viernes, 13 de enero de 2012

¿Y si hiciéramos lo que nos diera la gana?


¿Qué tal si un día nos despertáramos e hiciéramos lo que nos diera la gana? Así, casi sin proponérnoslo; como para probar qué se siente. Levantarnos y hacer solo lo que tengamos ganas de hacer. Sin pensar en las consecuencias, en el futuro, en la vergüenza, en lo que podrían decir de nosotros. Simplemente hacer lo que nos venga en gana ese día.

Podríamos quedarnos gran parte de la mañana en la cama pensando en las satisfacciones que nos ha dado la vida, jugando con la gata o viendo televisión. Iríamos al trabajo a eso de las 11 solo para decirles a todos que desde ese día ya no trabajamos más ahí. Darle un buen abrazo de despedida a los compañeros de trabajo que nos caen bien y ni siquiera mirar a los que detestamos. Darles un último consejo a los estudiantes de que intenten llegar lejos en sus vidas, tanto profesional como espiritualmente, y pedirles que se acuerden de nosotros alguna que otra vez.

Luego pudiéramos ir y visitar todos los lugares donde la pasamos bien alguna vez y a los que nunca hemos regresado. Mirarlos desde fuera y recordar a aquellas personas que ya no están en nuestras vidas, pero que lo estuvieron alguna vez y fueron importantes. Todo esto mientras nos tomamos un helado de chocolate al ron con pasas.

Nos compraríamos todo lo que nos guste y nos daríamos un masaje. Cogeríamos nuestros patines y rodaríamos por toda la calle como si fuéramos adolescentes mientras oímos canciones que nos suben la moral en el iPod. Al primer claxon de carro que sintiéramos, meteríamos la cabeza por la ventanilla y le diríamos agradablemente al chofer que no pite tanto, que en este país no hay a dónde ir tan de prisa, mientras le damos un beso en la frente.

Llamaríamos a los que secretamente amamos y les diríamos lo muertos que estamos con ellos, y que no importa si no somos correspondidos, solo queríamos decírselo. Llamar a nuestros amigos y decirles que aunque nunca los llamamos, los queremos. Llamar a otros e informarles que desde ese momento ya no están en nuestra lista de contactos.

Comenzaríamos finalmente a escribir nuestra novela sin preocuparnos por el hecho de que nunca hemos escrito una. Luego iríamos a algún ministerio y nos colaríamos con miles de mentiras para usar su Internet y pasarnos la tarde chateando con nuestros amigos de Facebook.

Podríamos ver fotos de los lugares a los que hemos ido y los reviviríamos en nuestras cabezas. Luego recordaríamos cuánto nos gusta tirar fotos y saldríamos a la calle con nuestra cámara. Casi al caer la tarde, iríamos a la playa abandonada más cercana, y miraríamos al infinito mientras pensamos en hombres que no existen pero que a lo mejor algún día nos tocan a la puerta.

De regreso, nos desviaríamos para ir a la casa del amante más fogoso que tengamos y sin decir una palabra tendríamos sexo hasta que ya no pudiéramos pensar en nada más. Cuando él quisiera decir algo, solo le daríamos un beso en la boca para callarlo, mientras nos vamos alegremente. Luego, ya de noche, invitar a todos nuestros amigos a un buen y caro restaurante donde nos gastaríamos hasta el último centavo que nos quedó después de las compras de la tarde. Ahí comeríamos hasta que ya no pudiéramos respirar mientras habláramos de cuando nos conocimos y de cómo nos caíamos mal. Al salir, iríamos a la primera fiesta escandalosa que oyéramos, y ahí, mientras todos oyeran salsa o reggaetón, nosotros bailaríamos como Riverdance hasta que nos botaran.
 
