que envidiarle (en el improbable caso de que hubiese un barrio gay en Colón, Matanzas). Hay que decir que los hombres en general en Toronto no son ni la mitad de lindos e impresionantes que en Montreal, donde uno no puede montarse en el metro sin que aparezcan 80 rubios vestidos de traje. Decepcionante. Además, cuando van a Montreal todos son divertidos porque están de vacaciones, pero en su casa son unas viejitas.

Por supuesto que tuve sexo. Varias veces y con la calidad necesaria. Hasta con cubanos, que están en todas partes. Por mucho hombre mundano que haya, para ser feliz solo se necesita uno (o cuatro) que no lo sea. Eso me salvó la visita al barrio gay, el cual, insisto, es una porquería.

Al día siguiente, después de poquitísimas horas de sueño, nos fuimos al Niágara. Los mejores 150 dólares gastados en la historia. Qué manera de pasarla bien. No pretendo convertir este blog en una guía turística, pero les recomiendo que si algún día pueden ir, no lo duden (los que están Cuba ahora leyendo esto y digan algo como “sí, claro, como si fuera tan fácil”, les recomiendo además que cambien esa modalidad de pensamiento o nunca llegarán ni a la esquina).

Volviendo al capitalismo, las cataratas del Niágara valen toda su fama. Son grandes, impresionantes, lindas y activas. Uno se siente insignificante y feliz a la vez. Están a unos 150 kilómetros de Toronto, pero en la misma provincia de Ontario. Una vez allí, luego de un interesante viaje en carretera con un guía y gente de todas partes en el ómnibus, te montan en un barco, te ponen una capa azul que a los flacos les queda horrorosa, y a tirarse contra las cataratas se ha dicho. Hay un arcoíris frente a cada una de las dos (son tres pero ni idea de dónde estaba la otra) que uno podría jurar que les pagaron para que estuvieran ahí. Una catarata es americana y la otra canadiense y las aguas son internacionales. En un momento, ya pegado a la catarata, empiezas a mojarte todo y a soplar el aire como si estuvieras en un ciclón y todo el mundo grita y se divierte. Como soy un héroe logré sacar la cámara a pesar de todo aquello y tirar fotos.

Luego un buffet en el Sheraton (oh, sí) del que no tiré fotos porque ahí sí estaría siendo cruel con los que están en Cuba. Es mejor que no sepan (todavía) que cosas como esas existen en el mundo. Para colmo, mientras estábamos comiendo, un señor de 62 años cruzó de una torre de más de 300 metros de altura a otra por una cuerda floja…sin protección. Lo hace todos los días en verano. Y de gratis, además. Yo no daba crédito a lo que estaba viendo. Tengo fotos.

Una de las grandes protagonistas del día fue la frontera americana. Esto no es México y Canadá tiene una situación financiera superior a la de los Estados Unidos, pero así y todo para un cubano (y para muchos otros también) saber que estás a 100 metros de los Estados Unidos siempre te impresiona y te acuerdas de Pocahontas, de la mafia de Miami, de Sarah Jessica, de las 90 millas que por aquí son unos metros, del texano del que me enamoré el mes pasado y de todo lo que hace al  yuma el yuma. Está tan cerca que uno se dice que no puede ser. Hay un puente que para cruzarlo tienes que tener pasaporte, en cuya entrada nos tiramos 200 000 fotos haciendo monerías y fingiendo que “desertábamos”. Podrán verlas en Facebook (mírenme de nuevo atacando a los que viven en Cuba).

Por la noche prenden las luces de las cataratas de muchos colores para que uno siga gritando “¡Qué lindo!” y tirando fotos, a pesar de que a esa hora ya todo el mundo tiene la cámara llena o las baterías descargadas porque se ha pasado el día como turista japonesa tirándole fotos a todo lo que se mueve. Lo dicho: que se queden con los 150 dólares; los gasté con gusto.

Regresamos hechos leña, pero felices. Después de casi dos horas de viaje dormido en la guagua al llegar a la ciudad, Toronto me regaló su imagen más bonita. La guagua del día anterior obviamente no había entrado por ahí, si no me hubiese quedado maravillado. Todos los rascacielos son de cristal y se ven todas las oficinas. Son miles de oficinas, quizás millones. Todas alrededor de uno. Algunas cerca, otras más lejos, para dar la impresión de que es una inmensa ciudad de cristal a la que uno está entrando. Desde detrás del cristal de mi autobús, no pude menos que erguirme en el asiento y mirar maravillado.

Pero mi noche estaba lejos de acabar. Era mi última noche en la ciudad (este post se llamaría originalmente “Dos días en Toronto” pero ya verán qué pasó) y tenía cita con dos muchachos. No es que yo sea promiscuo (bueno, lo soy) o que no pueda parar de tener sexo. Para nada. El problema es que al día siguiente ya me iba y a ambos los conocía de antes y no quería irme sin verlos. Uno es un chico de Toronto que conozco de Montreal y el otro un cubano extremadamente lindo y caliente (no porque sea cubano, sino porque es escorpión) con el que me arrestaron en Cuba una vez (ya se imaginarán por qué) y con quien nunca había podido concretar nada.

Ah, miren que yo me divierto en esta vida. Me metí en barrios que ni conocía a horas extremas de la noche y la pasé extremadamente bien (con mayúsculas) tanto en el turno de la una como en el de las dos. Al terminar, todo satisfecho, y coger un taxi para ir a buscar a uno de mis amigos que estaba en el barrio gay “haciendo algunas cosas” para irnos para el hotel (o a seguir divirtiéndonos, nunca se sabe) me puse a ver a Toronto desde el auto y a pensar un poco más en ella.