En el camino de regreso, cuando ya estuviéramos solos, pararíamos en esa casa en la que antes casi vivíamos y a la cual hace tantos años que no entramos, tocaríamos a la puerta y al salir esa persona a la que hace tanto no le dirigimos la palabra, dedicarle una sonrisa y decirle que ojalá todo hubiese acabado de otra forma.

Al llegar a casa podríamos ver alguna película en la que nos riéramos y lloráramos a la misma vez, leeríamos algo de Harry Potter, tomaríamos una copa de vino y, ya acostados, abriríamos nuestro libro de “Astronomía para todos” para ver cómo se llaman las estrellas que vemos por la ventana. Y así, con el libro en el pecho y nuestra música favorita de fondo, pensando en todo lo que hemos hecho en el día, nos quedaríamos suavemente dormidos.

Ah, si pudiésemos tener un día así. Un día sin preocupaciones, sin complejos, sin resignaciones, sin limitaciones. Un día real. Por supuesto que nos criticarían, que nos quedaríamos sin dinero, que quizás hasta nos dieran un golpe. Pero, después de todo, ¿no nos critican siempre?, ¿no se nos acaba el dinero de todas formas?, ¿no descubrimos que muchas veces las consecuencias de nuestras acciones no son tan malas como pensábamos? Además, ese día nos la pasaríamos tan bien…

Pero ese soy yo suponiendo. Ejemplos hipotéticos en todos los casos. Como para probar qué se siente al escribir de cosas así. Si mañana se enteran que yo, o alguno de ustedes mismos, tuvo un día como ese, no sería más que pura coincidencia… ¿o quizás no?

viernes, 6 de enero de 2012

Lulú y el orden de las cosas


Lulú era una mujer fría y distante. Algunos dirían incluso que insensible en lo que a amores se refiere. Los hombres le habían interesado en el pasado, pero solo porque estaba en el guión establecido para cada ser humano, aún antes de nacer. Ahora, a sus 30 años, solo los usaba como ejemplos, por lo general negativos, para cultivar su verdadera pasión: la literatura. ¿Cómo habría de escribir sobre el amor y las relaciones sin haberlos experimentado antes? De ahí que los hombres para Lulú no fueran mucho más que ratas de laboratorio. Cuando caminaba por las calles, jamás miraba al piso o hacia los lados. Solo contemplaba hacia el frente, sin fijarse en nadie, como si tuviera la mirada perdida en algún pensamiento. Al caminar por las calles, y por la vida, de esta forma, los hombres, que siempre se han caracterizado por su baja autoestima, se sentían extremadamente atraídos por ella. Visto de este modo, Lulú era perfecta. 

Hasta el día en que conoció a Damián y su pelo rojo la confundió. Este, apasionado por la obra literaria de Lulú, se había acercado a ella y se lo había hecho saber. Su ligereza, su candidez, su cierta ingenuidad, la pasión con la que hablaba sobre las cosas, la llevaron a cuestionarse su propio mundo cínico y glacial. A pesar de su propia sorpresa, una hora de amena conversación más tarde, ya estaba convencida de lo interesada que estaba en Damián. No quería solamente llevárselo a la cama, eso habría sido ponerlo en la misma lista que al resto de los de su especie, sino que quería quedarse a su lado, conversar con él, amanecer juntos e ir a desayunar abrazados. Sensaciones sobre las que había escrito alguna vez, pero que no experimentaba desde hacía mucho. Quizás desde nunca, si se tomaba en cuenta que sus amores de adolescencia y de temprana juventud no habían sido más que una farsa.

Pero la pasión de Damián era solo por su literatura y, luego de conocerla, por su personalidad, no por sus encantos como mujer. Hablaba todo el tiempo de otras mujeres, como invitando a Lulú a hacer lo mismo sobre otros hombres, lo cual secretamente la enfurecía. Sin embargo, había algo muy ambiguo en todo aquello. A veces se quedaba callado ante algún comentario que hacía ella sobre los hombres, o la descripción de la mujer ideal que daba era una demasiado parecida a la de Lulú. Así dejó ella de salir con otros hombres, de escribir y de ser como era. Era como si comenzara a descongelarse. No se lo contó a nadie, no tenía a quien contar estos sentimientos tan íntimos, pero varios de los que la conocían empezaron a notar cuán llena de entusiasmo estaba.

Sin embargo, nada pasaba, y cada vez Damián hablaba más de otras mujeres y ella ya no sabía qué hacer o qué decir. Sentía que los días se repetían: ella llegaba, pensando que ese día sí pasaría algo, luego tenían una buena conversación presagiando un final feliz, hasta que él, cuando ella menos lo veía venir, comenzaba a hablar de otra mujer o a preguntarle si había conocido a algún hombre interesante últimamente hasta que ella terminaba volviendo a casa sin haber logrado nada y sintiéndose casi invisible. Pero entonces él la llamaba y le decía, como al azar, algo acerca de cómo su amistad lo emocionaba y le hacía cuestionarse cosas, y ella volvía a comenzar con sus sueños. A menudo, cuando conversaban y él miraba hacia otro lado, ella lo miraba fijo y se imaginaba que eran amantes. Ahí, justo a su lado, se imaginaba que lo besaba y que él le pasaba la lengua por el cuello.

Hasta que decidió actuar. Decidió utilizar todo lo que sabía de la vida para finalmente llevarse a Damián. Era aquella noche de discoteca en la que todo se decidiría. Parte de su personalidad calculadora de antes había aparecido de nuevo, luego de sentirse tan frustrada por el paso de los días sin progreso.

Se hizo un peinado hacia arriba, como si fuese una estrella de los años 60 y se puso un vestido y unos zapatos rojos. Se pintó los ojos de negro y los labios de rojo. Y así se fue, sabiéndose inmortal. Las miradas en la calle se lo confirmaron. Al llegar, Damián la miró como nunca lo había hecho y ella supo que ese era definitivamente el momento. Sonrió, bailó con todos los amigos de ambos, y se sintió con los artilugios de la mujer fría de antes, pero ahora llena de pasión por dentro. Damián la miraba magnetizado, como si nunca la hubiera visto tan de cerca, e incluso llegó a decirle lo impactante que era ella para él. Y ella sonrió.

Y de pronto, cuando regresaba del bar con dos tragos en la mano, vio a Damián besándose con una muchacha de pelos tan rojos como los de él. Frente a todos. Lulú sintió que todo pasaba en cámara lenta. Ella avanzaba con los tragos en la mano, mientras ellos dos se besaban, los tres envueltos por una multitud que bailaba. En medio de su sopor, se horrorizó. Para cuando llegó a la mesa, ya nadie podía reconocer a la alguna vez fría y distante Lulú. Estaba agitada y confundía las cosas. Damián se acercó y les dijo a todos, pero más que a nadie a ella, su amiga, lo mucho que le encantaba esta muchacha.

Lulú pensó por un segundo recobrar su sanidad mental, pero fue en vano. Se dijo a sí misma que no había ningún problema real, se recordó lo fría que solía ser y lo efectivo que resultaba ser eso, pero nada. Hay sentimientos que ni siquiera por intentar analizarlos fríamente pueden cambiar en poco tiempo. Solo podía pensar en Damián, que para ese entonces había desaparecido de la discoteca. Ante la imposibilidad de hacer algo, hizo lo único que estaba en sus manos: tomar hasta ya no pensar en nada. Un rato después, completamente trastornada, se movía entre la gente que bailaba, sintiéndose liviana y profunda al mismo tiempo.

Pero nadie le hizo caso. Solo la vieron como a una borracha. Su poder siempre había radicado en su personalidad, y esta estaba ahora trastornada. Había renunciado a ella por un hombre, y el resto de los de su especie podía olerlo, así que se alejaban de ella para seguir buscando a otra que los despreciara. Ella, aún en su estado, se daba cuenta de su ausencia de poder sobre los hombres, lo cual la debilitaba y la enfurecía aún más.