Es simple. Me sigue pareciendo muy simple. Todo es muy técnico. Es una ciudad donde la gente va a trabajar. Los rascacielos ocultan a la clase obrera. No hay lugares para ser bohemio, para tomarse un trago, para ser feliz. No hay colores, no hay vida en “la gran ciudad”. Quizás me equivoque pero al menos esa fue mi impresión. ¿Linda? Puede ser. Aburrida también.

Y justo cuando tenía estos y otros pensamientos en la cabeza, llegó la tragedia. La que dividiría en dos mi visita a Toronto, este post, y - aunque hago grandes esfuerzos para que no pase - quizás también mi vida. La tragedia, de la mano esta vez de un lindo muchacho de 28 años de cabellos claros que te para en la calle justo cuando te bajas del taxi y te dice que eres sexy. La tragedia que, como casi siempre, se disfraza de felicidad para que uno caiga. Porque si uno no cae, entonces no funciona.

No daré detalles particulares como otras veces. No puedo. Sería muy complejo de explicar todo, sería extremadamente siniestro, sería extremadamente cruel. Yo soy fuerte, pero ustedes no tanto. Hay secretos que no me pertenecen y otros que sí y que nunca diría de todas formas. Hay cosas que escritas suenan mucho peor que cuando pasan a tu lado o cuando alguien te las cuenta en el calor del momento. Sería injusto. Habría entonces que cambiar tanto los detalles que ya estaría contando otra historia. Los detalles reales en su totalidad probablemente nunca podré contárselos a nadie.

Hay gente que está jodida. Los jodió su familia, los jodieron las drogas, los jodió la soledad, los jodieron otras gentes jodidas, los jodió su inteligencia, se jodieron ellos mismos y su carácter autodestructivo. Los “fucked up”. Y yo, como reloj, siempre caigo por ellos. Quizás mi horror a la gente simple me hace caer ante estos extremistas o - lo cual es lo más probable - yo también soy un “fucked up” y me deslumbro cuando siento a uno de los míos cerca. Sea como sea, me detesto profundamente.

Hay que decir que si bien yo soy medio anormal, no caigo por cualquiera. Él hizo bien su trabajo. No fue solo su línea inicial, sino también todas las que vinieron después y para cuando me di cuenta ni busqué a mi amigo y me fui con él. Me fui a ser feliz por unas horas. Como debe ser. Sin pensar ni en mañanas ni en ayeres. De esa parte, no me arrepiento. Creo que, en sentido general, no me arrepiento de nada. Yo soy así.

No voy a hacerme la víctima y decir que nunca supe que estaba jodido. Por supuesto que no, lo supe en cuanto lo conocí. En cuanto sentí mi corazón latir más rápido lo supe. Cuando conocí más detalles me aterré un poco más (si alguien piensa que sabe de lo que estoy hablando le aconsejo que olvide su teoría: son cosas tan sórdidas como inesperadas y para las cuales los seres humanos comunes no estamos preparados) pero no hice mucho más que erizarme un poco. Oscuro que soy yo también. Me gustaba él. Todavía me gusta, pero confío en que deje de hacerlo. Los detalles más sórdidos, más siniestros, no fueron los que causaron la tragedia.

Así fue como al día siguiente, después de una noche en la que me sentí vivo y real, fui al hotel a ver a mis amigos y les dije que no regresaba ese día a Montreal. Tonto que soy. Ahí estuvo el error, del que sin embargo, tampoco me arrepiento. Pero cuando uno es feliz, tiene que irse y dejar a la felicidad ahí. Para luego extrañarla. No intentar prolongarla, lo cual nunca funciona. Y yo sé eso, pero pensé que sería diferente. No, mentira, nunca pensé que sería diferente, solo lo hice porque yo también soy decadente y me atraen demasiado los que son como yo. Me detesto profundamente.

Y ahí todo cambió. Todo empezó a salir mal. En el camino al hotel. Para él y para mí. Todo comenzó con la noticia sin muchas explicaciones que recibió en su teléfono de que no podría mudarse al día siguiente al apartamento del que llevaba horas hablándome. Luego vinieron pasajes que no se podían cambiar, tarjetas de banco que no se podían usar, molestias por cargar los bultos de un lado a otro. Y ese fue el inicio de la tragedia.

Yo dije en un momento que era mejor que me fuera a Montreal pero él insistió en que me quedara. Me dijo que todo estaría bien, que él lo arreglaría. Y yo me quedé. Fuimos al mismo lugar oscuro de la noche anterior – que en la noche anterior había sido, más que oscuro, mágico – ya que era lo único que podíamos pagar. Entramos a las 4 de la tarde, luego de visitas a bancos a intentar salvar tarjetas, a terminales para intentar cambiar pasajes, al centro de asistencia social donde trabaja como voluntario para intentar buscar una computadora y escribirle a la mujer que sin razones le decía que no podía mudarse y a una cafetería donde me compró un sándwich gigante con el dinero que había logrado recuperar. Entramos a las 4 de la tarde a aquel lugar oscuro, estuvimos 16 horas allí y nunca más lo vería de la forma en que lo conocí y de la cual me deslumbré.

Vi a otro. Otro que todavía se preocupaba por mí pero que no era igual. Otro al que me parecía que no conocía. Su carácter nunca volvió a cambiar desde ese momento, la droga que tomó después no ayudó nada (yo no, que conste; tampoco soy tan decadente) y todo se vino abajo. Hubo invitados inesperados en mi habitación, modificaciones violentas en su carácter cuando teníamos sexo, miradas perdidas a un punto de la habitación mientras yo lo zarandeaba para que me hiciera caso. Y yo lo seguí en todo. No rechacé a los invitados, fingí que el carácter violento me excitaba aún más, cuando vi que las miradas perdidas no regresaban, puse mi cabeza en su pecho y no intenté más que se moviera. Quisiera decirles que lo hice por decadente que soy yo también, pero no, lo hice porque me gustaba mucho. Tampoco soy una víctima, que conste.