Cuando salió de la discoteca, Damián se besaba con la muchacha contra un muro. Al ver a Lulú, su rostro pasó súbitamente de la lujuria a la alegría y se acercó a ella sonriendo. Y ahí se dio cuenta por primera vez de los sentimientos de Lulú. Se dio cuenta cuando esta, sin aparente razón, lo miró a los ojos con un odio que no le conocía. Ojos de bestia herida. Damián la miró estupefacto. Pero entonces, luego de un segundo de temor, la decepción se reflejó en su mirada. No había nada ambiguo ahí esta vez. Y con este juego de miradas, Lulú comprendió que nunca había habido nada ahí para ella. Que todo había estado en su mente, no en la de él. Inconscientemente cambió su mirada. Todavía era la de una bestia herida, pero una que se da cuenta que el culpable de su estado no es el cazador que tiene enfrente. O que quizás sí sea él, pero no tiene el derecho de pedirle explicaciones.

Dos horas después amaneció. Lulú estaba sentada en un parque mirando al infinito. Su pelo hacia arriba hacía grandes esfuerzos por desmoronarse, su rímel negro se había solidificado en sus mejillas y su cara cansada reflejaba lo que hasta hacía un rato había sido su estado de ánimo. Lulú había perdido. Su vestido rojo se veía extremadamente anacrónico a esa hora. Al golpearla la luz del sol y ver a las primeras personas caminar por la calle, se paró, y así, casi como una autómata, regresó a su casa. Al llegar se contempló en un espejo por 12 minutos. Agotada, como si la única causa por la cual seguía mirando en ese espejo fuera porque estaba demasiado cansada como para cambiar de posición, se miró a sí misma derrotada. Finalmente, se quitó el vestido, se soltó el pelo y se acostó en su cama.

Al despertar, ya no sentía nada. Su humillación anterior había desparecido. Sentía como si estuviese anestesiada. Recordaba todo, pero no le dolía. Ni siquiera la parte en que Damián realmente parecía interesado en aquella muchacha. Llamó a Damián y le preguntó cómo estaba. Él, sabiamente, no hizo ninguna alusión a la noche anterior. Ella, sabiamente, tampoco. Luego de colgar, se sentó en su máquina, y escribió un poco. Hacía mucho no lo hacía. Desde que se había olvidado de ser ella misma.

Unos días después, Damián la invitó a almorzar con él y su nueva novia a un restaurante. A pesar de que hubiera preferido no ir, en nombre de su relación de amistad y para enmendar situaciones anteriores, aceptó. Para su sorpresa, la muchacha le cayó bien. La encontró simpática. No a su altura, por supuesto, pero simpática. Se fijó en Damián y se sorprendió al comprobar que no sentía nada por él. Más aún, se sorprendió de que hubiese podido sentir algo por él en algún momento. Los pelirrojos debían estar juntos, pensó. Y sonrió internamente.

Al salir del restaurante, Lulú caminó a casa y concluyó que lo mejor que podía haber sacado de todo aquello era algo sobre lo cual escribir. Luego pensó en muchas cosas, en tantas que no notó que ya no pensaba en Damián, ni tampoco en ningún hombre. Tampoco notó que las cosas estaban finalmente en su lugar de siempre, y que aunque a veces cambian temporalmente, al final siempre vuelven a su orden natural. Mientras caminaba con su mirada perdida en el futuro, sin mirar abajo ni a los lados, muchos hombres no pudieron evitar mirarla y sentirse, como siempre, inferiores, lo cual les pareció inmensamente atractivo. Ella no les dedicó ni una mirada ni un pensamiento. Era fría e insensible de nuevo. Perfecta. Con esa perfección que solo tienen los que no aman a nadie.

martes, 20 de diciembre de 2011

Los rivales (II)


Segunda parte: Eduardo

(1 +1 = 2)

Me sentí bajo. Me sentí culpable de todo lo que había pensado hasta el momento. Me sentí tonto por haber creído que me habían escogido a mí por ser el mejor. Y me sentí mal por Eduardo. Después de todo, yo también tenía problemas familiares; en cierta medida, nadie podía entender la gravedad de una noticia como aquella tan bien como yo. Pensé en decir que no quería participar en ningún concurso, pero después de pensarlo mejor me di cuenta que alguien tenía que hacerlo. Eduardo, obviamente, no estaba en condiciones. Y con Lídice Marrero no podíamos contar. No, tenía que ir yo. Además, algo insistía en recordarme que Eduardo no era mi amigo, que esa situación no debía torturarme a mí. Pero no me sentía para nada cómodo: aquella no era mi idea de ser ganador.

Cerca de una semana después, en un receso, me encontré a Eduardo. Me había enterado que no estaba yendo a la escuela, pero obviamente ya se había incorporado. Parecía estar igual que siempre. Ni un pelo fuera de lugar. Pero estaba solo. Los demás le huían secretamente. Los niños se ponen nerviosos ante situaciones como esta, así que prefieren no acercarse mucho. Así ensayan desde pequeños las actitudes que repetirán luego cuando adultos. Yo también lo miré sin saber muy bien si decir algo, así que solo le hice un gesto impersonal con la cabeza que él casi ni respondió y seguí caminando.
 
Que un niño se quede sin madre es la prueba evidente de que no hay justicia en este mundo. Después de eso, no hay vuelta atrás a una vida ingenua y despreocupada. Hay que crecer obligatoriamente. Y nadie puede entender eso mejor que otro niño con problemas demasiado similares. Por eso tenía algo parecido a un cargo de consciencia por ni siquiera haber hablado con Eduardo. Pero yo mismo me justificaba con la idea de que yo ni siquiera la caía bien como para tener que estar haciéndome el comprensivo con él. Además, aunque fuera en lo externo, estaba igualito: la misma cara que no trasmitía emoción alguna de siempre.

Pero unos días después, en el último repaso del equipo de matemáticas antes del concurso, Eduardo perdió la compostura. Alguien dijo algo sobre la hora en que nos iría a buscar la guagua el día de la competencia, y entonces Eduardo se paró y salió del aula, visiblemente molesto. Todo el mundo me miró a mí como si yo fuera el responsable. Yo me sorprendí, pero luego de analizarlo mejor, también me molesté y salí. Como buen amante de la justicia, odio el chantaje emocional. Resultaba que ahora el malo era yo; no había forma de ganar con Eduardo.

Al salir lo miré como pidiendo una explicación por el ataquito. “Ellos me dijeron que iría yo al concurso”, me dijo. “Sí, pero después de eso…”, intenté decir, pero por supuesto no podía hablar del tema. “Eso no tiene nada que ver”, me dijo “yo quiero ir y sé que puedo hacerlo.” Ahí me cansé yo, que siempre he sido de sangre caliente. “Bueno, la causa por la que te habían escogido era porque yo tenía problemas familiares, tampoco era que te lo hubieses ganado”, le dije. Él me miró sorprendido. Obviamente nadie le había hablado sin lástima en las últimas semanas. Además, nunca en todos esos años habíamos expresado verbalmente nuestra rivalidad. Pero finalmente estábamos siendo honestos. “Tienes razón, no había pensado en eso”, me dijo reflexivo. “Nos hicieron lo mismo a los dos”, agregó. “¿Por qué mezclan las matemáticas con las demás cosas?”. ¡Ah, mis pensamientos exactos!