Para colmo, aunque hubiese querido, no podía salir de allí, comprarme un pasaje e irme de Toronto, ya que en un mismo casillero de la terminal habíamos dejado nuestras dos mochilas cuando no sabíamos a dónde caminar, y él no estaba ahora en condiciones de ir a buscar nada. Como habrán de suponer, no podía coger mi mochila, irme y dejar la suya ahí para siempre. Así que era como estar literalmente prisionero en un lugar oscuro.

Hubo un momento en que pensé irme, llevar su mochila de regreso, hablar con alguien para que la entrara al lugar oscuro y luego irme de veras. Pero no lo hice. No porque yo sea un “fucked up” (lo soy), sino porque soy un sentimental. Me negué a mí mismo a verlo así por última vez (siempre supe que no lo vería más). Había sido tan encantador el primer día. Dañado, pero encantador. Ahora era solo frío. Como un monstruo. Uno que me gustaba demasiado.

Después se puso más alegre, pero fue peor. No paraba de hablar con todo el mundo, caminaba por el pasillo sin cesar gritándole a la gente que era sexy - ¿les suena conocida esa frase? – y le pagaba tragos a  la gente con el dinero que había recuperado. A mí me compraba comida y me insistía en que durmiera, lo cual me daba la impresión de que era para deshacerse de mí. En un momento me desaparecí. Me escondí en una habitación que no era la mía con un hombre agradable que entendió que yo solo quería esconderme allí, y lo escuché preguntar por mí en los pasillos mientras le ponía un dedo en la boca al hombre para que no dijera nada.

Media hora después cuando lo encontré, sonrió y no me preguntó dónde estaba. Ahí lo odié más. No sé si él hacía otras cosas y no me importa. Claro que sí me importa, pero déjenme engañarme. Manipulador inteligente que es, me preguntó si estaba bravo con él. Yo, en realidad, si estaba (estoy) bravo con alguien era conmigo mismo, pero le dije cínicamente que sí, que era con él, pero que no se preocupara, que jamás iba a volver a saber de mí cuando saliera de ese lugar. Me dijo que entendiera que estaba en un día malo. Yo, conociendo a los decadentes, no le hice caso. Solo seguí protestando en silencio por el resto de la noche. De todas formas, a veces lo abrazaba por la espalda mientras lo escuchaba conversar de política con los demás y él, al ver que lo abrazaba, sin dejar de hablar me cogía y me lanzaba hacia adelante para abrazarme él por mi espalda. Y ahí era feliz yo. Dormimos juntos y abrazados. Quizás no solos en algún momento, pero al final los abrazos fueron solo nuestros. Victorias pírricas a las que uno tiene que aferrarse.

La mañana no fue mucho mejor. Y ahí sí me molesté. Cuando me di cuenta que no lo vería nunca más como yo había creído que era (porque él en realidad era como yo lo estaba viendo y no como yo había pensado antes) y que cada minuto mío en Toronto estaba de más. Nos quedamos dormidos más de lo que debíamos, lo traté mal, no me hablaba, le disparó a un rubio lindo recepcionista mientras salíamos, y yo salí del lugar gritando “¡estoy allá abajo y si quieres te apuras que estoy loco por irme de esta ciudad de mierda!” mientras daba portazos. La pobre Toronto pagó por algo que no era su culpa.

En el camino a abrir el casillero que marcaba oficialmente nuestra separación de por vida, nadie dijo una palabra. Bajo el grosero sol de la mañana y en las ajetreadas calles de Toronto nadie dijo nada. Yo estaba molesto. Muy molesto. Conmigo. Me odiaba profundamente.

Él no decía nada. Y yo no quería que nada saliera de su manipuladora y ya no drogada boca. Llegamos, abrimos el puto casillero y compramos el pasaje (él me lo pagó como había prometido un día antes cuando todavía nos queríamos pero le di la mitad del dinero porque resultó ser el doble de lo que esperábamos y él ya había gastado demasiado). Le dije que podía irse pero me dijo que necesitaba cargar el teléfono. Sí, claro.

Faltaba media hora para que saliera la guagua y nadie decía nada. Ni yo que miraba al infinito ni él que revisaba su celular. “Si quieres te doy mi número”, me dijo cuando anunciaron el abordo, todavía mirando al celular. “No”, dije yo, todavía mirando al infinito. “No tiene sentido”. Aclaración importante: nunca le di ningún dato mío e incluso él me llamaba Jorge todo el tiempo, lo cual me enfurecía (aunque en un momento me presentó a otro cretino como “Raúl” así que sí se lo sabía). “No me importa dártelo”, me dijo, aún sin mirarme. “Por supuesto que no te importa, se lo das a todo el mundo”, dije sin mirar.

Yo ya tenía su número. Me lo había dado en una tarjeta roja un segundo después que me conoció en plena calle. Pero no se acordaba. “Ya tengo tu número, de todas formas”, le dije y lo miré. “Pues mándame un mensaje cuando llegues, así sé que no pasó nada en el camino”, dijo, y me miró al notar que yo lo miraba. “Nada pasará”. “Mándalo”. No sé por qué lo dijo. Si para tener mi celular, para no quedarse callado…no sé.

Entonces me paré y me fui. Nos dimos un abrazo intrascendente, casi sin mirarnos, yo dije un diplomático “gracias por todo” a la carrera y nos separamos. Casualmente su celular ya no necesitaba cargarse en ese momento así que él también se fue al mismo tiempo. Al salir al andén lo vi por última vez. Un pedazo de su pantalón. Ah, esos horribles momentos en que preguntas dónde está el ómnibus para Montreal ya que no ves el número del andén porque hay agua en tus ojos. Nadie me vio. Al menos no él.