“Pero si quieres ir, pues ve tú y ya. Ahora todo el mundo la va a coger conmigo si voy yo”, le dije decidido. Pero él respondió lo que tenía que responder. “No, al final es lo mismo. Se está decidiendo esto por cosas que no tienen que ver con los números.” Ese sí era un comentario propio de alguien que es amante de las matemáticas/justicia. “Pues bueno, tendremos que ir y hablar para que nos hagan una prueba o algo, porque si seguimos así, van a mandar al concurso a Lídice”, dije. Y él sonrió. Y así, gracias a Lídice Marrero, por primera vez estuvimos finalmente en el mismo bando. Estuvo bien que habláramos de esa forma, sin ningún tipo de hipocresía social, lástima o falsa modestia. Esa adultez que tienen algunos niños y que intentan ocultar de los demás para parecerse a ellos, hay un momento en que es necesario sacarla fuera.

Fuimos a ver a la profesora a informarle de nuestra decisión. Esta nos miró con lástima. Eduardo y yo la miramos con odio. “Bueno, pues ya que insisten, haremos una prueba”. Ella insistía en hablar en plural. “Mañana, después del receso.” Finalmente: justicia. Una prueba para ver quién era mejor, al margen de la lástima, los problemas personales y las opiniones de los demás.

Al salir del departamento de matemáticas, habiendo obtenido finalmente nuestro derecho a que se nos juzgara justamente, Eduardo y yo no supimos muy bien cómo tratarnos el uno al otro. Habíamos sido muy honestos antes, y luego habíamos obtenido lo que queríamos al actuar juntos, así que ahora nos tocaba volver a nuestra posición antagónica. Pero, ni siquiera sé muy bien cómo, hicimos lo inimaginable: quedamos en que esa noche estudiaríamos juntos. Algo acerca de un libro que uno de los dos tenía y el otro no. Jamás se me hubiera ocurrido que Eduardo Bermúdez y yo podríamos estar juntos en algún lugar que no fuera un concurso o un aula de matemáticas, pero cuando me di cuenta, esa noche me fui a estudiar a su casa. A estudiar juntos para una prueba que tenía como única función determinar cuál de los dos era el mejor.
 
La casa de Eduardo, contrario a lo que yo siempre había pensado, estaba lejos de ser perfecta. Era una de esas casas de madera destruidas tan comunes en ciertos barrios de Marianao. Su papá era un señor mayor que casi parecía su abuelo, quien se alegró mucho de que vinieran a visitar a su hijo, y su hermanito era chiquitico y tenía el pelo exactamente como el mío. Había dos sofá-camas, en uno de los cuales nos sentamos porque en la mesa estaba el televisor. En una esquina, sobre un pequeño cristal que fungía como estante, había unos libros de matemáticas. Recuerdo que su maleta era idéntica a la mía. Nada de mochila; una de esas maletas rusas de nuestras infancias que había que llevar en la mano. Eduardo lucía mucho más normal sin uniforme. Y al igual que todos los niños que se ponen de acuerdo para estudiar, no lo hicimos. Solo conversamos y vimos televisión con su papá y su hermanito. Al final me acompañaron a la esquina los tres para vigilar que no me pasara nada mientras caminaba hacia la avenida.

Y al día siguiente fue la prueba. Esta, por alguna razón, generó una alta expectativa en toda la escuela. Por lo menos en mi aula ya todos lo sabían y hablaban de eso, deseándome suerte, y a la hora del receso, niños de otras aulas también se me acercaron y me hablaban al respecto. La profesora estaba nerviosa y se le caían las cosas. Nos sentaron a dos mesas de distancia y nos pusieron una prueba “de verdad”, no una de esas que le ponían a los niños normales de quinto grado, en las que era tan fácil sacar 100. Estuvimos tres horas ahí y al finalizar, la profesora nos dijo que diéramos una vuelta, mientras ella y otros profesores calificaban. Como no supimos qué hacer en ese tiempo, y como afuera los demás niños nos torturarían con preguntas, decidimos quedarnos ahí mismo esperando los resultados.
 
Hablamos de un poco de tontería, de la pregunta 4 y esas cosas, hasta que después de un silencio, Eduardo habló. “Disculpa”, me dijo. “¿Por qué?”, le pregunté. “Por lo del diploma de las Olimpiadas. Quizás si yo hubiera dicho algo, lo habrían quitado o arreglado, pero no dije nada”. “¿Y por qué no lo hiciste?”, pregunté de nuevo. “Tú no me caes muy bien”, confesó. Parece que el odio no era solo de mí hacia él. “¿Por qué?”, volví a preguntar. “Tú estás en todos los equipos de la escuela y yo nada más en el de matemáticas. Yo me paso los días estudiando y al final sabemos casi lo mismo. No sé ni cómo te las arreglas para estudiar otra cosa”. Vaya, nunca lo había visto de esa manera. Pude decirle que en cada uno de los otros equipos había siempre alguien que era mejor que yo, pero no dije nada.
 
“Además, cuando me escogieron a mí por tus problemas familiares ni siquiera me importó”, agregó. Hay niños que lamentablemente aprenden demasiado temprano que el mundo es injusto. Pero también aprenden, antes que los demás, que si bien hay injusticias que no se pueden reparar, hay otras que sí. Entonces me di cuenta que todo el odio que sentía por Eduardo, necesitó de tan solo 3 minutos de conversación para olvidarlo. “No te preocupes”, le dije afablemente. En eso entró la profesora jefa junto al resto de los profesores de matemáticas, Lídice Marrero, y otros niños curiosos que nunca supe qué hacían ahí. La miramos y le preguntamos: “¿Ya?”. Se acercó y nos enseñó las dos pruebas al mismo tiempo, sin atreverse a hablar. Y ahí estaban, los resultados que tanto habíamos esperado: “Raúl Reyes – 99,5 – Eduardo Bermúdez – 99,8”.

Eduardo puso una cara, mezcla de sorpresa, satisfacción, alivio y vergüenza. “Gané”, dijo, con el mismo tono con que alguien dice “presente” cuando pasan la lista. Yo descubrí que me encontraba tan desconcertado como él y le dije todavía mirando al papel: “Ya lo veo”. Y, sin saber por qué, me sonreí. Esa sonrisa me costó caro, ya que gracias a ella comenzó todo un rumor en la escuela de que yo había dejado ganar a Eduardo. Ya la gente había visto sospechoso que yo renunciara a ir al concurso y había solicitado una prueba, pero ahora con la sonrisa (que la estimada Lídice Marrero le había contado a todo el mundo) era ya la confirmación de mi heroico gesto. Tanto fue así, que un día el propio Eduardo me preguntó si yo lo había dejado ganar. No lo preguntó molesto, solo con curiosidad. “Si te hubiese querido dejar ganar habría sacado 92, no 99,5”, le dije. Y él me miró con cara de poco convencimiento, pero asintió con la cabeza.

Pero ahora, muchos años después, he aquí la verdad solo para ustedes: no dejé ganar a Eduardo. Por supuesto que no lo hice. Es cierto que sí quise hacer algo por él por la pérdida de su madre, pero sabía perfectamente lo que tenía que hacer: darle la mejor competencia de su vida. Eduardo era tan competitivo como yo, el llevarlo hasta sus límites era el mejor regalo que podía hacerle. Cuando la rivalidad es buena, los resultados son secundarios. Y así y todo me ganó. Me ganó (y esto también es la primera vez que lo digo) porque era mejor que yo.

El día anterior al concurso, la profesora vino a decirme que Eduardo le había pedido que quitaran el diploma de las Olimpiadas de la vitrina de los logros de la escuela. O que le agregaran mi nombre abajo. Ella le dijo que era mejor que lo dejaran ya todo así, que “en la vida las victorias vienen de muchas maneras” y otras explicaciones que ahora me repetía a mí, pensando que Eduardo y yo habíamos acordado aquello juntos. Pero ya a mí no me importaba. En el momento en que me enteré que Eduardo había pedido aquello, la injusticia del diploma me había dejado de importar. Supongo que la profesora tenía razón y en la vida, las victorias vienen de muchas maneras.