En ese momento lo odiaba, aún más que a mí. Por ni siquiera poder fingir por un solo día que era como no era. Un día en que yo me había quedado en Toronto con el único objetivo de estar con él. Por supuesto que yo le gustaba un poco más que los demás (yo también sé ganarme mis cosas) pero no lo suficiente como para impedir el dejarse llevar y tener su decadente vida frente a mis ojos y haciéndome partícipe. Pero la lágrima - una - no salió por mi odio hacía él. Salió por el día en que lo conocí en la calle y me di cuenta que el corazón me latía más rápido.

Cuando subí a la guagua me di cuenta que ahora tendría que estar seis horas incómodo en ese lugar cuando lo único que yo quería hacer era llorar. Y con mi iPod, celular y computadora completamente descargados como consecuencia de mis días perdidos.

Pero Dios sabe lo que hace. Resulta que el único en esta guagua, quizás como consecuencia de subir de último, que no tiene a nadie al lado, soy yo, así que me tiré en los dos asientos, me eché un abrigo en la cara y gimoteé un poco. Luego me encontré un tomacorriente así que pude cargarlo todo. La wifi sigue siendo una mierda, pero al menos me dio para chatear con Yesey y contarle un poco más que a ustedes en el calor del momento. Los amigos son necesarios y Dios también te los manda justo cuando piensas que no tienes nada. El día anterior, por cierto, en medio de aquel lugar oscuro había visto un mensaje de Teresita que decía en Facebook: “Raúl Reyes Mancebo lleva 24 horas sin publicar, ¿dónde estás, querido?” Entonces, en medio de ese lugar oscuro, mis días de Niágara y barrio gay me parecieron tan lejanos y remotos.

Y luego supe algo que no debía saber. O quizás sí. Mi curiosidad, la tarjeta roja y Google se unieron para encontrarlo. Aunque recé para que nada apareciera, algo apareció. Y no estaba preparado para lo que vi. No solo era su extraordinario blog que ni yo sabía que tenía, en el cual era (es) un ser fascinante, sino eran además sus fotos, su sinceridad, su brillantez. Me gusta mucho ese hombre. Me fascina. Peligrosamente, pero fascinación al fin.

Pero a pesar de eso, logré mantenerme incólume. Hasta que algo me paró en seco. Un post en Facebook del mismo día en que me había conocido, algunas horas antes. Decía: “Acabo de firmar un contrato de casa por dos años. Finalmente las cosas comienzan a enderezarse.”

No estaba preparado para eso. No lo estoy. Siempre pensé que la noticia de lo de la casa era una justificación cualquiera para lanzarse a la decadencia. Podía ser eso o cualquier otra cosa. Pero en realidad el enterarse que no podía mudarse fue una noticia mayor para él. Ese post en Facebook me lo corroboraba. Y en vez de mandarme para Montreal como hubiera hecho otro, se comportó como un hombre real y me dijo que me quedara, que quería que yo estuviera a su lado y que él se ocuparía de todo de alguna forma. Me compró comida, me buscó un lugar donde dormir y se preocupó todo el tiempo por mí.

Pero le dolió y no pudo evitar caer en su decadencia. Y yo, en vez de darme cuenta que le dolía, en vez de valorar que había querido que me quedara a su lado cuando era más fácil dejarme ir, solo pensé en “cómo yo me había quedado en Toronto por él”. Lo acusé por hacer cosas que yo siempre supe que él hacía y que él nunca me había ocultado, en vez de darme cuenta de que estaba pasando por un mal momento y que esa era su reacción natural. Entonces sucedió lo imposible: logré detestarme aún más.

Como yo también soy un hombre real, hice lo único que podía hacer. Le escribí. De un correo falso para que no pueda encontrarme. Le escribí un correo de dos hojas que me dividió el alma en dos. Un correo en el que fui más sincero que nunca antes en mi vida. En el que me despojé de absolutamente todo. Un correo de un “fucked up kid” a otro. Al terminar y mandárselo temblaba. Ahora también.

Al principio me dije que no iba a escribir sobre esto. Que no iba “a inmortalizarlo ni una pinga apelando a la literatura”. Pero lo hice. Creo que las condiciones en la guagua se prestaron para eso. Intenté hacerlo con la menor cantidad de datos posibles, pero al final me salieron más de los que pretendía. Así y todo hubo mucho que no dije. Hubiera podido hacer que ustedes se enamoraran de él, que luego lo odiaran y que luego me odiaran a mí y lo amaran a él. Hubiera podido, quitando los secretos que no me pertenecen, hacerles la historia completa y ustedes estarían ahora donde estoy yo. Podría contarles cómo me empujó contra una vidriera cuando me besó por primera vez, como me dijo en la cafetería que en la vida lo importante no son los problemas que nos tocan sino la manera en que nos enfrentamos a ellos, cómo me excitaba de solo mirarlo y le decía en los lugares públicos que quería acostarme con él, cómo me dijo que nunca regresara a Montreal y me quedara con él. A él no le sobran atributos ni a mí capacidad narrativa. Pero no lo haré. Quiero que su paso por este blog sea lo más mundano, rápido y precipitado posible. No quiero embellecerlo ni inmortalizarlo porque tengo miedo que un día me duela tanto que no pueda recuperarme nunca. Prefiero unos párrafos apresurados para que ustedes sean fríos y no se involucren. Para que me digan “aléjate de tipos así”, como deber ser. Este estúpido escribir ha de ser, ante todo, estúpido.

Ahora tengo resaca moral, por supuesto, y me dan asco los hombres y todas esas cosas clásicas. Pero ya se me pasará. No voy a casarme con una mujer ni recurrir a la religión para encontrar asilo de mi depresión. Eso es ya demasiada pajarería. Recojo los pedazos de mí mismo y ya los armaré de regreso a Montreal. Ya se me pasará. Seré más viejo, pero se me pasará.