Pero ese mismo día, Eduardo, quien obviamente no se había conformado con las explicaciones, le contó a Lídice Marrero, quien a su vez le contó a toda la escuela, que en realidad la multiplicación no solo la habíamos encontrado entre los dos, sino que mis aportes habían sido fundamentales para ello. Eso no era exactamente así, pero lo entendí como un guiño de Eduardo para lograr algo de justicia. La justicia también puede llegar de muchas formas. Así que el día del concurso todos me trataron bien y me felicitaron, no solo por la multiplicación, sino por tener el decoro de renunciar a mi derecho de ir al concurso y solicitar una prueba.

Y mientras yo era héroe por un día, Eduardo se las arregló para ganar el concurso provincial. Así mismo: primer lugar. Tres semanas después de lo de su mamá. Quizás fuera mecanismo de defensa el refugiarse en las matemáticas o quizás era puro talento natural, que en ocasiones se agudiza más cuando estamos bajo mucha presión. No lo sé, ni creo que sea relevante: Eduardo ganó. Cuando mi mamá murió dos años después, para demostrar que Eduardo y yo teníamos mucho más en común que maletas iguales y amor por las matemáticas, no estoy seguro que yo hubiese sido capaz de hacer algo así. O a lo mejor sí, ¿por qué no? Después de todo, Eduardo y yo siempre nos parecimos mucho.

Retiro lo dicho: sí había algo perfecto en casa de Eduardo. Algo que no noté ese día, pero que ahora que me he animado a contar esta íntima historia, lo veo clarísimo. Eduardo. Eduardo era perfecto. Pero no esa perfección que viene de tenerlo todo, sino la que te da el no tener nada y así y todo, tenerlo todo. Esa que viene de no tener un hogar tradicional, pero sí tus libros de matemáticas forraditos sobre un cristal que funge como estante. Se merecía ganar y al hacerlo, finalmente, se hizo justicia.

Eduardo Bermúdez fue reclamado al año siguiente por su familia materna, junto a su hermanito y su papá, y se fue a vivir a Maine, en los Estados Unidos. Desde entonces, no he vuelto a saber de él. Pero estoy convencido de que algún día me levantaré por la mañana, y al revisar las noticias del día en Wikipedia, veré la foto de un hombre muy elegante, sin un pelo fuera de lugar, sobre un texto que diga: “Esta mañana, Eduardo Bermúdez, de origen cubano, ganó el primer premio Nobel de Matemáticas de la historia”. Y me echaré a reír a carcajadas, mientras les digo a todos que el Nobel de Matemáticas competía conmigo en la primaria y por supuesto, nadie me creerá. Pero no importa, será como vivir la historia de nuevo. Y de hecho, quizás me dé las fuerzas para intentar superar su logro. En ocasiones, no hay nada más necesario que un rival.

En cuanto al diploma de las Olimpiadas, pues alguien se lo robó. Así como lo oyen. Un lunes en la mañana al entrar a la escuela se descubrió que alguien había roto el cristal y se lo había llevado. Nunca se supo quién lo hizo, aunque se rumoreó que la culpable era Lídice Marrero, a causa de su envidia por no haber estado en el equipo ganador. Sea como sea, la verdad nunca se supo. Pero si el viernes anterior, a eso de las siete de la noche, el guardia que cuidaba la escuela hubiese mirado hacia atrás en vez de oír su radio, quizás habría podido ver extrañado cómo en la distancia dos niños de maletas iguales y un amor por las matemáticas increíble corrían como si les fuera la vida en ello, blandiendo un papel en las manos en señal de victoria por haber cambiado, aunque fuese un poco, la injusticia del mundo.


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