Al salir de Toronto, en la distancia, vi la torre CN. Nunca subí. Me dejé llevar por la mundanidad. Pero bueno, así tengo motivos para regresar alguna otra vez y darle una segunda oportunidad a Toronto. En alguna medida creo que fui algo injusto con “la gran ciudad”. Pero pasará mucho tiempo antes de eso. Por el momento, cada metro en esta guagua que me acerca más a Montreal me hace sentirme mejor. Cada minuto que me alejo de estos tres días (o quizás de uno solo de esos días) en Toronto me hace sentirme mejor. Más vacío y con el corazón latiéndome más lento, pero mejor.


sábado, 18 de agosto de 2012

Los que se fueron y ahora viven por otros lados


Lo encontré en un lugar donde todo el mundo se besaba. Más bien digamos que lo reencontré. Se parecía a alguien pero no tuve ni siquiera la intención de precisar a quién. Se lo dije a mi amigo cubano, a mi lado, pero no me interesó buscar en mi memoria a quién me recordaba. Solo me concentré en lograr besarlo. Parecía argelino, o algún otro tipo de árabe, de los que hay miles y miles en Montreal. Lindo, quizás demasiado. Peligrosamente lindo. Lo sabía. Masticaba chicle todo el tiempo demostrando la altanería propia del que es lindo y está en un lugar en el que ser lindo lo es todo. No tan alto, pelo rizado corto y un perfil de cara extremadamente fino que lo hacía peligrosamente hermoso. Peligrosamente conocido.

Él no me vio. O quizás sí, pero cuando me fijé en él y le hice el comentario a mi amigo, él intentaba - sorpresivamente sin éxito - besarse con un insignificante muchacho de mirada lánguida. Al ver que no me miraba y otros sí, le retiré mi atención y me besé con estos otros. Otros sin importancia. Irrelevantes para esta historia y para mi vida. Y luego busqué a otros nuevos para besarlos y olvidar con estos a los que había besado, en un proceso de sustitución y acumulación que conduce casi siempre a la plenitud, la cual el hombre confunde comúnmente con felicidad. Sobre todo un sábado en la noche.

Cuántas nacionalidades en esta ciudad. Tantas, que uno ni intenta ya adivinarlas. Uno se hace un aproximado en la cabeza y con eso basta. Europeos, africanos, latinos, asiáticos, norteños. Negros, rubios, árabes, indios. Pequeños, altos, de ojos rasgados, pelos rizados o bocas voluptuosas. La verdadera pluralidad. Y todos con un solo objetivo: besarse. Buscando en la variedad no el sabor más especial, sino la unión de muchos, y satisfacer así instintos aprendidos a reprimir desde pequeños. Diversos por fuera; por dentro, todos iguales.

Luego de algunas vueltas y algunos besos me lo encontré. Reencontré. No había nadie cerca, solo él y yo. Nuestros ojos se cruzaron por tan solo un segundo cuando caminábamos uno en dirección al otro y no lo volví a mirar. Hace mucho que aprendí que para conquistar a los altaneros hay que hacerles ver que no te importan. Pero él insistió. En vez de seguir de largo se paró a mi lado y me miró fijo. Con esa indecencia propia de los que se saben deseables. Yo también me detuve y miré al infinito como buscando algo que no existía pero distinguiendo perfectamente su cara, justo al lado mío y apuntando directamente hacia mí. Sin desvíos.

Después de dos segundos, lo miré directamente. Con mi cara de malo que siempre funciona. Él me miró con su cara de puto que no tiene nada que perder con un rechazo, la cual seguro también siempre le funciona. Sonrisa y chicle en plena acción. Me gustó. Hacía mucho me gustaba, de todas formas. Pero él no tenía que saberlo. Entonces, ya sabiéndose ganador, alargó aún más su sonrisa y me dio la espalda, empezando a caminar. Dos metros después, una mirada hacia atrás para garantizar que lo siguieran. Lo hice. Cuatro metros de persecución a corta distancia, una curva y lo perdí de vista por unos instantes hasta que la doblé yo también y tuve que pararme en seco para no tropezar con él, justo a mi izquierda, recostado provocadoramente a la pared.

Besar. Qué hermosa tarea que la vida nos ha asignado. Rocé su boca ligeramente con la mía para poderlo hacer sentir mi aliento y sentir el de él. Limpio. El chicle. Puse una mano en su cara y lo toqué. Como si fuera mío. Era mío. Con esa posesión momentánea, pero real, que tienen los encuentros ocasionales. La otra mano levantó su pullover sin que se diera cuenta y tocó directamente su cintura. Cuando la sintió abrió la boca ligeramente, como sorprendido y excitado al mismo tiempo, en el mismo momento en que la mano en su cara pasó a su cuello y lo apretó indicando claramente la posesión. Lo miré a sus ojos oscuros. Me miró de vuelta. Y entonces lo hice. Abrí mi boca, él la suya, y cuando ambas se unieron y los alientos se mezclaron provocando un vapor excitante, una lengua buscó a la otra hasta encontrarla y comenzar un juego de movimientos alternos y simétricos. La mano de la cintura subió por un costado de su torso para ir a encontrar, ella sola, una mano de él que, como si estuviese sorprendida, estaba pegada a una pared en posición rígida. Y así quedamos, con las bocas unidas, las manos entrecruzadas y una rodilla presionando levemente un entrepierna. Besar. Qué hermosa tarea que la vida nos ha asignado.

En medio de nuestro beso algo pasó. O mejor dicho: alguien pasó. Alguien que nunca vi, pero que oí a la perfección hablar en un francés claramente quebequense. “Los cubanos siempre son ardientes” dijo, repitiendo un estereotipo para nada cierto pero que las personas del mundo, incluidos los propios cubanos, se esfuerzan en creer y repetir para poder pensar aliviados que en alguna parte del mundo hay una isla llena de hombres ardientes y apasionados. Casi no le presté atención. Besar era lo único que me importaba. Había logrado lo que quería, no iba a interesarme ahora en nada más.

Mas entonces, mis cinco sentidos, que rara vez me abandonan, me hicieron salirme por un segundo del beso. Nadie sabía ahí que yo era cubano. ¿Se lo había dicho a alguien en medio de los besos? ¿A alguien que regresaba ahora a correr la voz? No. Siempre calculo muy bien cuándo decir que soy cubano. Justo luego de que vean que no soy como los que ellos creen que es un cubano. Para molestar. A todos. A los cubanos y a los no cubanos. Para que vean que no todos somos iguales y no somos menos cubanos por ello. Pero entonces asumí que mi amigo, en medio de sus besos, había dicho su nacionalidad y los otros habían asumido que era también la mía al vernos hablar en español entre nosotros. Sí, debía ser eso.

Satisfecho con mi propia teoría regresé a besarlo. Regresé en mi cabeza, porque en la realidad no había dejado de hacerlo. Después de sus labios, besé su mentón, su cuello, una mano que llevé hasta mi boca. Mientras besaba su mano lo miré a los ojos. Él vio que lo miraba y comenzó a masticar su olvidado chicle. Entonces me di cuenta que estaba nervioso. El chicle era su arma de defensa, no de ataque. Lo ayudaba a sentirse menos fuera de lugar, para creerse él mismo que el besarse con todos era algo fácil. Adorable. Pero entonces, ante su vulnerabilidad momentánea y fugaz, me di cuenta.

No sé por qué, solo me vino a la cabeza. Quizás fueron las palabras del desconocido, la sensación que tenía desde que lo vi, o su mirada nerviosa que duró un segundo pero que me enseñó otra cara de él. Quizás fue la mezcla de todo, o de algo más que ahora ni siquiera puedo recordar, pero en un solo segundo me di cuenta de algo que ni remotamente me había pasado por la cabeza antes. Las verdaderas iluminaciones no tienen explicación. Sorprendido ante mi propia teoría, pero casi convencido de esta, solo había una manera de corroborarla.

“El cubano eres tú”, dije, en pleno español de Cuba, sorprendido pero no preguntando. Afirmando. “¿Qué?” dijo él al reconocer por un instante lo que le pareció el idioma del lugar donde nació. “¿Eres cubano?” repetí, no solo preguntando esta vez, sino haciéndolo más despacio en una variante de español que no es la mía, pero que uso desde que descubrí que nadie me entendía. Respondió afirmativamente con la cabeza. Miró hacia el lado y siguió con su chicle como si fuese una estrella de cine que se incomoda cuando alguien la identifica en un lugar en el que quería pasar desapercibida. Pura arrogancia. La arrogancia que viene de venir de un país que los otros consideran exótico.

Lo miré y me deleité en la pequeña venganza que estaba a punto de infligirle. “Yo también”, dije, de nuevo en un español que no es el mío. Lo dije como quien ni siquiera lo cree. Como quien lo dice para imitar. Parte del juego de la venganza. Me miró con un gesto de incredulidad e hizo una mueca con la cara expresando que la broma no tenía sentido, olvidando el acento que había escuchado unos segundos atrás en mi pregunta primera. Siempre me pasa. Nadie me cree que soy cubano. Ni los mismos cubanos. Arma a favor.

“Por eso tu cara me era conocida”, le dije, mientras le daba un beso en la boca. “Creo que te equivocas”, dijo algo alterado, “yo no te conozco”. “Pues yo a ti sí”. Otro beso. Todos de mí hacia él y no a la inversa. “No sé de dónde (beso) pero te conozco. Quizás de la Cujae (beso), de Coppelia (beso), de caminar por 23 (beso más largo y aún más frío de su parte)”. Al despegar su boca de la mía, lo miré. Tenía cara de sorpresa. Los referentes locales habían funcionado. Aproveché mi ventaja para seguir besándolo. Me encantaba saber que le quitaba la arrogancia poco a poco, pero más disfrutaba saber que era cubano. Cuando lo vi y me recordó a alguien, no me pude ni imaginar remotamente que era ese. Tan lejos de Cuba. En un lugar tan lejos de todo aparentemente. Ahora solo tenía que acordarme de quién era.

Pero para eso había tiempo. Sabiendo como sé que en lugares como ese las conversaciones importantes hay que mezclarlas con mucho morbo o se pierde la presa, levanté su pullover, me agaché y besé su abdomen mientras sujetaba su cintura entre mis manos. Luego, metiendo mi cabeza dentro del pullover poco a poco besé el costado de su cintura y lo sentí erizarse. Fui subiendo poco a poco por su torso rozando mi nariz hasta llegar al pecho. Y ahí, justo cuando llegué, en medio de la oscuridad que provocaba el estar dentro de su pullover, que se sumaba a la oscuridad que había en aquel lugar ya de por sí, justo cuando no veía su cara, pero podía claramente sentir el calor de su pecho, me acordé.

Yo era joven. Muy joven. Hay una línea divisoria en nuestras vidas y antes de ella somos jóvenes y después de ella somos los verdaderos nosotros. Pues cuando lo encontré era antes de esa línea. Mucho antes. Antes de ser el verdadero yo. Cuando era inexperto, ingenuo y no tenía la malicia que solo dan los años. Ni siquiera sé si sabía besar como sé ahora. Probablemente sí, pero no lo sabía y de poco sirve saber algo si no sabes que lo sabes. Pues ahí fue cuando lo encontré por primera vez. Cuando verdaderamente lo encontré. Muchos años antes del chicle y de Montreal.

¿Cómo pude olvidarme de él? ¿Cómo pude ver a alguien parecido y no acordarme inmediatamente? ¿Cómo? ¿Cómo es que uno puede olvidarse de todo?

No sé cuándo fue la primera vez que lo vi, pero sé que siempre me gustó. Yo tendría 18 años y el ser gay era tan nuevo que ni siquiera lo había hecho. No pensaba en otra cosa desde hacía años pero no había movido un dedo para materializar mis deseos. Él no. Él sí había hecho. Tenía un novio. Uno lindo y macho, que con el tiempo se volvió viejo y ordinario. Pero a mí me gustaba él. Tenía cara de puta. Una puta mucho más inocente que la de ahora, pero puta. Miraba de arriba a abajo sin vergüenza, como buscando en uno condiciones capaces de satisfacerlo sexualmente. Miradas a las que cuando uno es muy joven, no sabe muy bien cómo responder.

Lo vi mucho. Por mucho tiempo. En los cines, en los parques, en las calles comunes. No debía vivir muy lejos porque hubo una época en que no paraba de verlo. Solo, con el novio, con el novio y alguna amiga, con varios amigos. Los demás no sabían que ellos eran novios, pero yo sí. Pero nadie me notaba. Yo no era nadie. No tenía personalidad. O sí la tenía, pero la escondía, lo cual es lo mismo. A veces sí me miraba de arriba a abajo pero imagino que hiciera lo mismo con todos. El novio nunca ni siquiera me notó.

En mi casa pensaba en lo que haría la próxima vez que lo viera. En qué le diría, en cómo caminaría para que me notara, en cómo lo miraría. Imaginaba escenarios en mi mente en los que la lluvia nos hacía quedarnos juntos en el mismo espacio atrapados, en los que teníamos amigos comunes que nos presentaban, en que un día, sin razón, nos besábamos detrás de un árbol sin siquiera haber intercambiado una palabra antes. Todo bien planeado. Tenía todo el tiempo del mundo para desarrollar mi plan y lograr finalmente, no solo estar con un hombre, sino estar con él, cuya mirada nunca dejó de fascinarme.

Y un día no lo vi más. Nunca más. Y lo que más me molesta es que nunca me di cuenta que lo había dejado de ver. Eso es lo que más me duele y ni siquiera sé si puedo explicar por qué. Tuvo que pasar mucho tiempo, tuve que cruzar la línea divisoria de mi vida, conocer a muchos más hombres, más y menos importantes, tuve que tener miles de aventuras, declararme harto de todo y viajar al norte para en una noche oscura darme cuenta de que lo había dejado de ver.

Entonces me dio lástima. Lástima conmigo mismo cuando tenía 18 años. Tan solo, tan desamparado. Me vi sentado imaginando planes para conquistarlo mientras él cogía un avión y se iba. Me vi buscándolo por las calles mientras él, que ni siquiera me había mirado nunca, comenzaba su vida en otro lado. Me vi emocionado mientras él pensaba con añoranza en su novio lindo y macho que había dejado detrás. Y para colmo ni siquiera me di cuenta nunca. Un día no lo vi y pensé que quizás al día siguiente lo vería. Y así hasta que cuando me vine a dar cuenta lo tenía delante de mí más de 10 años después y me puse a pensar en cuándo fue que se fue y en cómo nunca me di cuenta. 

Me dolió. Ni siquiera sé todavía por qué me dolió tanto. Debajo de su pullover, tan cerca de él, me di cuenta por primera vez de lo lejos que se había ido de mí. No es justo. Los cubanos crecemos con patrones que nos dejan, con gente que no existe más. Con gente que se va y ahora vive por otros lados. Y lo peor es que a veces ni siquiera los extrañamos. Ni siquiera nos damos cuenta que se han ido. O mejor aún: sí los extrañamos pero no lo sabemos hasta que un día alguien, quizás ellos mismos, nos recuerda su ausencia y nos damos cuenta de que somos huérfanos. Los cubanos somos huérfanos. Y ni cuenta nos damos.

Salí de abajo de su pullover y lo miré. Lo miré fijo. Cansado, decepcionado y derrotado como si hubiese descubierto su traición cuando estaba allá abajo. “Estudiabas medicina”, le dije serio. Su cara no reflejó nada. “Tenías un novio y andabas siempre con él”. “Vivías en el Vedado”. “Tenías cara de puta”, agregué, casi para mí mismo. Él no dijo nada. Solo me miró fijo. Serio. Ni sombra del chicle por ningún lado. “¿Y tú quién eras?”, se limitó a decirme, como si con esa sola pregunta admitiera todo.

Yo miré al infinito, como buscando algo que no existía, y le dije: “Yo era yo mismo, pero no lo sabía”. “Y después, cuando ya lo sabía, tú no estabas”. “Y nunca me di cuenta”.

“¿Dónde te fuiste?”, pregunté, algo más pragmático, como quien sabe que tanta pasión no debe ser mostrada a desconocidos. Desconocidos que al final no tienen la culpa de haberse ido y que se asustan al ver tanta emoción. “Miami”, dijo. Lógico. “¿Y tú?”, agregó. “A ninguna parte”, dije. “No estás en el Vedado”, agregó. Entonces pensé en si alguien algún día notaría al reencontrarme que llevaba años sin verme y que me había extrañado sin saberlo. En si dejaría también huérfanos detrás de mí. Por toda respuesta, me encogí de hombros.

Como no había nada más que hacer ni que decir, lo besé. Pero no como antes. Sin lujuria. Como por primera vez. Lo besé y me imaginé que tenía 18 años y lograba lo que siempre quise. Al terminar acomodé mi cabeza en su pecho y ahí me quedé. Con los ojos abiertos. No sé si le pareció raro, pero me lo debía. En todo caso, no hizo ni dijo nada.

Después de un tiempo prudencial - las emociones tienen un tiempo prudencial y no debemos excederlo - me despegué y lo dejé ir. Ya no sentía nada, de todas formas. Él sonrió y se fue, dándome una palmada en el hombro antes de irse. Seguro nunca supo qué fue lo que pasó. Mejor así.

Me quedé recostado a la pared. Alguien pasó y me preguntó en inglés: “¿Quieres besarte?”. “No, gracias”, respondí mientras sonreía amablemente. Saqué mi celular y vi un mensaje de mi amigo cubano: “Me fui. Me cansé”. Justo mis pensamientos. Uno se cansa de sus propias emociones intensas. De su propio pasado.

Así que me paré y después de varias curvas, llegué a la puerta. Ahí me lo encontré. Reencontré. Podría decirse que era otra persona. No había un trazo de arrogancia en él. Era diferente. Mucho más joven. Mucho más lindo. También estaba cansado. Para que no fuera todo aún más raro, fingí que no me iba y caminé para el otro lado. A modo de despedida, lo miré, me llevé los dedos a la frente y dije: “Pioneros por el comunismo…”. Él me miró como aún sin saber qué era lo que había pasado, pero me sonrió justo antes de salir.

Me senté al lado de un fortachón y esperé un tiempo lógico para no tener que volverlo a ver en la calle. Ya nos habíamos reencontrado lo suficiente. Me pregunté si algún día lo volvería a ver. No lo creo, pero tampoco creo que importe. Él no fue el problema. El problema fue…Ni siquiera sé cuál fue. Mi encuentro conmigo mismo cuando era joven, la sensación de orfandad atrasada, no lo sé. Pero sé que cuando lo vi salir por la puerta algo se arregló. Fue como darle un final a algo que ni siquiera sabía que tenía que darle un final. Añorar. Qué extraña tarea que la vida nos ha asignado.

Mientras pensaba en todo esto, un muchacho vino y se sentó a mi lado. Se puso a hablar con el fortachón en un mal francés. Cuántas nacionalidades. Tantas, que ya uno ni intenta adivinarlas. Hasta que te golpean directo en la cara. El muchacho le preguntó al fortachón de dónde venía y este, de tantas nacionalidades que podía decir, dijo que venía de Cuba.

Yo me eché a reír sin mirarlos. Una risa natural y espontánea, que no necesito explicar porque todos ustedes compartirán conmigo. Ellos me miraron asombrados. Entonces el fortachón, usando su supuesto encanto de nacido en un país exótico me dijo en su mal francés: “¿Qué? ¿Nunca has conocido a un cubano?” mientras sonreía seductoramente.

Yo dejé de reír, me levanté y me paré frente a él, lo miré a los ojos, y en el claro español de nuestra infancia común que tanto sorprende y emociona a aquellos que se fueron y ahora viven por otros lados cuando lo escuchan, le dije: “Sí. Unos cuantos”.

lunes, 2 de julio de 2012

Travesía hacia el lugar en que se fue feliz


Se dice que uno no debe regresar jamás a donde ha sido feliz. Las probabilidades de no alcanzar la felicidad de nuevo en ese lugar son extremadamente altas, a causa de las expectativas, las comparaciones o las sensaciones ante lo ya conocido, experimentado e inevitablemente aumentado en nuestras cabezas con el tiempo.

Pero, en un mundo en el que todo parece decepcionarnos y en el que la felicidad parece ser algo improbable ¿en serio podemos controlarnos hasta tal punto como para renunciar a volver a intentar buscarla en ese lugar en el que ya sabemos que la encontramos una vez? ¿Somos en serio tan equilibrados?

Animado por estos pensamientos decido regresar al lugar en el que una vez fui feliz. Harto de mi vida  común e intrascendente, decido violar la regla primera de este post y encaminarme a aquel lugar cerca de Boyeros donde la felicidad, un día de verano muy similar a este, comenzó a gestarse.

Intento recrear los mismos pasos a la espera de encontrar las mismas viejas sensaciones, a la misma vez que trato de hacerlo de manera diferente para evitar comparaciones y quizás, por azar, encontrar una segunda variante de felicidad. Como si el mismo lugar pudiera darte no solo una felicidad, sino varias.

Todo parece igual en el camino, pero hay algo que inevitablemente no lo es: la experiencia del ya haberlo recorrido. Y esa experiencia es la causa probable de nuestro fracaso en la búsqueda de la felicidad recobrada en el mismo sitio. Pero no me importa; la realidad ya me cansa. La posibilidad de oler de nuevo la felicidad como lo hice aquella vez es mucho más importante, aún cuando no se llegue a los mismos niveles de intensidad.

Trato de no pensar en nada mientras miro al exterior del vehículo y finjo que la brisa me da en la cara. Ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro. El no pensar puede ser la clave del éxito.

Entonces me asusto un poco. ¿Cuántas veces no hemos recordado como alguien maravilloso a alguien que conocimos una sola vez y luego, al frecuentarlo un poco más, ya lo vemos más normal o incluso lleno de defectos? ¿O esas otras cuando vamos a un lugar al que hace años no íbamos y del que llevamos años hablando bien y pensando con afecto solo para descubrir una vez allí que no son en realidad tan encantadores?

Pero esa clase de pensamientos son justamente los que debo evitar. El no pensar en lo que encontraré, el no imaginarme el futuro, el no compararlo con lo anterior habrán de conducirme por la vía victoriosa.

Estoy nervioso. Siempre uno se pone nervioso ante la posibilidad de la felicidad. La felicidad no te pone feliz, te pone nervioso. Pero ese nerviosismo de excitación es lo que lo hace felicidad.

Para cuando me doy cuenta, mucho más rápido de lo que pensaba, he llegado. No lo creo, pero aquí estoy. Ni siquiera sé si cuando me fui, pensé seriamente en regresar alguna vez. Pero lo cierto es que lo hice. Aquí estoy. No sé si se siente igual o no. No sé nada. Estoy obnubilado. Solo hago las cosas como autómata. Pero lo siento. Se siente. Está ahí, ese aroma de algo que viviste y te gustó. Quizás solo por sentir esa aroma unos minutos, haya valido la pena regresar. Se abren las puertas, y en vez de entrar, salgo.

Montreal. Estoy en Montreal. Y aunque acabo de llegar, el olor a felicidad recobrada nunca ha sido mayor.


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